La desconocida
Peter
Hanne y Manfred me siguen a la sala de reuniones pequeña y saludan a una agente de policía. Se presenta como Helena Berg y les cuenta que trabaja en la comisaría de Östermalm. Hay algo que me resulta vagamente familiar en su cuerpo delgado, los rasgos agudos y el cabello castaño claro. Me pregunto si nos conocemos de antes, pero no parece reconocerme.
A veces pienso que hay algo en mi aspecto que hace que la gente no se fije en mí. A lo mejor soy demasiado común para causar impresión en la gente que conozco. Uno de esos tipos que tienes sentado enfrente en el autobús sin acordarte de él. No como Manfred, a quien todo el mundo en el edificio conoce, y supongo que precisamente por eso se viste así.
Hanne y Manfred se sientan al lado de Helena y yo enfrente. Miro a Hanne. Está como siempre: tranquila y serena, con una libreta en el regazo. Su expresión es impasible. No queda rastro de la intimidad de ayer, podría ser una pasajera más del autobús, una de las que no me ve.
Janet lo hacía a veces: no me hacía caso, como si no estuviera. Sobre todo cuando quería castigarme por algo, como haberme olvidado de su cumpleaños o no querer pasarme todo un fin de semana mirando casas.
Pero Hanne no es Janet.
De hecho, Janet y Hanne son todo lo distintas que pueden ser dos personas. No hay motivo alguno para comparar el comportamiento de Hanne con el de Janet. Por lo menos si realmente quiero entender qué está pensando Hanne.
Me vuelvo hacia Helena, que ha venido a hablarnos de su encuentro con Emma Bohman.
—Gracias por venir —digo.
Ella se encoge de hombros y esboza una sonrisa irónica.
—No hay de qué. Ojalá hubiera sumado dos más dos antes. Pero ya sabéis cómo es, conocemos a mucha gente. Hay tantos chiflados…
Asiento. Los demás en la mesa saben perfectamente lo que es ser un agente de policía de proximidad, todos hemos pasado por ahí. Salvo Hanne.
—Adelante, cuéntaselo tú —digo—. Hanne y Manfred participan en la investigación, y no saben nada de tu entrevista con Emma Bohman.
—De acuerdo —empieza Helena. Asiente pensativa y dice—: Hace poco más de dos semanas, una casa de empeños del centro de Estocolmo se puso en contacto con nosotros. Alguien había llevado un anillo con un diamante bastante valioso. Un anillo de compromiso. Cuando lo comprobamos con nuestro catálogo de objetos robados, descubrieron que el anillo había sido robado de una joyería de Linnégatan unas semanas antes. Emma Bohman había dejado el anillo en la casa de empeños, vive en Värtavägen, que está al lado de Karlaplan y la joyería. Mi colega Johnny Lappalainen y yo interrogamos a Emma Bohman hace dos semanas, y durante el interrogatorio también le enseñamos un vídeo de vigilancia que la sitúa en la joyería en el momento del robo.
—¿Y qué dijo ella? —pregunto.
—Dijo que había estado en la tienda, pero que no estaba sola. Según ella, fue a la tienda con su novio, Jesper Orre, a ver anillos de compromiso. Luego dijo que ella no había robado ni comprado el anillo, que Orre se lo regaló después.
—¿Pudo demostrarlo?
Helena se encoge de hombros.
—No del todo. Señaló una imagen de alguien en el vídeo de vigilancia y dijo que era Orre. Pero era imposible saber si era cierto. La cinta era de mala calidad y la persona que señaló solo se veía en el borde de la imagen. De todos modos, nos pusimos en contacto con Orre por teléfono para comprobarlo, dijo que no sabía nada de ella y que por supuesto no le había comprado un anillo. Nos dijo que siempre hay bichos raros que le acusan de cosas y que estaba cansado de ser un personaje público. Y… creo que eso fue todo. Tenemos mucha carga de trabajo, así que la investigación no ha avanzado. Sin embargo, al ver los dibujos de la chica asesinada en televisión y enterarme de que Orre estaba desaparecido, pensé que sería mejor ponerme en contacto con vosotros. Os he enviado por correo electrónico el informe del interrogatorio y el vídeo de vigilancia, por si queréis verlo.
Saco el dibujo de la fallecida. Lo dejo en la mesa y lo aplano con la mano.
—Entonces ¿has visto esto?
—Sin duda —dice, con la frente arrugada—. Cuesta no verlo. ¿Es cierto que fue decapitada?
Asiento.
—Dios mío. Ahí fuera hay gente muy enferma. Sí, he visto el dibujo, y no creo que se parezcan mucho. Si no recuerdo mal, Emma Bohman tenía el pelo más largo. Pero quién sabe, a lo mejor se lo cortó.
Después de acompañar a Helena Berg fuera, nos sentamos de nuevo a la mesa. Sánchez está alterada, como siempre que una investigación da un salto importante. Tamborilea con los dedos en la mesa y pregunta:
—Bueno, ¿qué pensáis?
Manfred se aclara la garganta y se quita las gafas.
—La conclusión lógica, por supuesto, es que Jesper Orre tenía una relación con Emma Bohman que no quería reconocer, ¿no? Es razonable que ella fuera a su casa, tal vez a discutir con él, que él la matara y huyera.
Hanne se inclina hacia delante y mira a Manfred a los ojos.
—¿Y el otro tipo?
—¿Qué otro tipo?
Hanne de pronto parece confundida y se sonroja.
—El tipo que fue asesinado… hace diez años. Fue así, ¿no? No me acuerdo… ¿Cómo se llamaba? El chino.
—¿Chino? —pregunta Sánchez.
—Sí, ya sabéis. El… el otro sin cabeza.
—¿Te refieres a Calderón? —dice Sánchez.
Hanne respira, pero es obvio que se siente avergonzada. Se tira del pelo con una mano y parpadea rápido, como si estuviera al borde de las lágrimas.
—Exacto, Calderón.
—No era chino, era chileno.
—Lo siento, me he equivocado. Pero ¿por qué iba Jesper a asesinarlo y decapitarlo?
—No lo sabemos —dice Manfred—. Aún no. Pero si hurgamos lo suficiente en el pasado de Orre, tiene que haber una conexión en algún sitio.
Me vuelvo hacia Sánchez y decido aprovechar toda esa energía de cachorro. La reconozco de mis primeros años de agente de policía, aunque hace años que no me siento así.
—Los padres de Emma Bohman están muertos —digo—, pero su tía denunció su desaparición. ¿Puedes localizarla y ver si sabe algo de la relación de Emma con Orre? Y habla con sus compañeras de Clothes&More. No sabemos qué relación tenía con su tía.
Sánchez asiente y se va, con Manfred detrás. Me dejan a solas con Hanne.
—¿Vamos a dar una vuelta? —digo.
Vagamos en la nieve por la plaza, hacia el agua. El viento se cuela bajo la chaqueta fina y la nieve recién caída me sube por los tobillos, un frío recordatorio de las botas de invierno que aún no he comprado. Hanne camina a mi lado, una sombra silenciosa con un abrigo informe y unas botas pesadas. Al llegar al borde del agua, giramos a la izquierda hacia el ayuntamiento. La nieve se arremolina sobre la bahía, la cubre con una neblina blanca y desdibuja los contornos de los edificios de Södermalm.
—¿Estás bien? —pregunto.
Hanne gira la cabeza hacia mí y me lanza una mirada inescrutable.
—¿Por qué no iba a estarlo?
El tono tiene un deje reservado, como si estuviera ansiosa por mantener las distancias conmigo.
—Estaba pensando en… lo que pasó ayer.
Para, se pone de espaldas al viento y se coloca la capucha. Me mira con expresión triste. Los copos de nieve se derriten en su mejilla y siento ganas de estirar la mano y limpiársela, pero sé que no me está permitido. No me ha dado permiso para eso.
—Lo que ocurrió ayer… —empieza—. Fue bonito. Me gustó. Pero debo ser completamente sincera contigo, Peter. Nunca podrá volver a haber nada entre nosotros. De verdad. Tal vez podemos volver a vernos si tú quieres, pero nunca podremos estar juntos. ¿Lo entiendes?
Por algún motivo sus palabras me provocan una decepción desesperada, aunque no sé muy bien por qué. Es decir, ¿qué esperaba? ¿Que volveríamos a ser pareja de nuevo de la noche a la mañana? ¿Que lo que hice hace diez años quedara perdonado y olvidado?
—¿Puedo preguntar por qué?
Se da la vuelta y echa a andar hacia el embarcadero. Para y se pone a contemplar el agua. La sigo y me quedo a su lado. Unas grandes aves negras vuelan en círculo por encima de nosotros. Tal vez sean una especie de grajilla o cuervo.
—¿Crees que tienen frío? —pregunta.
—Apuesto a que se mueren de frío —digo.
—Estoy enferma —dice, y se vuelve hacia mí—. De verdad. No puedo convertirlo en un problema tuyo. No estaría bien.
Cuando dice que está enferma, pienso en mi madre. Sentada en la terraza, fumando en una de las viejas sillas de jardín con un jersey grueso encima, pese al calor, y un pañuelo de seda en la cabeza.
Algo en mi interior se ablanda al recordar a esa mujer delgada que era mi madre, o lo que quedaba de ella. Los aromas vuelven: jabón, tabaco y el otro. El olor a enfermedad: desinfectante y heridas abiertas. Un olor que conozco bien. Pasillos de hospital, sábanas sucias, patata hervida y sudorosos bocadillos de queso envueltos en plástico.
El olor de las instituciones.
—¿Tienes cáncer? —pregunto.
No sé por qué, se me escapa.
Hanne se ríe.
—No —dice—. ¿Por qué crees que tengo cáncer?
—No lo sé. Mucha gente… lo tiene.
No hace comentarios a mi extraña frase, pero me mira socarrona con una media sonrisa.
Pienso otra vez en Janet. Hace unos años estaba convencida de que tenía un tumor en el pecho. Me llamó llorando y me suplicó que cuidara de Albin si ella moría. Yo ni me preocupé. La idea de la madre de mi hijo luchando contra una enfermedad mortal me provocó una indiferencia absoluta.
Me pregunto qué dice eso de mí.
—Entonces ¿qué es? —pregunto.
—No quiero hablar de ello —dice Hanne, y se da la vuelta. Desaparece en la tormenta de nieve hacia la comisaría con paso tan decidido que no me atrevo a seguirla.
Justo cuando estoy a punto de volver, suena el teléfono. Es Janet. El tono es aún más forzado de lo normal y sé al instante que ha pasado algo.
—Tienes que hablar con Albin —dice en una inspiración.
Camino hacia un portal cubierto para resguardarme del viento.
—¿De qué?
—De… ha empezado a saltarse clases. Y va con un grupo horrible de Skogås. Ya sabes, esos de los que te hablé.
Entro en el portal, donde estoy protegido del viento, y me caliento una mano en el cuello. Siento los dedos como témpanos.
—De acuerdo, sale por Skogås. ¿Y por qué debería hablar con él de eso?
Oigo cómo suena y me arrepiento enseguida. No es mi intención ningunearla, pero siempre es así. Janet me llama en cuanto tiene un problema con Albin. Aunque decidiéramos mucho antes de que naciera que ella lo criaría sola. Desde que lo tuvo contra mi voluntad.
—Porque eres policía. Sabes cosas. De drogas y esas cosas. Y sabes lo que les pasa a los chicos que descarrilan. Y porque… eres su padre —añade apresuradamente y casi en silencio, como si hubiera pronunciado una palabra prohibida.
Miro la nieve. Intento pensar cómo hacérselo entender sin ser grosero. Pienso qué argumento haría que dejara de incordiar.
—Estoy seguro de que está bien —digo, tal vez en un tono demasiado débil.
—No está bien —grita ella—. Siempre igual. No asumes ninguna responsabilidad con Albin. Nunca me ayudas. Ni siquiera cuando te lo suplico. ¿Tienes idea de lo que me cuesta pedirte algo así? ¿Sabes cuánto tiempo he dudado antes de coger el teléfono y marcar tu número, joder? ¿Lo entiendes?
Me revuelvo. Decido que probablemente no es el momento de recordarle nuestro acuerdo, que establecimos hace más de quince años.
—De acuerdo —digo, y me caliento la otra mano en el cuello.
—Bien. ¿Cuándo?
—¿A qué te refieres con «cuándo»? Hoy no, eso sí. Estoy en medio de una investigación por asesinato.
—Entonces ¿mañana?
—Mañana… no. Mañana no tengo tiempo. A lo mejor la semana que viene.
—¿Sabes qué, Peter? Esto es típico, joder. No sé ni por qué te he llamado. Puedes irte a la mierda con tu trabajo, porque Albin y yo no queremos volver a verte. ¿Me oyes? ¡A la mierda!
Me quedó ahí un rato, observando cómo cae la nieve. Viendo cómo esas aves negras vuelan encima de mí. Pensando en mi madre y mi hermana, que descansan en el cementerio de Woodland, si tendrán frío a dos metros bajo tierra. Pienso en lo injusto que es perder a Hanne cuando por fin la recupero. Entonces recuerdo que no la he recuperado. Pero en cierto modo así me siento.
Luego recuerdo todo lo que he perdido, incluso los que siguen vivos, como Albin y Janet. Todos a los que he apartado, he mentido o de los que he huido. Y cuando lo pienso un momento, me doy cuenta de que me lo merezco. Probablemente es un castigo justo: Hanne nunca será mía.