La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 39 de 40

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La desconocida

Emma

 

 

Cuatro meses después

Estoy sentada en una pequeña sala, mirando por la ventana. Veo pequeños brotes verdes en los árboles al otro lado del cristal grueso. En la calle de abajo pasa una mujer embarazada con andares de pato. Un hombre la sujeta del antebrazo. Deduzco que está a punto de dar a luz pero la han enviado fuera a provocar el parto caminando. La maternidad está en el edificio de al lado. Más lejos, tras los grandes edificios de ladrillo, atisbo el agua. Es de color gris azulado y hay espuma en la cresta de las olas.

Dicen que fuera hace frío.

Dicen que el ambiente parece mucho más cálido y acogedor de lo que realmente es. No sé si es cierto. Hace exactamente siete semanas que no pongo un pie fuera de este edificio de ladrillos. Llevo siete semanas mirando por la misma ventana, observando cómo los duros brotes de los árboles se inflan y las aves migratorias regresan.

Llaman a la puerta.

Urban asoma la cabeza.

—¿Te apetece una taza de café?

—Té, gracias —digo, me asombra que nunca acabe de memorizar que no tomo café. Pese a que llevamos semanas pasando todos los días juntos, sigue preguntándome si quiero café. Pero es típico de Urban. Pese a su potente intelecto y su evidente interés en mí, a veces se confunde. A veces sus pensamientos vagan, como si no estuviera presente del todo.

Desaparece y la puerta se cierra con un suspiro. Vuelve al cabo de unos minutos con dos tazas de té y una libreta bajo el brazo.

—Tu té.

—Muchas gracias.

Se sienta en el taburete de enfrente y se pone las gafas de montura fina. Luego se frota la barba incipiente y mira sus notas.

Todo es bastante cómico. Es como si intentara mantener una fachada. Como si nuestra relación se definiera únicamente como médico y paciente. Como si negara la verdad. Sonrío, no puedo evitarlo, la situación es absurda. Hace unos días estábamos tumbados en mi cama con la máxima intimidad que puede haber entre dos personas. Y ahora finge revisar mi historial médico como si fuera un doctor cualquiera.

Me mira a los ojos de nuevo.

—¿Qué te hace tanta gracia? ¿Me he perdido algo?

Niego con la cabeza.

—No, es que…

Dejo la frase a medias porque ya sé cómo va.

Si vamos a jugar a esto, tendrá que ser con sus reglas. Probablemente se siente culpable por lo que hizo. Tal vez incluso le despedirían si se supiera. Si cree que es mejor fingir que nunca ocurrió, tendré que aceptarlo.

Se quita las gafas y deja la libreta en la mesa. Me mira a los ojos.

—Bueno, ¿cómo te encuentras hoy, Emma?

Saco pecho y dejo que la camiseta caiga un poco por un hombro, como sin querer.

—Bueno, ¿por dónde empiezo?