Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 45 de 98

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Lerna

Capítulo 8

 

El cielo despejado, el velo dorado del atardecer y la familiar cantinela de las olas formaban un todo en torno a Brath. El niño caminaba solo por la playa con la vista perdida en el mar. ¡Ah, siempre el mar! Una eterna presencia en esta historia, un personaje secundario que conspira en las sombras, para lo bueno y lo malo. Oscuro y cargado de extrañas historias, de cuentos llegados de lugares siempre lejanos, por mucho que uno avance sobre sus aguas.

De lugares que un muchacho no alcanzaba a vislumbrar… todavía. Brath era joven, muy joven, pero en ocasiones le parecía que había vivido muchos años. Día tras día desde que podía recordar, antes de comenzar sus tareas se acercaba a la costa, como si una voz le llamara. ¿Era el viento del norte? Tal vez, porque siempre dirigía su mirada hacia allí. Entonces, una calmada melancolía lo alcanzaba irremediablemente, un anhelo que no tenía forma y a pesar de ello rebosaba fuerza.

Te suena familiar todo esto, ¿verdad? Sí, hay sensaciones que son comunes entre los distintos pueblos e individuos, universales, por así decirlo. Los susurros en la distancia del verdadero hogar, el deseo de llegar más allá… Nunca dije que fuera algo exclusivo de una muchacha de Tirinto. Desde que llegamos al mundo como especie, muchos de nosotros hemos contemplado el horizonte con avidez y ansias de alcanzarlo.

Por tu expresión intuyo que te estarás preguntando quién era ese Brath y por qué tiene relevancia en esta narración. Porque la tiene, más de lo que puede parecerlo a primera vista. Era un chiquillo de pocas palabras y silencios prolongados, un muchacho tímido que destacaba en una comunidad de hombres de ánimo vivaz y dispuestos a la risa y la discusión. Su propio padre bromeaba con él al respecto. «Parece que hayas nacido con la boca cosida», le decía. Brath aprendió a soportar las chanzas, a devolver una muda sonrisa y a centrarse en sí mismo, en esas reflexiones tan poco habituales en alguien de su edad.

Pensaba en las maravillas del vuelo de las gaviotas, en el baile de trazadas de las aves. Solía fijarse en ese tipo de cosas aparentemente sin importancia. Le maravillaba la sencillez con que el mundo se comportaba, y a veces pensaba que todo formaba parte de un mismo baile, de un plan en el que todos —viento, bestias, plantas, hombres— estaban implicados.

De pronto, algo captó su atención, rompiendo el hechizo y devolviéndole a la realidad. Vio unas figuras recortadas contra el mar. Al principio, no pudo creerlo. La sorpresa fue tal que tuvo que frotarse los ojos para asegurarse de que aquello estaba ocurriendo de verdad. Pero al volver a mirar allí estaban todavía, más cerca si cabe: una flota de barcos, que renqueaban, mecidos por la corriente e impulsados cada uno de ellos por decenas de remeros.

Brath era de vista aguda. Aquellos navíos nada tenían que ver con las barcazas pesqueras de los clanes del sur o del norte. No, estos eran más grandes, mucho más, y esplendorosos y robustos, a pesar de que se los veía ajados, como si hubieran estado navegando durante eras sin fin. Llevaban las velas arriadas, pues el viento era demasiado fuerte; rizaba el agua, envalentonada hasta crear colinas espumosas que podían resultar peligrosas tan cerca de la costa.

Por una vez, el chiquillo se dejó llevar por un fiero ímpetu. Echó a correr, con largas y rápidas zancadas hacia el punto de la playa donde se dirigían los barcos. Como si de un ciervo se tratara, se encaramó al espolón rocoso que dividía la costa y saltó entre las piedras hasta dar de nuevo con la arena. Intensificó su carrera, moviendo los brazos alocadamente mientras gritaba con la intención de hacerse ver por la flota.

Las embarcaciones dejaron atrás la línea de mar encrespada y alcanzaron el interior de la bahía, de aguas más calmadas. El lienzo suave los llevó sin percances hasta la playa. El niño se detuvo a recuperar el aliento sin dejar de observar cómo los barcos atracaban, con la proa encarada a tierra. Muchos hombres y mujeres descendieron, y todos ellos sin excepción se arrodillaban, lloraban y daban gracias por pisar suelo firme. Individuos bajos y de piel morena, delgados, con largas melenas oscuras muy bien cuidadas. ¿Quiénes eran? ¿De dónde provenían? La curiosidad inflamó al muchacho, que se lanzó de nuevo a la carrera.

Entonces, cuando ya estaba cerca de la línea donde las aguas lamían la arena, a punto de mezclarse entre los forasteros, Brath se detuvo y dejó que el sentido común se adueñara de él de nuevo. ¿Y si aquella gente llegaba con intenciones perniciosas? O incluso, aunque no fuera así, ¿habría de ser él, un niño, quien les diera la bienvenida?

Negó con la cabeza. La llegada de visitantes tan insignes debía ser recibida como merecía la ocasión. Brath se volvió y buscó el sendero más cercano que se adentraba en la región. Debía alcanzar la aldea y dar la noticia a los suyos.

La «gente del mar» había llegado, y supo sin asomo de dudas que aquel día jamás sería olvidado por el pueblo de los oestrimnios.