La desconocida
Hanne
Peter se ha ido. Salió del coche después de esa llamada y se ha ido, aunque le he pedido que se quedara. Siento el peso de esa reacción.
El ambiente en el coche está cargado. Sánchez y Manfred intercambian miradas elocuentes, pero no dicen nada. Me pregunto qué estarán pensando, si les sorprende la súbita reacción de Peter y la rapidez con la que ha desaparecido en la oscuridad hacia el metro.
—A veces lo hace —dice Manfred, con tacto, como si me leyera el pensamiento.
No contesto.
—Supongo que ha pasado algo —dice Sánchez, que posa la mirada en mí.
«¿Lo saben? —pienso—. ¿Han notado que mi relación con Peter es algo más que profesional?»
—Nos las arreglaremos sin él —continúa Manfred.
—¿Por qué lo defienden? —pregunto—. Desaparece y les parece lo más normal del mundo, pero ¿lo es? ¿De verdad les parece bien?
No hay respuesta.
Nos quedamos ahí sentados un momento. En silencio. Luego suena el móvil de Manfred. Levanta su corpachón para coger el teléfono del bolsillo trasero y contesta. Escucha un buen rato. Cuando cuelga, se vuelve hacia mí.
—Un testigo ha visto a Emma Bohman y a Wilma hace media hora en su antiguo lugar de trabajo. Un periodista que escribe artículos sobre Orre y que la conoció.
—¿Qué hacemos? —dice Sánchez.
—Vamos para allá —dice Manfred, arrancando el coche.
—Espere —digo—. ¿No podemos quedarnos un poco más? Sigo pensando que va a venir.
Manfred me lanza una mirada de hastío.
—Estamos buscando en el lugar equivocado. Es hora de volver.
—No, yo me quedo.
—Usted viene con nosotros —dice Manfred, en un tono borde. Abro el coche y salgo. Está oscuro y se ha formado una costra dura encima del aguanieve.
—Me quedo —digo, de cara a Manfred, que mira a Sánchez.
—Haga lo que quiera —dice Manfred—. Pero creo que debería aprovechar para ir a casa y dormir unas horas. De todos modos, aquí sola no puede hacer nada.
Estoy helada. El frío penetra en mi abrigo de invierno húmedo y me doy cuenta de que me he olvidado los guantes y el gorro en el coche. Por suerte llevo la libreta encima, que está a salvo en el bolsillo del abrigo. Más que el frío, me da miedo pensar en que Manfred y Sánchez lean mis notas, los nombres y descripciones físicas de los miembros del equipo de investigación, y finalmente se den cuenta del alcance de mi problema. La vergüenza de lo innombrable supera a todo lo demás.
Demencia.
Un caso de clínica de la memoria.
De camino en convertirse en un vegetal.
Cierro las manos en los bolsillos. Intento no pensar en la enfermedad ni en el frío que me muerde en las mejillas y en cambio me centro en los inuit. En cómo sobreviven invierno tras invierno, en el duro frío. Pescan y cazan aunque vivan en la absoluta oscuridad durante meses. Hacen sacrificios a Sedna, la diosa del mar, para que les deje cazar criaturas marinas sin ser arrastrados a las profundidades.
Pasa media hora sin que suceda nada. Me subo la capucha y hundo las manos en los bolsillos. Doy patadas contra el suelo, no sé qué hacer. La casa de Kapellgränd está vacía y oscura delante de mí, las esquirlas de cristal tras la madera contrachapada brillan bajo el claro de luna como dientes afilados.
Tal vez Manfred tenga razón. A lo mejor debería ir a casa de Gunilla, sacar a Frida a dar un paseo y meterme en la cama. Dormir sin poner el despertador. Olvidar este día: que Peter se haya ido del coche, los guantes y el gorro en el asiento trasero.
Por un segundo me pasa por la cabeza llamar a Owe. Sin embargo, incluso ahí, sola en el intenso frío, no me parece una opción seria. Prefiero quedarme frente a un edificio abandonado de Kapellgränd toda la noche que volver a esa cárcel de Skeppargatan.
Empiezo a caminar hacia las luces brillantes de Götgatan. Paro en la puerta de un bar, sin saber qué hacer, ir a casa o deambular.
Entonces la veo.
Va caminando por Högbergsgatan con una niña pequeña de la mano. Los pasos son lentos, casi pesados. Tiene la mirada fija en el suelo. Sé que tengo que tomar una decisión: ¿me presento e intento hablar con ella o la dejo pasar?
Los pasos de la niña también son pesados. Arrastra las botas en la nieve y tira del brazo de Emma como si quisiera soltarse. Lleva la chaqueta abierta y no lleva gorro.
Si no hago nada, sé que podría pasarle cualquier cosa a la niña. Podría morir congelada esta noche o estar escondida en algún sitio. Luego tal vez no la encontraríamos nunca. Sin embargo, si establezco contacto con Emma, pongo en riesgo mi vida.
Pero ¿qué tipo de vida tengo de todos modos? ¿Qué me queda cuando la investigación termine?
¿La clínica de la memoria?
Me acerco a Emma y a la niña.
—Sé lo que te hizo Jesper Orre —digo.
Emma Bohman se queda parada y me lanza una mirada recelosa. La niña también se para. Me mira boquiabierta, pero no dice nada. El pelo claro le cuelga en mechones sobre los hombros, como si no se lo hubiera cepillado en semanas. Tiene la chaqueta llena de manchas de todos los colores. Tiene la mano libre cerrada en un puño, veo que está congelada.
—¿Qué? —dice Emma.
—Sé que te traicionó y te engañó. Ha hecho lo mismo con otras.
Emma parpadea y levanta la vista hacia la luna, que luce grande y pesada en el cielo nocturno.
—¿Quién eres? —pregunta.
—Alguien que sabe mucho de Jesper y lo que ha hecho.
—Ya. ¿Y qué haces aquí?
El tono es duro, noto las lágrimas latentes.
—¿Qué hago aquí? —digo—. Estoy esperando a un hombre. Un hombre que no llegará nunca…
Me mira a los ojos. Asiente despacio.
—Lo entiendo perfectamente —dice, despacio, marcando cada palabra. Le pongo una mano en el brazo con suavidad.
—Vamos, lo arreglaremos. —Mira alrededor, nerviosa.
—Tenemos que irnos.
—¿Vamos dentro y entramos un poco en calor? —propongo—. No puedes huir para siempre, Emma.
Se le endurece la mirada cuando digo su nombre y advierto que he cometido un error.
—¿Quién eres en realidad? ¿Estás con la policía?
—No. Soy…
—Quítanos las manos de encima, joder —dice, y se zafa de mí con una fuerza inesperada.
Doy un paso hacia ella, pero es más rápida, me da un fuerte empujón y caigo de lado, impotente, sobre el bordillo helado. Se oye un crujido en mi mandíbula y acto seguido la boca se me llena de sangre. Un dolor agudo irradia del hombro.
Le agarro de las piernas, me aferro a ella.
—Déjame en paz, zorra —grita, y empieza a dar patadas.
Luego se coloca encima de mí. Se sienta a horcajadas sobre mi pecho y me mira a los ojos. Algo le brilla en la mano. No entiendo qué es, no veo lo que está a punto de ocurrir. Entonces lo veo: tiene unas tijeras grandes en la mano. Mientras se precipitan hacia mí, la vida se detiene y lo veo todo con una claridad sorprendente. La rabia en la cara de Emma. Wilma nos observa en silencio con la boca abierta. Los cristales de nieve que hay junto a mi cabeza brillan bajo la luz de las farolas.
Hay algo más.
Al otro lado de la ventana del bar, veo a Peter de pie, con el teléfono en la mano. Parece que está gritando.
Sin embargo, cuando las tijeras me agujerean el abrigo, mira hacia fuera y me ve. Su mirada revela una mezcla de horror y sorpresa, deja caer el teléfono y empieza a moverse.
Ya está.
Luego solo existen el dolor y el duro frío de la calzada. Cierro los ojos, una fatiga soporífera se apodera de mí. El dolor desaparece y es sustituido por una sensación suave, como si estuviera tumbada sobre nieve recién caída o suspendida unos centímetros por encima del duro suelo de piedra, ingrávida y completamente indiferente a lo que ocurre alrededor.
Todo respira una tranquilidad deliciosa.
En medio de todo ello, lo noto: la presencia de Peter, como una mano cálida en mi alma.