Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 41 de 98

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Lerna

Capítulo 4

 

 

Permíteme un momento, amigo mío. Necesito recuperarme. Disculpa mi reacción, mis gritos, la cólera y las lágrimas que acabo de derramar. No es la primera vez que me ves en esta tesitura, así que espero que lo entiendas de nuevo. A estas alturas debería ser yo quien comprendiera que de poco sirve, que por mucho que brame o llore el pasado solo nos responde con un silencio cruel.

Entiendo tu confusión, por cierto. Imagino que a estas alturas de la narración creías que ese niño que Lerna portaba en sus entrañas y al que tenían pensado ponerle mi nombre era yo mismo. Pero nunca dije que fuera mi madre, aunque lo he deseado muchas, muchísimas veces. O tal vez, después de todo, sí lo sea, de algún modo. Ya llegaremos a eso.

Fue una pérdida terrible, la peor de todas. Ninguna de mis palabras, ni siquiera la música de esta lira es capaz de describir lo profundo que llegó a ser el dolor de Starn. De no ser por Partolón, que apresó a su hermano en un abrazo irrompible, se habría lanzado al mar para compartir la suerte de su esposa. Sus berridos, aquel llanto desgarrador, hizo sangrar el corazón de Bacor del mismo modo que la pérdida de la joven.

Como si aquel indeseado sacrificio lo hubiera saciado, Posidón calmó su furia. El temporal fue remitiendo poco a poco, lo que permitió a algunos desatarse y empezar a cubrir el agujero abierto antes de que anegara de agua la bodega.

Otros, sencillamente, no tenían ánimo más que para llorar.

 

Las aguas apaciguaron su ira con tanta rapidez como habían enfurecido. Las crestas enrabietadas se amansaron, la lluvia remitió y el cielo, al fin, quedó claro.

Aquellos que todavía conservaban fuerzas ayudaron a subir de nuevo a cubierta a quienes no podían ni tenerse en pie. Bacor dejó a Laiglin en manos de su madre y acudió junto al rey para ayudarlo a mover a Starn, que se había desmayado. Pero el buen Afestes se le adelantó.

La calma tras la tormenta dejó a los exiliados en una situación muy delicada. Albo había perdido a varios de sus hombres, y el Hijo de Minos mostraba graves heridas allá donde uno mirase. Muchos suministros habían caído al mar, junto con algunas bestias, como dos de los toros sementales. Fios, Tath y Fochmarc vieron en ello un mal augurio. Pero Bacor no atendió a aquellas consideraciones tan banales, pues no podía concebir un mayor infortunio que la desgracia de Lerna.

El capitán y sus hombres trataron de reparar el daño del barco, aunque Babal no se mostró muy esperanzado tras examinar las tareas.

—Hemos hecho todo lo posible, pero no resistirá mucho. Debemos alcanzar pronto tierra o nos hundiremos.

—¿Alguna idea de dónde estamos? —preguntó Partolón.

—Imposible saber a qué lugar nos ha llevado el temporal. Lo mejor es prepararse para abandonar el barco y dividirnos entre los restantes.

Tarea que también estaba destinada a complicarse. La flota había quedado tan dispersa que desde su posición solo podían atisbar a siete de las doce naves. A lo largo de los días siguientes se reencontraron con otras tres, que se habían retrasado. Jamás volvieron a saber nada del resto.

Cuando ya se disponían a repartirse entre los barcos más saludables y abandonar el suyo a su suerte, un marinero lanzó un grito. Volvieron el rostro hacia donde señalaba, y allá, en el horizonte, advirtieron una línea blanca. Tierra. Los hombres chillaron de alegría, las mujeres suspiraron, agradecidas por la providencia, y hubo incluso risas entre los niños. La enhorabuena saltó de nave en nave, mostrando así el alivio que los cretenses compartían. La desgracia más absoluta se había paseado entre ellos y los había perdonado en el último instante.

Pero Bacor se mantuvo sereno. Contempló a Starn, mudo y alejado del mundo, reducido a una sombra en la que no cabía la risa, solo el azul frío de una melancolía infinita. No vio motivos para el solaz, no tras lo que el joven había perdido.

Alcanzaron de este modo una costa plácida, llena de playas suaves que se dejaban lamer por un agua muy azul. Los marineros fueron los primeros en saltar a la dorada arena, desde donde ayudaron a varar los barcos malogrados tirando de las sogas sujetas a la parte posterior. Una vez asegurados, todos, sin excepción, dejaron las naves para arrodillarse sobre las dunas, agradecidos por estar a salvo. Los hubo incluso que jugaron lanzándose puñados de brillantes granos, como fue el caso de Rudraige y otros niños. Después de tanto como habían sufrido, ¿quién podía culparlos?

En cambio, algunos corazones cargaban con demasiada pesadumbre en su interior para unirse al jolgorio general. Mientras la gran mayoría se dedicaba a disfrutar, Starn se alejó del grupo, cabizbajo. Bacor advirtió que se perdía tras la primera línea de árboles. A pesar de que estaba tan agotado como el resto, siguió la línea de huellas que había dejado en la arena.

Escuchó los golpes antes incluso de alcanzarlo, y se lo encontró sacudiendo un tronco con los puños desnudos. Tenía la mandíbula apretada, los ojos cerrados. No obstante, entre los párpados se le escapaban las lágrimas y, a través de los dientes, un gemido de profunda desesperación.

El anciano se apresuró a detener aquel loco ataque. Lo tomó por detrás, lo rodeó entre sus brazos y sujetó los suyos, cuyas manos estaban despellejadas y ensangrentadas. A pesar de que él era joven y mucho más fuerte que el sabio, se derrumbó al instante. Bacor lo dejó llorar en su pecho, y su intensidad también le desbordó el corazón.

Y, mientras tanto, un murmullo escapaba de sus labios, una y otra vez. Una y otra vez.

—No vale la pena sin ellos… Nada vale la pena sin ellos…

 

Partolón no les dejó mucho margen para la diversión despreocupada. El instinto propio del líder nato lo devolvió a la realidad: estaban en una tierra desconocida, diezmados y debilitados. No era el mejor momento para llamar la atención ni bajar la guardia. Así que organizó de inmediato a sus hombres para que montaran guardia en la playa, y requirió a aquellos con quienes solía discutir las decisiones.

—Descansaremos lo que resta del día, y también por la noche —dispuso —. Mañana, apenas asome el sol, enviaré a varios exploradores al interior. Necesitamos localizar cualquier aldea o ciudad, comprobar si los lugareños reciben de buen grado a los visitantes y comerciar con ellos. Hemos perdido muchos suministros. Algunas bestias han muerto y casi no tenemos grano para las que quedan.

—Mis hombres y yo repararemos los barcos —se ofreció Albo—. Hay madera de sobra en los alrededores.

—Así sea. El resto plantaremos un asentamiento temporal para las mujeres, los niños y el ganado.

Acamparon en la playa bajo algunas telas con las que improvisaron toldos para resguardarse. Bacor, sin embargo, se acomodó al raso, cubriéndose con un par de mantas, y dejó que el rítmico titilar de las estrellas lo atrapara.

De pronto, escuchó un ligero batir de alas. Alzó la vista y vio revolotear por encima de su cabeza una pequeña ave. Podría haber sido cualquier otro pájaro, pero reconoció sin asomo de duda al mirlo negro que lo había acompañado durante el trayecto por mar. Se dejó hipnotizar por sus gráciles piruetas, con las que parecía recorrer las constelaciones como el artista que pinta su mural. Por algún motivo pensó en Cnosos. Se dijo a sí mismo que, a pesar de las distancias, el tapiz de luceros que colgaban en el firmamento no era en nada distinto al que tantas veces observaba desde la Casa del Hacha. «Solo la tierra y los hombres cambiamos. El cielo siempre es el mismo», pensó. «Y aves y estrellas son sus señores».

Perdido en aquel pensamiento de fugacidad, de humilde menudencia personal, le llegó el sueño.