La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 4 de 40

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La desconocida

Emma

 

 

Dos meses antes

—Bueno, ¿cómo fue anoche?

La mirada de Olga es de intriga, pero amable. Tiene los ojos grises clavados en mí mientras dobla los tejanos que están sobre la larga mesa que hay junto a la caja.

No sé qué contestarle. Una parte de mí quiere decir que fue bien, que la comida estaba buena y tuvimos un sexo increíble toda la noche. Otra parte de mí quiere contar la verdad, pero a lo mejor no puedo.

—No se presentó.

—¿No se presentó?

Olga deja unos tejanos sin doblarlos y me mira con más atención.

—No, no se presentó. Y tampoco pude localizarle, así que no sé qué pasó.

—¿No te ha llamado?

—No.

El silencio que sigue se vuelve incómodo. Veo que a Olga le cuesta entender la situación y en realidad no sabe qué decir.

—Pero ¿normalmente te llama si llega tarde o no va a llegar?

Dudo un momento.

—Nunca llega tarde. Y nunca ha pasado que no pueda quedar conmigo.

De pronto el espacio me parece insuficiente, aunque acabamos de abrir y apenas han entrado clientes todavía. La brillante luz artificial me hace daño en los ojos y noto un pálpito en la nuca.

Me apoyo en la mesa de los tejanos y siento que me arden las lágrimas detrás de los párpados.

—¿Y si ha pasado algo?

Olga habla con calma, casi en un susurro. Entre las cejas pintadas ha aparecido una pequeña arruga. No puedo hablar, así que asiento.

—¿Has intentado llamarle hoy?

—Sí, ahora mismo. Justo antes de abrir.

No dice nada más y se pone a doblar tejanos de nuevo mientras echa un vistazo alrededor.

—¡Ahí viene! —susurra sin mirarme.

Agarro los tejanos que me quedan más cerca y me pongo a doblarlos. Los dejo encima del montón, pero ya es demasiado tarde.

—¿Ya estáis de cháchara otra vez? ¡Emma, ponte en la caja!

Björne se ha cortado el pelo. Los mechones de cabello oscuro sobre el cuello han desaparecido. Se ha peinado una larga onda sobre un ojo. Su imagen de patizambo, junto con el nuevo peinado y el chaleco, me recuerda al Llanero Solitario. Un Llanero Solitario arrogante y avejentado.

Me doy la vuelta y voy a la caja sin contestarle. Pienso en mi madre. En mi madre, en mis tías y en todo lo que ya no existe. En lo terrible que es que esos recuerdos, bellos y frágiles, se hayan disipado como el humo en la niebla para ser reemplazados por Björne y pilas de tejanos y tangas.

Me pongo a rememorar un sábado en concreto y el sonido de risas que borbotean y flotan por todo el pequeño piso de la tía Agneta en Värtavägen.

 

El olor a café recién hecho pendía en el aire, junto con el humo del tabaco de mi madre. La tía Christina, que acababa de dejar de fumar, suspiró y comentó que mamá no estaba ayudando mucho. Me pregunté si estaba enfadada, pero luego soltó su risa ronca y pensé que era una especie de broma.

Mis tías y mi madre siempre comían juntas el primer sábado del mes. Era un acontecimiento ruidoso y rico en calorías al que solo estábamos invitadas las hermanas y yo.

Las voces se redujeron a un murmullo, interrumpido de vez en cuando por una risita. No me hacía falta escuchar para saber de qué hablaban: el nuevo amante de Lena, el estúpido marido de Christina y la espalda enferma de mamá.

Mi madre era la hermana menor. Era la niña pequeña salvaje, maleducada pero querida por la familia que horrorizó a la abuela y al abuelo al quedarse embarazada de mí con solo dieciocho años. Se oyeron más risas en las estancias, una ola de gozo y placer primitivos. Agneta soltó un bufido que sonó como si estuviera a punto de empezar a toser, pero luego oí el repiqueteo de algunos platos.

Me quedé sentada, inmóvil en el suelo de madera del dormitorio, con las piernas cruzadas. Tenía el bote de cristal con la oruga dentro en el regazo. Las hojas hacía tiempo que se habían marchitado y habían caído al fondo del bote, una a una, y las ramas desnudas ahora parecían una bola de alambre de espino. Ya no se veía la oruga de color verde claro. Papá me había contado lo que había ocurrido. Dentro del capullo, pequeño y suave, que colgaba de una de las ramas, estaba sucediendo algo increíble. La oruga se estaba transformando en un animal completamente distinto, y si tenía suerte y era paciente, podría verlo salir de su capullo.

Eso me preocupaba un poco. Estaba desesperada por estar ahí cuando apareciera el nuevo animal transformado, pero no sabía cuándo ocurriría. Así que me aseguré de tener siempre el bote encima. Lo primero que hacía al despertar y lo último que hacía antes de dormir era investigar con cuidado el capullo para ver si detectaba algún cambio.

Le había preguntado a papá por qué la oruga no podía quedarse como estaba, olvidarse de meterse dentro de una cáscara de color marrón verdoso, pero papá lo negó con la cabeza, triste.

—No tiene elección, cariño. Tiene que cambiar o morir. Así funciona la naturaleza.

Pensé mucho tiempo en lo que dijo, intenté imaginar cómo sería enfrentarse a una elección así: cambiar o morir. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no era capaz de ponerme en el lugar de la oruga.

Cuando alcé la vista del bote, vi directamente la estrecha cama de la tía Agneta. Hacía mucho tiempo que no la compartía con nadie, le había susurrado la tía Lena a mamá al subir por la escalera. Los adultos siempre pensaban que los niños no los oían o que si los oíamos no los entendíamos. Por supuesto, ninguna de las dos cosas era cierta. Tenía que esforzarme mucho para mantener la expresión de desinterés y de incomprensión infantil cada vez que oía los secretos de mis tías.

Encima de la cama había colgado un pequeño cuadro de jugadores de fútbol. No entendía qué tenía de especial, qué hacía que las tías hablaran de él con voz impaciente y baja, cuando se colocaban formando un semicírculo fumando para admirarlo. No lo decía por miedo a entristecerlas, pero en realidad el cuadro era bastante feo. Las figuras no tenían el contorno definido, parecían fluir unas en otras: el artista no había logrado reproducirlas de forma realista. Probablemente yo lo habría hecho mejor. Pero no lo dije porque, pese a todo, era demasiado educada.

—Cariño, ¿qué haces sentada en el suelo?

La tía Agneta apareció a mi lado en el umbral y se puso de cuclillas. Sus piernas gruesas parecían aún más gruesas de cerca, y los calcetines por la rodilla se le clavaban en las pantorrillas de una manera poco favorecedora.

—¿No prefieres sentarte en el sillón? ¿O en mi cama?

Negué con la cabeza sin contestar y la tía Agneta suspiró con discreción.

—Bueno, haz lo que quieras. ¿Qué tienes en ese bote, por cierto?

—Es un capullo. Es lo que construye una oruga para transformarse.

—Ah. ¿Dónde está exactamente el capullo?

Se lo señalé. Ella agarró el bote con cuidado, lo levantó hacia la luz y aguzó la mirada hasta que los ojitos azules desaparecieron bajo los pesados párpados.

—Apenas se ve.

—De eso se trata, si no se lo comerían los pájaros. Les gustan las orugas.

Me miró muy seria y asintió.

—Eso tiene sentido. Nunca lo había pensado.

De cerca, la tía Agneta parecía mayor de lo que era. Tenía las mejillas hundidas hacia el cuello y los pechos descansaban pesados sobre las rodillas cuando se puso en cuclillas.

—En la naturaleza, todos se comen entre sí lo más rápido que pueden.

Agneta me acarició el pelo con la mano callosa.

—Mi pequeña Emma —dijo en un tono tan dulce como el chocolate. Sonó como una interrogación, como si de alguna manera yo pudiera contestar a su pregunta implícita. Me devolvió el bote y lo dejó con suavidad en el suelo.

—¿Cómo van las cosas en casa, Emma?

De pronto la tía Agneta sonaba preocupada, había cierta tensión en la voz que no reconocí del todo.

—¿A qué te refieres?

Hizo una pausa y miró al otro lado de la habitación. Se oía un suave murmullo desde la cocina. La ausencia de risas era una señal inequívoca de que hablaban del marido de alguien. Todos los maridos de las hermanas eran unos canallas o unos tontos, así que en realidad Agneta era la más afortunada por haberse saltado el matrimonio.

—¿Tu mamá y tu papá beben mucho vino y cerveza, Emma?

En realidad, no sabía cómo contestar a la pregunta. Naturalmente, entendía las palabras, pero no sabía lo que significaba «mucho». ¿Me estaba preguntando si mis padres bebían demasiado? Siempre había latas de cerveza en el fregadero y en el salón por la mañana, pero ¿eso era mucho? ¿Era demasiado? ¿Cuántas cervezas y botellas de vino bebían los otros padres y madres por la noche? No lo sabía, así que contesté con sinceridad.

—No lo sé.

La tía Agneta suspiró de nuevo, se levantó con dificultad y las rodillas le crujieron como si estuvieran hechas de abedul seco en vez de tendones y carne y huesos y sangre.

—Madre mía —dijo, al tiempo que reprimía un pequeño eructo—. ¿No quieres salir y comer bollos de canela, Emma?

—A lo mejor más tarde.

Cuando Agneta volvió a la cocina, el murmullo se convirtió en un susurro. Eso normalmente significaba que hablaban de algo interesante, así que cogí mi bote y salí al pasillo a tumbarme en el suelo y escuchar. Solo captaba fragmentos de lo que decían. Oí la voz áspera de Agneta:

—La niña es diferente.

Y luego oí a mamá, ahora en un tono un poco más fuerte:

—Diferente no tiene por qué ser algo malo.

Ninguna de mis tías dijo nada.

Cuando estaba a punto de volver a rastras al dormitorio de Agneta, algo me llamó la atención en el bote. El capullo colgaba de la rama, igual que antes, pero algo había pasado. Era como si la cáscara hubiera empezado a volverse traslúcida, como cristal arañado o hielo sucio. Dentro de la cáscara brillante noté un temblor.

Había empezado la metamorfosis.

 

Un hombre me tiende la mano junto a la caja y esboza una gran sonrisa.

—Anders Jönsson. Soy periodista.

Dudo, le doy la mano y sonrío con cautela.

—Soy Emma.

Tiene los ojos de color azul claro y el pelo ralo del color del pis de perro sobre la nieve. Lleva una parca militar de color verde y tejanos, parece que tiene treinta y tantos años.

—¿En qué puedo ayudarle? —pregunto cuando me doy cuenta de que no me suelta la mano. Continúa con su amplia sonrisa.

—Estoy escribiendo un reportaje sobre las condiciones laborales aquí. Dicen que tenéis prohibido hablar con periodistas, ¿es cierto?

—¿Prohibido? No, en realidad no sé…

—Y apenas os dejan ir al baño —suelta cuando nota que dudo.

Hay algo de cierto en lo que dice, por supuesto. Es evidente, la empresa ha pasado algunos momentos difíciles desde que Jesper asumió la dirección, como destacan ansiosos los medios, pero no puedo hablar de eso, sobre todo por mi relación con Jesper.

—No quiero hablar de eso —digo, y noto que el rubor me sube a las mejillas.

—Podemos quedar en otro sitio si se siente más cómoda —dice, mientras se inclina hacia delante. Tiene los ojos acuosos clavados en mí—. Puede permanecer en el anonimato, nadie lo sabrá.

—Preferiría no hacerlo.

Veo de reojo una figura que se acerca por un lado.

—Te ha dicho que no quiere hablar contigo, ¿qué es lo que no entiendes?

El periodista se incorpora.

Björne está a mi lado. Veo que está enfadado. Tiene las manos cerradas en un puño y las mandíbulas apretadas. Se coloca bien el flequillo detrás de la oreja con un gesto hábil, saca la mandíbula hacia delante y dice, despacio:

—Es la segunda que vez que vienes a acosar a mi plantilla. Si no te vas ahora mismo, llamaré a la policía. ¿Entiendes lo que te digo?

—Tengo todo el derecho…

—Eh, ¿has oído lo que ha dicho la chica? ¿Tengo que deletreártelo? No quiere hablar contigo.

A Björne le salen gotitas de saliva de la boca mientras escupe las palabras. Luego se da la vuelta y se aleja. Antes de desaparecer, me grita por encima del hombro:

—Buen trabajo, Emma.

Vuelvo a mirar al periodista. La amplia sonrisa ha desaparecido y tiene el rostro completamente inexpresivo. Hurga en el bolsillo de la chaqueta buscando algo, lo deja en el mostrador y lo empuja despacio hacia mí con el dedo índice. Es una tarjeta de visita. Me vuelve a mirar con sus ojos claros.

—Aquí tienes. Llámame si cambias de opinión. —Y se va.

Me inclino hacia delante y cojo la tarjeta con cuidado, la examino antes de metérmela en el bolsillo.

 

Jesper Orre. Esas manos grandes y cálidas. Ese rostro blando, ligeramente arrugado. La barba incipiente, una mezcla de marrón y gris, que se extiende sobre un mentón fuerte. La manera de mirarme, como un hombre hambriento que observa los bollos al otro lado del escaparate de una panadería.

¿Qué ve en mí? Solo soy una persona normal y corriente con un trabajo aburrido y una vida sin incidentes. ¿Por qué pasa tanto tiempo conmigo? ¿Qué hace que sea capaz de estar entre mis brazos durante horas, acariciándome el cuerpo? Encontrando el camino hasta partes de mí que nunca había tenido mucho en cuenta.

Recuerdo nuestra cita de hace unas semanas en mi piso.

—Somos muy parecidos, Emma —murmuró—. A veces casi siento que te puedo leer la mente. ¿Sabes a lo que me refiero?

Pensé que no, que en realidad no lo sabía. No siento una afinidad telepática con él, no tengo ni idea de en qué está pensando. Le quiero, pero no entiendo qué quiere decir cuando se pone a parlotear sobre nuestra conexión.

Pero no se lo dije.

—Qué suerte tengo —susurró, mientras colocaba su cuerpo pesado encima del mío. Me separó las piernas con las rodillas y fue presionando cada vez más.

—Soy el hombre más afortunado del mundo.

Me penetró antes de que yo estuviera lista. Me besó en el cuello y me recorrió un pecho con un dedo.

—Te quiero, Emma. Nunca había conocido a nadie como tú.

Seguí sin decir nada, no quería echar a perder el momento mágico, quería permanecer dentro de esa sensación el máximo tiempo posible. Escocía. Él estaba siendo brusco y no era placentero, pero en cierto modo seguía siendo mágico.

Ser amada. Deseada. Como un bollo de frambuesa en el escaparate de una panadería.

Se movió con más ímpetu dentro de mí. Me agarró el brazo con más fuerza. Me cayeron sobre la mejilla gotas de sudor como lágrimas. Gimió, y sonó como si le doliera algo.

—¿Emma?

Sonó a pregunta, o tal vez a petición.

—¿Sí? —dije.

Paró, sin aliento, y me besó.

—Emma, ¿harías cualquier cosa por mí?

—Sí —dije.

 

¿Haría cualquier cosa por Jesper Orre? Era una pregunta teórica. Nunca me ha pedido nada, salvo cuando me pidió dinero para pagar a sus proveedores. De hecho, fui yo la que insistí. Fui yo la que quise que se quedara conmigo en vez de ir al banco.

Recuerdo que me besó los párpados.

—Cariño, sabes que me quiero quedar, pero prometí pagar hoy a los proveedores. En efectivo. Y no llevo cien mil coronas encima, así que lo siento, pero tengo que ir al banco.

Un polvo de mediodía.

La expresión era de Olga. Soltó una carcajada cuando le dije que iba a comer con mi chico. En mi casa. Olga era directa, franca, provocadora. Siempre decía lo que pensaba y no le daba apuro.

Jesper se apoyó en un codo.

—Tengo que irme, Emma.

—Puedo prestarte el dinero —le propuse.

—¿Tú?

Parecía sorprendido, pero no hizo caso de mi propuesta porque se levantó, se acercó a la ventana y estuvo un rato mirando hacia fuera mientras se rascaba la entrepierna.

—Tengo el dinero en casa.

Se volvió hacia mí, divertido.

—Tienes cien mil coronas en casa. ¿Aquí, en el piso?

Hizo un gesto que recorrió toda la estancia.

Asentí.

—Tengo dinero en el armario de la ropa de cama —dije, salí de la cama y solté una risita. Luego me puse una camiseta, no porque me importara que Jesper me viera sin ropa, sino por costumbre. No me sentía cómoda enseñando los pechos a plena luz del día. A nadie.

Ni siquiera a Jesper.

Me siguió hasta el armario, observó en silencio mientras yo bajaba una cesta de manteles y desplegaba con cuidado un tapiz navideño rojo para destapar un montón de billetes. Estaba bordado en punto de cruz: «Feliz Navidad».

—¿Estás completamente loca? ¿Tienes cien mil coronas en casa, en el armario de la ropa de cama?

—Sí, ¿y?

—¿Por qué no tienes el dinero en el banco? Como una persona normal.

—¿Por qué?

—¿Y si te robaran o algo así? Solo las viejas guardan el dinero debajo del colchón y en los armarios de la ropa de cama.

Le recordé que heredé el piso exactamente de una de esas viejas. Él se rio y se encogió de hombros.

—De acuerdo. Te lo devolveré. Pronto.

Luego me besó en el cuello, me abrazó por detrás y recorrió despacio mis pechos con las manos.

—Quiero volver a follar contigo, zorrita rica.