La desconocida
Hanne
Esta mañana han ocurrido dos cosas que me han descolocado completamente. En primer lugar, me he despertado con sudores fríos y el corazón acelerado, lo que normalmente solo ocurre si he bebido demasiado vino en una de las cenas de Owe. Cuando me he despertado no sabía dónde estaba. Era como si la habitación de invitados de Gunilla se hubiera convertido de repente en algo irreconocible. Las paredes blancas, los cojines coloridos, los geranios abandonados, mustios en la ventana, todo parecía extraño. Por un momento me he sentido en caída libre. El miedo me ha mareado literalmente. He entendido claramente que la memoria me había fallado.
He tardado un minuto o dos en recordar dónde estaba. Sin embargo, durante ese minuto el miedo me ha hecho llorar y Gunilla ha entrado corriendo desde la cocina para consolarme.
No le he contado por qué lloraba. No quería asustarla. Tal vez no era que se manifestara la enfermedad, solo el estrés. Tampoco ha preguntado. Probablemente ha pensado que estaba disgustada por dejar a Owe.
Lo segundo que ha pasado es que Owe estaba en la puerta de casa de Gunilla cuando he sacado a pasear a Frida. En cuanto he puesto un pie fuera, ha aparecido por detrás de un coche aparcado y ha empezado a gritar que tenía que ir a casa con él, que no podía cuidar de mí misma y que, si no iba con él, se iba a asegurar de que alguien me custodiara en conformidad con la ley de cuidado psiquiátrico obligatorio. (Era absurdo, por supuesto, lo busqué en cuanto llegué a casa).
De nuevo Gunilla ha salido al paso. Iba a trabajar y ha salido cuando estábamos ahí discutiendo. Con un gesto de sorpresa estudiada, de esa manera que solo ella puede hacer, se ha plantado con las piernas abiertas y los brazos cruzados delante de Owe.
Ha sido casi cómico. Owe le sacaba dos cabezas a Gunilla, pese a las botas de tacón, pero aun así ella imponía con su presencia y mostraba una calma que era evidente que a Owe le molestaba.
—Owe, ¿qué haces aquí? —le ha preguntado, despacio.
—He venido a llevarme a Hanne a casa. No entiende qué le conviene.
—Ah, ¿no?
Gunilla me ha mirado a los ojos y ha continuado:
—¿Entiendes qué es lo que te conviene, Hanne?
Estaba tan enfadada que no podía hablar, así que me he limitado a asentir.
—Muy bien —ha proseguido Gunilla—. Creo que será mejor que te vayas a casa, Owe.
—No me voy a ningún sitio.
Gunilla ha soltado un gran suspiro.
—Bueno, entonces supongo que tendré que llamar a la policía.
—No te metas —ha gruñido Owe—. Es un asunto familiar.
—Pero qué dices, Owe. Ríndete. No quiere vivir contigo. Está tan cansada de ti que le entran ganas de romper algo en cuanto pronuncio tu nombre, joder. Déjala en paz. Dale un tiempo. A lo mejor luego vuelve.
—Como te he dicho, es un asunto familiar —ha repetido Owe.
Gunilla ha sacado el móvil del bolso y nos ha mirado a los dos con expresión exhausta.
—Voy a llamar a la policía.
Owe ha avanzado dos pasos hacia mí, ha agarrado la correa de Frida y se ha puesto a agitarla.
—Malditas zorras —ha mascullado—. No vais a desatender a Frida, por lo menos, de eso me encargo yo. Viene conmigo.
Luego ha desaparecido calle abajo con Frida a rastras, mientras la perra me lanzaba miradas de angustia durante todo el camino.
Y ahí ha acabado todo.
Más lágrimas. Gunilla ha intentado consolarme con torpeza por segunda vez esta mañana.
—Hanne, lo superarás —decía—. Puedes estar contenta de no tener hijos, entonces sí habría sido complicado.
Entonces me he puesto a pensar en los niños que jamás llegarían, claro, y eso aún me ha hecho llorar más.
No podía decírselo a Gunilla, así que he vuelto a su piso, me he dado una ducha y me he maquillado. Tenía la cara roja e hinchada, y la piel más caída de lo habitual bajo la barbilla, en los brazos y los demás sitios donde la edad ha pasado factura. Era objetivamente repugnante, mi cuerpo se había vuelto feo de verdad. La madurez femenina (o como se quiera llamar, no me gusta mucho el término «madura» porque me recuerda a una fruta en descomposición) no es atractiva. Es de un poco atractivo terrible, lo mejor es esconderla bajo el maquillaje y todas las capas de ropa posibles.
Bueno. Ahí estaba yo, a los cincuenta y nueve años con una demencia temprana, recién separada, y encima fofa y con los brazos fláccidos. Empiezo a asumirlo y me pregunto si he hecho lo correcto al recoger mis cosas y abandonar la relativa seguridad de nuestro piso. Al mismo tiempo, sé con una certeza demoledora que vivir con Owe no es una opción. Pese a que el futuro que acabo de elegir es impredecible e intimida, es imposible volver con él.
Habría sido fácil tumbarse en el sofá y taparme con las mantas, pero no lo he hecho. Sobre todo para fastidiar a Owe. Estaba resuelta a demostrar que podía hacerlo sola, sin sus cuidados. Una vez más, me he recordado a mí misma los motivos por los que no lo soportaba: mojigato. Egocéntrico. Narcisista. Dominante. Huele mal.
Luego me he ido a trabajar.
La primera persona que veo cuando entro en las luminosas instalaciones de la comisaría de policía es Peter. Está sentado delante del ordenador. Tiene el cuerpo alargado inclinado en una postura incómoda y parece que mira algo en la pantalla. Al verme se incorpora de un salto, sale corriendo y me agarra del brazo como si fuéramos los mejores amigos, como si nuestra pequeña conversación de la víspera borrara el hecho de que es el hombre que me arruinó la vida.
Tiene la mano caliente y seca, y notarla ahí, en el antebrazo, me produce una sensación extrañamente agradable.
Como si fuera lo más natural del mundo.
—Ven —dice—. Estoy a punto de hablar con una empleada de Jesper Orre. La que lo acusó de acoso sexual. ¡Ven conmigo!
—De acuerdo —digo, porque no tengo nada más que hacer.
Denise Sjöholm tiene veintiocho años y un MBA. Me sorprendo pensando que parece demasiado joven para comprar bebida sin enseñar el carné de identidad. Sin embargo, no es más que otro indicio de mi propia edad, otro ejemplo de cómo incluso los marcos de referencia han ido cambiando poco a poco con los años sin que yo lo notara. Debo recordarme que Owe y yo ya llevábamos varios años casados a su edad.
Así que apenas era una niña.
Parece un poco perdida en la sala de interrogatorios, expuesta. Lleva un jersey grueso, tejanos rasgados y nada de maquillaje. Los grandes ojos castaños trasmiten mucho miedo, y no es de extrañar. Imagino que cuando acusó a su superior de acoso sexual se metió en muchos problemas.
Peter también ha notado que tiene miedo, le explica que no está acusada de nada y que solo queremos entrevistarla en relación con el asesinato que tuvo lugar en casa de Orre y su posterior desaparición.
Ella asiente en silencio y juguetea con un hilo suelto que le cuelga de los tejanos.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando en Clothes&More? —pregunta Peter.
—Un año.
—¿Y cómo describiría su trabajo?
—Era… soy… directora de proyecto en el departamento de marketing. Estoy a cargo de varias campañas de publicidad. Por ejemplo, soy la responsable de la campaña de Navidad que se emite en televisión ahora mismo. Hasta que cogí la baja, claro.
Pasea la mirada entre Peter y yo, como un pájaro en apuros que no se atreve a aterrizar en ningún sitio.
—¿Y cuándo conoció a Jesper Orre?
—Casi nada más empezar. No somos muchos en la oficina central, y siempre se paraba en el departamento de marketing para ver en qué estábamos. Recuerdo que me parecía genial. Relajado, ya saben, aunque se hablaba mucho de lo despreciable que podía llegar a ser. Que despedía a gente a diestro y siniestro.
—¿Y luego qué ocurrió?
Denise baja la mirada al suelo y el pelo fino y castaño le cae en la cara.
—Me preguntó si quería ir a una fiesta con él. Eso fue en primavera.
—De acuerdo. ¿Qué tipo de fiesta?
—Bueno, no me contó mucho de la fiesta, pero decidimos que me recogería en Stureplan el sábado por la noche. Y lo hizo. Pero luego me llevó a su casa, y allí no había nadie, estábamos solo él y yo. De todos modos… cenamos, había comprado langosta y champán. A mí me impresionaba mucho que quisiera cenar conmigo, a solas. Quiero decir, Jesper Orre podría tener una cita con quien quisiera…
Se le apaga la voz y niega despacio con la cabeza.
—Fui una ingenua, joder —continúa—. En cuanto terminamos de cenar quiso acostarse conmigo, claro.
—¿Y qué hizo entonces?
Denise parece un poco confundida, como si no entendiera del todo la pregunta.
—Nos acostamos. Luego seguimos follando de vez en cuando. Yo supe enseguida que no quería una relación de verdad conmigo, así que, pasados unos dos meses, corté con él, o como quieran llamarlo. Nunca estuvimos juntos de verdad.
—¿Cómo reaccionó?
—Se puso furioso. Me dijo que él decidía cuándo se terminaba y que me arrepentiría si no lo entendía.
Denise tira del hilo de los tejanos tan fuerte que lo arranca con un pequeño ruidito.
—¿Y qué hizo usted entonces?
Ella niega con la cabeza y se ríe por lo bajo.
—Debería haber sabido que no podía ganar contra él. Debería haberle seguido el juego, pero me enfadé, le dije que se fuera al cuerno, que yo decidía con quién me acostaba y cuándo. Se fue sin decir nada. Luego, en el trabajo, empezó a ser desagradable conmigo. Me hacía preguntas imposibles en las reuniones. Despreciaba todas mis propuestas. Procuraba que no me asignaran proyectos interesantes. Supongo que me estaba castigando. Pero el circo de verdad empezó cuando fui a Recursos Humanos a quejarme. Los de Recursos Humanos me hicieron preguntas con él presente. Como podrán imaginar, no fue divertido estar ahí sentada y hablar de nuestra… relación mientras él escuchada. Al final, me sentía tan mal que cogí la baja.
—¿Cuándo fue eso?
—Llevo de baja… —Denise cuenta con los dedos—. Ocho semanas. No, mañana serán nueve.
Peter asiente y anota algo en la libreta, luego dice:
—Sé que puede sonar un poco raro, pero ¿era brusco en la cama?
Denise parece avergonzada y cruza los brazos.
—No. No especialmente.
—¿Alguna vez le robó lencería?
—¿Robar lencería?
—Sí, ¿alguna vez se llevó su ropa interior?
—No, que yo sepa.
—¿Ha sabido algo de él desde que cogió la baja?
Ella niega con la cabeza.
—Nada.
—¿Sabe si había hecho lo mismo con otras mujeres de su oficina?
—No, pero no me sorprendería. Es un puto enfermo.
—¿Sabe si veía a otras mujeres durante este tiempo?
—No, pero ya le digo que es un puto enfermo.
Cuando acompañamos fuera a Denise, no puedo contenerme. Le pongo una mano en el brazo y la miro a los ojos.
—¿Entiende que usted no ha hecho nada mal? —digo—. Se aprovechó de usted porque podía, porque su posición se lo permitía.
Se me queda mirando un rato, luego se encoge de hombros.
—Puede ser, pero aún me arrepiento de haber ido a Recursos Humanos. Al final se habría cansado de mí. —Sale presurosa y con la cabeza gacha.
—Qué gilipollas —le digo a Peter cuando la chica desaparece en la niebla.
Peter se encoge de hombros, me mira y no puedo evitar pensar: «Como tú, Peter. Un verdadero gilipollas, como tú».
Parece que me lea el pensamiento, porque de pronto parece cohibido. Aparta la mirada y se dirige a los ascensores, mientras murmura:
—La última vez que lo consulté no era ilegal ser un gilipollas.
Cuando vuelvo a pie a casa de Gunilla tres horas más tarde ya anochece. Un viento frío tira de la ropa y la temperatura ha bajado. La calle mojada tiene una capa dura y resbaladiza de hielo y tengo que andar con cuidado de no resbalar.
Ya echo de menos a Frida, pero no sé cómo recuperarla. No puedo presentar una denuncia a la policía. Frida también es el perro de Owe y no se puede robar algo que es tuyo, ¿no?
Owe nunca le ha tenido mucho cariño a Frida. Piensa que ladra demasiado y huele mal (como si él no). No se la ha llevado para protegerla de mí, sino para hacerme daño. Igual que Jesper castigaba a esa pobre chica por no querer ser su esclava sexual.
«Poder —pienso—. Siempre se trata del poder».
Siempre que paso por delante de un quiosco, me paro y leo los titulares. El dibujo de la mujer asesinada en casa de Orre aparece en la portada de todos los periódicos de la ciudad, con el gran titular debajo: «¿A quién asesinó el rey de la moda?».
Si no averiguamos quién es ahora, no sé si alguna vez lo sabremos.
Cuando llego a Slussen empieza a nevar de nuevo. Unos copos pequeños y duros me golpean en la cara y pican. Me suena el móvil y por instinto me coloco de espaldas al viento y saco el móvil para contestar.
Es Peter.
—Hanne, acabo de hablar con el laboratorio nacional. El machete que se usó en casa de Orre es el mismo que se usó en el asesinato de Calderón. Han encontrado marcas en las vértebras de ambas víctimas que pueden vincularse con el arma. Las marcas encajan exactamente con la hoja del machete. Sabes lo que significa, ¿verdad?