La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 36 de 40

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La desconocida

Peter

 

 

A veces me gustaría poder pedir consejo a mi madre sobre estas investigaciones. Me la imagino delante de la pared de pruebas, con los brazos en jarras y una mirada severa en el rostro. Completamente ajena a la policía que pululara alrededor. Tenía una percepción insólita, ligeramente cínica. Veía una mentira en cuanto la decía, y no le daba miedo decirlo cuando no estaba de acuerdo en algo. En otras palabras, podía incomodar un poco. Y podía ser un incordio para el poder establecido, como mínimo así le gustaba verse.

Hanne me recuerda mucho a ella. Salvo en el cinismo. Es raro. ¿Por qué no lo había pensado antes?

Miro a Hanne, sentada en el escritorio, clasificando un montón de documentos. Incluso hay un parecido físico, algo en el cabello y las cejas oscuras bien perfiladas. Y en la manera de moverse, en cómo tira la cabeza hacia atrás cuando se ríe. Como si quisiera que todo el cielo la oyera.

¿De verdad es tan sencillo? ¿Me he enamorado de mi madre?

«El amor es un acto reflejo», pienso. Algo que hacemos, como dormir o comer. Tal vez nos enamoramos de lo que nos resulta familiar, como en casa. Lo que nos recuerda cómo era la vida antes de tanta decepción.

Manfred se me acerca y me da un suave puñetazo en el costado.

—Estás hecho una mierda. ¿Pasa algo?

Sonrío ante su incómodo intento de ser considerado.

—Gracias. ¿Cuándo salimos?

—El equipo de investigaciones especiales y el agente inmobiliario llegarán en treinta minutos. Por lo visto la propiedad de Kapellgränd está desocupada. Será demolida, así que no tenemos que preocuparnos por los vecinos. ¿Vienes con nosotros?

—Si te callas la boca.

Suelta un bufido y me da un golpe en la espalda.

—Ahí estás, Lindgren. Al final resultará que tienes pelotas.

El edificio de pisos de Kapellgränd es oscuro y parece abandonado. En la planta baja, las ventanas están tapiadas con madera contrachapada, con unos afilados fragmentos de cristal aún visibles por debajo. Estamos en el coche de Manfred: Sánchez, Manfred, Hanne y yo. En algún lugar ahí fuera, en la oscuridad, está escondido el equipo de investigaciones especiales. Ya han registrado el piso y lo han encontrado limpio, salvo por algunas botellas vacías, un montón de viejas revistas pornográficas y unas cuantas mantas sucias en el suelo. No han encontrado ni rastro de la niña, pero hemos decidido esperar un poco por si aparece Emma.

 

Hanne tenía razón.

En la radio suena Morrissey, como de costumbre, pero a un volumen al que apenas oigo la letra: «You have never been in love, until you’ve seen the sunlight thrown, over smashed human bone».

«¿Será verdad? —pienso—. ¿Lo hizo por amor?»

Algunos peatones solitarios pasan azotados por el viento. Unas cuantas mujeres con velo suben desde Götgatan, agarradas del brazo. A lo mejor están de camino a la mezquita.

Manfred tamborilea impaciente con los dedos en el volante y mira hacia la oscuridad. Limpia la condensación del interior del cristal con la manga del abrigo de pelo de camello y suspira.

—Puede que no venga. ¿Y si estamos buscando en el lugar equivocado?

No hay respuesta.

Un ciclista solitario se bambolea cuando me suena el móvil. Es Janet.

Normalmente dejaría que saltara el contestador directamente, pero como ya tengo cuatro llamadas perdidas suyas y no estoy haciendo nada, decido contestar.

—¡Tienes que venir ahora mismo! —dice, sin aliento.

Algo hace clic en mi interior, pero mantengo el tono sereno.

—¿Ha pasado algo?

Manfred se vuelve hacia mí con una mirada de intriga. Entiendo que no cree que sea el momento de comentar problemas familiares, pero a Janet eso nunca le ha importado.

—Es Albin —dice Janet entre sollozos—. Se lo han llevado.

Respiro.

—¿Que se lo han llevado?

—Sí, la policía se lo ha llevado.

Intento pensar un paso por delante, pero me quedo en blanco.

—¿La policía? ¿Por qué?

—Él… han… encontrado…

—Cálmate. ¿Qué ha pasado?

Siento una mezcla de preocupación y vergüenza. Es lo que Janet ha hecho infinidad de veces: llamar en medio de algo importante, esperando que lo dejara todo. Nunca ha entendido el trabajo que hago. Aunque le haya pasado dinero todos los meses durante quince años.

Tengo los ojos de mis colegas clavados en mí, pero la imagen de la cara de Albin me da estabilidad. Su delgado cuerpo adolescente y las orejas que sobresalen por el cabello fino. Las orejas de Janet. Recuerdo sus palabras la noche en que vino a verme a casa en Farsta con un monopatín en una mano y una bolsa en la otra:

«He discutido con mamá. ¿Puedo quedarme en tu casa?»

 

Luego pienso en sus ojos, en cómo me miró mientras Janet lo llevaba al coche, y en cómo yo me oculté detrás de la cortina para que no me viera.

¿Cuándo he estado para apoyarle?

—Han encontrado marihuana en su mochila, Peter. Y ahora está en la cárcel con ese grupo horrible de Skogås. Tienes que hacer algo. Al fin y al cabo, eres su padre. Tienes que…

La voz llega al falsete y me aparto el teléfono del oído por instinto para evitar ese sonido agudo.

—Bueno… ¿qué? ¿Qué quieres que haga? —grito.

Oigo el rugido a través del teléfono, en mi regazo. Todo el coche lo oye. Es el mismo grito que cuando encontró las invitaciones de boda en el cajón de mi mesa. Un rugido desde el abismo, lleno de la misma rabia y asco inacabables. De pronto es como si me viera con sus ojos. Veo el monstruo que cree que soy. La criatura sin carácter que la dejó sola criando a Albin.

Al instante oigo la voz de mi madre. Débil y un poco quebrada, como si la eternidad la hubiera privado de su dureza. «Responsabilidad, Peter. ¿No es hora de que asumas algo de responsabilidad?»

—Janet, ahora te llamo.

Empieza a protestar.

—No —digo, y, aunque pueda sonarle absurdo oírme decir esto, añado—: Confía en mí. Ahora te llamo.

Hanne tiene la mirada clavada en mí cuando salgo del coche. Abre la puerta y se acerca a mí. Me toca el brazo.

—Quiero que te quedes —se apresura a decir.

—No puedo —digo, y la miro a los ojos.

Debería explicarle qué ha pasado. Hablarle de Albin y de Janet y de la deuda que algún día tendré que saldar. Explicarle que ha llegado ese día y que probablemente siempre supe que llegaría.

—Te lo suplico —dice Hanne—. Estoy segura de que viene de camino.

—Tengo que irme —digo, y me voy.

 

En Götgatan paso por un bar. El cartel de neón rojo parpadea en la oscuridad, promete a gritos calor y olvido, y de pronto me muero por una cerveza. Solo una en ese calor, en vez de ir directamente a la comisaría de Farsta o volver con Hanne. Un refugio de todas las decisiones que han hecho que sea tan increíblemente difícil navegar por la vida.

Sin embargo, lo que necesito ahora no es un refugio, y sin duda no lo merezco. Lo que necesito es un lugar tranquilo donde hacer una llamada importante.

Entro y echo un vistazo rápido al lugar: gente colgada sobre sus copas, deporte en la televisión, en silencio, los sofás cubiertos de vinilo y los vasos de cerveza brillando en la tenue luz amarillenta.

Me llevo el teléfono al oído.