La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 19 de 40

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La desconocida

Emma

 

 

Un mes antes

Pienso en la noche en que mamá mató la mariposa, esta vez la mata de verdad.

 

Desde el principio, muchas cosas hicieron que aquella noche fuera distinta. En primer lugar, mamá rompió la porcelana en la cocina. Platos, vasos y cubertería dando golpes entre sí. Y luego copas de vino. Sabía con certeza que eran copas de vino, el sonido es diferente de un vaso de agua: un tintineo más profundo, redondo y siniestro. El olor a pollo y a hierbas frescas se extendía por el piso.

Todo conducía a algo malo. Una mala noche era simplemente monótona, pero una noche con vino y comida de lujo era del todo impredecible. En el mejor de los casos, papá se quedaría dormido mientras mamá veía la televisión en el sofá, pero era más probable que las conversaciones tensas se convirtieran en discusiones y luego, como una especie de gran final, la vajilla acabara rota contra el suelo y las paredes.

Un día la policía llamó a la puerta porque los vecinos se habían quejado. Me daba tanta vergüenza que me escondí debajo de la cama. Sin embargo, las dos personas que debían estar avergonzadas, mamá y papá, no se inmutaron con la visita. Recobraron la compostura lo suficiente para casi parecer sobrios y en voz baja, en tono contrito, juraron que se calmarían y estarían tranquilos. Sí, habían discutido, habían hecho demasiado ruido, pero no volvería a pasar. Y no, no habían bebido, por lo menos no mucho. Un par de copas de vino, como máximo.

—Ven a comer, Emma —me llamó mamá desde la cocina.

Me llevé mi bote y mi mariposa azul. Papá ya estaba sentado a la mesa con una copa de vino y una cerveza al lado. Mamá estaba junto a los fogones, con un delantal puesto y removiendo una gran olla roja. Parecía una madre de verdad, como las de la televisión. Me puso nerviosa: esas falsas escenas domésticas siempre terminaban mal.

—Siéntate —murmuró mamá, y señaló una silla.

Me senté, aliviada al oír el tono enfadado y molesto. A lo mejor todo era normal, después de todo. Dejé el bote con suavidad a mi lado en la mesa para poder mirarlo mientras comía. Había pasado poco más de un día desde que se había abierto, y la gran mariposa azul no hacía más que posarse en un palo y de vez en cuando batir sus perfectas alas de color azul marino.

—¿Has decidido qué hacer con ella? —preguntó papá.

Lo negué con la cabeza. Tanto mamá como papá me dijeron que la soltara, así podría volver a la naturaleza y vivir en libertad. Entendía su razonamiento, pero en cuanto pensaba en que no volvería a ver ese cuerpecillo negro o las alas de papel de fumar, sentía un nudo en el estómago. Era como pedir a un niño que renunciara a su muñeca preferida. Ese era el resumen del problema: ya no era una niña pequeña. Se suponía que debía estar por encima de querer tener la mariposa y hacer lo correcto, porque la otra opción era matarla o esperar a que muriera. Luego podría colgarla de la pared con una aguja y tenerla todo lo que quisiera. Pero la idea de clavar una aguja larga en ese cuerpecillo me parecía tan bárbara que me daba náuseas.

—No sé qué voy a hacer.

Papá vació el vaso de cerveza de un sorbo.

—Mejor que lo decidas pronto. No durará mucho ahí dentro.

Me incliné hacia delante y miré el bote. Mi aliento empañó el cristal, así que era imposible ver mucho. La mariposa se convirtió en una difusa nube azul, flotando en el bote.

—¿Hace falta que lo tengas en la mesa? —dijo mamá en el tono brusco y hosco que empleaba cuando se enfadaba. Al mismo tiempo dejó el guiso de pollo con un golpe tan fuerte que el líquido caliente se derramó por los bordes.

—¿Qué más da? —papá soltó un bufido y vació la copa de vino. Mamá abrió una segunda botella de vino. Incluso el corcho al saltar sonó contrariado y amargo.

—Es un insecto.

—Está en un bote —dijo papá.

—No quiero insectos en la mesa durante la cena.

—Vamos, déjalo —dijo papá.

Fuera, un crepúsculo azulado de agosto se cernía sobre Estocolmo. A través de la ventana entreabierta el aire cálido vespertino entraba en la cocina. Olía a tierra mojada y a caca de perro.

—Por favor, Emma. Llévate el bote a tu habitación —dijo mamá.

Miré a papá, intentando averiguar si debía obedecer o no.

—Deja el bote en la mesa —dijo, en un tono apagado de mal agüero, y me dio la sensación de que hablaba directamente a mamá, aunque me miraba a mí.

Mamá se sentó a la mesa. Tenía los labios apretados y se frotaba una sien. La piel se le arrugaba como si estuviera hecha de cartón fino bajo los dedos. Papá comía sin decir esta boca es mía. Contuve la respiración y me puse a contar. Si inspiraba mucho aire, podía contener el aliento hasta cincuenta. Dragan podía aguantar sin respirar dos minutos y medio, y Marie, de educación especial, podía aguantar hasta que se desmayaba, aunque Elin decía que era porque tenía parálisis cerebral.

—¿Qué haces? —preguntó mamá. Dejó el tenedor y me lanzó una mirada de reprobación.

—Nada, solo…

—Para ya. Parece que tengas una especie de… tic.

No sabía qué era un tic y tampoco osaba preguntarlo. Mamá se volvió hacia papá, con las mejillas encendidas, y vi que tenía la mano izquierda, la que estaba sobre el regazo, cerrada en un puño, como si agarrara algo pequeño y valioso.

—¿Has pagado el alquiler hoy?

Papá removió el guiso de pollo con un tenedor y no contestó.

—Lo prometiste —susurró mamá—. No sé por qué confío en ti. Estás tan fuera de todo y confundido como… un niño.

Bajé la mirada hacia mi plato, donde unos cuantos trozos solitarios de pollo nadaban en un caldo claro. Si quería podía alterar de verdad a mamá, solo tenía que recordarle que podía pagar ella las facturas, aunque no supiera leer muy bien. Por supuesto, no dije nada.

—No metas a Emma en esto —masculló papá.

—Sois exactamente iguales. Igual de desesperantes —aclaró.

—¿Sabes qué? Te estás comportando como una auténtica zorra. —Papá sonó triunfal y aliviado al mismo tiempo, como si dijera una verdad esperada durante mucho tiempo.

—Zorra —insistió, marcando cada consonante.

—Ándate con cuidado —gritó mamá—. No tengo por qué aguantar esta mierda, y lo sabes. Hay muchos hombres que estarían muy contentos de tenerme. Hay muchos candidatos…

—¿Candidatos? En tus sueños. ¿Quién quiere a una puta borracha con las tetas caídas hasta las rodillas que no hace más que incordiar?

—Basta, joder. Si no te gusta, me voy. Lo digo en serio.

—Siempre lo dices.

—Emma, vete a tu habitación —dijo mamá.

Me levanté y salí corriendo de la cocina.

—Y llévate ese puto insecto —añadió.

Me di la vuelta justo cuando mamá lanzaba el bote al aire. Voló dibujando un arco alto por encima de mi cabeza y, aunque intenté atraparlo, no había opción. Se rompió contra la pared de la cocina.

Me desplomé sobre las rodillas.

Las esquirlas de cristal se esparcieron por el suelo. El nido de viejas ramas secas estaba junto a la pared, y al lado la mariposa. Tenía un ala partida en dos y el cuerpo estaba extrañamente plano. Estiré un dedo y la toqué con suavidad.

La mariposa azul estaba muerta.

 

Llueve cuando regreso a casa. Los árboles de la explanada de Karlavägen extienden sus ramas desnudas hacia arriba, como si intentaran tocar el cielo. Una capa gruesa de hojas mojadas cubre el suelo. «¿Está Sigge ahí fuera?», me pregunto. No está en el patio, eso seguro. Lo he buscado varias veces y no hay rastro del gato. Tampoco lo encontré en Vallhallvägen. ¿Desapareció en el laberinto de calles y callejuelas mojadas que conforman Estocolmo? ¿Está en algún sitio, herido e incapaz de encontrar el camino a casa? ¿Alguien se lo ha llevado a casa?

No creo.

Creo que Jesper lo mató. Paro un momento, cierro los ojos, vuelvo el rostro hacia la lluvia e intento imaginarlo; Jesper cerrando sus manazas alrededor del cuello de Sigge. Lanzándolo por la ventana.

Pero no puedo.

No puedo evocar una imagen así. Solo veo a Jesper durmiendo pacíficamente en una alfombra colorida. El campo de girasoles. El pecho moviéndose arriba y abajo cuando respira. La boca entreabierta.

Sigo a pie hacia casa. Karlaplan está desierta en la oscuridad, delante de mí. Las hojas han llenado el fondo de la fuente vacía. Una parte de mí quiere tumbarse en el borde, apoyar la mejilla en esas hojas mojadas, pero algo me detiene. Algo atrevido, eficiente e implacable ha cobrado vida en mi interior. Tal vez porque llevé el anillo a la casa de empeños y así gané algo de tiempo. Porque el dolor en el vientre ha desaparecido.

O a lo mejor ya estoy harta.

Cuando paso junto a la boca del metro, oigo algo por detrás, un pequeño golpe, como si alguien hubiera dejado caer un libro o una bolsa de harina al suelo. Me doy la vuelta pero no distingo nada con las oscuras sombras de los árboles. Por algún motivo no estoy asustada, sino furiosa. Estoy convencida de que él está ahí, en la oscuridad, esperándome. Y eso me saca de quicio.

—¿Hola? —grito, pero no hay respuesta. Lo único que oigo es el sonido de la eterna lluvia y un coche que desaparece a lo lejos. Hay una ventana abierta en uno de los edificios en el breve callejón lateral, y se oyen música y voces en la oscuridad.

Doy media vuelta y camino hacia la sombra. La luz de una farola casi me ciega, bajo la vista y observo el asfalto empapado por la lluvia.

—Sal, cobarde. Sé que estás ahí.

Entonces una sombra se separa de la oscuridad y se desliza por el callejón lateral en dirección a Valhallavägen. El eco de alguien corriendo entre las paredes del edificio de pisos se apaga.

De pronto noto las piernas débiles y entumecidas. Me miro las botas de tacón y me doy cuenta de que tengo pocas opciones de atrapar a la sombra, que ya ha desaparecido.

—¡Puto cobarde! ¡Te atraparé! —chillo.

Justo cuando decido rendirme, noto una mano en el hombro. Me doy la vuelta. Una anciana con gabardina me mira preocupada. Sus dos perros salchicha también me miran con sus insondables caras de perro.

—¿Te han robado, cariño?

—No, era solo que…

—¿Debería llamar a la policía?

Tiene los ojos como naranjas y noto que es lo más emocionante que le ha ocurrido en mucho tiempo, tal vez en años. Uno de los perros salchicha emite un leve gruñido.

—No —digo—. No es nada grave, puedo cuidar de mí misma.