La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 11 de 40

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La desconocida

Emma

 

Un mes antes

Estoy sentada en el metro, de camino al trabajo, intentando comprender lo que ha ocurrido. El hijo de Jesper, nuestro hijo, está creciendo en mi interior. En algún lugar oscuro y secreto hay un pequeño renacuajo con una cola y branquias a punto de adoptar forma humana.

Es inimaginable.

No soy capaz de asumir del todo que estoy embarazada: ya no se trata de mí y de mi relación con Jesper. Ahora tengo que decidir si me quedo con el bebé o no. Ya no tengo la opción de olvidar a Jesper y seguir adelante. La ecuación ha cambiado, y tiene derecho a saber que estoy esperando un hijo suyo, sea o no el capullo del siglo.

Tengo que encontrarlo y contarle lo que ha ocurrido, cara a cara.

Mahnoor y Olga están en la sala de empleados tomando un café cuando llego al trabajo. Faltan veinte minutos para abrir y no hay rastro de Björne, así que podemos aprovechar para tomar un café.

—¿Un café? —pregunta Mahnoor.

—Sí, por favor.

Me quito la chaqueta y me siento en una de las sillas blancas que rodean la mesa. Mahnoor me pone una taza delante con suavidad. Su cabello cae sobre la mesa cuando se inclina hacia delante y veo lo bonito que es, el tipo de pelo que muchas envidian.

—¿Dónde está Björne? —pregunto.

—Ni idea —dice Olga—. A lo mejor llega tarde.

—¿Tarde? Normalmente llega muy pronto. A lo mejor está enfermo — insinúo.

—No creo —dice Mahnoor entre dientes—. No ha tenido ni una sola mancha en seis meses. —Se hace el silencio un momento. Le doy un sorbo al café caliente en un intento de no pensar en las náuseas. Me esfuerzo por no pensar en el polizón que llevo en algún recoveco de mi cuerpo.

—Tú tienes diez puntos este mes —dice Olga, y desvía la mirada hacia mí. No hay tacto ni compasión en su voz, apunta el hecho con la misma objetividad con que le diría el precio de unos pantalones a un cliente.

—Seguro que no será un problema —dice Mahnoor, y me toca la mano con suavidad.

—Claro que es un problema. Si faltas demasiado, te despiden —dice Olga.

—Estaba enferma —digo.

—No importa —continúa Olga, como si explicara lo más obvio del mundo a un niño muy pequeño o muy tonto. Tamborilea con las uñas en la mesa, como si quisieran despegar por su cuenta. Las lleva tan largas que las manos me recuerdan a armas letales.

—Tienes que ir con cuidado con tu trabajo, a veces hay que trabajar aunque estés enferma. Esforzarte más —dice Olga, poniendo énfasis en cada palabra. Continúa—: Tienes que ir con cuidado con todas las relaciones. A veces haces cosas que no quieres hacer por mantener la paz. Por ejemplo, si quiero que Alexéi sea feliz, le hago una mamada cuando llega a casa.

—Venga ya —protesta Mahnoor—. No es lo mismo.

—Sí que lo es. Tienes que hacer el esfuerzo, en casa y en el trabajo.

Es evidente que Mahnoor está enfadada. Se levanta y deja la taza de café en el fregadero de un golpe. Salpica el líquido marrón.

—Estás enferma, ¿sabes? Esto no es Rusia —dice, y sale de la cocina resoplando. El intenso aroma de su perfume permanece en la sala.

—¿Por qué se enfada tanto? —murmura Olga.

—No lo sé.

—Tal vez porque es musulmana.

—Quizá sí.

Reflexionamos un momento. Suena el teléfono, pero Mahnoor llega antes. Seguramente lo ha cogido en caja, porque la oigo hablar con alguien en la tienda.

—¿Vas a disculparte con ella? —pregunto.

—¿Disculparme? ¿Por qué? Ella es la que se ha ido dando un golpazo.

—Creo que querías decir «portazo».

—Lo que sea. Se cree especial porque estudia en la universidad. —Olga aprieta los labios y se cruza de brazos.

Se acercan unos pasos desde fuera. Mahnoor aparece de nuevo en la puerta y veo en su postura, incluso antes de que hable, que ha ocurrido algo.

—Es Björne —dice, casi sin aliento—. Lo ha atropellado un autobús. No se va a morir ni nada, pero estará de baja un tiempo. Como mínimo un mes.

Ni Olga ni yo decimos nada. A ninguna nos gusta Björne, pero nadie le desea daño físico. La idea de su delgada silueta bajo un gran autobús me marea de nuevo.

—Pobre Björne —susurra Olga.

—Sí, pobre Björne —dice Mahnoor.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

—Tenemos que llevar la tienda nosotras solas —dice Mahnoor, y se pone un poco recta—. Me han pedido que me haga cargo hasta nuevo aviso.

Me pregunto si han decidido hacer responsable de la tienda a Mahnoor o si se lo han pedido porque ha contestado ella al teléfono.

—Ah, una cosa más —dice Mahnoor—. Han vuelto a salir algunos artículos sobre nuestro querido CEO. Si algún periodista intenta ponerse en contacto con nosotras, se supone que no debemos hacer comentarios. Hay que derivar todas las preguntas a la oficina central.

—¿Ha sido malo otra vez? —Olga esboza una sonrisa maliciosa. Mahnoor se encoge de hombros.

—Ni idea.

Olga no se rinde.

—Tu amiga, la del departamento de personal, lo está investigando, ¿no?

—No trabaja en el departamento de personal, sino en el de finanzas, pero sí, se rumorea algo sobre que Jesper Orre hizo que la empresa pagara su fiesta de cumpleaños. Pero no sé nada de eso.

 

Más tarde, mi almuerzo consiste en una ensalada envuelta en plástico. Las gambas están tan insípidas y blandas que me cuesta imaginar que hayan vivido alguna vez en el mar. Más bien parece que estén hechas con harina y caldo de pescado.

Estoy sentada frente al ordenador en el pequeño escritorio de la sala de empleados. A la izquierda tengo la cocina. La mesa está cubierta de revistas y un contenedor de plástico con unas cuantas gambas solitarias sobre la encimera.

Me limpio las manos con una servilleta, arrastro el teclado hacia mí y busco Jesper Orre. Al cabo de unos segundos aparece este artículo: «Jesper Orre acusado de acoso sexual». Hago clic en la página web de la revista y bajo en el texto. Una mujer que «colaboró estrechamente con Jesper durante años» le ha acusado de acoso sexual. No dice quién es ni en qué trabaja, pero deduzco que tiene que ser alguien de la oficina central, porque trabajaron juntos. Tal vez una secretaria o alguien del departamento de marketing. Ni Jesper ni la empresa harán comentarios sobre el asunto, pero «fuentes fiables» afirman que se ha iniciado una investigación interna.

Me quedo pensando. Por algún motivo el artículo no me altera. Jesper me hablaba a menudo de lo vulnerable que era, de cómo la gente alrededor se dividía en dos grupos: los hombres del sí, que se esforzaban por estar cerca de él todo el tiempo, y los que hacían todo lo posible por sabotearlo en cuanto tenían oportunidad. A menudo los hombres del sí se convertían poco a poco en saboteadores cuando no obtenían la respuesta que esperaban.

Supongo que esa mujer es una saboteadora. Jesper ahora es una presa fácil, ya se ha dado el pistoletazo de salida. Es una manera fácil de llamar la atención y tal vez vengar una vieja injusticia. Jesper tenía razón: es duro estar en la cima. Estás expuesto y no te puedes fiar de nadie.

Aun así, siempre existe la posibilidad de que me equivoque.

¿Hasta qué punto conozco a Jesper, al fin y al cabo?

Vuelvo a leer el artículo y se me van los ojos a la firma. Anders Jönsson. Ese nombre me suena. ¿Dónde lo he oído antes?

Entonces lo recuerdo: el periodista que vino a la tienda y quería hablar conmigo de mi trabajo aquí y me dio su tarjeta. Está en mi desbordada panera, junto con todas las facturas.

Mahnoor entra en la sala y se sienta en la silla que tengo enfrente.

—¿Qué haces?

Me apresuro a apagar el ordenador.

—Nada especial, no me funciona Internet en casa.

Ella asiente despacio.

—¿Estás bien, por cierto? —digo—. Antes parecías un poco alterada.

Mahnoor suspira y pone cara de desesperación.

—Es que Olga tiene unas ideas horribles de lo que es ser mujer. Me molesta. Parece salida del siglo XIX, ¿no?

Me quedo pensando. Olga es distinta. Nunca me he parado a pensar en su actitud hacia las mujeres, sino en su falta de sensibilidad por cómo sus comentarios, probablemente sin querer, duelen como una bofetada.

—No lo había pensado nunca —digo.

—Pues yo sí —afirma Mahnoor.

—Por cierto, ¿te parece bien si me voy un poco antes hoy? —pregunto.

Me escudriña con la mirada y cruza las piernas.

—Claro, no pasa nada. Probablemente debería cerrar yo de todos modos. Ahora que soy… responsable, o lo que sea. —Hace un gesto que resulta molesto y cómico a la vez.

—Gracias —digo—. Tengo que hacer una cosa.

Cuando Mahnoor y yo estamos cerrando la tienda, una mujer corpulenta de pelo rubio y un abrigo demasiado pequeño pasa por delante y, sin poder evitarlo, me pongo a pensar de nuevo en mi madre. Recuerdo un día que estábamos tumbadas en la cama, solas ella y yo. Fue uno de esos momentos raros y preciosos de intimidad y amor que normalmente surgían cuando mamá y papá llevaban mucho tiempo cansados y enfadados. Mamá me acariciaba el pelo. Tenía el semblante serio.

 

—Cariño, mi querida Emma.

No contesté, solo cerré los ojos y dejé que me envolvieran el calor de la manta y su afecto.

—Siento que… ser tan gruñona y mala a veces —dijo de pronto.

Abrí los ojos y la miré. Parecía dolorida, como si le doliera el estómago otra vez y necesitara una de esas pastillitas blancas que guardaba en lo alto del armario.

—No importa —contesté.

Ella se relajó.

—Es que… a veces es tan estresante… y estoy muy cansada. Y luego… pierdo los nervios.

Supongo que una persona podría perder el control de la misma manera que se te cae una bolsa o una botella al suelo. Pero si se te ha caído, ¿por qué no la recoges? Eso no se lo dije, no quería echar a perder ese momento, delicado y perfecto. Me di cuenta de que era mi responsabilidad manejarlo.

—No pasa nada.

—No, cariño, en realidad sí que pasa. Solo quiero que lo sepas. Cuando me enfado así es culpa mía. Está mal y es absurdo, y como adulta debería ser capaz de controlar mejor mi temperamento.

Ahora tenía la voz llorosa, pero yo no quería bajo ningún concepto que rompiera a llorar. De pronto me pareció la misión más importante del mundo impedir que se pusiera triste. Porque si empezaba a llorar no podría parar, se arruinaría el día y todo sería culpa mía.

—No creo que estés enfadada. Creo que eres simpática.

—Oh, eres la niñita de mamá —murmuró, y me dio un beso en la boca.

Le olía el aliento a café amargo y a leche agria, pero no me aparté. En cambio, procuré quedarme completamente quieta para que me pudiera besar bien. En ese preciso instante sonó el teléfono en el salón.

—Ahora mismo vuelvo —murmuró. Luego se levantó y se ciñó la bata rosa alrededor del gran cuerpo.

Fuera brillaba el sol y los niños de los edificios de alrededor iban de camino a la escuela. Yo hacía varios días que tenía tos y mamá había insistido en que me quedara en casa, lo que enfadó a papá. Según él, no debía «comportarme como un bebé». Y quedarse en casa por tener tos y sin fiebre era sin duda comportarse como un bebé.

Me gustaban esos días en casa, a solas con mamá. Pasaba muy poco tiempo con ella cuando estaba contenta y con energía. Por las tardes siempre se sentaba en la cocina con papá a beber cerveza y por la mañana siempre estaba cansada, agotada, y necesitaba descansar.

—No, no tenemos mascotas en casa. ¿Por qué?

Oí a mamá con claridad desde el salón. Hablaba con esa vocecita aguda que indicaba que alguien la estaba molestando. Era el tono que solía emplear por la noche, justo antes de enfadarse de verdad y que las latas de cerveza y los platos empezaran a volar por la cocina hacia papá.

—No lo entiendo. ¿A qué se refiere con que no sabe relacionarse con otros niños? Mi hija no tiene problemas para jugar con otros niños. Tiene muchos amigos en el barrio.

Silencio de nuevo.

—No me lo creo. Se lo preguntaré, pero me da la impresión de que también tiene muchos amigos en el colegio.

Me levanté y cerré la puerta. De pronto sentí una presión en el pecho, aunque no tenía ganas de toser.

—¿Necesidades especiales? Será una broma. ¿Y por qué iba a ser mejor que pasara tiempo con animales? A mí me parece una solemne tontería. ¿Por qué cepillar a un caballo o acariciar a un cachorro te vuelve menos tímido? Y sí, creo que es timidez, nada más, porque…

Cerré la puerta y volví a la cama.

Al otro lado de la ventana había estallado el verano. Los árboles y los matorrales resplandecían en sombras de verde. Las plantas perennes del parterre florecían elegantes y altas, los rosales junto a los columpios estaban salpicados de flores rosas que pronto se convertirían en un fruto duro lleno de polvos pica-pica de primera.

Me tumbé en la cama, con la esperanza de que mamá dejara de hablar pronto. Que volviera, se metiera en la cama y fuera tierna y amable.

Estaba deseosa de que volviera a mimarme.

Aún sentía una opresión extraña en el pecho, como si alguien me hubiera enrollado una cuerda de saltar alrededor del cuerpo.

Entonces vi algo, un movimiento en el suelo, junto a la cama. Levanté con cuidado el bote de cristal. En una de esas ramas desnudas, dentadas, había posada una gran mariposa azul. El cuerpo era negro y redondo, y un poco velludo. Tenía las alas de un intenso azul cobalto con marcas negras en los bordes. Movió con elegancia las alas arriba y abajo, como si aprendiera a moverlas de nuevo después de tanto tiempo en su pequeño capullo.

 

Está oscuro cuando camino desde la plaza de Sergels Torg hacia Hamngatan. El paraguas solo me cubre parcialmente, las ráfagas de viento siguen barriendo la lluvia por debajo. Las calles están extrañamente vacías y solo peatones ocasionales pasan a toda prisa en la oscuridad. Cuando llego a Regeringsgatan son las cinco. La gran tienda de C&M está iluminada como un crucero, lanza a gritos su mensaje y promete una vida mejor, más emocionante, al otro lado del escaparate. Unas cuantas mujeres con el pelo mojado caminan sin rumbo entre las estanterías, buscando entre las prendas.

Giro a la izquierda en Norrlandsgatan y continúo otros cien metros. Veo la entrada a la oficina central de Clothes&More al otro lado de la calle. La puerta de madera está iluminada por una luz tenue. Casi parece que brille en la oscuridad.

A mi lado hay una entrada. Me deslizo en la oscuridad, contenta de poder guarecerme de la lluvia. Aquí puedo esperar sin que me vean. La pregunta es si seré capaz de determinar quién entra y sale por esa puerta al otro lado de la calle. No está tan cerca, y está oscuro.

Me pongo los guantes y me dispongo a esperar. Al cabo de unos cinco minutos se abre la puerta y salen dos mujeres de aproximadamente mi edad. Se ríen a mandíbula batiente y cruzan la calle mientras abren sus respectivos paraguas. El viento se apodera de uno y le da la vuelta. Se ríen aún con más ganas. Estoy bastante segura de que no me ven aquí, escondida en la oscuridad.

Me sorprendo varias veces pensando si me estoy volviendo loca.

Aquí estoy, bajo la lluvia, espiando a Jesper. Como una acosadora. Si alguien me hubiera dicho hace un mes que estaría haciendo esto, habría pensado que esa persona estaba loca.

Sin embargo, teniendo en cuenta la situación, no sé qué más hacer. Tengo que hablar con él. Me doy cuenta de que hay muchas cosas que no sé de Jesper, infinitos huecos que rellenar. Muchos agujeros y muy poca materia sólida en la que apoyarse. Empiezo a pensar si alguna vez lo he llegado a conocer.

La lluvia cae sin cesar durante la hora siguiente. La puerta de enfrente se abre periódicamente y sale gente que desaparece en la oscuridad. Nadie mira en mi dirección ni una sola vez. Es como si fuera invisible, como si me hubiera convertido en una roca en el suelo.

Pese a que estoy bajo techo, de vez en cuando una gota encuentra la manera de llegar hasta mí. Se instala en el nacimiento del pelo, el cuello, las muñecas. Doy unos cuantos pasitos para entrar en calor, mientras me doy golpes discretos en los brazos en la oscuridad.

Exactamente a las seis y diez, sale él.

Lo reconozco en el acto. Lleva un abrigo negro sin abrochar encima del traje que se agita tras él con el viento mientras se apresura a cruzar la calle. De pronto no me puedo mover, es como si mi cuerpo no me obedeciera, como si me hubiera convertido en un pedazo de carne poco colaborador, congelada en la calle mojada.

Solo hace una semana o así que nos vimos por última vez, creo, pero parece que hace meses. Todas esas llamadas, mensajes de texto y ahí está, el hombre que quiero, una sombra delante de mí bajo la lluvia.

Entonces la parálisis afloja un poco. Avanzo unos pasos desde la entrada y me pongo a perseguirle. La lluvia me azota el rostro, pero no tengo tiempo de parar y abrir el paraguas y arriesgarme a perderlo en la oscuridad.

Camina con paso firme y en cierto modo elegante, casi como si bailara bajo la lluvia. De pronto desaparece, engullido por el asfalto negro de Regeringsgatan. Acelero el ritmo y, cuando llego al sitio donde ha desaparecido, veo la entrada a un aparcamiento.

Claro.

¿Cómo no se me ha ocurrido? Va en coche al trabajo, por supuesto. ¿Cómo lo sigo ahora?

Miro alrededor. No hay coches ni taxis a la vista. Veo una puerta que se abre a unos veinte metros. Se ven unos faros desde dentro del edificio. Conduce un Lexus negro. Durante unos segundos veo su silueta contra las luces del aparcamiento. Luego sale y desaparece en la oscuridad hacia Stureplan.

Ya no me importa la lluvia, ni siquiera la noto. Camino por Hamngatan hacia Nybroplan. Si me doy prisa, estaré en casa en quince minutos, pero ¿qué importa? Nadie me espera y no tengo nada que hacer.

Kungsträdgården está en silencio y desierta, y siento el deseo urgente de cruzar la calle, entrar en el parque y buscar un sitio donde tumbarme, tal vez bajo un enorme árbol. Dejar que me acepte la hierba húmeda, quedarme completamente aturdida. Fundirme con las plantas, la grava y las hojas mojadas de finales de otoño. Desaparecer. Olvidar. Quizá morir.

Entonces pienso en Woody.

Cuesta no pensar en él ahora que todo ha salido como ha salido.

A primera vista, su aspecto era más bien anodino. El pelo largo y moreno hasta los hombros, tejanos desgastados que siempre le iban un poco grandes. Camisas de cuadros. Y era viejo, claro.

Por lo menos tenía veinticinco años.

Aquel semestre se hablaba mucho de Woody. Todas las chicas de la clase cotilleaban sobre él. No puedo decir que yo formara parte de eso. Era una especie de satélite que observaba los juegos sociales sin participar de verdad. Tal vez fuera un poco tímida, o tal vez simplemente no me interesaba.

A lo mejor lo recuerdo mal.

 

Aquel otoño hicimos cuchillos y cuencos para mantequilla y otros objetos innecesarios que poder regalar a familiares y amigos. Yo no fui capaz de hacer un buen cuchillo de mantequilla. Al principio tenía una forma extraña y era demasiado grande, y cuando intenté corregir las proporciones se fue encogiendo cada vez más hasta convertirse en algo que parecía un mondadientes grueso.

—Procura que no desaparezca del todo —dijo Woody un día, y me guiñó el ojo.

No supe qué decir, pero noté que me sonrojaba. «¿Te parece guapo?», me había preguntado Elin antes aquel día. «No lo sé», le contesté con sinceridad, porque en realidad nunca había pensado en él de esa manera. Solo era uno de mis profesores, aunque un poco más joven y menos soso que los demás.

Aun así, era superviejo.

—Te puedo ayudar más tarde —dijo Woody, y pasó el dedo grande por la superficie rugosa de la madera, y empujó trocitos de serrín a la mesa. Noté que me miraba, pero no me atrevía a mirarle a los ojos y asentí en silencio.

Fue el mismo año en que papá cayó en su agujero, el que solo él veía y por ese mismo motivo era tan profundo que era incapaz de salir. Atrapado por la desolación y el miedo, se pasaba el día en un aislamiento autoimpuesto en nuestro piso de Kapellgränd. Lo llamaban depresión. Al otro lado de la ventana de la cocina se despertaba la primavera, pero papá estaba tumbado en la cama, cada vez más cansado, mirando el papel de pared de color alga como si esas hojas largas le dieran algún tipo de respuesta. Mamá intentaba hablar con él. Tenían largas conversaciones entre murmullos dentro de su dormitorio. Yo intentaba oír lo que decían, pero nunca lo conseguía. Sin embargo, fuera lo que fuera, era lo bastante terrible para hablar en susurros.

Las latas de cerveza y las botellas de vino desaparecían de la cocina al mismo ritmo que papá empeoraba. Ahora mamá preparaba la cena cuando yo llegaba a casa: albóndigas o salchichas con rodajas de tomate y cebolla insertadas. No estaba acostumbrada a verla jugar a las casitas y me ponía nerviosa. Los pequeños proyectos de mamá a menudo acababan en desastre. Como cuando intentaba coser las cortinas. Cuando no consiguió que las cortinas fueran simétricas, rasgó la tela en largas tiras y las tiró por la ventana. Las tiras se quedaron meses agitándose en los arbustos, como recordatorio de las cortinas que nunca fueron y el temperamento peligrosamente explosivo de mamá. Lanzó la máquina de coser a las espinillas de papá, que terminó con un gran cardenal.

Volví a mirar mi cuchillo de mantequilla. Suspiré.

—¿Qué pasa? —dijo Elin al ver mi mirada crítica.

—El cuchillo es feo.

Elin no contestó, se volvió hacia la brillante cajita de madera en la que estaba trabajando. Todo lo que Elin hacía en clase de carpintería estaba bien. Era como si sus manos poseyeran una especie de conocimiento místico, como si intuyeran qué hacer al entrar en contacto con la madera, la tela o el papel. No como las mías, que se negaban a hacer lo que les ordenaba: destrozaban todo lo que tocaban, o por lo menos esa era la sensación.

Elin movió el papel de lija con suavidad sobre la tapa ya perfecta para pulir una irregularidad invisible, al tiempo que hacía un gran globo con el chicle. Marie, que estaba sentada en la mesa delante de nosotras, se reclinó en la silla y se volvió hacia Elin.

—¿Vas a la fiesta de Micke?

Elin se encogió de hombros.

—No lo he decidido. Petra celebra una fiesta la misma noche.

—Petra es un bicho raro.

Elin esbozó una sonrisa torcida.

—Y Micke es patético.

Marie se rio encantada por el análisis de Elin, hizo ondear el cabello y se dio la vuelta. Entre tanto, yo observaba mi cuchillo de mantequilla deformado. Nadie me había preguntado jamás si quería ir a una fiesta. Tampoco me acosaban, nadie en la clase había sido malo conmigo nunca. En general, era como si no existiera para ellos. Podría haber sido una silla de la clase.

No sabía muy bien cómo me hacía sentir eso. Tal vez debería estar triste, sentirme excluida, insultada. Pero lo cierto era que me gustaba no tener que participar en ese juego. No tenía necesidad de ir a la fiesta de Micke, emborracharme y vomitar en el parterre o desmayarme en el baño. No quería oír las interminables quejas de Marie de su novio y estar con Elin delante del quiosco. Prefería quedarme en casa a ver la televisión.

Sonó la campana.

El aula empezó a vaciarse, pero Woody me hizo una señal para que me quedara.

—No hablas mucho —dijo.

No sabía qué responder. Agarré con más fuerza el cuchillo de mantequilla y sentí la mano húmeda del sudor. Se me sonrojaron las mejillas.

—Eres guapa, ¿lo sabes?

Woody retiró una silla y se sentó a mi lado. Se inclinó hacia delante hasta que nuestras caras quedaron cerca.

—Gracias —dije.

Por primera vez lo miré a los ojos. Tenía los ojos juntos, castaños y delimitados por unas largas pestañas negras. Unas cuantas canas que sobresalían aquí y allá en el espeso pelo negro, como árboles muertos en un bosque por lo demás exuberante.

—Lo siento, no quiero avasallarte, pero quería preguntarte algo.

Se quedó callado, se rio por lo bajo y negó con la cabeza despacio, casi como si sintiera vergüenza. En el pasillo, el sonido de risas y pasos fue sustituido por el silencio.

—¿Sí?

Cerró los ojos.

—¿Tienes novio, Emma?

Al llegar a casa, el conocido olor a humo de cocina y a tabaco rancio de la escalera me parece un extraño consuelo. Me miro las manos. Las tengo mojadas y pálidas, pero ya no me tiemblan. En algún lugar de la oscuridad ahí fuera, Jesper Orre ha aparcado su gran Lexus negro y ha entrado en lo que llama su casa. Intento no pensarlo, pero el hecho de que probablemente esté sentado en el sofá en algún lugar, tal vez con una copa de vino en la mano, duele.

Cuando subo la escalera, las botas dejan huellas húmedas en los gastados escalones de piedra. Empiezo a darme cuenta de que Jesper ocultaba algo. ¿Por qué siempre quedaba conmigo solo en su bajo o en mi piso? ¿Por qué era tan increíblemente importante que nunca nos vieran juntos? No podía ser solo por el trabajo. ¿O sí?

Me planto delante de mi puerta, sin aliento por el esfuerzo de subir cinco tramos de escalera. Mi cuerpo empieza a relajarse y por fin ha empezado a entrar en calor.

En cuanto meto la llave en la cerradura, sé que algo va mal. La puerta está abierta y cuando la abro se oye un ruido desde dentro del piso. Siempre cierro cuando me voy y nadie más tiene llave de mi piso, ni siquiera Jesper.

Miro alrededor. La escalera está oscura y silenciosa detrás de mí. Si alguien se esconde en la oscuridad, no lo veo. La idea me provoca un nudo en el estómago.

Abro con cuidado una rendija de la puerta. El recibidor está tranquilo y vacío. No hay indicios de que alguien haya estado ahí. Estiro el brazo y busco a tientas el interruptor. Al cabo de unos segundos el recibidor está bañado en luz y doy un paso prudente hacia él.

No parece que hayan tocado nada, pero siento algo más. Una ráfaga de aire frío sopla por el piso y me envuelve los tobillos. Cierro la puerta detrás de mí y el aire se calma de nuevo, pero hace frío, demasiado, y pienso si hay algo abierto. Sin quitarme los zapatos, voy al salón y enciendo la lámpara del techo. Todo parece igual: las esbeltas sillas Malmsten en color verde, el pequeño escritorio con libros de física apilados encima. No he tenido tiempo de pensar en los estudios durante la última semana. Por un momento pienso si debería guardar en la panera también los libros de física, para no verlos.

Mientras avanzo hacia la cocina, noto que algo va mal. Oigo la lluvia y el ruido de la ciudad con demasiada claridad, casi como si estuviera de nuevo fuera, en medio de la tormenta. Enciendo la luz y me paro en el umbral de la puerta.

La ventana está abierta.

Casi nunca la abro y ahí está, abierta de par en par, invitando a la noche a pasar a mi piso. Me acerco para cerrarla, pero cuando lo hago, caigo.

Sigge.

Lo llamo y lo busco por todas las habitaciones. Debajo de la cama y del sofá, dentro de armarios cerrados, en el perchero, en el baño. No encuentro a Sigge por ninguna parte. No tiene la costumbre de esconderse, así que cada vez estoy más convencida de que ha desaparecido por la ventana.

Mientras regreso a la cocina, procuro recordar si se me ha olvidado cerrar cuando he ido al trabajo, pero tengo una laguna con esta mañana y no puedo recordar una sola imagen. Solo hace unas horas, creo, y sin embargo quedan tan lejos.

Abro la ventana de la cocina todo lo que puedo y llamo a gritos a Sigge. La lluvia me azota el cuello. Cinco plantas más abajo, el patio es solo un rectángulo oscuro. Los árboles y arbustos bailan al viento, pero no hay rastro de Sigge. Me pongo el abrigo a toda prisa, abro la puerta, bajo la escalera medio corriendo y salgo al patio.

El olor a hojas en descomposición y a barro mojado es aplastante. Camino por los guijarros hasta el punto que supongo que queda justo debajo de la ventana de la cocina, miro hacia arriba y aguzo la vista entre la lluvia. Muy arriba, veo la ventana abierta. Hay una caída de diez metros como mínimo, tal vez más.

¿Un gato podría sobrevivir a eso?

Los guijarros están vacíos. Me agacho. Cerca de la pared, donde la piedra está casi seca, hay una mancha oscura. La toco con suavidad y luego me miro los dedos.

Es sangre.

Encuentro leves rastros de sangre en dirección a la pared que da a la calle. Los sigo aún a gatas para ver hacia dónde van, pero la lluvia los ha borrado.

Entre la pared y el edificio hay una pequeña obertura, lo bastante grande para que un gato se cuele hacia Valhallavägen. Me inclino hacia delante y miro hacia la lluvia: no veo más que coches indiferentes que pasan en la oscuridad.