La desconocida
Emma
Dos meses antes
—Ah, ¿estás enferma?
Olga suena poco interesada. De fondo, oigo la penosa lista de reproducción y de pronto el no tener que ir a trabajar hoy me hace sentir alivio.
—Nada grave, creo que solo me sentó algo mal. Probablemente iré mañana. ¿Puedes hablar con Björne?
Pausa.
—Claro.
La veo delante de mí, con el teléfono apoyado entre el hombro y la barbilla mientras centra toda su atención en las uñas, observándolas a contraluz para comprobar que no haya grietas ni rasguños, que los relucientes diamantes falsos sigan fijos en la pintura.
—Entonces nos vemos mañana —digo, pero ya ha colgado.
Intento de nuevo llamar a Jesper, aunque ya no espero que conteste. Sobre todo quiero oír su voz, pero no llego a oír el mensaje grabado, sino una voz que explica que el número ya no está en uso.
Decido intentar otro método. Busco el número de teléfono de la oficina. Con los dedos temblorosos, lo marco. La mujer que contesta me pasa sin preguntar cuando le digo que quiero hablar con Jesper Orre, lo que me sorprende un poco. ¿De verdad es tan fácil ponerse en contacto con el director general de una empresa? ¿Puede llamar cualquiera a recepción y que le pasen con él?
La asistente de Jesper se pone al teléfono, se presenta y pregunta con un acento no identificable en qué puede ayudarme. Le explico que estoy buscando a Jesper por un asunto personal. Me pregunta mi nombre y número de teléfono para que pueda llamarme. Dudo. Por eso Jesper me pidió que no le llamara a la oficina: ¿para que ninguna secretaria ni recepcionista apuntara mi nombre?
Le pregunto si puede pasarme directamente con él y ella responde con educación que está reunido.
—Entonces ¿está bien?
Se produce una pausa.
—¿Qué quiere decir? —pregunta, y me parece oír un deje de suspicacia en la voz.
—Es que prometió llamarme… hace varios días, y al no poder localizarlo me preocupa que le haya pasado algo.
—Está bien. Si me da su nombre y número de teléfono, puedo decirle que la llame cuando salga de la reunión —dice en ese tono agradable, profesional.
Le digo que volveré a llamar más tarde y ella dice que le parece bien. Luego colgamos y me quedo ahí sentada en la mesa de la cocina, oyendo el tictac del reloj que tengo encima tan fuerte que parece que tengo las manecillas en mi cabeza.
¿Por qué me está evitando Jesper? ¿Se ha echado atrás, se arrepiente del compromiso? ¿O solo es un maldito imbécil, un sádico que disfruta haciéndome sufrir?
¿Puede haber otra explicación? ¿Puede haber ocurrido algo que le obligue a retirarse, como una muerte en la familia, una crisis en el trabajo? Sí, pero ¿qué hay tan grave para no poder hacer una llamada o enviar un mensaje de texto?
Tres semanas antes, estábamos tumbados desnudos en el suelo de mi salón. La luz de color sepia se colaba entre las persianas y dibujaba una suave cuadrícula de luces y sombras en nuestros cuerpos. La ventana estaba entreabierta y la cortina se inflaba un poco con el aire helado.
Jesper estaba fumando. No ocurría a menudo, solo después de unas cuantas copas de vino, o a veces después de hacer el amor. Alzó la vista al techo, con la mano grande descansando en mi barriga. Con los dedos dibujaba pequeños círculos en mi piel sudorosa.
—¿Qué pasó? —preguntó.
—Enfermó y murió.
Jesper respiró hondo.
—Sí, lo he entendido. Pero ¿de qué murió?
—Inflamación del páncreas. Dijeron que era de beber tanto.
—Pobre.
—Sí y no. A veces no puedo evitar pensar que fue solo culpa suya. Nadie tenía la culpa de que bebiera.
Jesper se volvió hacia mí y me miró a los ojos.
—No me refería a ella, sino a ti.
—¿A mí?
Se rio y negó con la cabeza como si hubiera dicho una tontería.
—Sí, tú.
—No me pasa nada.
Se hizo el silencio un momento. Se oyeron unas sirenas a lo lejos. En la cocina, la nevera revivió con un estremecimiento.
—Siento no poder acompañarte al funeral —dijo pasado un instante, como si se lo hubiera planteado.
—Estaré bien.
—Nadie debería ir al funeral de su madre solo.
No contesté. ¿Qué iba a decir? Tenía razón, claro. Para entonces llevábamos meses viéndonos, y cada vez era más difícil mantener en secreto la relación.
—¿Siempre será así?
Apagó el cigarrillo en la copa de vino y se volvió hacia mí. Se apoyó en el codo y me besó con ternura. Un beso que sabía a ceniza y a vino. Aparté la cara y él lo interpretó como una protesta contra nuestra situación, en vez de por su aliento.
—Por supuesto, no siempre será así.
—Entonces ¿hasta cuándo?
Se tumbó de nuevo. Soltó un profundo suspiro de evidente frustración.
—Hemos hablado de esto mil veces. Ya sabes cómo me persigue la prensa amarilla. Ayer mismo dos periodistas utilizaron el término «contratos de esclavo» al escribir sobre las condiciones de nuestros empleados. Si los medios lo descubren… sabes perfectamente qué ocurriría. Me despedirían. Tenemos que esperar a que las cosas se calmen.
—¿Y cuándo se calmarán exactamente?
—¿Cómo demonios voy a saberlo? Cuando las hienas encuentren a otra presa en la que centrarse. Por cierto, deberías empezar a buscar otro trabajo. Sería de gran ayuda que no trabajaras en la empresa.
Se inclinó hacia delante, agarró la manta y nos tapó con ella.
—Hace frío —dijo—. ¿Cierro la ventana?
—Es que es muy duro. Todo el mundo se pregunta quién eres, y no puedo decir nada. Es un poco… adolescente.
Se volvió hacia mí. La ráfaga se había extinguido. Una sonrisa asomó en la comisura de los labios de Jesper.
—¿Adolescente?
—Sí, parezco una maldita adolescente. Con un novio secreto.
Él se echó a reír. Me besó en el cuello y siguió bajando hacia la barriga.
—¿Soy tu novio secreto?
—Supongo que sí.
—Entonces ¿tú qué eres? ¿Mi chuletita de cordero?
Solté una risita. Él recorrió mi torso con la lengua, hurgó en mi ombligo y la movió en círculos, como si estuviera comiendo un plato invisible de mi cuerpo. Me quedé helada, consciente de mi cuerpo de una forma incómoda, de todas las cavidades, olores y sonidos. Debió de notar que me ponía tensa, pues levantó la cabeza un poco y me miró a los ojos.
—Relájate, Emma. Tienes que aprender a relajarte.
Siempre me decía que me relajara, y no solo en la cama. Yo lo intentaba, de verdad, pero algo en él me hacía estar en guardia. Algo de nuestra relación en general. Era demasiado bueno para ser cierto. Jesper Orre y yo. La pobre dependienta que conoce a un hombre mayor, rico y de éxito.
¿Qué ve en mí? ¿Por qué decide iniciar una relación con una empleada veinte años menor?
Tal vez tuviera razón. Quizás solo se tratara de mi baja autoestima. ¿Por qué no le iba a interesar? ¿Por qué me costaba tanto aceptar nuestra relación? ¿Por qué me costaba tanto creer en su amor?
—Relájate, Emma —repitió—. Quiero estar contigo y mereces ser amada. ¿Cómo puedo hacértelo entender? ¿Qué tengo que hacer para que me creas?
Aquella noche nos quedamos dormidos en el suelo.
Cuando desperté estaba oscuro y me dolía la cabeza. Tanteé a mi lado en la alfombra, pero Jesper no estaba. Me levanté, despacio. Tenía el cuerpo rígido y torpe cuando me arrastré hasta el dormitorio. El suelo estaba frío, la ventana seguía abierta.
Entonces lo vi.
Estaba de pie, perfectamente quieto, a oscuras. Tenía la mirada fija en el cuadro de Ragnar Sandberg que estaba colgado encima de la cama. Llevaba el pelo desmelenado y le caía sobre la frente, como si acabara de levantarse. Llevaba una manta sobre los hombros.
—Creo que te quiero, Emma —murmuró.
Estoy sentada en la cama, intentando hacer que funcione el portátil, pero algo pasa con la conexión a Internet. Tardo un rato en darme cuenta de que probablemente es por no haber pagado una factura. Ahora no funcionan ni la televisión ni Internet, y es culpa de Jesper.
Decido bajar a una cafetería en Karlavägen, ahí me puedo conectar a la red. Las náuseas han remitido un poco y por primera vez hoy noto una especie de hambre vaga.
Cuando me pongo los tejanos, me doy cuenta de que llevo algo en el bolsillo. Es una tarjeta de visita. La miro y recuerdo al periodista que estuvo de visita en la tienda. Dudo unos segundos, luego voy a la cocina, abro la panera y dejo la tarjeta encima del montón de facturas sin pagar.
Me siento en un rincón con un café con leche semidesnatada. No muy lejos está sentado un chico joven con rastas y un MacBook en el regazo. Dos señoras cuchichean entre sí en otro rincón, como si comentaran secretos de Estado. La cafetería está en penumbra, casi a oscuras. Contemplo cómo cae la lluvia otoñal al otro lado de los ventanales. Los árboles arden en sombras de amarillo, naranja y marrón. De vez en cuando una hoja solitaria baja flotando de los árboles para aterrizar con suavidad en la hierba.
Leo por encima artículos sobre Jesper. Lo llaman al mismo tiempo «el rey de la moda» y «el esclavista». Luego encuentro un artículo en una revista de negocios: «¿Quién es el verdadero Jesper Orre?». Sigo leyendo. Jesper es de Bromma y sus dos progenitores eran profesores. Estudió empresariales en la Universidad de Uppsala, pero lo dejó al cabo de dos años. Según el autor, lo que sucedió después es una sucesión de incógnitas. Largos períodos que no podrían considerarse «satisfactorios». Años de agujeros inexplicables en su currículum.
Sigo leyendo. El periodista se ha entretenido realizando un mapa de todas las relaciones sociales de Jesper, y afirma que tiene tratos con delincuentes. Dos de sus mejores amigos fueron condenados por delitos económicos, otro por posesión de drogas. No reconozco a ninguno, Jesper no me ha hablado de eso.
Me pongo a buscar imágenes.
Jesper de traje. Jesper con ropa deportiva. Jesper con esmoquin. Jesper sobre un escenario, con la camisa arremangada, señalando unos números en una pantalla.
Otra imagen: un primer plano de Jesper, con una sonrisa que le ocupa toda la cara. Pero ahora veo la profunda arruga que tiene en la frente y sé que está incómodo. No le gusta que le hagan fotografías: hemos hablado en numerosas ocasiones de que odia ver su imagen en la prensa y la televisión.
También hay otras imágenes: Jesper con una mujer rubia del brazo. Ella está inclinada hacia atrás y se ríe. Lleva un vestido muy escotado. Él parece cansado. Lleva la camisa arrugada y desabrochada en el cuello. En la pernera del pantalón hay una gran mancha, como si alguien le hubiera tirado una copa de vino encima. Continúo. Hay más imágenes de Jesper con mujeres, siempre distintas. Ni una sola vez veo a la misma mujer a su lado.
Cierro los ojos y me hundo en el sofá, intentando pensar con claridad. ¿Hubo alguna señal la última vez que estuvimos juntos? ¿Algo que pudiera indicar que se estaba cansando de mí? No se me ocurre nada. Todo fue como siempre, se mostró tan cariñoso como siempre. Quedamos, cenamos bien, tuvimos relaciones. Nos reímos durante horas en mi cama estrecha. Hablamos del futuro, de lo que haríamos cuando estuviéramos juntos de verdad.
Cuando ya no tuviéramos que escondernos.
Luego recordé uno de nuestros últimos encuentros. Estábamos en su piso de Kapellgränd. Yo estaba tumbada en mi lado de la cama, de cara a la pared, y él salió de la ducha con una toalla en la cadera, se sentó a mi lado y se puso a acariciarme el pelo.
—¿Me quieres?
Era una pregunta extraña. Nunca me había preguntado si le quería. De hecho, no usábamos esa palabra con mucha frecuencia, tal vez porque sonaba muy vinculante, muy grande, casi terrorífica.
—Sí —dije.
—Entiendo que todo esto tiene que ser muy difícil para ti, lo de esconderse todo el tiempo.
Subió a la cama, se arrimó a mí y me abrazó por detrás. Sentí el calor de su cuerpo húmedo, recién duchado, e inspiré el aroma a jabón y a loción para el afeitado. Cerré los ojos.
—Prométeme que me esperarás. Que no te rendirás.
—Lo prometo.
—Prométeme que no encontrarás a nadie más.
—Qué tonto eres. Ya sabes que no hay nadie más.
Me abrazó con más fuerza.
—¿Y antes que yo?
Me quedé confundida.
—¿A qué te refieres?
—Antes de conocernos. ¿Hubo alguien más?
Antes de Jesper.
Pensé en mi vida antes de conocernos: noches solitarias delante del televisor con mi gato, días interminables en la tienda. Cenas congeladas para uno. No había absolutamente nada que contar. Nada de lo que avergonzarse o esconder.
—Tuvo que haber alguien antes que yo —dijo.
Al principio no contesté. Había habido alguien, pero no quería hablar de él.
—Claro.
—¿Quién era?
—Ya sabes, el chico del que te hablé. Woody.
—¿Tu profesor de diseño y tecnología?
Asentí y cerré los ojos. En cuanto lo hice lo recordé todo, después de tantos años. Los pasillos largos y fríos, el alboroto de la cafetería, el olor a serrín quemado en el taller de carpintería. Estoy tumbada en el banco. Woody está de pie delante de mí con una camisa de franela y los tejanos por las rodillas. Hace una mueca cuando me penetra.
Estaba loca por él. Además, en casa todo era un caos. Era muy vulnerable. Ahora me doy cuenta de hasta qué punto. Se aprovechó de eso. Era una chica de diecinueve años perdida y me sedujo.
—Me enfurece pensar en eso —masculla Jesper.
—Para, fue hace mucho tiempo.
—Tuvisteis relaciones en el aula.
—Sí, pero…
De pronto casi me hacía daño de la fuerza con la que me abrazaba, hasta que me costó respirar.
—Suéltame, me haces daño.
—¿Te gustaba?
—¿El qué?
—Follar con él en el serrín, ¿te gustaba?
Jesper me tenía presa como un tornillo. No me podía mover, pero noté que se le ponía dura.
—Estás enfermo —dije.
Se quitó la toalla y se arrimó más. Entonces le sonó el móvil y me soltó un momento, pero yo me quedé ahí, helada. No me podía mover.
—Te gustaba —susurró—. ¿Verdad?
No contesté.
Salgo de la cafetería y camino hacia casa bajo la lluvia. El viento ha empezado a soplar, las hojas ya no caen con calma al suelo, sino que bailan con la brisa hasta que se posan en la hierba en medio de la avenida. ¿Por qué estaba Jesper tan celoso de mi pasado? Además, apenas había tenido relaciones de las que pudiera estar celoso. Era yo quien tenía motivos para estar celosa, y él me acusaba a mí.
¿Y por qué se excitó cuando hablamos de Woody? Era como si le pusiera hablar de él.
Vuelven las náuseas. No lo entiendo. Hay muchas cosas que no entiendo.
Cruzo Karlaplan. La fuente está vacía. Las hojas y la basura se han acumulado en montones en el rincón más lejano. La zona está desierta.
Al llegar a casa, me sorprende que algo huele distinto. Noto un leve aroma a lana mojada y a jabón en el ambiente, como si acabara de pasar alguien de camino a otro sitio. Recorro todas las habitaciones, observo cada detalle, pero no hay nada raro. Todo está donde lo he dejado. No falta nada.
Entro en el dormitorio y me quedo mirando el rectángulo claro que hay encima de la cama, donde estaba colgado el cuadro. Parece casi iluminado, vibrante, como si se hubiera elevado por un instante del papel de pared amarillo sucio y se me acercara, intentado decirme algo. En la cocina oigo el crujido de Sigge que come su ración diaria de triste comida para gatos seca que constituye toda su dieta.
Todo parece normal. Lo único que me inquieta es el olor.
Pienso que mañana tengo que ir a trabajar y me siento en la cama. Por mal que me encuentre, tengo que trabajar. Ya he faltado cinco días este mes, y sé que Björne se pondrá furioso si me tomo alguno más. Las ausencias se marcan con unas rabiosas pegatinas rojas en el calendario de la cocina. Todos los empleados ven cuántos días han estado sus compañeros enfermos o en casa con un hijo enfermo, otra de esas estrategias que pone los pelos de punta al sindicato y hace que la prensa invierta tantas líneas en los métodos «esclavistas» de Jesper.
Paso la mano por la pared. El papel amarillento, raído, me recuerda a otra pared, en otra vida.
Era de noche y yo estaba tumbada en la cama mirando una pared que antes era blanca, pero ahora estaba teñida de una rica pátina de humo de tabaco, grasa y polvo. Se podrían grabar letras en esa superficie amarilla sucia con un objeto afilado, como un palillo o una ramita.
Por mucho que lo intentara, no podía dormir. En parte se debía a la luz de color azul claro de principios de verano que se filtraba por la ventana, que penetraba incluso en mis párpados cerrados, y en parte a las voces exaltadas de mi madre y mi padre desde la cocina.
No tenía ni idea de cuál era el motivo esta vez, tampoco importaba. A fin de cuentas, discutían casi todas las noches. El truco era intentar conciliar el sueño antes de que empezaran, así podía dormir hasta la mañana siguiente. Por la mañana siempre volvían a ser simpáticos, aunque estuvieran cansados por la falta de sueño.
Finalmente, las voces fueron bajando hasta que al final se apagaron. Contuve la respiración. Al cabo de unos segundos oí un tono claro, como si alguien cantara. El tono subía y bajaba hasta convertirse en un aullido prolongado.
Mamá estaba llorando.
Siempre era mamá la que lloraba, no papá. Ni siquiera sabía si papá era capaz de llorar. ¿A lo mejor los padres no lloraban?
Se oyó un golpe seco y luego un chillido agudo, y de pronto me preocupé de verdad. ¿Se había caído alguno de los dos y se había hecho daño? ¿Se había volcado algún mueble? Bajé de la cama de un salto, agarré el bote con el capullo dentro y empecé a caminar hacia la puerta. El suelo de linóleo resbalaba y lo notaba frío bajo los pies. Los únicos sonidos que oí al entrar en el salón fueron los leves sollozos de mi madre y el tictac indiferente del reloj de la cocina.
Papá estaba en el suelo, con la cara hundida en las manos, y mamá sentada en una silla, llorando. Por algún motivo me preocupó mucho más el silencio de papá y su extraña postura encorvada que las lágrimas de mi madre. Los padres no se sientan así: encogidos y resignados, en silencio, tapándose la cara con las manos.
Entonces se movió. Fue solo un pequeño giro, unos centímetros hacia mí, como si me hubiera visto a través de las manos. Su voz sonó neutra al hablar.
—Emma, cariño, ve a dormir. Deberías estar durmiendo.
Mamá se levantó de la silla de un respingo. Tenía esa mirada salvaje que solo tenía después de que ella y papá llevaran mucho tiempo sentados en la cocina. Me recordaba a una especie de animal. Un animal salvaje e infeliz atrapado en una jaula, y por tanto muy peligroso.
—Mierda de niña —gritó—. ¿Ya has estado escuchando, bicho raro?
Papá se levantó y se interpuso entre mi madre y yo.
—Para —masculló—. No es culpa suya.
—Sé que estabas escuchando a escondidas —farfulló mi madre—. ¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a la tía Agneta y chivarte? ¿Eh?
—No —contesté, pero mamá no me oyó. Agarró la mesa para apoyarse y se inclinó hacia mí, con las manos bien agarradas a la superficie de la mesa. Su cuerpo presentaba una torpeza extraña y volcó la silla cuanto intentaba pasar junto a mi padre.
—Déjala en paz —dijo papá.
—Tengo que enseñarle a no escuchar a escondidas —dijo mi madre arrastrando las palabras.
Se abrió paso y estiró el brazo hacia mí, pero yo fui más rápida y me hice a un lado. Cuando mamá no pudo agarrarme como pretendía, se cayó de cabeza al suelo.
—Mierda —murmuró, y se puso a gatas. Le caía un pequeño hilo de sangre de la nariz a la boca—. ¿Ves lo que has hecho, Emma? ¿Lo ves? —Se levantó despacio.
—Pero yo no he…
La bofetada fue como un fogonazo, y esta vez no me atreví a moverme por miedo a que mamá volviera a caerse y a que el hilo de sangre se convirtiera en un torrente, o tal vez un mar.
—Cierra la boca.
Mamá se tambaleó un poco y el pelo se le quedó en punta como cuando se despertaba por la mañana. Papá estaba hundido de nuevo, se tapaba la cara con las manos como si intentara anular toda la escena. Yo deseaba que se levantara y le dijera a mamá que parara, que le explicara que no era culpa mía. Deseé que ya fuera por la mañana y estuvieran cansados y simpáticos de nuevo. Que me dieran dinero para ir a comprar el desayuno porque les dolía la cabeza. Deseé ser otra persona, estar en otro sitio. No ser Emma. No estar aquí. No ahora.
Mamá agarró el bote con el capullo.
—Dame ese estúpido bote —gruñó—. Lo llevas contigo a todas partes, supongo que debe de ser importante para ti. A lo mejor más importante que tu madre, ¿verdad?
No contesté.
—Yo te voy a enseñar lo que es importante —dijo mamá, luego se tambaleó hacia la ventana de la cocina, la abrió y lanzó el bote.
Pasado un segundo, oí que se hacía añicos en el asfalto de abajo.
—¡No! —grité—. ¡No, no, no!
—Sí —dijo mamá—. Sí, tengo que enseñarte lo que es importante de verdad. Eso era un bote de mierda. ¿Lo entiendes? Algo inerte.
Yo ya no escuchaba. Salí corriendo hacia la puerta, la abrí, bajé a toda prisa la escalera y salí al patio. Las esquirlas de vidrio brillaban como estrellas sobre el asfalto negro. Me acerqué de puntillas, intentando no cortarme los pies. Luego hurgué con las manos en el suelo frío y húmedo. Lo único que encontré fueron unas cuantas hojas secas.
—Aquí, Emma.
Me di la vuelta. Mi padre estaba agachado a mi lado con la mano abierta. En la palma tenía unas ramas espinosas. El capullo seguía colgado de su rama. El claro de luna hacía que pareciera casi luminoso.
—Eso suena muy mal.
Olga niega con la cabeza de manera que los pesados pendientes hacen ruido. Estamos de pie junto a la mesa de tejanos, doblando ropa. No hay rastro de Björne, pero ambas sabemos que está en la tienda. Es un poco como estar solo en la sabana: sabes que los depredadores están ahí fuera, en algún sitio.
—¿Qué hago?
Olga niega despacio con la cabeza, como si la situación le pareciera demasiado extraña para comentarla siquiera. Luego se sube los tejanos gastados, que se le han caído hasta la cadera.
—Te propone matrimonio y luego se va. ¿Quién es ese hombre? Ahora puedes decírmelo, ¿no? —Claro que podría contarle a Olga lo de Jesper, pero algo me hace dudar. Si se lo cuento, todo el mundo lo sabrá en seguida. Eso me podría causar problemas a mí, no solo a Jesper. ¿Qué diría Björne si supiera lo de mi amante de la oficina de la empresa?
—Es… no es nadie. Alguien a quien ves de vez en cuando en la prensa rosa. No importa. Aunque quiera cortar, quiero que me devuelva el dinero.
Olga no contesta, se estira para agarrar unos tejanos que están a punto de caer de la mesita al suelo. Los atrapa justo antes de que se caigan.
—¿Qué dinero? —dice en un tono indiferente, y pienso que probablemente no le he contado lo del préstamo.
—Le dejé cien mil coronas para pagar a unos proveedores.
—¿Estás loca? ¿Le diste cien mil? ¿Y?
Me encogí de hombros.
—Ven.
Olga me agarra del brazo y me lleva hacia la sala de empleados.
De pronto vemos a Björne delante de nosotras, con una mirada severa. Tiene los brazos en jarras, está demasiado cerca para estar cómodas. Veo que intenta dejarse barba. Una barba incipiente y rojiza le cubre la barbilla, estrecha y prominente.
—¿Adónde vais?
—Pausa —dice Olga sin dar más explicaciones, luego aprieta los labios.
Justo entonces sale Mahnoor de la sala de empleados. Lleva el cabello largo recogido en un moño en la nuca.
—¿Puedes vigilar la caja? —pregunta Olga a la velocidad de la luz.
—Claro.
Nos mira intrigado, pero Björne parece satisfecho con su respuesta, así que da media vuelta y se dirige a la sección masculina. Olga me lleva a la sala de empleados, luego me empuja a una de las sillas blancas de la cocina.
—Qué imbécil —farfullo—. ¿Sabías que despidieron a una chica de la tienda de Ringen por haber librado demasiados días para estar con su hijo enfermo de tres años? Faltó diez días en un mes, pero se excusaron en la escasez de trabajo, así que el sindicato no pudo hacer nada.
Olga no lo escucha. No para de hojear un montón de revistas situadas en la estantería del rincón.
—Entonces ¿has estado intentando localizar a tu chico? —dice en voz baja, mientras levanta un montón de revistas y me las deja en el regazo.
—Le he llamado, he enviado mensajes de texto. Todo. No contesta.
—¿Has intentado ir a verlo a su casa?
Recuerdo la visita a Kapellgränd: el hombre de la cola de caballo, el chasquido y el siseo cuando abrió la lata de cerveza, el mobiliario que no reconocía.
Olga ha terminado de hojear la primera revista. Me mira con auténtica preocupación.
—Fui a su casa una noche…
—¿Y?
—Había otra persona viviendo allí. Sus muebles no estaban.
Olga no dice nada más y vuelve a centrarse en el montón de revistas.
—¿Qué haces?
—Busco algo. ¿Por qué le dejaste dinero, por cierto?
—Porque… no lo sé. Resulta que tenía dinero en casa y él tenía que pagar a sus proveedores.
—¿Tienes cien mil coronas en casa?
—Sí.
—Lo siento, pero es una locura. ¿Te ha robado algo más?
—No —contesto, pero acto seguido pienso en el cuadro de Ragnar Sandberg. Jesper era el único que sabía que lo tenía, aparte de mi madre, claro, pero está muerta.
—Aquí —murmura Olga, mientras hojea una revista donde aparecen más imágenes de famosos que texto—. Aquí está.
Empieza a pasar las páginas más despacio, estudia cada una.
Entonces para, con la mano sobre un artículo: «¿Vives con un psicópata?».
—Mierda. Tu hombre es un psicópata, sin duda —murmura, y desliza el dedo índice por el texto como si estuviera escrito en braille.
—¿Qué dice?
Se aclara un poco la garganta y golpea con las uñas largas la revista.
—«Un psicópata al principio es encantador, pero enseguida se vuelve manipulador y egocéntrico. Carente de empatía, no tiene consideración por tus sentimientos o necesidades. Engaña y embauca sin dudar. Roba y miente sin sentir remordimientos o culpa».
Me quedo pensando. Para mí Jesper es cálido, cariñoso y empático, pero si realmente me ha abandonado, si él robó el cuadro, si no tiene intención de devolverme el dinero… entonces quizás Olga tenga razón.
—¿Dice qué hacer?
Olga asiente y mueve los labios mientras lee el párrafo siguiente.
—«Deberías alejarte de él lo máximo posible, porque no va a cambiar». Los psicópatas no cambian, lo dice aquí.
Se inclina hacia mí, me pone una mano en el brazo, sin decir nada, solo me mira preocupada con sus enormes ojos claros. Noto que se me saltan las lágrimas, pero hay algo más, más fuerte que mi desesperación: la necesidad de saber.
—No lo entiendo —murmuro—. Tiene mucho dinero. Y es… famoso. ¿Por qué iba a arriesgarlo todo para estafarme cien mil?
—A lo mejor no es por el dinero —dice Olga, dudosa.
—¿A qué te refieres?
—A lo mejor quiere humillarte. Hacerte daño, ¿sabes?
En casa me planto delante del espejo del baño. El cabello largo y de color caoba me cuelga en mechones mojados sobre los hombros. Los pechos, esas aborrecibles ubres, están más grandes que nunca y muy blandos.
Me inclino hacia delante, limpio un poco el vapor que lo empaña y estudio mi reflejo. Así las pecas se ven más, sin maquillaje, bajo la fría luz de fluorescente.
Me envuelvo el cuerpo con una toalla verde y salgo al salón. En el suelo, delante de la puerta principal, hay tres cartas más.
Una es de mi banco, otra de la empresa de la tarjeta de crédito y otra no lleva remitente en el sobre. Llevo las cartas a la cocina y las meto en la panera sin abrirlas. Es casi imposible cerrarla de lo llena que está.
Por supuesto, sé que la situación es insostenible, algún día habrá que pagar las facturas. Pero no sé qué hacer. No tengo dinero en el banco, ni acciones ni fondos de inversión que vender. Ninguno de mis amigos tiene dinero para prestarme.
Y ya no tengo familia.
Jesper es mi familia, creo. Suena raro, pero es la persona más cercana a mí.
Recuerdo nuestra última noche. Tuvimos una discusión terrible. Fue por lo de siempre: ¿cuánto tiempo hay que seguir así? Quería salir donde hubiera gente, ir al cine, a un restaurante. Él estaba estresado e irritable, por lo visto había tenido un día horrible en el trabajo. Estábamos hablando bajo la lluvia y recuerdo perfectamente que yo pensaba: «Ahora, ya estoy harta».
Caía una fina llovizna sobre Estocolmo que transformaba Götgatan en un brillante espejo negro sobre el que los reflejos de las farolas y los escaparates brillaban como joyas. Yo llevaba un paraguas, pero no lo compartí con él. A Jesper no pareció importarle. Caminaba a mi lado gesticulando y hablando en tono de indignación.
—… no es culpa mía, ¿no? Te dije hace más de un mes que te buscaras otro trabajo. ¿Lo has hecho? No. ¿Por qué es tan difícil, joder? ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que se haga cargo de todo?
Giramos en Högbergsgatan. En su lenguaje corporal, en todo su ser, se veía que estaba enfadado. Ninguno dijo nada hasta que estuvimos delante de la puerta de su edificio en Kapellgränd.
—Quiero una fecha —dije, al tiempo que ponía la mano en el frío pomo de latón de la puerta—. Es como estar con alguien casado. Quiero una fecha. Quiero saber cuándo me reconocerás en público.
Jesper sacó sus llaves y las metió en la puerta.
—¿Qué quieres decir con «reconocerte»? No eres un maldito país africano que necesita el reconocimiento de la ONU. Y no hay nadie más, ya lo sabes. Todo esto va de cuánto deberíamos esperar a contarle nuestra relación a la gente.
La entrada estaba a oscuras, pero a ninguno de los dos nos importó lo suficiente para encender la luz. Me quité las botas. Lancé la chaqueta al suelo, en un rincón.
—¿Y cuándo piensas hacerlo, entonces? No haces más que evitarlo todo. Mentir y evitar.
—¿Te has vuelto completamente loca, joder? Nunca te he mentido. Nunca.
Ahora gritaba. Lanzó su chaqueta contra la pared. Aterrizó en el pequeño aparador y dio en el jarrón que yo sabía que su madre había hecho en algún momento de los años setenta. Se hizo añicos con gran estruendo.
—Sí, me mientes y te aprovechas de mí.
—¿Que me aprovecho de ti? ¿Cómo?
De pronto sonaba frío y condescendiente.
—Todo es siempre según te conviene. Crees que puedes venir y conseguir lo que quieras de mí, cuando quieras. Mi cuerpo, mis sentimientos. Crees que son tuyos.
Se quedó completamente quieto, con la mirada fija en la ventana. La luz de un cartel de neón en el edificio de enfrente pintó mechas azules y rosas en el cabello oscuro. Vi las gotitas de lluvia que tenía en la frente.
—¿Y no lo son? —dijo en voz baja, como si fuera lo más obvio del mundo. La respuesta me pilló con la guardia baja. Al principio no pude contestar.
—¿Qué quieres decir? —dije finalmente, en voz tan baja que apenas me oía.
Se volvió hacia mí y de pronto su rostro parecía vacío como el de un fantasma. Como si todo él fuera solo una cáscara. Una cáscara inhabitada, sin sentimientos.
—Quiero decir que eres mía, Emma.
Se acercó a mí hasta que estuvimos de frente en la habitación a oscuras. A lo lejos se oían sirenas que se acercaban. Por lo demás, todo estaba en silencio. Me acercó a él, pero había algo extraño en su abrazo, una proximidad rígida y forzada sin una calidez real. Pensé que estaba marcando su territorio. Eso no iba de amor, iba de otra cosa. Tal vez de poder.
—Lo siento —me murmuró al oído—. Por supuesto que tienes razón. No podemos seguir así. —Noté que me soltaba y hurgaba en el bolsillo—. Te quiero, Emma. Pase lo que pase, nunca lo olvides. ¿Me lo prometes?
De pronto me sentí incómoda.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué podría pasar?
No hizo caso a mi pregunta.
—Quiero que tengas esto.
Estiró la mano hasta que vi algo que brillaba en la palma. Estiré el brazo despacio y agarré vacilante el pequeño objeto metálico y frío.
Era un anillo.
Ahora lo sujeto a contraluz. Un anillo fino de oro blanco con una piedra impresionante: un gran diamante. Brilla y reluce con la luz como si no hubiera pasado nada.
Me asaltan las náuseas. Me siento en la cama. La habitación está extrañamente vacía sin el cuadro en la pared. Todo me da vueltas, las proporciones están distorsionadas. La ventana se transforma poco a poco en una mancha alta y estrecha. El techo se inclina peligrosamente.
Sigge parece notar que no me encuentro bien, porque de pronto la tengo frotando su cuerpo pequeño y suave contra mis piernas. Me tapo la cara con las manos, pero me duelen tanto los pechos cuando me inclino hacia delante que acto seguido necesito sentarme.
De repente lo entiendo todo.
Es como ascender a la cima de una montaña muy alta en medio de un bosque espeso después de caminar durante días a oscuras bajo los árboles. De repente la luz es clara y las vistas nítidas. La revelación es como una patada en el estómago y hasta me cuesta respirar.
Con el miedo latiendo en mi interior, saco el móvil, busco el calendario y me pongo a contar días. Los cuento una vez, dos veces. Los vuelvo a contar. Aun así, soy incapaz de asumirlo, es demasiado raro.
Sin embargo, no hay otra explicación.
Estoy embarazada.