La desconocida
Emma
No entiendo a Wilma. Me he pasado toda la semana intentándolo todo para que se sintiera bien en mi casa. Le he leído cuentos, le he hecho tortitas y manualidades. Hemos dado de comer a las palomas de Karlaplan y hemos observado a los perros que jugaban en la nieve en Gärdet Park. Cuando alguien llamó a la puerta, nos escondimos debajo de la cama y jugamos a quién aguantaba más tiempo callada. Sin embargo, en vez de acercarse a mí, cada vez es más difícil establecer contacto con ella. Se ha aislado de una manera extraña. Se pasa horas sentada mirándose las manos o cortando papel metódicamente en trocitos minúsculos, para luego tirarlos al suelo alrededor de ella como si fueran pétalos.
Hemos pasado muchas veces al lado de periódicos con la imagen de Jesper, pero no los ha visto o, si los ha visto, no lo ha entendido. Yo apartaba la vista cuando veía las fotografías con el titular: «Famoso CEO buscado por asesinato». No podía mirarlo a los ojos, no quería pensar en todo lo que me hizo.
Las últimas noches, Wilma se ha despertado con gritos de terror y, cuando la zarandeo un poco para despertarla de la pesadilla, pregunta por su madre y me aparta de un empujón. Ojalá pudiera sentirse a salvo conmigo, pero no sé cómo hacerlo. Me he sorprendido varias veces enfadándome con ella por ser tan desagradecida y he tenido que recordarme que solo es una niña. No ha hecho nada para acabar en esta situación. Es mi responsabilidad, mi deber como adulta, no perder la paciencia.
Estamos de camino al McDonald’s, que es lo único que pone de buen humor a Wilma. Tiene la manita pegajosa sobre la mía y parlotea sobre cómo encontró el tesoro la semana pasada. Creo que hay algo positivo en que haya aparecido el dinero y el cuadro: mis problemas económicos están solucionados. Por lo menos a corto plazo. Y sí, estoy contenta de haber encontrado el cuadro. Significa mucho para mí, no solo por el valor, sino porque de un modo extraño me conecta con mi pasado, es un puente a mi infancia. A un mundo que ya no existe. A mamá, y a mis tías, y a sus alegres tés. A bollos de canela azucarados y ligeramente quemados, el olor a tabaco, la sensación de seguridad en las rodillas de la tía Agneta, atrapada entre sus enormes pechos.
Nieva sobre Karlaplan. Unos grandes copos lanosos cubren la fuente seca. Los grandes árboles se yerguen en un círculo serio y silencioso, como si vigilaran la plaza y a todos los habitantes de la ciudad. Hay árboles de Navidad falsos y sacos de leña frente a una ferretería. Sale y entra gente en tromba del centro comercial de Fältöversten con bolsas llenas de regalos navideños. Se me ocurre que este año no daré ni recibiré regalos, ahora que mamá está muerta. Llegará la Navidad, pero será una Navidad distinta. En la tienda de ultramarinos leo el titular: «Niña de cinco años secuestrada». El dibujo no se parece mucho a Wilma, pero igualmente la agarro con más fuerza. La aparto de un tirón.
—¿Puedo pedir un menú infantil? Por favor.
—De acuerdo —digo, sin pensar.
Tal vez no sea buena idea dejar que Wilma decida qué comer. Puede acabar con malos hábitos alimenticios.
—¿Y un batido? Por favor.
Dudo un momento, luego decido que ya me preocuparé de su dieta más adelante. Es más importante aprovechar los momentos en que Wilma está comunicativa y simpática conmigo.
—Claro.
Comemos en silencio en el ruidoso restaurante.
A las manchas de helado de la ropa de Wilma se añaden las de kétchup y grasa de las patatas fritas. El local está abarrotado y húmedo. El suelo del restaurante está cubierto de una gruesa capa de aguanieve marrón que los clientes han llevado adentro. De pronto una mujer resbala. Se le desliza una de las bebidas de la bandeja y cae hacia Wilma. La cojo un segundo antes de que le dé. La mujer, que lleva un abrigo inflado y gorro de esquiar, lleva dos niños pequeños detrás. Se tapa la boca con la mano, horrorizada.
—Oh, no. Lo siento. ¿Está bien su hija?
Al principio no entiendo qué quería decir. Luego esbozo una sonrisa de oreja a oreja.
—No se preocupe, no pasa nada.
Algo cálido inunda mi cuerpo helado. Miro a Wilma, que parece completamente ajena al pequeño drama que acaba de suceder. Se lame la sal y la grasa de los diminutos dedos con la cabeza ladeada. El pelo claro cae en rizos mate hasta los hombros.
«¿Está bien su hija?»
De camino a casa no puedo dejar de pensarlo. ¿Y si pudiera ser mía de verdad? Ahora que vuelvo a tener dinero, a lo mejor puedo. Podríamos irnos lejos. A Norrland, tal vez. Escondernos. Buscar un gato nuevo o un perrito.
Seguro que las pesadillas tardarían un tiempo en desaparecer y ella necesitaría tiempo para confiar en mí del todo, pero estoy convencida de que al final lo haría. Solo tengo que darle un poco de tiempo.
Vuelvo a coger a Wilma de la mano, que está igual de pegajosa que antes.
—¿Cuándo vamos a ver a mamá? —pregunta.
La irritación se enciende en mi interior.
—No lo sé —dige con sinceridad—. Cuando tu madre se recupere.
—Pero ¿mamá se recuperará?
—Tampoco lo sé. Solo lo sabe el médico.
—¿Podemos preguntárselo al médico?
De pronto no soporto más tanto gimoteo. He contestado mil veces a esas preguntas, ¿cuánto tiempo va a estar preguntando por su madre?
—No, no podemos, porque…
Paro de repente y me quedo mirando la entrada de mi edificio. Noto que las piernas casi ceden.
Hay varios coches patrulla aparcados en la calle de mi casa. Figuras vestidas de negro conversando en la puerta. Dos pastores alemanes olisquean la acera.
Volvemos a toda prisa a Karlaplan. Wilma ahora está gruñona. Quiere volver a casa a ver el tesoro, no quiere ir a otro sitio.
—Ay, las tijeras me hacen daño —se queja mientras tiro de ella para que se dé prisa.
—¿Qué tijeras?
Wilma saca del bolsillo mis tijeras grandes de cocina, con las que ha estado jugando.
—Las que estaba usando para cortar.
—¿Estás loca? ¿Te has metido unas tijeras en el bolsillo? ¿Y si te caes? Podrías habértelas clavado.
Le quito las tijeras de las manos y me las meto en el bolsillo, con una sensación desconocida: el miedo a que Wilma se haga daño. «Así que esto es ser madre», pienso, y por algún motivo siento una especie de satisfacción.
Antes de bajar al metro miro hacia atrás, parece que nadie nos sigue. La gente que estaba en la entrada de mi edificio no resulta tan amenazadora de lejos. Bajo el ritmo. Suelto aire. Suelto el brazo de Wilma. No dice nada, solo tiene la boquita apretada.
—¿Puedo tomar un helado? —dice cuando pasamos junto al quiosco. Sus ojos de color azul claro se clavan en los míos.
—Hace mucho frío —intento convencerla.
—No tengo frío. Tengo calor. ¿Puedo tomar un helado? Por favor. —Tira de mi brazo.
Suspiro. Entro en la tienda y le compro un helado.
Solo llevo trescientas coronas en la cartera. No me llevé más cuando salimos del piso y ahora es demasiado tarde para volver. No es suficiente ni para alquilar un coche durante un día, una lástima, porque si tuviéramos coche por lo menos podríamos irnos de la ciudad, a otro sitio.
Bajamos al metro. Wilma se come el helado de abajo arriba, y le gotea en el abrigo. Unos grandes charcos de vainilla le corren pecho abajo. Decido no hacer caso. Tengo preocupaciones más apremiantes.
El vagón entra en la estación y subimos. Nos sentamos de frente. Wilma ya se ha terminado el helado, pero sigue con el palo en la boca. Lo succiona y lo muerde hasta que se rompe en dos.
En la parada de Östermamlmstorg sube una mujer con un abrigo abultado de invierno. Pasa por el vagón repartiendo una hoja en la que dice: «Por favor, ayuden a mi hija. Está discapacitada por la parálisis cerebral y no tenemos dinero para una silla de ruedas o fisioterapia en Odesa». Observo la fotografía. Es de una niña sonriente de diez años sentada en una butaca. Los dientes y las gafas parecen demasiado grandes para su pequeño rostro. Tiene los brazos y las manos curvados, como agarrotados. Tiene las piernas extrañamente delgadas, como si pertenecieran a otro cuerpo, más pequeño. Hay un perro a su lado.
—Esta es mi hija.
De pronto la mujer está a mi lado. Su acento y los ojos azules me recuerdan a alguien, las piezas encajan y sé exactamente adónde ir.
Le devuelvo la fotografía a la mujer y niego con la cabeza. Noto el corazón latir fuerte en el pecho.
—Lo siento. No tengo dinero.
Olga está doblando tejanos cuando entro. No veo a Mahnoor ni a Björne. A lo mejor están en el almacén, o en una pausa.
Olga me da un fuerte abrazo. El olor a perfume la rodea con insistencia y casi me provoca un estornudo.
—¿Qué te has hecho?
Abre los ojos claros de par en par y me sorprende lo mucho que se parece a la mujer del metro. No solo el acento, también de aspecto. Podrían ser hermanas.
—¿A qué te refieres?
Me acaricia el pelo corto con la mano.
—Pareces un hombre, Emma. ¿Quieres parecer un hombre?
Antes de poder contestar, aparece Mahnoor por detrás y posa una mano con suavidad en mi hombro. Me doy la vuelta y me da un abrazo.
—Estás genial —me susurra al oído—. No le hagas caso. Lo siento mucho. Me han dicho que te han despedido. Son unos capullos.
Entonces se fijan en Wilma. Una arruga aparece en la frente de Olga.
—Esta es Wilma —digo—. Estoy cuidando de ella.
—¿Has encontrado trabajo? —pregunta Olga. Asiento.
Mahnoor y Olga miran de nuevo a Wilma, que parece haber perdido el interés en mis compañeras. En cambio, se dedica a investigar la tienda: se arrastra debajo de los estantes de ropa, toquetea las etiquetas de seguridad y examina las horquillas y los pendientes.
—Es temporal. Su madre está enferma. Estoy cuidando de ella hasta que se recupere.
Mahnoor y Olga asienten. Me vuelvo hacia Olga.
—Le prometí que iríamos al parque acuático de Södertälje. Ya sabes, eso con toboganes y olas. ¿Puedes prestarme el coche otra vez, Olga? Te lo devuelvo mañana.
—Claro. Igualmente es un coñazo encontrar aparcamiento. —Olga hace una mueca de desesperación.
—Muchas gracias.
La sigo hasta la sala de empleados. Ella coge su bolso, con un bordado dorado y falsos diamantes incrustados. Hurga en él. Saca un paquete de tabaco, una caja de tampones y un cepillo hasta que encuentra lo que busca.
—Aquí están. Devuélvemelo mañana por la tarde. Hoy no lo necesito.
Cojo las llaves y le doy un abrazo rápido.
—Gracias, eres un sol.
Ella baja la mirada al suelo, de pronto cohibida.
—Para. No es nada.
Volvemos a la tienda. Wilma está sentada en la mesa de los tejanos ayudando a Mahnoor a doblarlos. Mahnoor sonríe y Wilma se ríe. La imagen es idílica. Podrían estar sentadas en un parque o una zona infantil.
Me acerco a ellas y acaricio la mejilla de Wilma.
—Tenemos que irnos, cariño.
—No, estoy trabajando —protesta ella, y consigue sonar muy decidida. Olga y Mahnoor se ríen.
—Es un encanto. Podría llevármela a casa.
Hay un brillo en los ojos oscuros de Mahnoor. Me digo que no tiene ni idea de que eso es exactamente lo que ha pasado, que me llevé a Wilma a mi casa.
Justo cuando me voy, un tipo vestido con una parca verde entra en la tienda. Camina hacia nosotras y, en cuanto me mira a los ojos, lo reconozco.
Es como si alguien me hubiera dado una fuerte patada en el estómago. Es Anders Jönsson, el periodista con el que hablé. El especializado en sabotear la vida y la carrera de Jesper Orre. Una especie de colega mío, podría decirse.
Mira a Wilma, luego a mí, y sé que lo sabe.
Me doy la vuelta, se me caen las llaves del coche al suelo, pero no hago caso. Cojo de la mano a Wilma y salgo corriendo de la tienda hacia el metro.