Lerna
Capítulo 14
Las criadas llegaron a primera hora de la mañana, conforme a las órdenes recibidas hacía tiempo. A Delgnat le gustaba comenzar el día con un baño humeante, gracias al cual le era más fácil afrontar los fríos amaneceres a los que, por mucho que lo intentara, no lograba acostumbrarse. De otro modo se pasaba tiritando hasta el mediodía, cuando el sol se dignaba a caldear un poco el ambiente. Y no siempre.
Tras la reverencia de rigor hacia su reina, las tres mujeres empezaron a llenar la bañera con el agua caliente de los cántaros que habían subido desde la cocina gracias a un mecanismo de poleas. Una forma primitiva y farragosa, comparada con el sistema de alcantarillado del que disfrutaron en Cnosos. Tecnología inviable en Lerna, para desgracia de todos, pues los inviernos eran tan gélidos que el agua se congelaba por la noche y destrozaba las tuberías.
Mientras, Delgnat se desvistió y masajeó su cuerpo, especialmente alrededor de la entrepierna. Se sentía dolorida, aunque se trataba de un entumecimiento en cierto modo agradable y que la hacía sentir viva. Deseada.
Quién iba a decir que la solución a sus necesidades la había tenido durante tanto tiempo a su lado. El leal Topa… Reparó en él con mirada de deseo no mucho tiempo atrás, tras parir a su última hija. Y resultó ser más que válido; un amante entregado y de absoluta confianza, dada su mudez. Fue muy sencillo seducirlo, él se prestó casi de inmediato, lo que hizo sospechar a Delgnat que había estado secretamente enamorado de ella. Posiblemente desde siempre.
La reina se metió en la bañera, despacio. El agua estaba en su punto, tanto que suspiró de placer cuando se tendió por completo.
La más joven de las criadas comenzó a lavarle la cabellera, desenredando mechón a mechón con esmero. En silencio, por supuesto. Delgnat así lo prefería. Los parloteos sin sentido de la servidumbre la exasperaban. Quizá fuera ese otro de los motivos de que eligiera a Topa. Él hacía lo que tenía que hacer, lo que se le demandaba, sin discursos ni promesas que pudieran ser rotas. Sin juzgarla. Y luego se marchaba, dejándole espacio y libertad absoluta. Era una relación casi perfecta.
Antes de que el agua se enfriara, la ayudaron a salir de la bañera. Le secaron el cuerpo y la ungieron con perfume, y luego se vistió con un hermoso vestido de seda, de tacto suave y delicioso, y sin embargo ni de lejos el mejor de los que le habían confeccionado. Delgnat era, en todo, la mujer más importante del poblado. Una reina siempre debe estar presentable, destacar por encima de cualquier otra. Algo que ella se tomaba muy en serio.
Poco imaginaba que su red de secretos y mentiras estaba a punto de venirse abajo. Resulta en cierto modo desconcertante, ¿no crees? La verdad tiende a esconderse de nosotros cuando la buscamos y, sin embargo, rompe las cadenas si tratamos de apresarla. ¡Cómo un niño travieso, haciendo siempre lo contrario de lo que le ordenamos!
Cuando ya se disponía a dejar sus aposentos, llegó Aidne, que solía ser casi tan madrugadora como su madre.
—Cada día te levantas más temprano, hija mía —le dijo, tras darle un beso fugaz.
—El viejo Bacor dice que cada instante que pasamos despiertos es precioso —respondió ella, mientras se colocaba el broche que Starn le había traído como regalo de su último viaje y del que nunca se separaba; valioso presente, quizá demasiado para una niña—. Así que he pensado que cuanto más tiempo lo esté, más momentos buenos tendré.
«Ah, claro, el viejo Bacor…». Delgnat trató de reprimir un gesto de fastidio. Se le escapaba el motivo por el cual su esposo todavía enviaba a las niñas con el anciano sabio, teniendo en cuenta que apenas lo toleraba ya. Si por ella fuera, buscarían a otro maestro, en la misma Hija de Cnosos. Resultaba un incordio mandar a los chiquillos del pueblo cada jornada, siempre acompañados de una partida de hombres armados para que los protegieran en los bosques. «¡Que acuda él al poblado!», había exigido a Partolón. O mejor aún: que dejaran de poner en sus manos la educación de los chiquillos, ya que tanto se desentendía de los asuntos de la comunidad. Pero el rey, por lo visto, no deseaba romper por completo su relación con Bacor.
—Supongo que tus hermanas siguen durmiendo…
—¡Claro! ¡Son unas perezosas! —rio—. Cualquier día de estos, las tatas tendrán que despertarlas pinchándolas con espadas.
Delgnat levantó los hombros y luego le rio la gracia. Sabía que tenía razón, que sus niñas solían complicar las cosas a las nodrizas. Pero para eso las había elegido, para criarlas. Amaba a sus hijos con locura, pues eran su carne y su sangre. Pero ella era la reina, y no pensaba rebajarse a la vulgaridad de limpiar sus traseros o darles de comer. Por eso los había destetado a todos a la menor oportunidad que tuvo.
Unos golpecitos en la puerta acabaron con la conversación. Era Acasbel, quien, como jefe de la guardia real, se había quedado al cargo de la seguridad de la reina.
—Alteza, tengo un mensaje que daros —le dijo, con esa voz ronca tan característica en él—. Starn solicita vuestra presencia para tratar un asunto de vital importancia.
A diferencia de Aidne, a quien la sola mención de su tío le iluminaba la mirada, Delgnat arrugó la nariz. La petición era desde luego muy extraña. Su cuñado hacía tanto tiempo que la rehuía que ella había abandonado la seducción para ganárselo. Desde aquel momento en que él estuvo a punto de rendirse, en el país de los oestrimnios, apenas si le había dirigido una mirada.
—¿De qué se trata? —quiso saber.
—Os he transmitido su ruego, nada más me ha dicho.
—¿Dónde debo acudir?
—Al salón de Minos y Ariaghne.
La reina dejó escapar un suspiro entre los dientes apretados, mezclado con unas palabras de fastidio.
—¿Dónde, si no?
Acudió sola, por supuesto. Algo le decía que era lo más apropiado. Tuvo que mostrarse dura con Aidne, que había implorado acompañarla. Delgnat estaba harta de ver cómo su hija se deshacía de amor por Starn. En parte por celos, celos del cariño que su cuñado dispensaba a la niña, por los detalles y regalos, por los abrazos, caricias y besos. Le resultaba frustrante comprobar que su propia hija, gracias a su inocencia, había conseguido de aquel hombre más que ella con todas las artimañas puestas en juego durante tantos años.
De pronto se le coló una idea muy sugerente en la cabeza. ¿Y si para eso la requería? ¿Y si Starn, contra todo pronóstico y cuando menos lo esperaba, al fin se sentía atraído por ella? Le divirtió imaginárselo de rodillas, declarándole su amor. O, mejor aún, tomándola con la ardiente fuerza que sabía guardaba en sus brazos y en otros miembros de su recio cuerpo. Pensar en ello le despertó una oleada de fuego en las entrañas. Topa la satisfacía bien, pero Starn era su obsesión desde hacía tanto que no dudaría en entregarse a él.
Lo encontró sentado en uno de los bancos de madera, en el centro de la estancia, tan absorto en la contemplación de los frescos que adornaban las paredes que ni siquiera reparó en su llegada. El salón de Minos y Ariaghne… Fue la primera sala que Partolón planeó para el palacio, y del mismo modo la única que contó con el beneplácito absoluto de su hermano, e incluso de Bacor.
Cuatro columnas dispuestas en paralelo a la entrada, sin portón alguno, formaban la antesala. La luz bañaba los muros, colándose desde la planta superior a través de una gran claraboya, al estilo cretense. Más allá de esto, la habitación no habría tenido nada de especial si no fuera por las pinturas. Hasta la misma Delgnat tuvo que reconocer la maestría de Griber, aprendiz de Tectamo en Cnosos y ahora muralista real en Lerna. Si había un lugar en el poblado que podía rivalizar con la hermosura de su antigua ciudad era sin duda el salón de Minos y Ariaghne. ¡Con cuánto amor los habían representado a ambos! Allí estaban, entre celosías de colores, los padres de Partolón y Starn. Sear y la señora de Labyrinthos bailaban, regían y oraban, y solo faltaba su voz para que estuvieran allí en realidad.
La calma estremeció incluso a la gélida Delgnat.
—¿Me buscabas, cuñado? —se anunció la reina.
Él apenas se inmutó. Tal vez sí se había dado cuenta de su presencia, después de todo.
—Siéntate, mi señora.
Así lo hizo. Se acomodó en el mismo banco, muy cerca de aquel hombre cuya sola presencia la estremecía por dentro. Tan cerca, que notó el efluvio de su masculinidad a través de la túnica de él.
—Te preguntarás por qué te he llamado…
—Ha sido una sorpresa, después de tanto tiempo sin dirigirme la palabra.
—Permite que antes te diga por qué aquí. —Starn señaló uno de los frescos, aquel en el que cada uno de sus padres sujetaba una doble hacha ceremonial, la labrys—. Como bien sabes, esta sala está consagrada a su memoria. No te imaginas el dolor que siento cada vez que vengo aquí. La añoranza es tal que las viejas heridas se abren y se me escapa la vida junto con el llanto. Los echo tanto de menos…
Delgnat era muchas cosas: manipuladora, de trato frío, lujuriosa y, por encima de todo, una luchadora dispuesta a cuanto fuera necesario por sobrevivir. Pero, a pesar de lo que mi relato pueda sugerir en ocasiones, también disponía de un corazón capaz de sentir lástima. Eso fue lo que le ocurrió en ese momento. Era la primera vez que Starn le abría su alma, y aquella vulnerabilidad removió algo en su interior. Solo recordaba haberlo visto así dos veces, y siempre por culpa de las pérdidas: la de sus padres, precisamente, y la de Lerna. En esas ocasiones, como en la que os estoy narrando ahora, tuvo un mismo pensamiento hacia él. Que lo amaba.
Sí, mi buen amigo. A su manera, tan particular, sin ser consciente de ello, Delgnat quería a Starn. Confundiendo el deseo carnal con el amor sincero, mezclando ambos hasta no saber lo que de verdad sentía. ¡Qué complicado es para algunas personas algo tan sencillo!
Quiso consolarlo tomándolo de la mano, pero al posar sus dedos en los de él solo encontró carne petrificada. Y entonces el momento se torció.
—Por eso estamos aquí, mi reina —continuó Starn—. En esta sala predomina el dolor, y lo creas o no doloroso es lo que voy a decirte. Pero también es un lugar donde cabe la esperanza, el recuerdo de los buenos momentos. Y a eso voy a apelar en ti.
—No te entiendo…
—Sí, basta de dar vueltas sin sentido. Seré concreto: conozco tu ignominioso secreto. Sé con quién yaces por las noches.
Mil inviernos le helaron el vientre. Su primer impulso fue el que cualquiera tendría: negar la acusación. Sin embargo, hacerlo la colocaba en el camino de la desesperación, de perder el control y acabar implorando. Y una reina nunca implora.
—¿Eso es todo? Esperaba… otra cosa —respondió, manteniendo la compostura, mirando a su acusador a los ojos sin pestañear.
—Me alegra que, al menos, me respetes lo suficiente como para no responder con una mentira. —Volvió a señalar la pintura de sus padres—. Y a ellos.
Delgnat levantó los hombros. ¿Qué sentido tenía negar la evidencia? Starn nunca hablaba por hablar. Estaba claro que si se atrevía a acusarla era porque disponía de pruebas irrefutables. En cualquier caso, había algo en él que la obligaba a ser sincera, incluso en aquellas circunstancias.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó la mujer.
—El tiempo suficiente para agravar mi conciencia.
—Seguro que ni siquiera es una sorpresa para ti, ¿verdad? Ya te conté cómo me trata Partolón, tú mismo puedes verlo. ¡El poblado entero lo hace! Sus asuntos son lo único que le importa, y mientras me tiene olvidada, no me dedica ni un gesto de cariño. Solo se acuerda de mí cuando quiere un vástago, y parece que ya ha quedado satisfecho al respecto.
—Nada de eso justifica tus actos. Has engañado a tu esposo, a tu rey. Y con un criado, para más deshonra. ¿Cuánto hace de tus encuentros con él?
—Ya te lo he dicho: desde que dejó de querer más hijos. ¡Resistí durante años, Starn! Solo me ofrecí a ti, lo que habría sido más digno para todos. Un hombre tiene la obligación de cuidar a la mujer de su hermano. Ni siquiera es tarde todavía para ello.
Se lo dijo en tono seductor, aunque también desafiante. No pensaba mostrarse sumisa. Jamás.
—¿Hablas de dignidad? —Starn negó con la cabeza—. No hay honor alguno en cuanto has hecho ni en cuanto propones. Y, desde luego, yo no caeré en tus redes, por muy hermosa que seas.
—Mis redes… Hablas como si fuera una conspiradora buscando la perdición de mi esposo, de mi pueblo. —Aquello la había herido^ sintió que empezaba a crecer la rabia—. ¡Con todo lo que he tenido que soportar! No te imaginas lo que es ser la mujer de un hombre que apenas te habla.
—Supongo que mantener tu privilegiada posición alivia semejante carga.
Delgnat hizo volar su mano hasta el rostro de su cuñado. La bofetada fue tan fuerte que Starn ladeó la cabeza.
—No te atrevas a rebajarme al nivel de una zorra. No después de mis sacrificios. ¿Me quedé en Cnosos con la familia de mi padre? Habría sido sencillo ofrecerme como reina a Trióme… A pesar de sus inclinaciones, él me habría aceptado de inmediato para obtener otra victoria sobre su hermano. ¡Pero no, me mantuve leal a Partolón! Lo seguí a lo desconocido. Era mi obligación, hacia él y hacia mis hijos.
Starn permaneció pensativo durante un rato. Delgnat había puesto sobre la mesa algo de lo que hemos hablado antes: las cosas no siempre son tan sencillas. En especial, los hombres y sus actitudes, capaces de lo mejor y lo peor al mismo tiempo.
Guardaron silencio un poco más, algo que la reina agradeció. Le daba la oportunidad de recuperar la calma que había empezado a perder. Además, tenía la lengua seca de tanto intercambiar impresiones. Su cuñado debió de adivinarlo, pues le ofreció un odre que llevaba consigo y que no había visto hasta ese momento. El vino le endulzó el paladar, pero solo tomó un sorbo. Tenía el estómago vacío y no quería que se le embotara la mente.
—Sabes que solo hay una cosa que puedo hacer —le dijo él, al fin.
—Sí, claro. El deber, una de esas farsas en las que os escudáis los hombres… —respondió ella, despectiva—. ¿Quién se aferra a la mentira ahora, cuñado? En realidad, puedes hacer lo que quieras: olvidar todo esto, pues sabes que en el fondo no he hecho nada malo, y así protegerías la paz de Hija de Cnosos; o causar un gran dolor a tu hermano con el que nos arriesgamos al derrumbe de nuestra comunidad.
—Hemos pasado por mucho. Soportaremos un poco más.
Extendió el brazo y, con dedos tiernos, lo tomó de la mejilla, exigiendo una mirada compartida.
—¿De verdad? ¿De verdad lo crees?
No hubo respuesta, lo cual ya de por sí decía más que cualquier palabra.
—Cuando regrese Partolón convocará una asamblea para tratar el tema de los fomorianos. Será entonces cuando le confieses tu falta, para que él pueda juzgarte como rey. Te daré ese tiempo para que concibas los argumentos más adecuados. Quizás eso vaya en favor de tu defensa.
—¿Y si no lo hago? ¿Me delatarás?
—Sí —dijo, tras levantarse.
Delgnat hizo lo mismo. Estaba claro que la conversación llegaba a su final.
—Me espera la afrenta pública. El exilio. Tal vez incluso la muerte — insistió la reina, sin bajar el rostro—. Has sellado mi destino.
Starn dio un paso hacia ella y, para su sorpresa, la abrazó. Fuerte, ofreciéndole una ternura conmovedora.
—Esa es la cuestión que nunca entendimos, mi hermosa reina. Por la que nos hallamos en esta situación…
La miró a los ojos. Y a Delgnat le pareció que no hablaba solo del asunto que les había reunido allí.
—Nadie, salvo uno mismo, puede sellar su destino.