Lerna
Prólogo. El peso del destino
Prólogo
El peso del destino
En una Irlanda recién despertada
Partolón estaba más que dispuesto. Había desenvainado la espada y sujetaba la cabeza de su enemigo con la firme convicción nacida de la ira, de la venganza. El filo de bronce rozaba ya el cuello de Ciogull, cabecilla de los fomorianos. Su aspecto asilvestrado, sucio de barro y sangre, lo hacía parecer un animal salvaje, pero disponía del suficiente orgullo para sostener la mirada de su verdugo.
Nadie parecía tener el valor de romper el momento, ya fuera con una queja o siquiera un mísero resuello. Ni siquiera Starn. Tenía más motivos que el resto y, aun así, contemplaba la escena sobrecogido, casi sin parpadear. Sabía que debía detenerlo, presentía que las consecuencias de aquel terrible acto serían devastadoras, pero era incapaz de reaccionar.
Solo él lo comprendía, solo él. La cruel verdad: que aquel era el momento, el punto de inflexión, el acto del que pendía el destino de los suyos e incluso de muchos otros, lejanos en el espacio y el tiempo. Las gratas experiencias, las penurias, cada enseñanza aprendida a través del gozo y el dolor… Todo aquello se desvanecería, quedaría reducido a una sucesión de suspiros dentro de la larga historia que conducía a ese instante. A ese, y no a otro.
Una decisión sin retorno.
A Partolón no le tembló el pulso. Al fin y al cabo, lo que ocurrió entonces había estado macerando durante largos años. Aquel hombre eligió su camino cuando decidió interponer el orgullo al amor, así que ahora solo estaba siendo coherente consigo mismo.
El movimiento fulgurante con el que rebanó el pescuezo de Ciogull empezó en otro tiempo. En otra tierra.
Una tierra a punto de morir, al igual que todos sus hijos.
La carne del fomoriano se abrió en una línea y durante un instante pareció que quedaría solo en eso, en un fino trazo sin consecuencias. Pero llegó la sangre. Brotó con fuerza y provocó la agonía del caudillo. Se le fue la vida al mismo tiempo que la sangre. Entre ahogos.
Starn tuvo que mirar hacia otro lado.
Sus ojos fueron a posarse justo en la espada de Partolón, teñida de rojo carmesí. La sangre resbalaba por la hoja, manchando el resto del bronce. Le pareció que era el peso del destino quien hacía descender la savia vital, hasta que se acumuló en la punta, formando una gruesa gota a punto de desprenderse. Recordó su visión, y supo que no había vuelta atrás. La perla roja se separó, salvando el trecho entre el bronce y la tierra. Y se unió a ella, en el mismo instante en que Ciogull se desplomaba…
Primero llegó un repentino sofoco. Lo sintieron hasta los caballos que quedaban con vida; se encabritaron y se pusieron a pifiar, algunos incluso se alejaron al trote, llevados por una repentina demencia. Y, aunque no lo supieron hasta días más tarde, en Hija de Cnosos los toros que contenían la simiente divina de Posidón bramaron, enloquecieron, huyeron o cayeron muertos. Posidón, el Dios Cornudo.
Posidón, Agitador de la Tierra.
Luego, el corazón mismo del mundo se estremeció. El temblor hizo palidecer a los partolonianos mucho más que la batalla recién librada. Una vibración leve, en apariencia insignificante pero aun así terrorífica. Pues se colaba a través de los pies como si de sarmientos se tratara, arraigando en el vientre al igual que cientos de agujas. Resultaba tan enloquecedor que muchos de los hombres, que instantes antes se habían enfrentado a la muerte con el rostro bien alto, se echaron al suelo y gimotearon socavados por el pánico.
—Empieza… ya empieza… —susurró Starn, y pensó en Bacor, en Egos el Arrinconado.
El terremoto se prolongaba y ganó en fuerza. Sonaba distante, venía de tierras muy lejanas, aunque de algún modo todos los allí presentes intuyeron su origen. El presentimiento se confirmó cuando, en la cúspide de uno de los temblores, el fuego estalló en el horizonte.
Ningún ojo humano había visto aquello antes, y muchas generaciones pasarían para que algo similar volviera a contemplarse: una gran llamarada, delgada y casi invisible por la distancia, pero que se elevaba poderosa en el cielo hasta alcanzar las nubes. Nadie se atrevió a respirar, hasta que un estruendo potente y siniestro los golpeó. Venía del mismo lugar que el humo y las llamas. Del sur, y también del este.
Venía de Cnosos.