La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 35 de 40

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La desconocida

Emma

 

Una semana antes

La calle está tranquila y en silencio. Unos grandes y pesados copos de nieve caen del cielo que oscurece. El Volvo rojo está aparcado delante de la casa. Bajo por la acera hacia el coche con Jesper agarrado con firmeza del antebrazo. Me paro en el rododendro y me lavo con nieve. Hundo la cara en esa blancura fría y me froto la sangre. Tengo a Jesper a mi lado, jadea como un perro.

Saco las llaves que le quité a la mujer. Abro el coche, le doy otra descarga y lo coloco en el asiento del copiloto. No dice nada. Tiene el rostro completamente exento de emociones y los ojos parecen piedras negras mojadas.

El interior de piel negra está gastado y huele como en un establo. Por primera vez en horas me permito relajarme. Solo un poco, para que el dolor que me presiona el pecho se alivie un poco.

—¿Dónde está mamá?

La voz llega desde el asiento trasero. Por un segundo me quedo aturdida por la sorpresa y el miedo. Luego me doy la vuelta y clavo la mirada en la cara de la niña. Se queda callada un momento, mientras nos estudiamos la una a la otra. Parece que se acaba de despertar, pero no parece asustada, solo intrigada. Detrás de ella, vislumbro maletas en el maletero.

—Mamá ha tenido que ir al médico —digo, y arranco el coche—. Jesper y yo cuidaremos de ti.

—Wilma —dice Jesper, con la voz quebrada.

—¡Calla! —le digo, y le aplico otra descarga.

Sufre una sacudida y acaba sentado con la cabeza inclinada hacia delante y la saliva cayéndole de la boca.

—Jesper también está un poco enfermo —digo, de cara al asiento trasero —. Cuidaremos de él en casa.

En el coche se hace un silencio. Esperaba que la niña tuviera un arsenal de preguntas y protestas, pero se queda sentada en silencio y con los ojos abiertos de par en par.

—¿Te llamas Wilma?

La niña se mete el pulgar en la boca sin contestar y mira por la ventana oscura.

—No deberías chuparte el pulgar. Hay suciedad y bacterias en el dedo — digo, intentando no sonar demasiado estricta. Me mira a los ojos en silencio por el retrovisor.

—Bueno, yo me llamo Emma.

Recorrimos medio kilómetro en silencio. Tal vez por el estrés, me equivoco al girar. La carretera me resulta desconocida y las casas dan paso a árboles y vastos campos cubiertos de nieve. No se ve ni un alma.

No tengo ni idea de dónde estoy.

—¡Quiero a mi mamá! —grita de pronto la niña.

Dudo, enciendo la radio y pienso. Empiezo a darme la vuelta para decirle que se calle, pero antes de terminar Jesper se abalanza sobre mí y me aparta del volante. De alguna manera ha conseguido soltarse las cuerdas, porque tiene las manos libres. Busca a tientas el volante y el freno de mano.

El coche patina cuando aprieto el acelerador sin querer, luego vuela sobre un bache y choca contra un abedul. El golpe es ensordecedor y el olor a plástico quemado se extiende por el habitáculo.

Jesper está en mi regazo con la cabeza contra la ventana. El cristal tiene unas grandes grietas. Parece una telaraña.

Me doy la vuelta en un acto reflejo.

La niña parece impactada, pero intacta.

Pongo una mano con suavidad en el cuello de Jesper, le busco el pulso pero no noto nada. Le sale sangre de la cabeza hacia el salpicadero. Todo está en silencio, salvo por el sonido de la respiración de Wilma en el asiento trasero.

Sacudo con suavidad a Jesper, pero no reacciona. No respira.

Miro hacia la oscuridad. Solo veo arbustos y campos cubiertos de nieve. Poco a poco me doy cuenta de que no puedo ir con Jesper en el coche. Tengo que dejarlo.

Pero no puedo dejarlo ahí, en medio de la calle.

Miro a la oscuridad. A lo lejos, solo distingo una caja cuadrada con un texto en blanco.

«arena».

La niña está tumbada en mi cama, duerme pacíficamente, como si ya hubiera olvidado los hechos e imágenes de ayer: el accidente, el cuerpo fláccido y sangriento de Jesper, yo sacándolo a rastras del coche y tras varios intentos metiéndolo en el contenedor de arena. Luego seguí conduciendo, como si no hubiera pasado nada, y aparqué entre los centenares de coches del aparcamiento del hospital Danderyd, donde la nieve se extendió rápido como un manto protector sobre el cristal agrietado y el frontal abollado. Lo único que preguntó durante el breve trayecto en metro fue adónde había llevado a Jesper. Contesté con calma que había tenido que ir al médico, como mamá.

No sé si me creyó, pero no dijo nada. Simplemente asintió, muy seria. El pequeño rostro pálido de Wilma es siniestramente perfecto: mejillas redondas, pestañas largas y oscuras, la boca de piñón. Le acaricio con ternura la mejilla. Tiene la piel suave y caliente.

«Qué guapa», pienso. Es tan perfecta y pura. Realmente es un pequeño milagro. Solo hay un problema: no es mía. Mi hijo está muerto y perdido para siempre, desapareció antes de que llegáramos a conocernos.

Esa noche duermo a su lado. Me despierto varias veces cuando se da la vuelta y me da una patada con esas piernas, pequeñas pero fuertes. Aun así, ya ha arraigado en mí esa sensación de formar parte de algo increíble y único.

Que esta niña, todos los niños, dan sentido a la vida. Que la base de la existencia entra dentro de ese cuerpecito regordete que hay a mi lado y que una especie de verdad vive dentro de esos ojos de color azul claro, tan redondos.

«A lo mejor me la puedo quedar», pienso. A lo mejor podemos huir juntas. Empezar de nuevo en un lugar donde nadie nos conozca.

A lo mejor puede ser mía de verdad.

 

Wilma se despierta antes que yo. Cuando abro los ojos, está toqueteando uno de los pendientes en la mesita de noche. Tiene los brazos pálidos, casi de mármol.

—¿Tienes hambre?

No contesta.

—Espera aquí. Voy a buscar algo de comer.

Entro en la cocina. La nevera está vacía, salvo por una cebolla seca y un paquete de mantequilla rancia. Busco en la despensa. No hay galletas saladas, ni cereales. Nada que le pueda gustar a un niño. Sin embargo, en el estante inferior, veo algo. Me inclino hacia delante y saco un balde, abro un cajón de la cocina y busco una cuchara.

Wilma se queda sentada en el suelo, obediente, comiéndose el helado. Se le cae sobre la ropa y la alfombra, pero no me molesta. Es perfecta, y de nuevo vuelve esa idea.

«¿Y si fuera mía?»

Entro en el baño y miro al espejo. Tengo el pelo corto de punta y el maquillaje negro corrido sobre la piel pálida, debajo de los ojos inyectados en sangre. El cuello y los brazos están cubiertos de manchas de sangre. Me froto con jabón, entro en la ducha, dejo correr el agua caliente sobre los hombros. Limpio el desastre.

Desde la cocina oigo ruido en el cajón de los cubiertos. Supongo que Wilma está investigando. Acabo de decidir que debería salir y ver qué está haciendo cuando oigo un grito de emoción en la cocina. Luego Wilma grita:

—¡He encontrado un tesoro! ¡Mira!

Me seco y me envuelvo el cuerpo en una toalla. Salgo a la cocina. Wilma parece emocionada. No para de dar saltos.

—¿Has encontrado un tesoro? —pregunto.

—¡Mira!

Al principio no entiendo qué está señalando, pero luego veo los fajos de dinero en efectivo esparcidos por el suelo. Me pongo de rodillas. Los billetes están sujetos con unas gomitas rojas. De pronto lo entiendo. Es el dinero que heredé. El dinero que desapareció sin dejar rastro. Reconozco esas gomitas rojas.

—¿Dónde los has encontrado? —Mi voz suena hueca, como si perteneciera a otra persona.

—Ahí.

Wilma no para de dar saltitos mientras señala un armario estrecho a la izquierda del horno, donde guardo las bandejas para hornear. Han pasado meses desde la última vez que abrí ese armario. De hecho, sé exactamente cuándo fue la última vez. Fue la noche en que Jesper y yo íbamos a celebrar nuestra cena de compromiso. Yo iba a hacer canapés en el horno. Me inclino hacia delante y miro el espacio oscuro. La vista tarda unos segundos en adaptarse. Hay más fajos dentro. Los saco, los cuento y me quedo pensando un momento. De verdad parece que todo el dinero esté ahí.

—¿Cómo…? ¿La puerta estaba abierta?

Wilma niega con la cabeza, dándose importancia. Tiene una gran mancha de helado en la barbilla y en la camiseta.

—Cuando la abrí, encontré el tesoro.

Asiento y me siento en el suelo frío. Intento entender qué ha pasado. Jesper debe de haber devuelto el dinero. Pero ¿por qué iba a ponerlo en el armario de la cocina? La única explicación que veo es que no quisiera que yo encontrara el dinero. Lo hizo a propósito.

Como si quisiera volverme loca.

Cuando estoy a punto de cerrar la estrecha puerta, veo algo escondido en la oscuridad. Parece una bandeja de pie, apoyada contra la pared. Meto la mano y la cojo. El borde es de madera. La saco a la luz y la dejo en el suelo, delante de mí. Intento entender.

Es el cuadro de Ragnar Sandberg.

 

Estoy frente al espejo del baño de nuevo. Busco en la memoria. ¿Podría ser que fuera yo quien hubiera dejado el dinero y el cuadro en la cocina y no me acordara? Algo se mueve, un vago recuerdo de una cocina oscura. El peso del cuadro en mis manos cuando me agacho delante del armario.

¿Me estoy volviendo loca?

Me siento en el retrete y hago pis. Pienso que tal vez lo he soñado todo. Pienso en mamá.

Pienso en que nunca contestó a mi pregunta.

 

La mujer de la bata verde me tocó el brazo a modo de consuelo. Era joven, muy joven. En su identificación decía «Soraya».

—Emma. Es bueno que hayas venido enseguida. Voy a enseñarte dónde está.

Recorrimos el pasillo en silencio. Al otro lado de las ventanas vi las copas de los árboles. El delicado follaje verde bailaba al viento. Las nubes rotas se perseguían por el cielo azul. Pasamos por una especie de cocina. Sobre la mesa redonda había una maceta de plástico negra con narcisos marchitos. El olor a café y a cenas de microondas se colaba hasta el pasillo.

Los pasos de la enfermera eran silenciosos pero decididos. Se paró en una puerta y se volvió hacia mí.

—Antes de entrar… debo avisarte de que tu madre está conectada a una máquina que la ayuda a respirar. Puede dar miedo, con todos esos tubos y máquinas, pero no la hacen sufrir. Le han dado mucha morfina, así que no sufre dolores, pero tal vez sea difícil comunicarse con ella. No está consciente todo el tiempo.

—¿Me reconocerá?

La enfermera sonrió. No sabía si era porque mi pregunta era absurda o si solo intentaba ser amable.

—Si se despierta, sin duda te reconocerá. No le pasa nada en la mente, como ya sabes. Solo es su cuerpo que…

Dejó la frase a medias.

—¿Puedo tocarla?

—Claro. Puedes hablar con ella, cogerle la mano. Besarla. No es peligroso y no le harás daño. Pero, como te he dicho, no sé hasta qué punto estará consciente. Durante los últimos días le ha fallado el hígado y el riñón, así que está muy… frágil.

A lo lejos vi a un anciano que salía tambaleándose al pasillo, ayudado por una asistente. Tiraba de un soporte de medicamento. La última estación de la vida, eso es lo que parecía. Un pasillo blanco de hospital con brillantes suelos de linóleos y camas ajustables de acero inoxidable. Un silencio salpicado solo por las succiones y los siseos de las máquinas.

La enfermera abrió la puerta de la habitación de mamá. Le puse una mano en el brazo, sentí que tenía que preguntarlo.

—¿Volverá a despertar?

—Es imposible saberlo.

Me miró con sus ojos castaños. Luego me dedicó una breve sonrisa y desapareció por el pasillo con sus silenciosos zuecos blancos.

A medio camino, se volvió hacia mí.

—Estaré en la sala de enfermeras si necesita algo.

Asentí y entré en la habitación.

Casi no la reconocí. Era como si todo su cuerpo estuviera inflado. Mamá estaba gorda, pero eso era otra cosa. Tenía el cuerpo hinchado de líquido y la piel brillante y glaseada, casi transparente. De pronto me dio miedo hacerle un agujero si la tocaba. Que todo ese líquido fuera a derramarse como el agua de un globo.

Tenía tubos conectados y el único sonido de la habitación era el siseo del respirador que bombeaba aire meticulosamente dentro y fuera del pecho.

No estaba preparada para esa impresión.

Supongo que de algún modo di por hecho que no me afectaría, teniendo en cuenta cómo era nuestra relación. Me equivocaba. Empezó a temblarme todo el cuerpo y, cuando agarré una silla y me senté a su lado, me entraron sudores fríos. Recuerdos extraños, imposibles de evitar, me cogieron con la guardia baja: mamá, papá y yo decorando un árbol de Navidad que habíamos robado en el parque. Mamá tumbada en mi cama, abrazándome en uno de esos escasos momentos de amor y cercanía que guardaba como si fueran joyas. El aliento le olía a cerveza y a tabaco, y yo no me atrevía a apartar la cara un centímetro de ella, pese al olor, por la inefable gratitud que sentía por esa muestra de afecto. La mariposa azul muerta y rota en el suelo, rodeada de esquirlas de vidrio y ramas secas y dentadas.

Posé una mano con suavidad en el antebrazo de mamá, con cuidado de no tocar las grandes marcas de color violeta. No reaccionó. También tenía la cara hinchada, sobre todo alrededor de los ojos. Costaba discernir si los tenía abiertos o cerrados.

Me sorprendieron mis lágrimas. Me cayeron por las mejillas y las dejé, ni siquiera intenté limpiármelas. Inflamación del riñón y fallo hepático, dijeron. Cuando pregunté si podía deberse a la bebida, el médico se limitó a asentir y me explicó que no se podía descartar. Me dijo que muchas enfermedades relacionadas con el alcohol acaban en ese departamento.

Me incliné sobre ella. Apoyé la cara en el pecho. Sentí que se inflaba y caía con el ventilador. Y de pronto necesitaba saber. No tendría otra oportunidad de hacer la pregunta que llevaba tanto tiempo persiguiéndome.

Me limpié la cara con la manta amarilla y me aclaré la garganta. La agarré del brazo con más fuerza y estudié con detenimiento su rostro.

—Mamá, soy Emma.

La cara hinchada no mostró ninguna reacción. La agarré del brazo con más fuerza, la piel se quedó blanca bajo los dedos y las uñas le dejaron unas pequeñas marcas en forma de luna creciente en la piel con ese brillo artificial. Le di una palmadita en la cara con la otra mano. Tal vez con demasiada fuerza.

—Mamá, soy Emma.

Uno de los párpados se movió. No sabía si era un reflejo o si significaba que por fin me había oído. Me incliné hacia delante y me acerqué al oído.

—Mamá. Necesito saberlo…

El respirador siseó y mamá sufrió una sacudida, como si le hubiera pellizcado la mejilla.

—Mamá, tienes que decírmelo… y sé sincera. ¿Me pasa algo?