La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 22 de 40

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La desconocida

Hanne

 

Poco antes de interesarme por la ciencia del comportamiento estudié antropología social. Me empapé de Franz Boas y Bronislaw Malinowski y soñé con dirigir un estudio de campo de un año de los inuit en el norte de Groenlandia, tal vez porque de pequeña vi ese viejo documental, Nanuk, el esquimal. Pero eso fue en los años setenta, es decir, cuando cada vez se exigía con más vehemencia una antropología más activista y el interés por los pintorescos pueblos indígenas sin importancia geopolítica disminuyó.

Los esquimales ya no estaban de moda.

Pese a todo, he mantenido mi interés por la antropología. Tal vez por eso Owe me traía de vez en cuando regalitos de pueblos indígenas después de sus viajes.

O eso pensaba yo.

Tras un congreso médico en Miami en los años ochenta, me regaló una máscara trenzada de malla hecha por el pueblo huichol del oeste de México. En otra ocasión, cuando estuvo en un congreso de psiquiatría en Sudáfrica, me regaló un estuche de tabaco antiguo del pueblo xhosa. Y así. Al final, casi toda la librería estaba llena de recuerdos de Owe.

Tardé unos diez años en darme cuenta de que esos regalos eran una compensación por algo muy distinto. No recuerdo bien cómo lo pillé. Tal vez la llamada de teléfono en plena noche de vez en cuando y el silencio al otro lado cuando contestaba yo. Tal vez llegó una carta con la palabra «CONFIDENCIAL» escrita. Pero sobre todo era por Evelyn.

Evelyn, americana de cuarenta y tantos años, era la terapeuta de Owe, lo que en sí no era destacable. En nuestro círculo social, todo el mundo tenía como mínimo un terapeuta. Ir al psicoanalista varias veces por semana estaba considerado perfectamente normal. Creo que incluso era un poco un símbolo de tu categoría. Así que Owe pasaba una cantidad considerable de su tiempo libre hablando sobre su infancia en el diván de Evelyn.

Recuerdo que a menudo estaba agotado al llegar a casa. Sudoroso, ausente y con la mirada vidriosa, se desplomaba en el sofá del salón y pedía estar solo. En aquellas ocasiones, yo siempre era especialmente cariñosa con él, porque daba por hecho que había estado comentando algún tema difícil. Tal vez la enfermedad de su padre, o la afición de su madre a los calmantes y tranquilizantes. Sin embargo, una noche de diciembre, cuando llevábamos unos diez años casados, lo pillé. Recuerdo que me desperté porque tenía frío. Los radiadores no funcionaban muy bien en aquella época y el edredón se me había resbalado. Vi que Owe no estaba tumbado a mi lado y salí al salón a ver qué hacía. Oí una conversación entre susurros en la cocina, me quedé en silencio y me acerqué sin delatarme.

Hablaba en inglés y no era de trabajo. No tardé mucho en descubrir que hablaba con Evelyn y que su relación no era en absoluto como me habían hecho creer.

Pensé en irrumpir en la cocina y arrancarle el teléfono de la oreja, darle una bofetada o tal vez tirar algo al suelo, pero di media vuelta, volví al dormitorio y me tapé la cabeza con el edredón, sintiendo un desprecio intenso e inexpresable. Porque lo que sentía era desprecio, no tristeza, no rabia ni celos. No podía respetar su asquerosa hipocresía, el hecho de que nunca me hubiera hablado de Evelyn ni de ninguna de las demás, pero me reprochara constantemente mis indiscreciones.

Porque sí, yo también había sido infiel. Más de una vez. Sobre todo al principio de nuestra relación. Pero era otra época, entonces la gente tenía relaciones «abiertas» y practicaba la poligamia y yo qué sé qué más, y yo nunca mentía ni escondía mis aventuras. De vez en cuando acababa en la cama con otro hombre después de una fiesta con alcohol, y la reacción de Owe era siempre la misma: me llevaba a casa, cargaba conmigo si era necesario y me echaba algún sermón. Me trataba como si fuera una niña que se hubiera saltado la hora de volver o la hubieran pillado robando en una tienda. Y me dejaba en desventaja moral, lo que utilizaba, y ahora me daba cuenta, para acostarse con Evelyn tres veces por semana en el sofá de su terapeuta.

Creo que fue entonces cuando empecé a odiarle.

Cuando conocí a Peter, sentí que no había motivo para negarme el amor de verdad. ¿Por qué iba a hacerlo? Owe se había permitido enamorarse de esa zorra americana.

En cierto modo, iniciar una relación con un hombre como Peter era como una rebelión. No era un intelectual, vivía en un piso diminuto de las afueras y le encantaba ver deportes. En pocas palabras, era el tipo de hombre al que nuestros amigos se referirían, con cierta condescendencia, como un tipo medio. Alguien cuyos sueños no iban más allá de las siguientes vacaciones o un coche nuevo y que pensaba que Chéjov era una marca de vodka.

Nunca supe mucho del pasado de Peter. Me contó que su madre había sido políticamente activa y se implicó en el movimiento pacifista, que de pequeño iba con ella a las reuniones y manifestaciones. En aquellas ocasiones pensaba que parecía haberse criado entre mis amigos. Sin embargo, a pesar de sus orígenes, no le interesaba la política en absoluto. Supongo que suele ocurrir: elegimos deliberadamente una vida distinta de la de nuestros padres.

En todo caso, la autoestima inflada de Owe sufrió un duro golpe cuando se dio cuenta de que me estaba planteando en serio dejarle, incluso después de que Peter me dejara tirada en Skeppargatan aquella noche.

Sin embargo, todas mis frustraciones con Owe, que culminaron aquella noche, al final se convirtieron en resignación y una especie de pasividad. Me parecía impensable volver a enamorarme, aprender a confiar en otro hombre como lo hice con Peter, para luego llevarme una decepción.

Así que me quedé, a falta de alternativas mejores. Así funciona la vida. Y ahora ha vuelto a mi vida.

Peter.

El único hombre que ha significado algo para mí durante los últimos quince años. Un policía ojeroso con la autoestima baja y un miedo patológico al compromiso. Unas horas antes estaba tumbado en la cama a mi lado. Encima de mí. Dentro de mí. Y solo puedo pensar en cuándo volveré a verlo.

«A lo mejor me estoy convirtiendo en Gunilla», pienso, y recuerdo sus palabras.

«Sentimos una atracción tan… increíble. Nos ponemos cachondos, por decirlo vulgarmente. ¿Eso está permitido a nuestra edad?»

Queda descartado retomar la relación, por supuesto. No solo porque me da miedo que me abandonen de nuevo, sino también porque estoy cayendo en una enfermedad incurable. Un túnel negro de olvido y decadencia. Es como si fuera una exploradora a punto de entrar en una montaña por una grieta, y sé que se va a hacer más estrecha cada vez, hasta que esté bien dentro del lecho de roca sin manera de salir.

Ahí dentro, ni siquiera Peter podría ayudarme.

Cuando llego a comisaría, sus colegas están cribando las pistas recibidas sobre el dibujo de la fallecida. Repaso las fotografías de las chicas con la esperanza de que ninguna sea idéntica a la víctima de la casa de Orre. Pero encaje o no una de esas fotografías, al final una coincidirá, claro. No hay manera de huir de eso. Hay alguien en un nicho refrigerado esperando que le devuelvan su nombre y su historia. Aunque sea a título póstumo.

Evito mirar a Peter. No porque me arrepienta de lo ocurrido anoche, sino porque no sé qué decir ni hacer. Hacía mucho tiempo que no me encontraba en una situación así. Como una adolescente. «Bueno, ayer nos acostamos, pero no sé si le gusto de verdad o si volveremos a hacerlo, o yo qué sé».

De hecho, es gracioso. Tal vez sea lo más divertido que me ha pasado en años.

¿Cuánto hacía que no tenía relaciones sexuales? No lo sé exactamente, ¿cinco años?

Recuerdo que solía decirle a Owe que me dolía la cabeza. No porque fuera una buena excusa, sino porque era una excusa tan horrible que le dejaba claro que ya no quería acostarme con él.

Y así fue.

Al final dejó de tocarme de esa manera. Se metía en la cama en silencio todas las noches y apagaba la luz sin ni siquiera darme un beso. Sabía que pretendía ser un castigo, pero a mí me iba bien. Estaba cansada de él, aunque nunca me planteé en serio intentar volver a dejarlo.

Luego llegó la enfermedad. Empezó con olvidos de nombres. Podía ser el nombre de un amigo de hacía años, o, aún más habitual, el nombre de un sitio.

Sundsvall, Soderhamn, Solleft eå. Örebro, Örkelljunga, Örgryte. Arboga, Abisko, Arvika.

¿Quién demonios puede recordarlos todos? Si se hubiera quedado ahí, dudo que Owe hubiera notado nada. Pero luego empecé a faltar a citas, a olvidar llamar a amigos como había prometido y a perder la tarjeta de crédito y el móvil.

Un día me olvidé a Frida en la puerta del supermercado y cuando llegué a casa no recordaba dónde la había dejado. Llamé a Owe presa del pánico. Una semana después me obligó a ir al médico, que me derivó a una clínica de la memoria.

La clínica de la memoria.

Me deleito en las palabras. Suena poético y absurdo al mismo tiempo. Como una obra de Kristina Lugn o un libro de Kurt Vonnegut.

La clínica en sí no era especialmente poética ni absurda. Fueron muchas pruebas y preguntas, y al cabo de unos meses los médicos llegaron a la conclusión de que tenía una demencia incipiente, pero no sabían de qué tipo. Ni con qué rapidez se iba a desarrollar ni si las pastillas me ayudarían.

Miro a mis colegas, sentados en sus mesas. Me pregunto qué pensarían si supieran que tienen una compañera con una «leve discapacidad cognitiva». Que la experta en comportamiento que cobra novecientas coronas por hora de consulta se asoma al gran olvido. En unos meses quizás no sea capaz de distinguir un plátano de una porra.

Manfred se me acerca. Va tan elegante como siempre, como un pavo real, y se agacha al lado de mi silla.

—Qué buen trabajo el de las cerillas, joder —dice.

—Gracias.

—Entonces ¿crees que el asesino y las víctimas se conocían?

—Por el modo de matar, sí. Creo que tenían algún tipo de relación, y que el asesino buscaba vengarse de las víctimas. Castigarlas.

—Y si tuvieras que especular, ¿qué tipo de relación tenían?

—Debía de implicar sentimientos intensos. Al otro lado de ese odio tenía que haber algo más. Algo igual de fuerte. El odio no sale de la nada.

—¿Como qué?

Pienso un momento.

—Amor, por ejemplo.

 

A la hora de comer, recibo un mensaje de texto de Owe. Escribe que quiere disculparse por su conducta y las amenazas. Que está bien, que me quiere y que cree que no puede vivir sin mí.

Seguro que es cierto, pero no contesto. En cambio, compro una ensalada y me siento en la sala de reuniones con Sánchez y Manfred, que están a punto de dar instrucciones a los investigadores sobre cómo cribar las pistas. En realidad no es tan importante que yo esté aquí. Podría irme a casa de Gunilla a leer un libro en el sofá, pero no quiero.

Una investigadora más joven, Simone, que lleva rastas hasta los hombros, ladea la cabeza y dice:

—Podemos eliminar a Wilhelmina Andrén de la investigación, la mujer que huyó del psiquiátrico en el hospital de Danderyd. El propietario de un perro la ha encontrado muerta por congelación cerca del canal de Solna esta mañana. Sus padres la han identificado, así que no hay duda de quién es.

—Pobre —murmura Manfred, y se acaricia la incipiente barba pelirroja. Simone asiente y continúa:

—Eso nos deja a Angelica Wennerlind y a Emma Bohman. Se han enviado los registros dentales a Solna y deberíamos tener respuesta como muy tarde mañana.

—Pensaba que sería esta noche —dice Manfred.

—El dentista forense está en Skövde y necesita unas horas para llegar — dice Simone.

En ese momento se abre la puerta y entra Peter. Tiene las mejillas sonrojadas y nieve en la chaqueta de piel nueva. No se molesta en quitársela o sentarse. En cambio, nos señala a Manfred y a mí.

—Venid conmigo. Tenemos una colega que dice que conoció a Emma Bohman hace dos semanas. Por lo visto ella y Jesper Orre sí tenían una relación.