La desconocida
Hanne
Manfred, el agente de policía gordo y rubicundo, da comienzo a la reunión. Se levanta, camina sin prisa hacia la pizarra blanca y se sube las anticuadas gafas de concha en la nariz con el dedo índice. En la mesa están sentados el jefe de la investigación preliminar, un joven fiscal rubio llamado Björn Hansson, y el jefe del Departamento Nacional de Homicidios, Greger Sävstam. También están Sánchez y Peter, que está sentado detrás de mí. Agradezco que esté sentado ahí y no delante. No sé si habría sido capaz de mirarlo.
En la libretita, apunto con cuidado los nombres de todos los presentes, sus cargos y cómo son. Como precaución adicional. Me cuesta especialmente recordar los nombres.
He aceptado participar en la investigación, siempre y cuando no suponga demasiada carga de trabajo. Tal vez sea ingenuo pensar que puedo trabajar pese a mi enfermedad, pero no paro de repetirme que irá bien. En realidad no estoy tan confusa. Aún no. Lo que no funciona bien sobre todo es la memoria a corto plazo, y algunas palabras tienden a desaparecer (como los nombres del primer ministro y el rey, que me preguntó el médico durante la última visita).
Me gusta imaginar la memoria como una red, y la mía tiene algunos agujeros. Unos agujeros pequeños y feos que se multiplican con el tiempo. Como si alguien usara un cigarrillo para quemar agujeros en mi red aleatoriamente. De momento los puedo compensar, esconderlos a los que me rodean. Pero al final la enfermedad se comerá la red, hasta que solo unos hilos unan los pedazos que queden.
A veces me pregunto qué quedará de mí entonces. Es decir, una persona está formada por sus experiencias, pensamientos y recuerdos acumulados. Si ya no están, ¿quién soy? ¿Otra persona? ¿Otra cosa?
Manfred Olsson se aclara la garganta y se apoya en la pared.
—He pensado empezar por repasar los nuevos datos que han surgido sobre el caso. Hemos interrogado de momento a nueve colegas de Jesper, cinco amigos, a su madre y a su padre, y a dos exnovias. Nadie sabe nada de Jesper Orre desde el viernes. Nadie sabía adónde iba durante sus días libres, ni dónde puede estar ahora mismo. La imagen que surge es la de un hombre extremadamente ambicioso y resuelto con pocos intereses fuera del trabajo, aparte del deporte y las mujeres. En los medios se ha hablado de las relaciones criminales de Orre, pero no hemos hallado pruebas que lo respalden, aunque tiene un conocido lejano que fue condenado por un cargo menor relacionado con las drogas. Luego hablamos con los vecinos. Nadie vio nada destacable la noche en cuestión. Ninguno de los soplos que hemos recibido desde que se hizo pública la desaparición de Orre han dado fruto. También hemos revisado sus mensajes de correo electrónico y de texto y no hemos encontrado nada destacable, pero no significa nada necesariamente. Podría tener un móvil personal que no conozcamos. Estamos investigando esa posibilidad. Está fichado desde ayer, así que no ha podido salir del país desde entonces. Todos los controles fronterizos han sido alertados. Si intenta retirar dinero, lo sabremos enseguida. Por desgracia, es todo lo que tenemos sobre Jesper Orre ahora mismo. Ah, hemos hablado con el laboratorio forense nacional y dicen que el machete que se encontró en el salón de Orre es un panga, una herramienta utilizada en el este africano, con una hoja más ancha y la punta más rectangular que el típico machete.
Manfred cuelga una fotografía del machete en la pizarra blanca, señala el mango y dice:
—El mango está tallado en ébano. Es un objeto poco común, nos dijeron, probablemente bastante antiguo. Se encuentran ejemplares parecidos en subastas especiales. No había huellas en el mango, lo que indica que el asesino las limpió tras el asesinato. No obstante, se ha encontrado una huella de Jesper Orre en la hoja.
Sánchez deja escapar un leve silbido.
—Lo tenemos —dice.
—En realidad, no. Solo podemos demostrar que ha tocado el machete, nada más. El laboratorio nacional y los técnicos forenses están trabajando en comparar las puñaladas que recibió nuestra víctima con las que recibió Calderón hace diez años, y nos han prometido un informe para mañana o pasado mañana como muy tarde. La sangre encontrada en la entrada es de la víctima. La orina, en cambio, era de hombre. El laboratorio nacional no ha conseguido obtener aún el perfil completo del ADN, pero están trabajando en ello. Como sabéis, es más difícil obtener el ADN de la orina que de la sangre o de un tejido.
—Así que la orina era de hombre. ¿Qué significa eso? —pregunta Sánchez.
—Que un hombre se meó en la entrada —contesta Manfred.
Se oyen risitas contenidas en la sala.
—Sí, lo entiendo, pero ¿por qué?
—Eso tendremos que descubrirlo —dice Manfred.
—¿Se encontró orina en el escenario del crimen del caso Calderón? — pregunto.
Manfred niega con la cabeza y continúa:
—No. También hablé con los técnicos que registraron el resto de la casa de Orre.
No encontraron nada destacable, salvo una cesta de ropa interior femenina usada escondida en un armario de la lavandería en el sótano. Teniendo en cuenta la conversación que tuvimos Peter y yo con Anja Staaf, que he mencionado antes, podemos concluir que Orre colecciona lencería usada. Supongo que le encanta.
Se oyen risas aisladas. Enmudecen en cuando el jefe del Departamento Nacional de Homicidios, Greger Sävstam, recorre con una mirada severa toda la mesa.
—También encontraron algo más —continúa Manfred—. Unas bragas usadas con sangre, metidas bajo la cama de Orre en la planta de arriba.
—¿Estaba en ese momento del mes? —sugiere Sánchez.
Manfred niega con la cabeza.
—Las manchas de sangre son antiguas y, por su ubicación, los técnicos creen que alguien usó las bragas para contener la hemorragia de una herida. Por ejemplo, envolviendo un brazo o una mano con ellas. Aún no sabemos si tiene relevancia para nuestra investigación.
Manfred hojea su libreta con tapa de piel y continúa:
—Ah, una cosa más. Peter ha hablado con la compañía de seguros que está investigando el incendio en el garaje de Orre. Me dijeron que con toda probabilidad fue provocado. Se encontraron rastros de pintura en el análisis químico de las cenizas. La policía local también está implicada, y hemos estado en contacto con ellos. De momento no hay sospechosos. La compañía de seguros insinuó que apuestan por Orre.
—¿Cuál es su situación económica? —Greger Sävstam pregunta con un fuerte acento del sur.
—Es buena —contesta Peter por detrás.
No me doy la vuelta, y de nuevo se me ocurre que tal vez no haya sido una idea tan inteligente haber venido. Sin embargo, me digo que soy lo bastante fuerte para aguantar unas cuantas reuniones con el hombre que me destrozó la vida hace diez años. Sería dejarle ganar si renunciara a hacer lo que me apasiona por miedo a enfrentarme a mi pasado. Es importante dar prioridad a mi futuro, porque me queda muy poco.
—Tiene unos ingresos anuales de más de cuatro millones —continúa Peter—. Además, tiene acciones por valor de unos tres millones de coronas. Y no tiene deudas que hayamos encontrado.
Greger Sävstam se remueve en su asiento.
—¿Cómo puede un hombre como Jesper Orre esfumarse sin más?
Manfred se aclara la garganta.
—Todo el cuerpo policial lo está buscando.
—Todo esto me da muy mala espina —dice Greger Sävstam, luego se levanta y se mete las manos en los bolsillos de los pantalones del traje arrugado—. No tenemos una mierda. Un machete antiguo con un mango de ébano y unas bragas ensangrentadas no van a solucionar este caso. Han pasado tres días, los periodistas no paran de llamar y ni siquiera sabemos quién es la víctima, ni dónde está Jesper Orre. No quiero quedar como un tonto cuando me reúna con el comisario solo porque vosotros no hayáis podido llegar más allá.
—Mañana nos reunimos con el auditor interno de Clothes&More —dice Manfred—. Parece que han iniciado una especie de investigación sobre Orre. Corren rumores de que hizo que la empresa le pagara la fiesta de cumpleaños de los cuarenta. Tal vez eso nos lleve a alguna parte.
Greger Sävstam está serio y cansado. Hace un gesto de desesperación como si la respuesta de Manfred le molestara.
—Aunque estuviera desfalcando el dinero de la empresa, eso no nos ayuda en la investigación del asesinato. ¿Podemos hacer algo más? ¿Algo más radical? ¿Acudir a los medios de comunicación para pedir ayuda?
—Ya es de dominio público que Jesper Orre está desaparecido y que se ha encontrado a una mujer muerta en su casa —empieza Manfred.
Greger Sävstam hace un gesto de irritación.
—Sí, lo sé. No me refería a eso. ¿Podríamos publicar una fotografía de la víctima? Así al menos podríamos identificarla.
—Ha sufrido heridas muy graves… no solemos… —empieza Manfred.
—Me importa una mierda lo que hagamos normalmente. Tenemos que llevar este caso hasta el siguiente nivel ya. No podemos quedarnos aquí sentados jugando con los pulgares, mirándonos el ombligo y preguntándonos por qué le gustaba oler ropa interior sucia.
—Podemos pedir a uno de nuestros ilustradores que haga una reconstrucción, la imagen de la cara —sugiere Sánchez—. No es tan delicado como publicar… una cabeza mutilada, sesgada.
Greger la mira, agotado.
—Es la mejor idea que has tenido en mucho tiempo, Sánchez. ¡Hazlo!
Estoy sentada en el gran sillón de piel delante de la chimenea, leyendo los informes de la investigación preliminar del asesinato de Calderón. El fuego crepita y en la mesita de mármol baja que tengo al lado arde una vela. Es una sensación rara la de ver informes antiguos de los que soy coautora. Pienso que hace muchos años, y aun así han pasado muy pocas cosas. Vivo en el mismo piso con el mismo hombre. Solo el perro es nuevo.
Miro a Frida, que está hecha un ovillo en la alfombra, a mis pies. El cuerpo negro le tiembla y sacude las patas en el aire, como si soñara con una caza violenta.
Vuelvo a la lectura. Recuerdo que en aquel momento apuntamos que la víctima tenía los párpados fijos abiertos con cinta. Cierro los ojos y siento el calor que irradia el fuego a mi cuerpo, y pienso. Por qué fijar los ojos abiertos con cinta de tu víctima que ya está muerta, que es lo que concluyeron los forenses que fue la opción más probable. La cinta se colocó en los ojos post mortem, una vez muerta. La teoría era respaldada por la presencia de manchas de sangre bajo la cinta.
Así, el asesino mantiene abiertos los párpados de la víctima con cinta adhesiva y coloca la cabeza de manera que la siguiente persona que entre en el piso se tope con la mirada del difunto. ¿Por qué? ¿El asesino sabía quién iba a encontrar a Calderón? ¿Cuál era el mensaje para esa persona? ¿O solo quería humillar a la víctima? Como los celtas, que colgaban las cabezas de los enemigos de los caballos y regresaban a casa con ellas como trofeos.
No consigo llegar más allá en mi razonamiento antes de oír una llave en la cerradura. Frida se queda quieta, luego se levanta de un respingo y corre a la entrada meneando la cola. Sé que debería esconder los informes de la investigación, Owe se pondrá furioso si los encuentra, pero no puedo. En cambio me quedo sentada con los papeles en el regazo.
Está de pie en el umbral, con el pelo gris alborotado y las mejillas muy rojas del frío. El jersey de color bermellón se estira sobre la barriga y la pose es de enfado. A veces es así, gruñón nada más llegar a casa. Normalmente es porque ha discutido con alguien en el trabajo. Suele salir a la luz al cabo de un rato, su frustración por algún colega incompetente o un paciente desagradable que lo ha tratado mal.
—Hola —dice.
—Hola.
Se queda en el umbral de la puerta, cambiando el peso de un pie a otro, como si no supiera adónde ir.
—¿Cómo te ha ido el día?
—Bien —digo—. ¿Y a ti?
Se encoge de hombros.
—Bueno, qué te voy a decir. El hospital del condado no atrae precisamente a los más lumbreras. Estoy agotado de enseñar a todos esos médicos extranjeros que no saben la diferencia entre un paciente esquizofrénico y uno bipolar. Y que no saben escribir un informe decente porque su sueco es lamentable.
—Suena duro.
Gruñe algo, pero no le oigo bien. Es uno de esos sonidos guturales que hace a veces. Tal vez a estas alturas debería ser capaz de interpretarlos, después de tantos años, como los padres que entienden por instinto qué quieren sus hijos cuando lloran.
—Por cierto, ¿has comprado vino para mañana? —pregunta.
—No, he… he tenido otras…
Mi voz se apaga. No se me ha olvidado comprar vino, estaba demasiado ocupada en comisaría, pero no puedo decirle eso.
Suspira, empieza a darse la vuelta, pero se detiene a medio camino.
—¿Y qué estás leyendo?
Tapo los papeles con las manos, pero es demasiado tarde. Ya ha notado mi vacilación, ha visto que he intentado esconder por instinto con las manos lo que tengo en el regazo.
—Nada especial —digo, pero ya se está acercando a mí.
Para delante de mí, una enorme silueta oscura con el fuego de fondo. Se inclina sobre mí y me levanta las manos con firmeza.
—¿Qué demonios es esto?
Su olor me abruma, una mezcla rancia de humo, sudor y algo más que no puedo detectar y me recuerda a calabaza hervida.
—Es un… informe de una investigación preliminar.
—Eso ya lo veo —contesta en un tono una octava más agudo de lo normal —. Lo que me pregunto es qué hace aquí, en nuestra casa. Dijiste que no ibas a aceptar más encargos de la policía.
—No, yo no dije eso. Tú lo dijiste.
En un solo movimiento agarra los papeles y los tira por la estancia. Por el rabillo del ojo veo que Frida sale corriendo a la entrada con la cola entre las piernas.
—Maldita sea, Hanne. Ya lo hemos comentado y decidimos que no era lo más adecuado. No estás bien para trabajar. Y ahora vas y lo haces igualmente a mis espaldas.
Mientras lo dice, con toda esa solemnidad paternalista, yo rodeada de su hedor, algo estalla dentro de mí. Se rompe como cuando un muro de carga se derrumba y toda la casa se desmorona. Siento como mil explosiones en mi interior, y brota toda la rabia que he guardado y necesita una salida.
Me levanto de la silla de un salto y empiezo a darle puñetazos en el cuerpo. Los golpes no tienen un efecto real —son aleatorios, surgen de la desesperanza y la desazón que no puedo expresar con palabras—, sobre todo le sorprenden.
—¡Imbécil! —grito—. Nunca hemos decidido nada así. Tú dijiste que no podía trabajar. Tú lo decidiste. Como siempre. Tú, tú, tú. Estoy cansada de que me digas lo que tengo que hacer, joder.
Atrapa mis brazos en el aire y los para agarrándolos con fuerza.
—Cálmate. ¿Te has vuelto completamente loca? Esto forma parte de tu enfermedad, ¿no lo entiendes? La agresividad, la depresión. Es la enfermedad.
No es nuevo que Owe atribuya mis cambios de humor a la depresión. Me ha dicho varias veces que debería tomar antidepresivos, cuya aceptación cordial y prescrita me asusta más que la enfermedad en sí.
—Deja de culpar a la mierda de enfermedad. No se trata de la enfermedad. Se trata de mí. De lo cansada que estoy de tu eterno acoso y necesidad de control.
Me quedo callada y nos quedamos ahí quietos, delante del fuego. Todo está en silencio. El único sonido es el crepitar del fuego y mi respiración acelerada. Me agarra con tanta fuerza que me duele.
—¡Suéltame! —digo.
Lo hace cuando se lo digo y se queda ahí quieto, en medio de la sala, mientras recojo los papeles y me voy corriendo al dormitorio.
—Hanne, cariño, ¿qué ha pasado?
—Le he dejado —digo, y dejo la pesada maleta al lado en el suelo de piedra junto a la escalera.
—Oh, cariño. Pasa. —Gunilla me coge la maleta—. Madre mía, ¿qué hay ahí dentro?
—Cuidado con la espalda. Son libros. De Groenlandia. Solo los más importantes.
Gunilla niega con la cabeza en un movimiento lento.
Frida corre por delante de mí hacia el pasillo claro de Gunilla y yo la sigo. Me sacudo la nieve de los zapatos y me quito el abrigo, lo cuelgo en una de las coloridas perchas, entro en el salón y me desplomo en el sofá blanco de Gunilla.
—¡Cuéntamelo todo! —dice, y lo hago. Le hablo de la reunión con la policía. De Peter. Del caso de hace diez años que ha vuelto a ser relevante, y mi deseo de hacer algo importante con el tiempo que me queda. Ser capaz de usar todo el conocimiento adquirido a lo largo de mi carrera. Luego le hablo de Owe, le explico que su actitud controladora, su ensimismamiento e incluso su olor me repugnan. Que hace meses que me puede la rabia, hasta que arde como un incendio forestal y me deja vacía y exhausta. Que no puedo más con esa tala y quema emocional.
—Bueno, entonces es el momento de que te mudes —es lo único que dice cuando termino.
La pregunta que estaba esperando no llega hasta más tarde, después de que hayamos tomado varias copas de vino y comido un poco del queso apestoso de Gunilla.
—¿Crees que es sensato dejarle justo ahora que no sabes cómo te encontrarás en un mes o un año?
Se produce una breve pausa hasta que la miro a los ojos y contesto.
—Por eso es tan importante. No quiero pasar el tiempo que me quede con él.
Cuando me despierto al día siguiente el sol brilla por primera vez en semanas, y unas gotas pesadas de nieve derretida caen en la repisa de la ventana. Es como una señal, y el júbilo y el alivio que siento crecen en mi interior. Es casi sedante, una ola para surfear y dejarse llevar en medio de tanta desgracia.
«A partir de ahora, las cosas solo pueden mejorar», pienso, y cojo mi libro de Louis-Jacques Dorais sobre la lengua y la cultura inuit. Lo hojeo aleatoriamente.
La nieve cae del tejado y aterriza con un ruido sobre la repisa exterior de la ventana.
Lo de que los inuit tengan tantas palabras para la nieve es un mito surgido de la pasión romántica propia de la civilización occidental por los pueblos primitivos y su relación simbólica con los elementos. Es cierto que los inuit tienen más de una palabra para la nieve, pero nosotros también. Además, no existe «una» lengua inuit, sino muchas lenguas y dialectos que se hablan en todo el Ártico, en partes de Alaska, Canadá, Siberia y Groenlandia.
Sin embargo, como siempre, los humanos necesitamos simplificar las cosas para que la realidad sea más manejable. Simplificar, intentar comprender, establecer conexiones y ver patrones en los complejos materiales de investigación. Tal vez cometemos también el mismo error, el de atribuir características a la gente y aplicar modelos para explicar hechos porque encajan en nuestra visión del mundo.
Pienso de nuevo en el asesinato de Calderón. ¿Se nos ha pasado algo por alto? ¿Nuestros prejuicios han condicionado nuestra visión de los hechos?
Gunilla llama con timidez a la puerta y así interrumpe mis pensamientos.
—¿Desayuno? —pregunta.
—Sí, por favor. Me muero de hambre —digo, y me doy cuenta de que lo digo en serio. Por primera vez en meses tengo hambre de verdad.