Lerna
Capítulo 7
Aquella muchacha que conmovió a Starn era, como imaginarás, nuestra ya conocida Lerna. ¿Cómo fue para ella presentarse ante un público tan fervoroso? Retrocedamos un poco para saberlo, solo unos instantes. La jornada estaba a punto de empezar. Los gritos de la muchedumbre en las gradas se colaba entre las paredes de madera hasta alcanzar los vestuarios. Allí, los bailarines del toro terminaban de preparar sus atuendos, de calmar los temores.
Lerna estaba entre ellos, pero apenas si los atendía. Su atención se centraba en trenzarse la cabellera y sujetarla con tiras. Se aseguró de que no quedaba ni una hebra colgando, pues eso podría resultar una fatalidad. Más de un danzarín había visto sus cabellos enredados en el asta de un toro, sin poder reaccionar hasta ser demasiado tarde. Y tarde era muerte en un ruedo.
Muerte. Muerte. Pensar en evitarla era un acto reflejo, sobre todo teniendo en cuenta la decisión que Lerna había tomado unos días antes. En realidad, ya no quería escapar de ella. Sabía que su tiempo se acababa; aunque no se lo anunciaron directamente, sus padres habían empezado a contactar con algunos de los pretendientes que deseaban desposarla, y sospechaba que, tras el solsticio, le anunciarían que debía contraer matrimonio sin falta. Y ella no podría oponerse, tal era la ley. Entonces todo se arruinaría. Habría de dejar la danza y sumirse en una vulgar sucesión de días.
Lloró mucho, siempre en el silencio de la noche o durante los paseos por la playa. Pero su convicción se afianzó entre las lágrimas y urdió una estrategia propia: no se rendiría a las convenciones absurdas, no estaba dispuesta a ceder su carne y su vida a un varón cualquiera. En lugar de ello, había decidido entregarse a la Diosa en el escenario más grandioso del mundo. Bailaría como nunca lo había hecho, sin precauciones, vaciándose por completo, bordando una actuación que se recordara durante generaciones sin fin. Arriesgaría cuanto pudiera y más para, al final, ofrecerse en sacrificio. Permitiría que el toro la atrapara.
Sí, aquella tarde, Lerna moriría. O esa al menos era su intención.
Asumido su destino, feliz de ser ella quien lo eligiera y no otros, tenía el alma serena y abierta a otras sensaciones. Todavía le quedaba gran parte del asombro que había sentido al avistar Cnosos por primera vez. La muchacha había crecido escuchando los relatos de los comerciantes que negociaban con su padre; hablaban de las maravillas de la Casa del Hacha, pero siempre creyó que tales comentarios eran exageraciones. ¿Un palacio tan grande como una ciudad, que ocupaba toda una colina? Debemos disculpar la incredulidad de Lerna, amigo mío, pues vivía en una tierra que no conocía los lujos, solo el duro y humilde trabajar. Su mente no podía albergar, todavía, tanta grandeza.
Por eso, cuando tuvo ante sus ojos los pórticos y balcones de Cnosos, descendiendo por la ladera del cerro en terrazas, se quedó sencillamente sin habla, embobada.
Y todo ello a pesar de que ni siquiera había entrado en la ciudad.
Los encargados de preparar la danza los condujeron por el camino del norte y los dejaron en los aposentos del teatro preparados para los bailarines. Allí, agotados por el viaje, los jóvenes forasteros trataron de descansar y recuperar las fuerzas gracias al ágape con el que Cnosos los agasajaba, en consideración a su actuación.
Sin embargo, tras saciar el hambre lo justo —resultaba peligroso bailar con la barriga demasiado llena—. Lerna decidió salir. Largo rato contempló la inmensidad del palacio, sus muros, los cuernos superiores que podrían pasar por algo similar a almenas, las columnas de rojo vivo… Se sentía como una niña pequeña, tosca, que de repente hubiera descubierto lo insignificante que había sido su mundo hasta ese momento.
Pero el instante decisivo se acercaba y no era bueno que las poderosas impresiones vividas debilitaran su percepción. Mientras esperaba, sentada en la antesala de la arena, cerró los ojos y dejó que la algarabía exterior colmara su cabeza. Era adecuado, así cuando saltara fuera estaría preparada para los gritos y estos no conseguirían sofocarla. Al mismo tiempo, buscó calmar cualquier tribulación que afligiera a su espíritu. Cruzó las piernas, dejó reposar los brazos sobre las rodillas y aspiró profundamente siguiendo las pautas de purificación que le habían enseñado desde niña.
Y recitó la oración.
—Mi amada Madre, señora de lo próspero y lo amable, del arrojo y la fuerza, de la vida y la muerte, escucha mi petición, la petición de una hija y sierva; derrama sobre mí, si me consientes digna, tu favor; abrázame cuando baile para ti, si la danza te conmueve; yo soy tu sacrificio, mi cuerpo te ofrezco, mi espíritu te entrego; haz de mis pasos los tuyos…
Las voces risueñas de los otros bailarines rompieron su concentración. Cuchicheaban como las viejas que se reúnen en coro para cotillear. Las chicas cretenses no dejaban de hablar de ese príncipe Starn, de lo guapo que era y, sobre todo, de cómo impresionarlo para que se fijara en ellas. Las forasteras se apuntaron pronto a aquellas habladurías coquetas.
—Dicen que es músico, que toca la lira con una delicadeza sin parangón —murmuró una—. ¿Os imagináis con qué destreza recorrerá el cuerpo de una mujer?
El comentario provocó una oleada de carcajadas.
—Pues dicen que, ahora que ha vuelto a la Casa del Hacha, buscará esposa con la que formar su propio hogar —dijo otra.
—No me importaría que se fijara en mí para esa tarea. Con gusto consentiría en ser su mujer.
—¡Tú y todas!
Al abrir los ojos de nuevo, Lerna miró con reprobación la fría veleidad de las muchachas. ¿Eso significaba para ellas el baile?
¿Una simple excusa para encantar a los hombres? ¡Cuánta ligereza! Qué impropio y qué vulgar.
Decidió apartarse más. Tampoco es que ninguna se mostrara interesada en conversar con ella. Desde que pisó Creta se había mantenido distante con sus compañeras. Solo toleraba a su lado a Aristes, que ya estaba acostumbrado a su carácter frío. Junto a él, realizó los ejercicios de calentamiento con los que poner a punto su agilidad y elasticidad. Era una especie de ritual que ayudaba no solo al cuerpo, sino también a la mente, que de este modo se entretenía ante cualquier posible temor.
Sí, porque incluso para alguien tan entregado como Lerna el primer paso con el que se cruzaba el portón de salida a la arena era un acto de voluntad supremo. Allí, bajo el cielo y las proclamas del público, les esperaba la gloria o la muerte. Quizás ambas. Y no era un plato de fácil digestión.
De hecho, hubo quien no pudo soportarlo. O tal vez fuera el destino, actuando bajo sus caprichosos designios. Se fijó en los dos bailarines cretenses que habían sido elegidos para protagonizar el acto final. Dos chicos, uno de los cuales estaba sentado en el suelo, agarrándose el vientre, mientras el otro lo miraba con frustración.
—¿Te pones enfermo ahora? ¿Justo ahora? —recriminaba al que estaba de rodillas.
—Es el estómago… Me duele… —trató de justificar el otro, balanceándose hacia delante y hacia atrás como si eso pudiera aliviarlo.
—¡No, no te duele! ¡Maldita sea, solo son los nervios!
Lerna sintió pena por el muchacho. Su compañero tenía razón: aquella repentina dolencia nada tenía que ver con un mal físico. Sencillamente, el miedo lo había paralizado, rebelándose, adoptando la forma de un dolor que no era tal.
Al final no tuvieron más opción que hablar con el maestro del ruedo. El hombre, un anciano que a pesar de su avanzada edad era robusto como los toros que trataba, decidió que el joven no estaba en condiciones de saltar a la arena. Se mostró decepcionado durante un instante, pero con toda probabilidad ya había pasado antes por situaciones similares y reaccionó con rapidez: ordenó al compañero del chico enfermo que se uniera a una de las parejas cretenses, en un trío, pues había entrenado con ellos y conocía sus movimientos. Sin embargo, eso dejaba vacío el acto final. El más difícil y comprometido; con el toro más peligroso.
—¿Alguien desea ocupar ese puesto? —preguntó el maestro.
Nadie habló. El honor era grande, tanto como la presión que habría de recoger sobre las espaldas quien decidiera presentarse voluntario. El éxito convertiría en leyenda a quien se enfrentara al reto, pero el fracaso podía significar caer en desgracia… o perder la vida.
Y eso fue lo que hizo que Lerna diera un paso al frente.
—Yo lo haré.
Terminados sus ejercicios, la muchacha y su compañero se acercaron hasta el ánfora que había en un rincón, repleta de aceite perfumado. Hundió las manos en el líquido dorado y, cuando las sacó a la superficie de nuevo, era como si una segunda piel hubiera cubierto la antigua. Se extendió el óleo por todo el torso, abarcando el cuello, vientre, pechos y pezones; se embadurnó con esmero cada palmo hasta que toda ella fue como una estatua de bronce. El toque final, para conseguir que sus dedos no resbalaran cuando los necesitara, fue vendarse primero y luego enarenarse las palmas con polvo de caliza.
El ruido de los aplausos y el barruntar de las trompetas les indicó que casi era la hora. Una voz se alzó cuando el jaleo se desvaneció.
—¡Pueblo de Cnosos, disfrutad de este día sagrado! —escuchó—. ¡Qué nuestra alegría llegue a oídos de la Gran Madre, que de todo nos surte!
Los mozos abrieron las puertas. Al fin. A partir de entonces ya no hubo lugar para las chanzas ni las fruslerías insensibles. Los danzarines, todos ellos serios y conscientes de que era su momento, salieron a la arena. En el primer instante, el sol cegó a Lerna, así que le llegó antes el clamor del público que la visión de las banderolas y pañuelos multicolor que revoloteaban en las gradas. Pero pronto se acostumbró a la brillante luz. Quedó sobrecogida por la rebosante efervescencia de aquella marea de cabezas. Levantó el rostro hacia los asientos y no vio a ser alguno que no bullera de excitación, diera palmas, aclamara o saltara. Aquella era la plaza más grande y concurrida en la que había actuado. Sobrecogía. Había tantas almas pendientes, tanta emoción que brotaba hacia ella…
Dejó que toda aquella pasión la embargara. Era preciso: un suspiro para sentir, solo un par de latidos antes de recuperar la compostura y tomar de nuevo el control de la situación.
Tras inclinarse hacia el público desde el centro, los bailarines desfilaron hacia el lado opuesto por el que habían surgido. Allí, en el palco, tal y como les habían explicado los ujieres, estaba la familia real, con el minos de Cnosos a la cabeza. Ante él se detuvieron para ofrecer el saludo protocolario. Lerna apenas pudo distinguir un rostro u otro. Pero, aunque la distancia hubiese sido menor, para entonces la joven ya solo pensaba en el baile que pronto interpretaría.
Pues así es la vida. Es habitual que los momentos trascendentales nos lleguen por sorpresa. Y era justo lo que se avecinaba para la joven y hermosa Lerna. No podía sospechar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, y no como había planeado.