La desconocida
Emma
Tres semanas antes
—Tengo cita con el médico, necesito irme a las cuatro. Lo siento, pero no puedo cambiarlo —digo, y procuro parecer preocupada.
Mahnoor levanta las cejas bien perfiladas y asiente despacio, como si estuviera reflexionando sobre lo que acabo de decirle.
—Claro, pero tendrás un punto negativo. —Señala el calendario con la cabeza.
—Lo sé, pero tengo que ir igualmente.
Olga, que está sentada a la mesa con una taza de té, pone cara de desesperación.
Mahnoor se vuelve al instante hacia ella.
—Te he visto.
—¿Qué has visto? —replica Olga, y la mira con cara de inocente: abre los ojos de color azul claro y ladea la cabeza de manera que el pelo oxigenado le cae sobre un hombro.
—Para, no soy tonta. Yo de ti colaboraría un poco más. Tienes… — Mahnoor se vuelve hacia el calendario y desliza el dedo por la línea donde figura el nombre de Olga, contando—. Cinco puntos negativos este mes — dice. Satisfecha, se da la vuelta y sale de la sala de empleados sin decir nada más. Sus pasos se alejan hasta mezclarse con la música familiar que sale a golpes de los altavoces.
—¿Qué ha desayunado hoy? —murmura Olga, mientras se muerde una uña.
—Ten cuidado —le digo—. No es el trabajo más divertido del mundo, pero es un trabajo.
Ella se encoge de hombros.
—¿Y qué? Siempre puedo trabajar para la empresa de limpieza de Alexéi si quiero. Siempre necesita ayuda.
—¿Quieres limpiar barcos?
Olga juguetea con los dedos.
—Mejor que comer su mierda todos los días con cuchillo y tenedor.
—Vamos, el trabajo está bien. ¿Tienes estudios? ¿Alguna experiencia laboral aparte de esta? ¿En serio crees que mañana tendrás otro trabajo si te despiden?
Olga se desploma en la silla que tengo enfrente, de pronto parece mayor de lo que es.
—Bueno, ¿no eres un poco cabrona?
—Venga ya, no estoy siendo cabrona, solo intento ayudarte. No quiero que pierdas tu trabajo solo porque Mahnoor se haya pasado al lado oscuro. No vale la pena. Intenta ser un poco táctica. No le hagas caso cuando te diga esas cosas. Sigue adelante, olvídalo, no seas tan orgullosa.
—¿Como tú?
Lo dice en un susurro, pero noto la dureza.
—¿Qué tengo que ver yo con todo esto?
—Como tú y ese chico con el que no dejas de marear la perdiz. A veces seguir adelante no es tan fácil, pero ¿sabes qué? No quiero oír hablar más de ti y ese tío. Ya no es divertido. Ve a agobiar a otra con tu aburrida vida.
Me quedo sin habla. Jesper me ha robado la vida. Hace unos días perdí al niño y ahora esta zorra de Europa del Este dice que ya no es divertido. ¿Cómo se cree que es para mí?
—No es lo mismo —digo.
—Estás obsesionada con él. No haces más que hablar de él. El amor se acaba, acéptalo. Búscate una afición. Sal con amigos. Ten una vida. —Olga se levanta y se estira como un gato—. Necesito fumar.
Luego desaparece en el pasillo sin darse la vuelta.
Son las cuatro en punto cuando llego a la empresa de alquiler de coches. Todos los empleados parecen chicos menores de dieciocho años y miembros del mismo equipo de baloncesto. Son todos altos, desgarbados e imberbes.
—Solo necesito alquilar un coche por un día —le explico a un asistente llamado Sean, según la placa de identificación—, y no necesito un coche grande, solo un maletero espacioso.
—A lo mejor un coche familiar —sugiere, y se acaricia la barbilla llena de granos.
—Vale.
Le doy la tarjeta de crédito y el permiso de conducir mientras él lee las condiciones. Hay que devolver el coche antes de las seis de la tarde del día siguiente. El depósito tiene que estar lleno y las llaves en el buzón. ¿Alguna pregunta?
Niego con la cabeza.
—Entonces que tenga buen viaje.
—¿Quién ha dicho que me vaya de viaje?
—Ah, bueno, entonces conduzca con cuidado.
—Lo haré —digo, y procuro sonreír—. ¿Ha dicho que era el número seis?
Asiente sin decir nada más y cuando salgo de la tienda ya está con el siguiente cliente.
La ferretería está abarrotada.
—Hace un tiempo horrible —dice una señora gorda que lleva un abrigo loden y un perro salchicha con una correa.
Me sorprende su gran parecido con la mujer que conocí la otra noche, cuando Jesper me acosaba en la sombra en Karlaplan. ¿O es que todas las señoras de la zona tienen perros salchicha? Abrigos loden, perros salchicha y sombreros de tweed. Todas parece que viven en una casa de campo.
Dejo mis bidones en el mostrador. Me pican las palmas de las manos y los músculos me tiemblan del esfuerzo. El hombre de la caja mira incrédulo los bidones. Luego me mira de nuevo, como si quisiera asegurarse de que no estoy loca.
—Hay recipientes más pequeños —dice, indeciso—. Tenemos botellas de un litro.
—Quiero estos, gracias.
El hombre se encoge de hombros, decide que es problema mío si compro demasiado. La puerta de la tienda se abre de nuevo y el perro salchicha ladra.
—De acuerdo.
Pone el bote de lado para escanear el código de barras y asiente hacia mí.
—¿Cuántos compra?
Miro al suelo, donde tengo dos botes entre los pies.
—Cuatro en total —digo.
Conduzco con cuidado. La temperatura ha bajado a justo bajo cero y me temo que la brillante calle negra se ha vuelto engañosamente resbaladiza. Es raro, pero no me cuesta encontrar el camino a la casa. Es como si mi cuerpo lo recordara, como si cada giro de aquel exclusivo barrio estuviera grabado en mi médula espinal. Ni siquiera necesito pensar, solo ir adonde mi cuerpo me lleve.
Se ven coches grandes aparcados en prolijas entradas. Casas palaciegas que hierven sobre céspedes cuidados. Luego las casas empiezan a ser más pequeñas de nuevo y sé que casi he llegado.
Veo la casa delante de mí en la oscuridad. No hay luces en el interior ni ningún coche aparcado fuera. Las montañas de madera siguen sobre el asfalto, junto al garaje de reciente construcción.
Aparco a poca distancia, con cuidado de no acercarme demasiado.
Los bidones pesan y son incómodos de llevar. Tengo que hacer dos viajes. De camino a la entrada de Jesper miro alrededor, pero no hay señales de vida. Pese a que hay luces encendidas en las casas de alrededor, no veo gente.
Inspecciono la nueva construcción junto a la entrada. Una puerta de verdad ha sustituido al agujero cubierto con un plástico de la última vez que estuve aquí, pero la ventanilla de la izquierda de la entrada está abierta. Me pongo de puntillas, me inclino hacia delante y miro dentro. Al cabo de unos segundos la vista se acostumbra. Hay dos coches en el garaje, un deportivo rojo pequeño y un Porsche más antiguo. «Así que te gustan los coches antiguos —pienso—. Otro secreto que nunca compartiste conmigo».
Me retiro de la ventana, abro la tapa del primer bidón y vierto el contenido en una pared. Al cabo de un rato el bidón pesa menos y es más fácil de manejar. Intento salpicar la pared todo lo alto que puedo. Luego repito el procedimiento con los tres bidones restantes. ¿Cuánto se necesita? No podía preguntárselo al tipo de la tienda de pinturas.
Es un trabajo duro y sudo debajo de la chaqueta gruesa. Ha empezado a lloviznar, con gotas pequeñas, mudas, casi imperceptibles. En silencio, la humedad pronto empieza a cubrirme la cara y las manos.
Cuando termino, empujo los bidones vacíos, uno por uno, por la ventanilla. Caen al suelo del garaje con un sonido hueco. Retrocedo y compruebo que tengo las llaves del coche listas. Lo último que quiero es quedarme atrapada aquí, o verme obligada a salir corriendo sin el coche.
Luego saco las cerillas, me inclino hacia delante para protegerlas de la lluvia y el viento y enciendo una.
La llama titila en la oscuridad.
Esa noche duermo mejor de lo que lo he hecho en mucho tiempo, aunque el olor a humo ha penetrado en mi piel y en mi cabello y no consigo eliminarlo, incluso después de ducharme dos veces. Cuando despierto, tengo la imagen de las llamas grabada en la retina. Recuerdo cómo iluminaron aquella tarde de finales de otoño, cómo el calor me abrasaba la piel, incluso a lo lejos. En cierto modo fue purificador. No sé si fue el fuego o el hecho de que estaba recuperando lo que era mío, algo que él me había robado.
Me levanto, me vuelvo a duchar, me visto y como unos cereales mientras me arreglo el pelo y me maquillo. Tal vez son imaginaciones mías, pero creo que parezco más vigilante. Más fuerte. Tal vez sea cierto: a lo mejor la mujer que me mira desde el espejo es otra persona. Quizás el día de ayer me provocó un cambio esencial.
Antes de irme, busco la tarjeta del periodista entre el montón de facturas de la panera y me la meto en el bolsillo. Decido que es el momento de llamarle.
De camino al metro me doy cuenta de que hay algo más que noto distinto. Al principio no logro identificarlo, pero luego se me ocurre. Es la primera vez que brilla el sol en semanas. Paro, cierro los ojos y levanto la cara hacia el cielo. Me sumerjo en el calor y la luz. Me quedo así hasta que tengo la piel caliente y me brillan los párpados. Pienso que, al fin y al cabo, la vida no está tan mal.
Por algún motivo me viene a la cabeza la imagen de mi padre la noche antes de morir. Tumbado inmóvil en la cama en su habitación oscura.
Fuera, mamá caminaba de un lado a otro, preocupada. Yo no entendía por qué ella, que tanto parecía odiar a papá, estaba tan preocupada ahora que estaba enfermo. Era como si solo tuviera dos estados mentales, enfadada o preocupada, y que ahora estuviera muy preocupada.
Se había pasado la mayor parte de la mañana al teléfono con varias tías. Yo había estado haciendo los deberes de física mientras escuchaba su larga conversación susurrada sobre la salud de papá. Palabras como «totalmente pasivo» y «ha perdido las ganas de vivir» se entrelazaban con sollozos teatrales y la charla habitual sobre la falta de dinero y su aburrido trabajo y su egocéntrico jefe. Todo culminaba con la afirmación de que merecía algo mejor, con lo que las tías parecían estar de acuerdo porque nunca discutían después de que lo dijera.
Pensé en qué quería decir con «merecer algo mejor». ¿Es que mamá estaba insatisfecha con su vida? ¿Quería otra? ¿Otro piso, otro marido? ¿Tal vez otra hija? ¿Y eso era algo que una se ganaba, a lo que se tenía derecho si eras mejor persona? ¿De verdad mamá era mejor que papá y que yo? Y si yo era tan mala, ¿qué merecía yo?
Me senté con cuidado en la cama, junto a papá. La habitación en la penumbra olía a sudor y a tabaco y a algo más, algo que me recordaba a caspa vieja, y me di cuenta de que no tenía por qué preocuparme por si notaba que había fumado cigarrillos con Elin antes.
No entendía por qué insistía en tener las persianas bajadas, por qué quería estar a oscuras todo el día. La cama se hundió al sentarme yo, aunque intenté ir con el máximo cuidado y suavidad.
—Pequeña Emma —murmuró, y se volvió hacia mí.
Entonces me agarró la mano. Ya está. No dijo nada más, solo se quedó quieto, respirando a duras penas, como si cada respiración le doliera. Pensé por un momento en qué haría más feliz a papá. Normalmente le proponía que hiciéramos algo juntos, tal vez ir a dar una vuelta o cocinar algo. Pero notaba que eso no iba a funcionar esta vez.
—¿Te encuentras mejor? —pregunté.
—Sí —dijo, tras una pausa larga y preocupante. Incluso la voz sonaba distinta. Hueca, sin matices. Como si saliera de una lata.
—Pequeña Emma —repitió, y me apretó la mano—. Solo quiero que sepas lo mucho que te quiero. Eres una chica maravillosa.
No sabía qué decir. La situación me incomodaba. No estaba acostumbrada a ver a papá tan débil. Podía estar cansado, indiferente, enfadado, alborotado o incluso borracho y temerario. Pero no débil. El hombre que había sido mi ídolo desde que aprendí a caminar no era débil. Era así de sencillo.
—Por favor, papá…
—Emma —me interrumpió—, ¿te acuerdas de la oruga que guardabas en un bote cuando eras pequeña?
—¿Sí?
Pensé adónde quería ir a parar.
—Siento mucho haber dejado que mamá rompiera el bote. Sabía cómo iba a terminar la noche y no hice nada para detenerla.
—Para… solo era un estúpido insecto. Además, eso fue hace mucho tiempo.
—Sí, «insecto», así lo llamaba ella. Pero era más que una mariposa. Era tu proyecto especial en el que llevabas todo el verano trabajando. Era lo único que te importaba en aquella época y, aun así, o tal vez precisamente por eso, ella lo destrozó. Y yo dejé que ocurriera, así que soy igual de culpable.
Me pareció oír un sollozo en la oscuridad, pero no estaba segura.
—¿Te acuerdas de lo bonita que era? —continuó—. ¿Te acuerdas de la metamorfosis de oruga común a una mariposa bonita? Era tan azul que casi brillaba. ¿Te acuerdas?
Asentí, aunque él no me veía en la oscuridad. Esta conversación me había dejado un nudo en la garganta y ya no me fiaba de mi voz para continuar.
—Solo quería que supieras… que eres como esa oruguita, Emma. Un día tú también te convertirás en una bonita mariposa. No lo olvides nunca. Diga lo que diga la gente de ti, tienes que prometerme eso.
—Oh, papá. —Solté una risita, de pronto la situación me parecía absurda. Como si estuviera atrapada en un melodrama—. Deja de hablar así. Me estás asustando.
No dijo nada. El único sonido en la habitación era su esforzada respiración.
—Si alguien te dice otra cosa, quiero que pienses en esa mariposa. Diferente no significa peor. Diferente puede significar también mejor. Prométeme que nunca lo olvidarás.
—Por supuesto, pero…
El nudo en la garganta creció. Nunca había oído a papá hablar así. No estaba preparada para eso. Ninguna cena especial ni una vuelta improvisada junto al paseo marítimo iba a arreglar ese problema.
—Quiero que seas… como antes —susurré, intentando evitar la palabra «sano», pues eso significaría que ahora estaba enfermo, y eso no se lo decíamos a papá, ni mamá ni yo. Lo decíamos sobre él, pero no a él.
—Todo se ha vuelto una mierda para mí —dijo con una alegría inesperada en la voz, como si hubiera hecho una broma—. Una mierda absoluta.
Y esas fueron las últimas palabras que dijo mi padre antes de que mamá lo encontrara colgado en el piso al día siguiente.