La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 23 de 40

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La desconocida

Emma

 

 

Tres semanas antes

—Tengo que pagar algunas facturas. ¿Puedo usar el ordenador de la oficina un rato?

Mahnoor se encoge de hombros y se pone un poco de brillo de labios en el dedo índice. Hoy tiene ojeras. Los tejanos le cuelgan peligrosamente bajos de la cadera y dejan al descubierto el borde de las bragas de encaje.

—Claro.

Me sorprende que no se oponga. Tengo varias excusas más preparadas para explicar por qué necesito hacerlo ahora mismo, cuando estamos a punto de abrir. Pero Mahnoor sonríe con dulzura y desaparece en la tienda. Oigo que ella y Olga hablan a lo lejos, suena como si se estuvieran riendo, y eso me hace parar y pensar.

Está distinto, todo parece distinto. La tienda parece más iluminada. Olga y Mahnoor están de mejor humor. Incluso hace sol. Pero no ha cambiado nada realmente, salvo que he recuperado el control sobre mi vida.

¿Eso era lo que necesitaba?

Es más fácil de lo que esperaba encontrar en Internet lo que estoy buscando, aunque tengo que invertir algo de tiempo en investigar. No tengo ni idea de qué modelo es el mejor ni de cuántos voltios necesito. Al cabo de veinte minutos, pido ese aparatito que parece un móvil. La página web promete entregarlo en veinticuatro horas, pero me va bien si llega en los tres próximos días. Luego saco la tarjeta de visita del bolsillo de los tejanos.

«Anders Jönsson, periodista freelance».

Antes de llamar me acerco a la puerta, la abro una rendija y me asomo a la tienda. Olga está con un cliente en la caja y Mahnoor, doblando tejanos, se balancea un poco al ritmo de la música.

Anders Jönsson contesta al tercer tono. A principio parece que no se acuerda de mí, así que le explico que me encontró en la tienda, que entonces no quise hablar con él pero ahora sí. Se queda un momento en silencio. Luego dice con ilusión que le encantaría quedar conmigo. Lo antes posible. ¿Tal vez hoy mismo?

«Así de fácil —pienso—. Fue muy fácil».

 

El verano estaba explotando en tonos de verde al otro lado de las ventanas del pasillo que recorríamos. El eco de nuestros pasos botaba como pelotas de tenis de mesa entre las paredes de cemento. Hacía lo posible por mantener su paso, pero caminaba muy rápido. Se apresuró hacia la entrada, donde el sol penetraba a través de las grandes puertas de cristal y hacía brillar los suelos, marrones de la porquería.

—Sabes que no podemos vernos, Emma. Lo entiendes, ¿verdad?

Se volvió hacia mí y nos paramos ahí, en la entrada del aula de física. Las paredes verdes parecía que se acercaran, como si el pasillo se estrechara, y empezaba a costarme respirar. El techo se inclinaba ominosamente. Era blanco, con algunas manchas negras aquí y allá.

Woody me puso una mano en el antebrazo. Me dio una palmadita, antes eso me hacía sentir como una niña pequeña. ¿No entendía el efecto que tenía, lo humillante y destructivo que era ese gesto?

Se me encendieron las mejillas. De vergüenza, pero también de otra cosa. Rabia. Se había aprovechado de mí, había jugado conmigo. Me había chupado, limado, penetrado, besado y acariciado y todo lo demás, y ahora ya no me quería. Había acabado conmigo. Había cogido lo que quería y con eso le bastaba.

Y ahí estaba yo.

—¿Qué significa que no podemos vernos? —dije, y me arrepentí de inmediato porque lo último que quería era que me viera como una niña pequeña insegura.

Me miró perplejo y retrocedió un paso, como si de repente hubiera descubierto que yo apestaba.

—Antes no te importaba —añadí.

—No lo entiendo —dijo, al tiempo que sonaba el timbre y todas las puertas se abrían en el pasillo. Parecía preocupado de verdad.

Los alumnos salieron en tromba de las aulas, pasaron corriendo por nuestro lado, un torrente de carne adolescente, pero tenía la mirada fija en mí.

—Quiero ayudarte, Emma, pero no de esa manera.

En ese momento me desmoroné.

El pasillo se hundió alrededor y el techo manchado crujió. Me morí. En una nube de polvo de cemento había dejado de existir. Tenía el cuerpo roto. El dolor se clavaba y golpeaba en cada célula. Mis átomos estaban separados, aniquilados, habían desaparecido. Lo único que quedaba era el dolor vibrante y la vergüenza.

 

En Lützengatan camino con dificultad por montones de hojas de arce amarillas. Es como caminar por nieve profunda. El aroma de las plantas en descomposición penetra en mis fosas nasales. Una ráfaga de viento se lleva unas cuantas hojas, que se arremolinan encima de mí como golondrinas. Me paro en medio de la calle con los ojos fijos en las hojas, como hipnotizada por la escena.

Había olvidado que la vida podía ser tan bonita. Tan perfecta.

Está en la puerta de la panadería de Valhallavägen, como prometió. Lo reconozco de inmediato, lleva la misma vieja parca. El viento le agita el pelo fino y rubio encima de la cabeza de una manera tan cómica que tengo que obligarme a no mirar. Nos saludamos y entramos al calor. Dentro está apretado y oscuro, como siempre. Hay algunos asientos junto a la pared, nos acomodamos, cada uno con un café y un bollo de cardamomo.

—Bueno, ¿cómo van las cosas en el trabajo?

Hace que la pregunta suene inocente. Como si fuéramos dos viejos amigos tomando un café, poniéndonos al día de los últimos meses.

—Bien.

—¿De verdad?

Levanta las cejas pálidas. Parece sorprendido, pero he decidido no contarle que me han despedido. Sonaría a venganza, que lo es.

Tu trabajo por mi trabajo, Jesper.

—Bueno, ya sabes cómo es para nosotros.

Asiente y se come la mitad del bollo de cardamomo de un bocado.

—Es horrible. —Hace hincapié en todas las sílabas, como para destacar lo horrible que le parece.

—Ya.

—¿Cómo lo llevas?

—Es un trabajo y necesito el dinero.

—Viva el capitalismo —murmura, con una expresión de repente amarga.

—No tengo elección.

Asiente despacio.

—Entiendo. Por eso es tan valiente que vengas aquí hoy. ¿Qué querías decirme?

De repente parecía muy intrigado. La expresión contrariada se ha desvanecido. Bajo el tono y me inclino sobre la mesilla, así que la mujer de detrás del mostrador no me oye.

—Jesper Orre. Sé cosas de él.

—Te escucho —dice, se inclina más, tan cerca que veo los granos de azúcar en la comisura de sus labios y huelo el café en su aliento.

Intento parecer preocupada y me revuelvo un poco en la silla.

—Pero no me parece bien del todo contártelo.

Abre los ojos claros de par en par y me toca el brazo ligeramente.

—Tu lealtad es admirable, pero ahora tienes que pensar en tus colegas. Tienes que pensar en ellos, porque él no lo hará. Lo único que le importa a Jesper Orre es el dinero. No le importáis un pimiento ninguno. Nunca lo olvides. A Jesper Orre no le importas una mierda, Emma.

Suspiro. Asiento despacio. No sabe hasta qué punto tiene razón.

—De acuerdo, te lo contaré. De todos modos, todo el mundo habla de ello. Su casa se quemó ayer, o a lo mejor fue el garaje. Y por lo visto la policía cree que lo provocó él.

Se le ve un tic en el ojo cuando se inclina hacia mí. Algo ha cobrado vida en su mirada. Ahora está muy animado, parece que se ha olvidado del bollo. Lo ha dejado en el plato y lo ha empujado a un lado. Aún tiene la mano en mi antebrazo y me la quito de encima con suavidad.

—Lo siento —murmura cuando se da cuenta de que me estaba agarrando —. ¿Sabes por qué lo hizo?

Me encojo de hombros y lo miro con lo que espero que parezca una expresión inocente.

—Ni idea. Pero parece ser que el garaje estaba lleno de coches caros.

—Entonces ¿un tema del seguro?

Niego con la cabeza, despacio.

—No lo sé. Suena un poco raro que lo hiciera él. Sobre todo si tenía los coches dentro.

Él me sonríe con indulgencia y me doy cuenta de que se está tragando mi actuación de ingenua: ha picado el anzuelo.

—¿Sabes si alguien puede confirmarlo?

—No, pero seguro que la policía sabe algo del incendio.

Él asiente en silencio.

—Emma, es importante. Si sabes algo más de Jesper, deberías contármelo ahora.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, ¿tenía otros problemas?

Intento fingir que lo pienso, que rebusco hasta en el último rincón de la memoria. Luego asiento.

—Bueno, tal vez la investigación.

—¿La investigación?

—Sí, el departamento financiero de C&M lo está investigando.

—¿Sabes por qué?

Inclino la cabeza a un lado. Abro los ojos de par en par y retuerzo un largo mechón de pelo entre los dedos.

—Dicen que hizo que la empresa pagara su fiesta de cumpleaños privada. Pero probablemente son tonterías. Es decir, seguro que podía permitirse pagársela él.

 

Esa noche me doy el capricho de tomar vino y pizza para cenar. Enciendo las velas, las mismas de nuestra cena de compromiso. También pongo música, y de repente todo parece más sencillo. Más manejable, tal vez. Ahora tengo una misión clara: hacer justicia. Me he convertido en una especie de instrumento. Eso tiene algo de liberador. Rendirse ante algo más grande e importante que una misma resulta liberador. Vivir solo para una cosa hace que ya no tengas necesidad de tomar decisiones: el camino ya está marcado.

Pienso que no puedo beber mucho. No puedo arriesgarme a tener resaca, a estar lenta y tonta. Ahora no. Cada hora, cada minuto, cada segundo es importante si voy a poder hacer lo que necesito hacer.

Disciplina. Contención. Autocontrol.

Justicia.

Vuelvo a poner el tapón en la botella de vino después de la segunda copa. Me inclino sobre el fregadero de la cocina y bebo agua fría del grifo. Me cae el pelo en el fregadero. Reluce bajo la lámpara del techo. «Qué pelo más bonito tengo», pienso.

Voy al baño. Veo mi reflejo y casi me quedo sin aliento: me brilla el pelo, tengo la piel tan clara que casi centellea. Y lo veo: soy bella. Soy bella de verdad. ¿Por qué siempre he pensado que era rechoncha, aburrida e infantil cuando me miraba en el espejo? ¿Por qué nunca me he visto con claridad? Por muchas veces que me lo dijera Jesper, nunca le creí. Ahora lo veo con mis propios ojos.

Soy fuerte. Guapa. Y no necesito a nadie. Ni siquiera a Jesper. Sobre todo no necesito a Jesper.

 

El metro va con retraso, pero apenas me doy cuenta. Estoy sentada en el andén con la nariz metida en un periódico, siguiendo el texto con el dedo índice, como si temiera perderme una palabra. «Polémico CEO sospechoso de incendio provocado y de romper la confidencialidad», leo. El artículo describe una serie de abusos que el periodista cree que ha cometido Orre y que la empresa ha descubierto. «La polémica que rodea al rey de la moda aumenta», escribe, antes de concluir especulando sobre cuánto tiempo mantendrán en el cargo a Jesper Orre los accionistas y la dirección. Un gráfico junto al texto muestra que el valor de las acciones de la empresa se ha desplomado durante los últimos meses. Debajo de todo del artículo hay una pequeña fotografía del hombre que conocí ayer, el periodista con azúcar en la comisura de la boca que escuchaba mi historia con tanta intención.

«Fue casi demasiado fácil», pienso. Se lo comió, estaba desesperado por querer creer cada palabra que yo le decía. ¿No?

¿Equilibrio cósmico?

A lo mejor al final sí hay algún tipo de fuerza superior.

Cuando cruzo la plaza, los pasos se vuelven más ligeros. Una brisa casi cálida me acaricia el cabello. Las nubes se persiguen por encima de mi cabeza, y entre ellas veo retazos de azul. Fuera, en la tienda, los vagabundos ya están en su sitio, compartiendo la primera botella del día de algo fuerte. Cuando los miro, veo a gente que nunca asumió el control de su vida, que se rindió a su destino en vez de levantarse y resistir. Si no me hubiera vengado de Jesper, podría haberme convertido en uno de ellos: pisoteada, rota. Un desecho humano sin objetivos ni propósito, dando vueltas sin rumbo, como las hojas al viento.

 

Olga está fuera, fumando. Hay algo raro en su postura, en cómo mueve el cigarrillo hacia la boca. Tiene un aire errático y rígido. Parece nerviosa. Además, casi nunca fuma en la entrada: siempre va al cuarto trasero. Según el manual de la oficina central, no se nos permite fumar delante de la tienda. Por lo visto queda mal.

Cuando me ve, agita los brazos por encima de la cabeza, como si me estuviera esperando. Tira el cigarrillo y el viento lo atrapa en el acto, se lo lleva por delante de los hombres que beben vodka con sus chaquetas raídas y hacia la fuente rota que hay en medio de la plaza.

—Hola —digo.

—La policía está aquí —me susurra con los ojos de color azul claro desorbitados. Una ráfaga de viento le levanta el pelo fino y deja al descubierto las raíces oscuras.

—¿La policía?

—Quieren hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Sí, contigo.

—¿De qué?

—Ni idea. Pensaba que tú lo sabrías.

Me encojo de hombros, intento parecer despreocupada, pero cuando entro en la tienda se me acelera el pulso y me cae una gota de sudor entre los omoplatos. Noto los ojos de Olga clavados en la espalda. No me estaba esperando fuera por los nervios, ahora me doy cuenta, sino por una curiosidad impaciente.

Están con Mahnoor en la caja. Son un hombre y una mujer de unos cuarenta y tantos, vestidos con ropa normal. Podrían ser clientes de lo normales que parecen. El hombre es bajo, fornido y con el pelo de color rubio canoso muy corto. Está demacrado de una forma atractiva, como el villano de una película de acción. La mujer es alta, delgada y encorvada. Tiene el pelo color rubio ceniza, áspero y largo. Se le levanta de los hombros cuando se da la vuelta y me estudia con una mirada crítica.

—¿Emma Bohman? —dice, y me ofrece una mano huesuda que aprieta la mía con una fuerza sorprendente—. Me llamo Helena Berg y soy de la policía. Nos gustaría hablar con usted.

Su colega se ha colocado a mi izquierda sin que me diera cuenta.

—Johnny Lappalainen —dice. Luego silencio, nada más. Nada de su cargo, ninguna explicación más.

Por encima del hombro de Johnny veo a Mahnoor. Tiene los ojos grandes y negros y veo que le intriga saber de qué va todo esto. Niego despacio con la cabeza hacia ella: no, no sé qué quieren.

—Nos gustaría que nos acompañara a comisaría para hacerle unas preguntas —dice la mujer delgada, mientras me lanza una mirada inexpresiva. Ya he olvidado su nombre. Ahora mismo no hay espacio en mi mente para su nombre: está ocupado hasta el último recoveco y rendija. Intento a la desesperada ordenar los hechos de la última semana, repasar todos los momentos decisivos. ¿Alguien me vio frente al garaje de Jesper aquella noche? ¿El hombre de la ferretería pudo llamar a la policía? ¿Olga contó algo? Pero ella no sabe lo que he hecho, solo lo que Jesper me hizo a mí. Ni siquiera eso, porque no se lo conté todo.

—¿Es obligatorio? —pregunto.

—Sí —contesta el hombre con brusquedad—, pero no tardaremos mucho.

Miro a Mahnoor de nuevo. No dice nada, pero me hace un gesto como si estuviera ansiosa por que les obedezca.

 

La mujer policía del pelo desgreñado se sienta delante de mí en una sala pequeña con mobiliario blanco. Hay un portátil sobre la mesa entre nosotras, nada más. De cerca, parece mayor. Unas líneas profundas van desde las comisuras de la boca hasta la barbilla, y tiene mechones grises en las raíces del pelo.

El hombre se sienta en silencio a su lado. Se acaricia el pelo corto, como si quisiera comprobar que cada pelo está en su sitio, y mira por la ventana. Sigo su mirada. Un tenue sol de finales de otoño brilla sobre la plaza y la fuente vacía. Las hojas muertas revolotean formando pequeños torbellinos sobre el asfalto.

—¿Reconoce esto? —pregunta la mujer, y abre un sobre marrón. Algo cae sobre la mesa blanca con un golpe: una diminuta bolsa de plástico con un pequeño objeto que parece un botón metálico. Cojo la bolsa, la sopeso en la mano y la abro.

Es el anillo.

Mi anillo de compromiso.

—Sí —digo—. Es mi anillo de compromiso.

—¿Está segura? —pregunta el hombre.

Asiento.

—Sí. Nunca lo grabamos, pero parece mi anillo, sí.

—¿Cuándo lo vio por última vez? —pregunta, y se reclina en la silla hasta que cruje, como si protestara por el peso.

—Cuando lo dejé en la tienda de empeños de Storgatan. Necesitaba el dinero.

El hombre y la mujer que tengo delante intercambian una mirada rápida.

—¿Cuándo y dónde lo compró? —pregunta la mujer, y se inclina sobre la mesa.

—Es un anillo de compromiso, como he dicho. Yo no lo compré, me lo regalaron.

—De acuerdo, para que lo entendamos: ¿cuándo y dónde se lo regalaron? ¿Y quién se lo regaló?

Suspiro. No entiendo qué pretenden. Miro por la ventana, de repente deseo estar sentada en aquel banco del parque con una chaqueta acolchada sucia y una botella de alcohol en la mano. Como los vagabundos que había en la puerta de la tienda esta mañana. Cualquier cosa sería mejor que esto.

—Me lo regaló mi novio, o prometido. Hace dos semanas. Pero luego rompió conmigo. Necesitaba el dinero, así que lo dejé en la casa de empeños. Eso no es ilegal, ¿no?

El hombre niega con la cabeza.

—Por supuesto que no. Pero este anillo fue robado en una joyería de Linnégatan hace dos semanas. ¿Sabe algo de eso?

—¿Robado?

—Sí. Lo robaron de la tienda. Los propietarios de la casa de empeños comprueban todos los objetos que adquieren con nuestra lista de objetos robados, así que el anillo fue identificado bastante rápido. La casa de empeños tenía sus datos personales, así que aquí estamos.

Empieza a extenderse un frío por todo mi cuerpo. Sube desde los pies hasta el pecho y luego a la cabeza, hasta que todo mi cuerpo es puro hierro. ¿Jesper robó el anillo? Y en ese caso, ¿por qué? ¿No quería gastarse dinero en mí, o esto también forma parte de algún tipo de plan enfermizo que no podía prever?

La mujer se inclina sobre la mesa, con la mirada clavada en mí, y parece aún más imponente que antes. Veo un vello diminuto sobre el labio superior. Tengo ganas de decirle que se aparte, que no se acerque más. Con cada centímetro que avanza hacia mí, crece el nudo en el estómago. Toda la situación es demasiado asfixiante para mí. Necesito distancia. Espacio. No soporto esta cercanía tan intrusiva.

—Creemos que tú robaste el anillo de la tienda, Emma.

No puedo contestar. Tengo la boca seca, como si la tuviera llena de arena. La lengua rasca contra el paladar. Lo único que puedo hacer es negar con la cabeza. El hombre de apellido finlandés lanza un profundo suspiro. Supongo que a lo largo de su carrera ha oído todas las excusas imaginables. «No me cree», pienso. Ninguno de los dos me cree.

—Emma, mira esto.

Gira el ordenador que hay entre nosotras sobre la mesa hacia mí y veo una imagen granulada en blanco y negro. Al principio no sé de dónde es, pero luego reconozco el interior de la joyería. Un pequeño texto en blanco en la esquina derecha muestra la fecha y la hora. La mujer aprieta el botón y la imagen cobra vida. Una dependienta está hablando de espaldas a la cámara. Los movimientos son bruscos, gesticula y levanta una cajita. Luego señala una mesa con dos sillas y se sienta en una de ellas de espaldas a la cámara. La otra persona, la clienta, la sigue, se sienta en la otra silla y se quita el sombrero y los guantes.

Soy yo. La clienta soy yo.

La mujer que está sentada delante de la dependienta soy yo.

Luego la que soy yo toca los anillos. Se los prueba uno detrás de otro. Parece que sonrío, como si disfrutara con la situación.

—Me estoy probando anillos —digo—. Jesper y yo nos estamos probando anillos.

—Eso ya lo vemos —contesta el hombre—. Pero por lo que veo, estás sola en la tienda.

No lo entiendo. No tiene sentido.

—Espere, pare —digo.

Él se encoge de hombros y para el vídeo.

—Lo hemos visto varias veces.

—Rebobine unos segundos.

Lo hace y le digo que vuelva a poner el vídeo.

—Ahí —digo—. Pare.

Detrás de mí veo una sombra granulada que se mueve hacia el centro de la imagen.

—Ahí está —digo—. Es él.

Los agentes de policía se miran e intercambian una larga mirada inexpresiva. Cuando la mujer empieza a hablar, noto el cansancio en su voz.

—¿Dice que estaba con alguien en la tienda?

—Claro. Una no se prueba anillos de compromiso sola.

—¿Y esa otra persona era…?

—Jesper Orre. Mi prometido.

—¿El Jesper Orre que conocemos?

—Sí, ese Jesper Orre.