Lerna
Capítulo 8
Los portones que daban a los establos se abrieron y apareció el primer toro. Tras recorrer el pasillo cercado que conectaba con el ruedo, el animal entró en la plaza sacudiendo la cabeza a un lado y al otro. Era un joven semental, todavía no demasiado robusto, aunque con el ímpetu encendido.
Los cuidadores utilizaban varios métodos para que los bravos, habitualmente tranquilos, se mostraran activos y dieran un buen espectáculo: a algunos les untaban las patas con un ungüento que les producía un fuerte picor, lo que los impelía a no dejar de moverse; otros eran azuzados con ligeros varazos, poco más que estorbos para enojarlos. Allí acababa toda molestia que pudieran sufrir, por supuesto, pues eran animales considerados sagrados, incluso los menos bravíos, y por ello resultaba inconcebible causarles un daño físico verdadero. Cuando terminaban su involuntaria actuación les esperaba una vida plácida, dedicada a pastar y a seguir fecundando, mientras pudieran, a las hembras encargadas de mantener la estirpe divina.
Los danzarines se colocaron tal como habían practicado. La mayoría se situó cerca de la empalizada, tras unas barreras levantadas para protegerlos. Solo dos quedaron en la arena, dos foráneos, un chico y una chica.
El público había enmudecido por completo, pues hasta el más leve grito de ánimo podía convertirse en distracción para los bailarines. Estos empezaron a gesticular hacia el animal, el cual no necesitó mucho aliciente para lanzar una primera embestida. La pareja se dividió: el hombre rodeó al bóvido por el flanco, pero este estaba demasiado ocupado persiguiendo a la joven y no reparó en él. Entonces, ella se detuvo de modo brusco, posicionó los pies y se enfrentó a la bestia. Firme, inmóvil, una estatua de piedra a punto de ser arrollada por una fuerza imparable.
En ese instante de duda, Starn ni siquiera se atrevió a respirar.
Ahora bien, la muchacha había sido bien adiestrada. Justo en el último suspiro realizó un grácil movimiento. Danzó sobre sí misma como una peonza, al mismo tiempo que se apartaba a un lado. Los cuernos del astado pasaron a un palmo de su cuerpo, coincidiendo con el gemido aunado de todo el público.
Los músicos empezaron a tocar una melodía. Las flautas, liras y tambores llenaron el recinto y, al compás de los instrumentos, la pareja realizó un ejercicio de baile elegante en torno al animal. Les sucedieron el resto de danzarines no cretenses. Por turnos, sorteaban al toro, sus pies titilaban sobre el suelo arenoso como el batir de las alas de sendas mariposas. Daba la impresión de que flotaban, de que sus pasos en realidad se elevaban en el aire. Jirones de viento que giraban y saltaban alrededor del cada vez más confuso toro.
Al final, la bestia se hartó de perseguir a aquellas criaturas fugaces como rayos de luz. Se quedó quieta, jadeando, agotada después del infructuoso esfuerzo. Cuando quedó claro que el animal no iba a dar más juego, los mozos abrieron de nuevo la puerta para que volviera a la tranquilidad del establo. El público estalló en nuevos vítores, premiando así el esfuerzo de los bailarines antes de que estos dejaran paso a otros compañeros.
Las siguientes dos parejas ejercitaron su número frente a un toro blanco moteado de manchas pardas. Demostró más fortaleza que el anterior, lo que obligó a un mayor esfuerzo de los danzarines. Era, además, muy rápido, y en varias ocasiones estuvo a punto de golpearlos. Pero consiguieron esquivarlo siempre, con una destreza que parecía superar lo imaginable. De todos modos, aquel baile no fue gran cosa. El toro pronto dejó de mostrarse participativo, lo que deslució la faena. Cuando el animal se retiró, los muchachos también lo hicieron, cabizbajos ante la tímida ovación del público.
Los dos últimos bailarines se colocaron en el centro de la arena. A Starn le dio un vuelco el corazón al reconocer a la muchacha. Por los rumores que ya se extendían entre el público supo que no era cretense, lo cual resultaba bastante extraño: los foráneos rara vez tenían reservado el último acto.
—Parece ser que uno de los chicos que debía cerrar la jornada no ha podido con la presión y se ha retirado —siseó Trióme.
—Qué deshonor —apuntó Partolón.
Y qué gran oportunidad para aquella joven. El último acto era siempre el que quedaba en la memoria del público.
Así saltó a la plaza Kiroi. Los asistentes compartieron una exclamación de terror ante la aparición de semejante monstruo. Starn calculó que le sacaba dos cabezas al anterior bóvido y que era el doble de ancho. Los cuernos, pintados de rojo en la punta, eran tan largos que bien podrían atravesar el tronco de cualquier olivo joven. Una mole negra, un abismo que hacía brincar la arena con unas pezuñas de hierro que, más que pisar la tierra, la removía.
El nuevo baile dio comienzo. Los jóvenes empezaron a correr formando un círculo alrededor del toro, que los observaba entre mugidos, sin saber muy bien qué hacer. La pareja daba pasos al son de la música, giraban, movían las manos cual olas marinas. Su agilidad y gracia enamoró al instante a los espectadores.
De pronto, el adolescente de mechones rizados quebró hacia dentro en una repentina carrera, buscando el costado de Kiroi, que parecía hipnotizado por la fluida danza de la muchacha. Saltó por encima del lomo y se lanzó de cabeza, recibiendo la arena con las manos y rodando para amortiguar el impacto. Con el mismo movimiento, sin detenerse, se puso en pie antes de que el animal lograra alcanzarle. Volvieron a correr alrededor del toro. El joven repitió el ejercicio en varias ocasiones, apurando cada vez más, sin cometer ningún error. La piel le brillaba por el sudor cuando decidieron dar paso al siguiente acto. El muchacho se retiró, consciente de que ya había pasado su instante.
Llegó el turno de la chica. Sin dejar de mirar al animal, retrocedió hasta la pared de madera, mientras Kiroi arañaba la arena con la pezuña delantera. Starn sintió que el vello del brazo se le erizaba al reconocer el ejercicio que se proponía. El más arriesgado de todos cuantos existían.
—Va a hacer un salto frontal —le dijo a Partolón, sentado junto a él—. La Diosa la ampare.
—¿Preocupado por ella, hermano? —sonrió él, con cierta picardía.
Sí, lo estaba, pero no lo dijo. Aquella cabriola que la bailarina se proponía precisaba de una técnica muy depurada y una ejecución perfecta. No eran pocos los danzarines que, bien en la plaza o en los entrenamientos, habían muerto tratando de realizarla. Por ello solo los más diestros —y temerarios— se atrevían. El propio Starn había intentado ejecutarla en una ocasión durante un entrenamiento como bailarín y casi le costó ser alanceado.
La acróbata se lanzó a la carrera. Y, como si se tratara de la imagen de un espejo, Kiroi la imitó; bajó la testa y emprendió un poderoso trote. El mundo calló. Starn sintió que el tiempo se ralentizaba, que el aire se volvía denso como la jalea y que la distancia entre cada latido de su corazón se alargaba. Miraba los pasos de la muchacha. Uno. Luego otro. Y otro. Sus zancadas parecían quedar suspendidas antes de apoyar las plantas y elevar una pequeña nubecita de arena.
El príncipe no advirtió que se había levantado de su asiento.
Toro y bailarina se encontraron al fin. Cuando todos creyeron que arrollaría a la chiquilla, esta realizó lo imposible, lo impensable, lo que ni siquiera Starn habría esperado. Con un rápido giro sobre sí misma le dio la espalda al bóvido, dobló las rodillas mientras abría los brazos en cruz… y saltó hacia atrás. Se elevó y se elevó, por encima de aquellas astas que buscaban cornearla. El príncipe, con los ojos abiertos de par en par, observó cómo la muchacha salvaba aquel primer peligro mediante tan espectacular voltereta. Luego apoyó las manos en la grupa de la bestia, y allí permaneció, cual mástil de una barca navegando por un mar tempestuoso. Kiroi se agitó, se convulsionó violentamente para sacarse de encima aquella molesta pulga, pero no lo logró. Al menos hasta que ella decidió poner fin al ejercicio impulsándose hacia atrás, posando los pies en la arena con la gracilidad de una gacela.
¡Qué momento, viejo amigo! Me arde la sangre tanto como le ardía a Starn, a todo el público. No hubo alma que no se levantara del asiento. Mientras, el resto de bailarines distraía al toro para que su compañera recibiera lo que se había ganado con creces. Los aplausos y las ovaciones eran ensordecedoras.
Starn se unió al jolgorio, incluso por el rabillo del ojo advirtió que su siempre estoico padre daba palmas. ¡Cnosos ardía de entusiasmo! Nunca, desde que tenía uso de memoria, había visto una actuación como aquella. Y se lo debía a esa hermosa bailarina.
Un nombre estalló en los labios de los presentes.
Lerna. Se llamaba Lerna.