La desconocida
Hanne
Gunilla me lleva a Skeppargatan. Ya está oscuro, aunque solo son las cuatro de la tarde, y el suelo resbaladizo es traicionero. Aparca en Kaptensgatan, apaga el motor y se vuelve hacia mí. El cabello rubio brilla como un halo alrededor de la cabeza bajo el brillo de la farola.
—¿Quieres que vaya contigo?
Lo pienso.
—Sí, por favor. Si no te importa. Normalmente no está en casa a estas horas, pero nunca se sabe…
—Claro. Vamos a buscar a Frida.
Recorremos la breve distancia hasta la puerta.
Es raro. Solo han pasado unos días desde que me fui, pero el edificio ya me parece cambiado de algún modo. Más oscuro, menos acogedor, como si ya no quisiera ser mi casa. Como si hubiera rescindido mi contrato y me hubiera dado la patada. Aunque creo que es lo contrario. Soy yo la que me voy de Skeppargatan.
Marco el código y la puerta se abre con un zumbido amortiguado.
Cuando subimos en ascensor, hurgo en el bolso buscando las llaves, noto que me tiemblan las manos cuando finalmente las atrapo, y cuando Gunilla abre la puerta del ascensor se me caen al suelo. Ella las recoge y me pone una mano en la mejilla, indecisa, como si comprobara si tenía fiebre.
—Cariño, estás temblando.
—Solo es que…
Ella asiente presurosa, me agarra del brazo y me lleva al piso. Me coge las llaves y abre la puerta. Frida sale corriendo de inmediato, saltando alrededor de mis piernas. Me agacho. Hundo la cara en su piel negra y dejo correr las lágrimas. Frida me lame la cara y gime un poco.
«Cuánto amor incondicional canino —pienso—. ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Y por qué el amor humano siempre nos exige que nos sometamos y adaptemos? ¿Por qué no podemos querernos sin necesidad de poseernos?»
Entramos en el salón y encendemos la luz. Está exactamente igual. Mi ropa y mis zapatos están bien colgados en ganchos en el pasillo. El correo forma un montoncito en la cómoda de debajo del espejo. Gunilla se acerca a él, revuelve despacio en el montón y saca unas cuantas cartas que supongo que son para mí.
Miro en la cocina. Mis pequeñas notas amarillas siguen pegadas en los armarios. Se agitan suavemente con el viento desde la ventana.
Recordatorios.
El tictac del reloj en la cocina molesta por el volumen y penetra en mis oídos. Me doy la vuelta y voy al salón. Recorro la librería con la mirada. Pienso unos segundos, luego cojo las memorias de Halvorsen sobre su traslado a Groenlandia a principios del siglo pasado y una colección de ensayos sobre los inuit que me regaló mi padre cuando empecé en la universidad. Luego observo todos los objetos: máscaras, estatuas y lo demás. Lo único que siento es asco, casi una especie de náusea, cuando pienso en por qué los adquirimos. No me animo ni a llevarme uno a casa de Gunilla.
—¿No tienes libros suficientes? ¿No deberías llevarte algo de ropa? — pregunta Gunilla.
Niego con la cabeza.
—De todas formas, necesito comprar ropa nueva.
Nos quedamos en silencio y el sonido del reloj de la cocina se me mete en la cabeza una vez más, rebota entre las sienes y abre unos agujeritos, claros y dolorosos, en mi conciencia. De pronto noto que toda la habitación se comba, como si se balanceara, y me mareo. Doy unos pasos hacia Gunilla y le cojo la mano.
Parece preocupada. Ha aparecido una profunda arruga entre sus cejas, y me aprieta la mano.
—¿Y de aseo personal? ¿Necesitas algo?
Niego con la cabeza.
—Nada —digo—. No necesito nada de aquí.
Cuando vuelvo al piso de Gunilla, me hierve té mientras hace la maleta. Se va a un crucero de veinticuatro horas con su nuevo amante. El hombre que la hace sentir joven de nuevo.
Es lascivo. De una manera que su exmarido hacía años que no era.
Frida está tumbada sobre una manta en el sofá, dormida. Felizmente ajena a los problemas humanos. Gunilla canta en voz baja, no identifico qué, pero es un consuelo. Me recuerda a algo de hace mucho tiempo, una época olvidada, o tal vez enterrada porque resulta demasiado doloroso pensar en ella.
Imagina ser tan ridículamente feliz de nuevo. Enamorada, libidinosa y apasionada, aunque estés cerca de la jubilación y tus hijos sean adultos. Ir de crucero, comer bien y tener relaciones sexuales con alguien con quien realmente quieres hacer el amor. Por lascivia, no por costumbre, o lealtad, o tal vez sumisión.
¿Alguna vez fue así para Owe y para mí? ¿Cuando los dos éramos jóvenes?
De hecho, solo yo era joven cuando nos conocimos. Diecinueve años. Él tenía casi treinta, ya había estado casado y había terminado la residencia. Es imposible obviar que pasé de un padre a otro, de un tipo de sumisión a otra.
Pero ¿había pasión?
Intento recordar, pero, como siempre que rememoro mi relación con Owe, me faltan muchas cosas, hay tantos agujeros en el frágil tejido de mi memoria que no logro evocar cómo eran las cosas. Tal vez por todo lo que se ha entrometido: la vergüenza en el rostro de Owe cuando ve mis notas en las puertas de la cocina, el débil pero perceptible olor a col hervida de su cuerpo, esa chaqueta fea que insiste en ponerse incluso cuando organizamos cenas. Y su manera de silenciar a los invitados con sus arrogantes tonterías sobre filosofía o teatro, aunque en realidad no sepa de lo que habla.
—¿Estarás bien? —dice Gunilla cuando deja su maleta de fin de semana en el vestíbulo y se pone la chaqueta de piel.
—Claro.
—¿Me llamarás si me necesitas?
Salgo al vestíbulo y le doy un largo abrazo. Noto el aroma de su perfume y descanso por un segundo la mejilla en la suave solapa del abrigo.
—Pásatelo muy bien —digo, con la esperanza de que suene como si de verdad lo pensara.
Me suelta, un tanto indecisa. Levanta la mano para despedirse, me dedica una leve sonrisa, coge la maleta y se va.
Me sirvo agua en un vaso y me tomo mi medicina, una pastilla amarilla y dos blancas. Pienso: «Aquí estoy, viviendo del tiempo prestado. En la cocina de Gunilla, lejos de Owe, al otro lado de la ciudad».
La vida es extraña y no lo es menos a medida que te haces mayor, pero te acostumbras a esa rareza, aprendes a aceptarla. El truco es reconciliarte con el hecho de que la vida nunca sale como esperabas.
Son las nueve y veinte de la noche y la tormenta golpea la ventana de la cocina y silba alrededor del edificio, pero dentro el ambiente es cálido y acogedor. Hay cojines florales, cortinas de colores con volantes, todo lo que detestaba el marido de Gunilla metido en la sala. Jörn era constructor, aunque se las daba de ser una especie de arquitecto. Su casa era toda blanca y con varios tonos de gris, tan minimalista y asexuada como un laboratorio médico. Todos los intentos de Gunilla de animar su estricta casa con cojines de colores o porcelana pintada a mano eran rechazados con rudeza.
Miro por la ventana negra, pienso en cómo estará Gunilla en pleno mar Báltico con esta tormenta.
Owe me ha enviado tres mensajes de texto hoy. En el primero se disculpaba por su conducta de ayer en la puerta del edificio de Gunilla. Me explicaba que me quería, que Frida estaba bien cuidada y que los dos me echaban de menos. El segundo mensaje era más urgente. Había visto que Frida no estaba y escribía que «por lo menos podría haber avisado». Noté su frustración entre las líneas de ese breve mensaje por estar perdiendo el control sobre mí, como un trasfondo apagado y amenazador en un tema musical.
El tercer mensaje ha llegado hace una hora y estaba lleno de furia apenas contenida:
Sugiero que nos veamos a las 20:00 en el KB para comentar nuestras opciones. Espero que estés
ahí. Owe
Casi lo veo en el bar con una copa de Chablis en la mano. Furioso porque no me había presentado, con el pelo canoso pegado en las puntas.
Mi móvil vibra y lo cojo. Solo siento agotamiento cuando leo el mensaje.
NO esperes mi apoyo. Te he aguantado por ÚLTIMA vez. Tu conducta NO TIENE EXCUSA.
Ahora estás sola
Bajo la mirada a la mesa de la cocina, cubierta de papeles. Busco sin rumbo en los informes sobre el asesinato de Calderón. Veo una vez más la cabeza sesgada y los ojos abiertos con cinta. Leo mis propias palabras:
La cabeza ha sido colocada deliberadamente para que se vea desde la puerta, los párpados
sujetos con cinta. Probablemente así las potenciales visitas se verán obligadas a mirar a los
ojos de la víctima. Las posibles razones son…
En algún lugar en lo más profundo de la mente se va formando una idea, tan vaga que casi se me escapa. Cojo el informe de los técnicos de casa de Orre y lo hojeo. Mis ojos se detienen en la lista de los objetos encontrados en el suelo del pasillo, y ahí está: dos cerillas rotas junto a la cabeza de la fallecida.
Cojo mi móvil y marco el número de Peter. Contesta casi al instante, como si estuviera esperando mi llamada en plena tormenta.
—¿Hanne? —dice.
—He encontrado algo.
—¿Encontrado?
—Sí, en el informe de los técnicos sobre la casa de Orre.
Pausa. Oigo música de fondo.
—Ah, de acuerdo. ¿Le echamos un vistazo mañana por la mañana? Voy hacia casa.
—Creo que es importante.
Otra pausa.
—¿Dónde estás?
Quince minutos después suena el timbre. Peter tiene nieve en el cabello y la nariz aguileña, y siento el impulso de inclinarme hacia delante y sacudírsela. Me detengo en el último momento.
—Pasa.
Se quita los zapatos y cuelga la chaqueta del gancho al lado de la mía. Mira el pasillo iluminado. Las mejillas enjutas están frías y rojas y unas gotas se deslizan por sus cejas rubias.
—Bonito piso. ¿Es tuyo?
Niego con la cabeza.
—No. Ahora mismo estoy en casa de una amiga.
Me dirijo a la cocina y señalo con un gesto una de las sillas.
—Siéntate. ¿Te apetece una taza de té?
Él niega con la cabeza.
—No, gracias, estoy bien.
Me siento a su lado y hojeo el informe técnico sobre la casa de Orre.
—Esa vecina, ¿tocó a la víctima?
Peter parece confundido.
—¿La anciana? ¿La que la encontró?
—Sí.
Peter se pasa la mano por el pelo y levanta la vista hacia el techo.
—Sí, la tocó. Si no recuerdo mal, dijo que fue para comprobar si realmente estaba muerta. Como si pudiera haber alguna duda.
—Entonces ¿tocó la cabeza?
—Podría haberla tocado, sí.
—¿La movió?
Me mira de nuevo a los ojos. Tiene los ojos verdes inyectados en sangre, como si hubiera llorado o salido demasiado de fiesta. Me inclino por la segunda opción.
—¿Si la movió? No, no creo. Podría haberla tocado.
—Entonces algo podría haber sido… eliminado del escenario del crimen.
—Sin duda, tal y como caminó por todas partes.
—Porque aquí dice… —Deslizo el dedo por el texto en busca del fragmento que me llamó la atención y continúo—: Aquí dice que se encontraron dos cerillas rotas en el suelo, junto a la cabeza.
Peter se inclina hacia delante y lee el informe.
—Sí. Dos cerillas, una moneda de una corona, un mechero y un pintalabios Chanel. Probablemente cosas que llevaba la víctima en el bolsillo y que cayeron al suelo durante la pelea.
—¿Y si las cerillas no acabaron ahí por casualidad? —digo.
—¿Qué quieres decir?
—¿Y si el asesino las había puesto en los ojos de la víctima para mantenerlos abiertos?
Peter estudia el dibujo técnico.
—Las cerillas se encontraron aquí —digo, al tiempo que señalo el esquema—. Junto a la cabeza. Si el asesino las colocó en los ojos de la víctima, podrían haber caído al suelo cuando la vecina movió la cabeza.
Peter suspira y apoya la frente en la mano.
—Entonces ¿estás diciendo que el asesino a lo mejor quería mantener abiertos los ojos de la víctima, como en el caso Calderón?
—Exacto.
—Entonces la persona que cruzara la puerta tendría que mirar a los ojos a la víctima.
—También he estado pensando en eso. ¿Y si es lo contrario?
—¿Lo contrario?
—Sí, ¿y si es la víctima la que es obligada a ver?
—Pero la víctima está muerta.
—Bueno, claro. Pero piensa simbólicamente. El asesino mata y mutila a la víctima, pero no le basta con eso. Tras asesinarla, deja los ojos de la víctima abiertos con cinta para que él o ella tengan que ver cómo se va. La humillación definitiva. Te quito la vida y luego me voy, como si no hubiera pasado nada. Y te obligo a verlo.
Peter parece indeciso.
—¿Qué diferencia hay? —pregunta finalmente.
—Bueno, la diferencia es enorme. Mantener los ojos abiertos para asegurarse de que la siguiente visita se cruce con la mirada de la víctima es un acto agresivo dirigido al mundo exterior, o contra esa visita. Mantener los ojos abiertos para que la víctima se vea obligada a ver cómo se va el asesino es un acto dirigido a la víctima. La venganza definitiva. Por alguna razón, para el asesino era importante que la víctima lo viera irse. Piensa en ello como una especie de liberación de la víctima.
—¿Y qué significa eso en la práctica?
—Es probable que la víctima y el asesino tuvieran una relación estrecha.
—¿Qué tipo de relación?
—No lo sé. Tal vez una aventura amorosa.
Pasadas unas horas seguimos sentados en la cocina de Gunilla, hablando del caso. Peter no está del todo convencido de mi teoría. Parece que acepta que las cerillas podrían haber sido colocadas intencionadamente en los ojos de la víctima pero, pese a mis reiteradas explicaciones, no entiende por qué es tan importante que la víctima y no otra persona se vea obligada a ver.
Al cabo de un rato empezamos a hablar de otras cosas. Una conversación de tanteo sobre el tiempo y sus colegas de la comisaría. Sobre política y cómo ha cambiado la ciudad durante los últimos diez años. Preguntas prudentes sobre nuestras vidas, ninguno menciona el hecho extraño de que estemos ahí sentados, solos, en una cocina de noche. Que después de tantos años estemos hablando de verdad otra vez.
Me permito sentir una especie de tristeza por lo que nunca será. La vida que podríamos haber tenido juntos.
A las diez y media dice que tiene que irse. Tiene que levantarse pronto para cribar las pistas que hayan entrado sobre la identidad de la mujer desconocida. Hay algo inquietante en su cuerpo desgarbado cuando se levanta, sale al vestíbulo y se pone la chaqueta. Se inclina hacia delante y se pone las zapatillas de deporte, demasiado ligeras para el invierno.
Siempre iba poco abrigado, creo, y recuerdo la vieja chaqueta de piel negra que llevaba, hiciera el tiempo que hiciera. Al final estaba tan gastada que literalmente se partió. Tal vez debería haberle comprado una chaqueta que abrigara más, pero eso no se hace para tu amante. Ese tipo de cuidados se reservan al marido.
—Bueno —dice—. ¿Nos vemos mañana?
—Sí, nos vemos —digo.
Luego nos quedamos frente a frente en el vestíbulo de Gunilla. En realidad demasiado cerca para estar cómodos. Tan cerca que noto un rastro de su olor a sudor y a tabaco, y veo las arrugas que marcan el paso del tiempo en su rostro, como los anillos de un árbol.
Por un segundo pienso que quiere besarme: se inclina un poco hacia delante, hacia mí. Luego me tiende la mano.
Se la acepto con rapidez y por un momento esa desesperación fruto de la indignación y la pena por su traición regresa. Y rabia. Rabia porque al tocarme aún hace que mi cuerpo recuerde cómo era entonces.
Luego se va, y solo pienso en que me ha dado la mano. Qué manera tan rara de decirle adiós a alguien de quien has estado tan cerca. ¿No podría haberme dado un abrazo, como hace la gente normal?
Me ha dado la mano.