La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 5 de 40

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La desconocida

Peter

 

Manfred se inclina sobre el cuerpo, en apariencia impasible. Desliza la mirada de la incisión cosida con pulcritud en el pecho y el abdomen a las heridas profundas de los antebrazos.

—Entonces ¿la chica peleó bastante?

El forense asiente. Fatima Ali tiene cuarenta y tantos años, es originaria de Pakistán y educada en Estados Unidos. He trabajado con ella en varias ocasiones. Como la mayoría de médicos forenses, es precisa casi hasta llegar al absurdo y le aterroriza hablar en términos demasiado fuertes. Pero confío en ella, nunca se le escapa nada. Parece que sus enormes ojos negros y sus manos delicadas no se detengan ante nada.

—Tiene heridas de golpes en la nuca y en la cara, y un total de dieciocho cortes en los antebrazos y las palmas de las manos. La mayoría en el lado derecho, lo que indica que fue atacada por la derecha.

Fatima se inclina hacia delante, estira los bordes de uno de los cortes más profundos en los brazos y queda al descubierto la carne roja y los puntos.

—Mira aquí —dice—. Las heridas son más profundas en esta dirección, así que probablemente el asesino es diestro y la apuñaló así.

Levanta la mano, enfundada en un guante de goma azul, y hace un movimiento de barrido hacia Manfred, que retrocede por instinto.

—¿Puedes decirme algo sobre cuánto duró la pelea? —pregunto. Fatima lo niega con un gesto firme de la cabeza.

—No lo sé con certeza, pero ninguna de esas heridas son la causa de la muerte. Falleció por las heridas del cuello.

Me inclino hacia delante y observo la cabeza de la mujer, que descansa sobre la encimera de acero inoxidable. El cabello castaño está pegajoso por la sangre seca. Las cejas tienen una forma bonita, y debajo hay una masa informe de carne y tejido.

—¿Y las heridas del cuello? —pregunto.

Fatima asiente y se limpia la frente con el dorso del brazo. Parpadea bajo la luz clara como si le estuviera irritando los ojos.

—Recibió numerosas puñaladas y cortes en la garganta. Habría bastado con uno para matarla, pero el autor estaba decidido a separar la cabeza del cuerpo. La médula espinal ha sido cortada entre la tercera y la cuarta vértebra. Se necesita una fuerza considerable para hacerlo. O cabezonería.

—¿Cuánta fuerza? —pregunta Manfred, que también se inclina sobre la cabeza.

—Es difícil de decir.

—¿Una mujer o una persona más débil podría hacerlo?

Fatima levanta las cejas y se cruza de brazos por encima del delantal de plástico.

—¿Quién dice que las mujeres son débiles?

Manfred no está quieto.

—No lo decía en ese sentido.

—Ya sé a qué te refieres —dice Fatima, y lanza un suspiro expresivo—. Sí, una mujer podría hacerlo. O una persona mayor. O un hombre joven y fuerte. Tu trabajo es averiguarlo.

—¿Algo más? —pregunto.

Fatima asiente y contempla el cuerpo lívido.

—Diría que tiene entre veinticinco y treinta años. Mide uno setenta y dos y pesa sesenta kilos. Una constitución normal, en otras palabras. Sana, en forma.

El olor de la sala empieza a marearme. Me gustaría pensar que estoy inmunizado después de tantos años, pero hay algo en ese olor a lo que uno nunca se acostumbra. No es exactamente malo, es más bien una mezcla de flores de hace semanas y carne cruda, pero siento la necesidad de salir de allí. Es un súbito deseo de respirar el aire frío de fuera.

—Hay algo más —murmura Fatima—. Ha dado a luz o como mínimo ha estado embarazada.

—¿Un hijo? —pregunta Manfred.

—Eso no se puede determinar —dice Fatima, y se quita los guantes con un chasquido—. ¿Hemos terminado?

 

Manfred nos lleva de vuelta a Kungsholmen. Sobre el denso tráfico cae nieve en polvo. Pese a que solo son las tres de la tarde, empieza a anochecer.

—Es una mujer atractiva —dice Manfred, y enciende la radio.

—¿Fatima?

—No, la que no tiene cabeza.

—Eres un puto perturbado.

—¿Yo? No te has visto. Tenía que ser guapa. Es decir, qué cuerpo. Esos pechos…

Valoro sus comentarios mientras miro por la ventana.

—¿Sabemos algo más de quién es? —pregunto.

—No.

—¿Y no hemos podido localizar a Orre?

—No. Por lo visto ayer no se presentó en el trabajo.

—¿Y hoy?

—Aún no lo sé. Sánchez iba a comprobarlo. Pero a estas alturas media Suecia lo está buscando, así que no podrá evitarnos durante mucho tiempo.

—¿Y el informe forense preliminar?

—En tu mesa. No hay señales de robo, así que o alguien dejó entrar al asesino voluntariamente o vivía en casa. En otras palabras, fue Orre. Encontraron orina en el suelo, y una serie de huellas de manos y pies, pero esa vecina deambuló tanto por allí que es difícil saber qué conseguirán de ellas. También había una tonelada de fibras de varios tipos, pero nada destacable. El arma asesina era un machete, por cierto. Lo han enviado al laboratorio nacional, ya veremos qué encuentran. Y han traído a ese tipo de las salpicaduras, Linbladh, que trabaja con las manchas de sangre. Parece que podrá ayudarnos a reconstruir la sucesión de los hechos.

Se hace el silencio un momento. Manfred tamborilea con los dedos en el volante al ritmo de la música, me da la sensación de que está estresado. Lleva la barba más larga de lo habitual y tiene la mirada cansada.

—¿Nadja se encuentra mejor? —pregunto.

Me mira y pasa la mano por el abrigo de piel de camello.

—Se ha pasado toda la puta noche llorando. Afsaneh se iba a volver loca. Tenía que levantarse pronto porque uno de sus alumnos presentaba su tesis. En medio de toda esa debacle, se pone a hablar de casarnos. ¿Por qué hacen eso las mujeres?

No tengo respuesta a eso. Recuerdo demasiado bien lo que ocurrió con mi propia boda.

Llevaba con Janet tal vez un año cuando su insistencia con el matrimonio se volvió casi insoportable, a decir verdad en realidad no sé cómo ocurrió, pero de algún modo entendió que yo había dicho que deberíamos casarnos. Debería haberle corregido desde el principio en vez de mostrarme tan indeciso y esquivo. Supongo que no quería o no me atrevía a decepcionarla.

Así que la dejé seguir por su camino.

Durante los meses siguientes se obsesionó con decoraciones de flores, menús y listas de invitados. Llevaba pasteles a casa para probarlos, organizaba asientos en grandes hojas de papel y ponía música nupcial en su radiocasete de barrio.

Y se puso a dieta.

Casi llegué a preocuparme por ella. Comía como un pajarito para entrar dentro de un vestido especial, que yo no podía ver hasta la boda. Por lo visto era muy importante.

Entretanto, me refugié en mi trabajo. Estábamos investigando el asesinato de un empleado de un aparcamiento de Tensta y, como me acababan de promocionar, era muy importante para mí demostrar mi valía. No puedo decir que Janet se mostrara muy comprensiva, al contrario, cada vez me exigía más tiempo y dedicación. Teníamos que ver iglesias, reservar viajes de luna de miel y practicar nuestros votos (que ella había escrito).

Una tarde me vino con un montón de sobres. Recuerdo que parecía emocionada, de esa manera que solo le ocurría cuando compraba algo demasiado caro o encontraba unas vacaciones en uno de los catálogos que arrastraba hasta casa. Le brillaban los ojos y el pelo corto y desteñido de punta.

Me explicó que las invitaciones estaban listas, me entregó las cartas y me preguntó si podía enviarlas. No recuerdo exactamente qué le dije, probablemente algo parecido a que ya hablaríamos de eso más tarde, pero, como siempre, no me escuchó.

Lo que sí recuerdo es estar sentado en el sillón en casa más tarde esa noche con las invitaciones en el regazo, preguntándome qué demonios hacer con ellas. Sabía que tenía que enviarlas. Era lo más fácil del mundo, bajar al cruce y meterlas en el buzón amarillo, y luego no tendría que pensar en esa mierda durante varias semanas más. Pero no pude. No estaba preparado para hacer algo tan definitivo, dar un paso tan decisivo hacia una pareja que no había elegido. Por un segundo sentí el impulso de hablar con Janet, decírselo tal cual: que todo eso de la boda me daba un miedo de muerte y que en realidad quería aplazarla. Pero cuando fui al dormitorio a hablar con ella ya estaba dormida. Así que dejé las invitaciones en el cajón de mi mesa y decidí tener esa conversación más tarde.

Luego ocurrió. No puedo decir que se me olvidaran las invitaciones en el cajón, fue más bien que no tenía energía para abordar el tema. Cada vez que decidía hablar con Janet, algo se interponía en mi camino: estaba demasiado enfadada, o estresada, o no quería hablar. Podía ser así, seca y gruñona. A menudo por motivos que yo no comprendía del todo.

Cuando recuerdo aquella época noto que intento justificar mi comportamiento, incluso ante mí mismo. En realidad no hay excusa: lo que hice fue estúpido e inmaduro, e hirió a Janet de una manera que jamás imaginé y en realidad nunca quise.

No quería hacer daño a Janet. Solo quería que me dejara en paz.

Sea como fuere, cuando se acercaba la boda, creo que quedaban tres o cuatro semanas, una noche entró y se sentó a mi lado en la cama. El pelo, que se estaba dejando largo para poder hacerse un recogido alto, caía en mechones sobre el rostro triste y los pechos le caían de una forma alarmante sobre el torso esquelético.

—Nadie ha dado una respuesta todavía —dijo, y se volvió hacia mí—. ¿No es raro?

Yo estaba leyendo el acta de una investigación preliminar que había prometido hacer llegar al fiscal al día siguiente por la mañana, así que en ese momento no tenía tiempo de comentarlo con ella, pero recuerdo que me alteró. Incluso me hizo sentir vergüenza.

—¿Crees que pueden haberlas perdido en correos? —preguntó con calma.

Algo en su postura decaída y el tono neutro tan poco habitual en ella me afectó profundamente. Me di cuenta del alcance de mi traición.

Me sentía realmente mal.

Sin embargo, aún no era capaz de decírselo. No en ese momento. Decidí arreglarlo con ella al día siguiente por la mañana. Pero no fue lo que ocurrió, y sé que me comporté mal, pero las cosas vistas a toro pasado se ven a la perfección.

Esa noche, mientras dormía, Janet se puso a registrar el piso. Fue como si percibiera lo que había ocurrido, como si tuviera una especie de maldito sexto sentido. Me despertó un grito horrible, como nunca había oído ni he vuelto a oír. Al principio pensé que le estaban dando una paliza, que alguien había entrado y la estaba violando. Salí de la cama de un salto, me tropecé con una silla, me caí sobre la mesita de centro y me hice un corte profundo en la barbilla. Con la sangre cayendo por la cara, seguí corriendo por el piso. Finalmente la encontré delante del escritorio. Los sobres estaban esparcidos como hojas muertas por el suelo, como si los hubiera lanzado al aire. No paraba de gritar. Gritaba y gritaba, yo la estreché entre mis brazos y la mecí como a una niña. Cuando le tapé la boca con la mano en un intento de acallarla, me mordió.

Recuerdo sentir un gran alivio, pese al dolor. Con la mano tapándole la boca, por lo menos ya no podía gritar.

 

Manfred, Sánchez y yo estamos sentados en la pequeña sala de reuniones de la segunda planta, a la derecha de la cocina americana. Es como todas las demás salas de reuniones del edificio: paredes blancas, sillas de madera clara con los asientos azules y una mesa blanca. Hay un candelabro en la ventana, Gunnar se lo llevó de casa en un intento de dar a la sala un aire festivo. De la pared cuelga un cartel descolorido sobre cómo hacer un masaje cardiaco.

Tenemos que preparar la reunión de mañana con el equipo de investigación y el jefe de la investigación preliminar, uno de los nuevos fiscales, Björn Hansson. No lo he conocido en persona, pero según Sánchez «es listo, pero es un capullo y tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo».

Manfred ha traído la cafetera y Sánchez está cortando unos bollos de azafrán con un cuchillo de mantequilla. Hay imágenes del escenario del crimen repartidas por toda la mesa. Intento no mirar hacia la cabeza cercenada cuando voy a coger un bollo.

Han pasado dos días desde que encontraron a la mujer asesinada en casa de Jesper Orre en Djursholm, y aún no sabemos quién es. En algún lugar sus seres queridos siguen adelante con sus vidas sin saber que su hija, su hermana o su madre ha sido asesinada.

En algún lugar hay un asesino suelto. Sánchez resume la situación:

—Jesper Orre fue visto por última vez en el trabajo el viernes. Según sus colegas, parecía bastante normal y no pasó nada fuera de lo común. Salió de la oficina a las cuatro y media y luego, según sus declaraciones, se fue a casa. No le contó a nadie sus planes para el fin de semana, pero se había tomado días libres hasta el miércoles, así que puede ser que tuviera planeado un viaje. El teléfono y la cartera fueron hallados en su casa. No se había retirado dinero de sus cuentas desde la semana pasada. Los técnicos han levantado una huella ensangrentada del vestíbulo y de la nieve de fuera que corresponde a un cuarenta y tres, lo que podría indicar que se fue de casa después del asesinato. También encontraron huellas de la vecina y nuestra víctima desconocida, además de muchas otras, aún sin identificar. El análisis de las huellas en el machete aún no ha concluido, pero en el laboratorio nacional dicen que hay algún tipo de inscripción en el arma.

—¿Cómo es como persona, ese Orre? —pregunta Manfred, y acto seguido da un ruidoso sorbo al café.

—Parece que es bastante popular entre sus colegas en el equipo de dirección, pero los demás empleados de la oficina de la empresa piensan que es bastante duro, y de hecho muchos le tienen miedo —contesta Sánchez—. Sin embargo, en el resto de la empresa, las bases, por así decirlo, es despreciado por su dureza. Y el sindicato lo odia. Pero eso ya lo sabes. Sus padres son ambos profesores jubilados y viven en Bromma, en la misma casa donde se crio Jesper Orre. Describen a Jesper como un hombre enérgico, deportista y feliz. No tiene problemas psicológicos, que ellos sepan. Sus padres también confirman que lleva muchos años soltero, pero tiene lo que llaman «una vida amorosa activa».

—¿Qué demonios significa eso? —pregunta Manfred.

Sánchez se inclina sobre la mesa y mira a Manfred a los ojos. Se mete el último trozo de bollo en la boca.

—Significa que se lo pasa mucho mejor en la cama que tú, Manfred.

—Eso es fácil —intervengo yo, lo que hace que Sánchez empiece a reírse hasta que se le caen trocitos de bollo de la boca en la camisa negra corta.

Manfred no parece muy divertido con la conversación. Se quita la chaqueta de cuadros, la cuelga con un gesto dramático en el respaldo de la silla y da un leve puñetazo en la mesa para llamar nuestra atención.

—Si nos calmamos un poco, a lo mejor saldremos hoy de aquí. Sánchez, ¿cuál es tu teoría?

Es lógico que se lo pregunte primero a Sánchez, la agente más nueva de la mesa. Así funciona. Los investigadores mayores y con más experiencia enseñan a los más jóvenes. Forma parte del ciclo. Sánchez se sienta recta y de pronto se pone seria. Junta las manos delante de ella sobre la mesa.

—Es bastante evidente, ¿no? Jesper Orre está en casa con una de sus chicas y algo sale mal. Estalla una pelea y él termina matándola. Tras el asesinato, huye del escenario.

—¿Por qué no se lleva el móvil o la cartera? —pregunta Manfred, al tiempo que se expulsa unas migas invisibles de la camisa rosa.

—Porque estaban en el salón y no quería dar muchas vueltas por el escenario del crimen —sugiere Sánchez—. O se olvidó. Tenía muchas otras cosas en que pensar.

—Yo estoy pensando en el asesinato en sí —digo, al tiempo que señalo la fotografía de la cabeza, que parece brotar del suelo—. ¿Por qué semejante brutalidad? ¿No bastaba con matarla? ¿Por qué tenía que decapitarla?

Sánchez frunce el entrecejo.

—Debía de estar enfadado de verdad, a lo mejor la odiaba. También me pregunto si la posición de la cabeza significa algo especial. Parece que mira a la puerta, hacia quien pudiera entrar. ¿Lo habéis pensado? Me pregunto si quería decir algo con eso.

—¿Como qué? —pregunta Manfred.

Observamos la fotografía de nuevo. La mujer tiene los ojos cerrados y el cabello ensangrentado le cae en mechones sobre la cara.

Sánchez se encoge de hombros.

—No lo sé. ¡Mira! Esto es lo que pasa si me engañas, o me mientes, o lo que sea que pensara que le había hecho ella.

Suena el móvil de Manfred y él contesta. Escucha y luego dice:

—Estamos en la pequeña sala de reuniones de la segunda planta. ¿La puedes traer aquí? Bien. Claro. De acuerdo.

Luego recoge las fotografías del escenario del crimen, les da la vuelta y las deja a su lado en un montón bien ordenado. Respira hondo y se reclina en la silla.

—Tenemos visita —dice—. ¿Os acordáis que hablamos de ese asesinato de hace diez años tan parecido a este caso? Me he tomado la libertad de invitar a una de las personas que participó en aquella investigación a hablar con nosotros. No porque exista necesariamente una conexión, sino porque creo que podría ayudarnos a comprender un poco mejor a nuestro asesino.

Llaman a la puerta y siento el frío, todo el calor abandona mi cuerpo de repente para ser sustituido por una sensación gélida y un fuerte latido en el pecho. La sala se contrae y el techo empieza a inclinarse como si fuera a desplomarse encima de mí.

La puerta se abre y ahí está ella, con un abrigo negro acampanado que le queda grande y unas botas con el grosor suficiente para ir de expedición al Polo Norte. La ropa nunca fue su fuerte. Ahora hay unas franjas grises en su abundante cabello castaño claro y lleva unas gafas que le dan un aire un poco severo. Por lo demás, está igual. Exactamente igual que hace diez años. Aún más guapa, si puede ser. Algo en la fina red de arrugas alrededor de los ojos y el rostro un poco más enjuto le da un aire vulnerable. Como si el tiempo solo la hubiera vuelto un poco más frágil y delgada.

—Os presento a Hanne Lagerlind-Schön —dice Manfred.