La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 34 de 40

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La desconocida

Hanne

 

 

El mensaje de texto de Owe llega a las cinco de la mañana. Me despierta de un sueño inquieto. Cojo el móvil del suelo y lo leo.

«Te quiero».

Ya está. Ni amenazas, ni súplicas de que vuelva a casa. Miro la pantalla, que brilla en la oscuridad. Me maravilla lo manida que suena esa frase. Es como si las palabras hubieran perdido el significado, como si parecieran estudiadas y sin sabor, como la comida procesada.

Me siento. Me duele la espalda después de horas en un sofá incómodo de la sala de espera. El grupo lleva toda la noche trabajando, pero necesitaba tumbarme un rato. Siempre he sido así. A Owe le parecía divertido. Se burlaba de mí porque era como una niña pequeña que necesitaba comer y dormir a horas concretas.

De hecho, es verdad. No aguanto mucho tiempo sin dormir. No es que me ponga cascarrabias y arisca, no, es que pierdo la capacidad de pensar con claridad, de establecer las conexiones más sencillas.

Ahora mismo no me lo puedo permitir.

¿Adónde podía haber ido la mujer que asesinó a Jesper Owe y su novia? La mujer que…

Me doy cuenta con frustración creciente de que en realidad ya no me acuerdo de su nombre. Es como si hubiera desaparecido mientras dormía, se hubiera esfumado mientras yo estaba en ese sofá duro, se hubiera disuelto en el aire cargado de la sala de espera.

Me siento y me pongo la chaqueta. El suelo está frío bajo los pies descalzos cuando me acerco a la ventana. En la oscuridad de fuera pasan unos copos de nieve arremolinados. Los edificios de alrededor están oscuros, solo unas cuantas ventanas aquí y allá están débilmente iluminadas, brillan como faros en la noche.

La sala de la segunda planta bulle de actividad. Están Manfred, Sánchez y Bergdahl, además de una docena de personas más que no reconozco. Peter se acerca a mí en cuanto entra en la sala. Me pone una mano en el hombro con suavidad.

—¿Cómo estás?

Su cuerpo desgarbado, su rostro sincero, aniñado. El leve roce de la mano. Todo me afecta y no puedo defenderme. Me vuelve débil e impaciente al mismo tiempo, como si el cuerpo me señalara algo urgente. Algo importante e inevitable está a punto de ocurrir, una especie de desastre natural. Mi cuerpo entero lo nota.

Tiemblo y retrocedo un paso sin querer.

—Bien. Un poco cansada. ¿Habéis encontrado algo?

Peter hace un gesto hacia sus colegas.

—Hemos revisado el extracto bancario de Emma Bohman. Dos días antes del asesinato de Angelica Wennerlind se gastó tres mil coronas en una tienda de montaña. Además, alquiló un coche que nunca devolvió. Lo hemos encontrado a unos centenares de metros de la casa de Orre. Y unas semanas antes, la noche en que se quemó el garaje de Orre, se gastó quinientas coronas en una droguería.

—¿Gasolina?

—Eso creemos. También hemos puesto un aviso de búsqueda del coche de Angelica Wennerlind. Un Volvo 740 familiar. Creemos que Emma Bohman pudo utilizarlo para huir del escenario del crimen.

—¿Habéis estado en… casa de Emma Bohman?

—Sí, pero estaba vacía. Conseguimos una orden de registro y la hemos registrado hace unas horas. Era un puto desastre. Estaba llena de paquetes de helado y pedazos de papel cortados. Había espaguetis secos en el suelo de la cocina y manchas de kétchup en el espejo. Cojines por todo el suelo. Los técnicos siguen ahí. ¿Tienes alguna teoría de dónde está ahora?

Echo un vistazo a la sala. Observo la concentración de nuestros colegas.

—En algún lugar donde se sienta segura. Déjeme revisar de nuevo la información de su pasado. A lo mejor hay algo.

 

Las horas pasan mientras reviso el montón de papeles. Fuera empieza a clarear, un amanecer frío y duro como el granito. Los pasillos están abarrotados y el olor a café recién hecho se extiende por toda la sala. El nivel de ruido aumenta. Alguien me deja una taza delante y asiento agradecida sin alzar la vista.

Hacia las diez, voy a dar un paseo. Deambulo por la manzana sobre la nieve recién caída y dejo que el viento helado me abra el abrigo y los copos de nieve se me derritan en la cara.

Ahí está de nuevo: esa sensación de haber leído algo importante sin establecer la conexión. La blancura de la nieve me quema las retinas y las mejillas me escuecen del frío. En algún lugar justo debajo de la superficie se cuece un descubrimiento. Lo sé, pero no lo detecto. Se me escurre, se esconde en los rincones más oscuros de la conciencia como un animal tímido.

Cuando regreso al edificio de la policía, por fin se me ocurre. De pronto me da tanto miedo olvidarlo que siento el impulso de ir al guardia de seguridad y pedirle un bolígrafo y papel. Sin embargo, decido confiar en que lo recordaré y corro hacia los ascensores. Recorro el pasillo casi corriendo para llegar a mis colegas.

—Kapellgränd —le digo a Manfred, que está en medio de la sala con una taza de café—. Emma Bohman se crio en Kapellgränd. Y cuando la policía la interrogó por el anillo robado dijo que Owe vivía en Kapellgränd.

—¿Sí?

Manfred parece desconcertado. Sánchez y Peter se unen a nosotros. Me observan en silencio.

—Está mezclando fantasía y realidad, y por algún motivo el piso de Kapellgränd, donde creció, es significativo. Estamos buscando un lugar donde se sienta como en casa. Segura. Kapellgränd podría ser ese sitio.

Sánchez levanta una mano. Parece cansada y tiene unas manchas oscuras debajo de los ojos del maquillaje antiguo y corrido.

—¿Os dais cuenta de que tenemos otro problema entre manos? —dice en voz baja—. También está desaparecida Wilma, la hija de cinco años de Angelica Wennerlind.