Lerna
Capítulo 13
—Aseguran que hace dos noches encontraron a Inia, una de las muchachas de la cocina, en manos de Idomeo, el aprendiz del panadero real —dijo Lea, casi en un susurro.
Lerna contuvo un suspiro de fastidio. ¡Otra vez no! Estaba harta de aquellos cuchicheos y de las charlatanas damas de la corte que, cada día, se reunían en el megarón de la reina para cotillear veleidades.
—¿Y ahora te enteras? ¡Es noticia desfasada! —le respondió Brinia, la hija del gobernador de Akrotiri.
—En cualquier caso, puedo entenderla —continuó Lea, que era sobrina lejana de la señora de Labyrinthos—. ¿Habéis visto qué manos tan grandes tiene? Y, pensadlo bien, está acostumbrado a amasar panes. ¡Imaginaos la habilidad que tendrá sobre el cuerpo de una mujer!
Una avalancha de ligeras carcajadas llenó el megarón. Al menos, pensó Lerna, las risas quedaban bien con la alegre decoración. Todo invitaba a la chanza, aunque estuviera teñida de vulgaridad: las cenefas en espiral, el azul de la estancia, los preciosos delfines que saltaban en el fresco, sobre el acceso interior… Al habitáculo no le faltaba la luz del día, pues conectaba con un jardín exterior a través de un baño adosado. Era un lugar hermoso y apacible.
Y, aun así, Lerna se sentía incómoda. Por aquellas mujeres, tan insustanciales, tan preocupadas de la cháchara vulgar. Como sus antiguas compañeras en la academia de danza sagrada de Tirinto o las muchachas que habían bailado con ella el día del solsticio… ¿Qué debían pensar de que se hubiera casado con el príncipe por el que todas suspiraban? A veces reflexionaba sobre ello y siempre llegaba a la conclusión de que, si todas las mujeres que había conocido eran de ese modo, salvo ella, quizás en realidad el problema era suyo.
Pero entonces recordaba el profundo amor que Starn le ofrecía con cada gesto, y comprendía que no quería ser como las demás. Porque él no se había enamorado de ninguna de esas chicas, sino de ella. Solo de ella. Así que algo bueno debía tener para que aquel hombre maravilloso la quisiera tanto.
Por desgracia, cuando no estaba con su esposo las cosas eran distintas y, desde luego, complicadas. Cnosos era una ciudad maravillosa, pero la pompa de la corte le resultaba incómoda. Lerna, nacida y criada en la humildad de una pequeña población y una familia alejada de las excentricidades de la nobleza, se sentía fuera de lugar.
Llevaba en el palacio un par de semanas y todavía no había logrado integrarse, a pesar de sus esfuerzos. A pesar incluso de que cada mediodía acudía al megarón con el resto de damas, lo cual resultaba ser, en el mejor de los casos, un aburrimiento.
—Chicas, chicas, no seáis tan vulgares o escandalizaréis a nuestra pequeña Lerna —dijo Delgnat.
El tono burlón, la mirada cargada de desprecio… La mujer de Partolón no le había dispensado un recibimiento amable. Desde el momento en que Lerna se comprometió con Starn, se mostró fría con ella, y nunca le dio pie a la forja de una amistad que la más joven buscó desesperadamente para así tener un apoyo en la corte. Y no lo comprendía. ¿La veía como una rival? Eso no tenía mucho sentido, pues Delgnat tenía el gran premio, si de eso se trataba: al heredero del minos. ¿Por qué entonces miraba a Starn con ojos de deseo? La joven de Tirinto había advertido muy pronto que devoraba con la mirada a su cuñado. «Pues olvídate de él», solía pensar con cierto divertimento, sabedora de que en el corazón de su esposo solo había espacio para ella.
Así era Delgnat. Por lo que Lerna había averiguado, aquella mujer calculadora trató desde el primer momento de adueñarse de la atención de todos, de asegurar su posición. Quiso alzarse incluso por encima de Ariaghne, con la intención de acaparar todo el cariño de Partolón. Es bien sabido que la influencia de una madre pesa mucho en un vástago, incluso después de desposarse, y eso era algo que Delgnat no podía permitir.
—Lerna es ya una mujer, no creo que esos temas la espanten a estas alturas —repuso Imea, la esposa de Ith, la única que mostraba cierta amabilidad.
La muchacha quiso responder con un comentario de agradecimiento, pero la pequeña Dorna se le adelantó.
—¿Te dolió, Lerna? —preguntó, con el rostro encendido de vergüenza, y se adelantó a aclarar a qué se refería, como si creyera que nadie la había entendido—. Me refiero a la primera vez con tu esposo…
Era la más joven de la corte, una chiquilla que ni siquiera había sangrado todavía. Hija menor de los reyes de Festos, había sido enviada a Cnosos para ser educada y fortalecer todavía más las buenas relaciones entre ambas ciudades.
—Un poco… —comenzó a responder Lerna.
—Siempre duele, niña. Hazte la idea —la interrumpió Delgnat.
—¡Ah, pero con el tiempo merece la pena! —apuntó Lyeatia, prima de Delgnat, la que más reía sus gracias.
—Bueno, no siempre. A veces te dejan a medias —rio Imea, contagiando a las demás, salvo a Lerna.
—En cualquier caso, no creo que Lerna sufriera mucho. Dicen que en las tierras más allá de Creta, menos civilizadas, las mujeres aprenden a hacerlo desde niñas.
El comentario de Delgnat le pareció terriblemente ofensivo, además de falso, por supuesto. Pero ni siquiera la dejaron replicar.
—Pues yo he oído que en esos lugares las mujeres se preparan para su noche de bodas practicando con las bestias, como cerdos, cabritos… — comentó Lyeatia, haciéndose la inocente, pero con evidente intención burlona, siempre bailando al son malicioso de su prima.
—¡Eso no es verdad! —saltó Lerna, que no podía tolerar por más tiempo tanta mentira malintencionada.
Sin embargo, la futura reina ya tenía marcado su rumbo y no pensaba virarlo:
—Oh, no te preocupes, querida. ¿Qué más da lo que te obligaran a hacer? —le dijo, anulando su queja—. Ahora estás entre gente civilizada. Te educaremos como es debido.
A Lerna le bulló la sangre en las venas y deseó gritar de rabia y de impotencia. Aquella mujer era odiosa. Era muy propio de ella darle la vuelta a la situación y lograr así su propósito. En este caso, humillarla. ¡Pues no se lo permitiría! Se levantó con brusquedad, cegada por la ira; los puños, cerrados; los ojos, brillantes; la mandíbula y los labios, prietos. ¡No iba a dejar que aquella arpía la insultara sin responder como era debido!
Sin embargo, en el último suspiro, cuando las palabras estaban a punto de surgir de su boca —palabras que habrían escandalizado a todas las presentes, te lo puedo asegurar—, un ramalazo de sensatez contuvo su impulso. Comprendió que eso era lo que Delgnat buscaba: una reacción impetuosa que confirmara los insultos.
No le daría la satisfacción.
—Con vuestro permiso, damas, me retiraré —se limitó a decir, clavando la mirada firme y serena en su cuñada; y luego lanzó la pulla—. Las bestias del establo requieren mi presencia.
El desconcierto en el rostro de Delgnat le sacó una sonrisa. Sin esperar respuesta por su parte, se dio la vuelta y abandonó el megarón a paso vivo, haciendo oídos sordos a los airados cuchicheos a su espalda. Iria, la chiquilla que habían puesto a su servicio, que esperaba junto al resto de criadas de las damas en el pasillo, dio un brinco para salir tras ella. Pero Lerna la contuvo.
—No me sigas —le dijo, tratando de contener la congoja que de pronto se había adueñado de su corazón—. Necesito estar sola.
—¡Señora, te perderás! ¡Todavía no conoces bien el palacio!
—Descuida, estaré bien.
Y, bajando por las escaleras que daban al piso inferior, la dejó atrás, mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
No es que fuera infeliz. De hecho, desde el instante en que conoció a Starn la vida había cobrado sentido. Lerna no podía ser más dichosa. No echaba de menos ni a Tirinto ni a sus padres. Quizás a Glaia o a Aristes, pero, en cualquier caso, no se arrepentía de nada. Gracias al príncipe había descubierto la belleza de la vida. Junto a él, incluso los momentos más anodinos, esos que antaño tuvo por vulgares y poco atractivos, le parecían dignos de ser experimentados. Cada uno de los días anteriores a conocerlo, todos y cada uno se le antojaban pedazos de un sueño. Se daba cuenta de que había pasado toda su existencia durmiendo en un escenario apagado, hecho más de sombras que de luces. Y de repente aquel hombre maravilloso había iluminado su corazón. Le mostró los colores a través de la música. Y le desveló el misterio del amor, desconocido para la muchacha hasta el día en que Starn tocó para ella.
Pero, claro, no siempre podían estar juntos. El príncipe tenía asuntos que atender, de esos relacionados con su condición y de los que no podía escapar por mucho que lo deseara. De hecho, en un par de días debía partir hacia Akrotiri para acompañar a Partolón.
Por eso Lerna se había esforzado en relacionarse con las damas de la corte. Era consciente de que las ausencias de Starn serían habituales, así que pretendía entretenerse de esta forma. Se equivocó. El día a día de aquellas mujeres remilgadas era monótono y desde luego aburrido, por no mencionar la animosidad de Delgnat.
Hubiese preferido mil veces volver a ejercitarse como bailarina, pero sus días en el ruedo habían terminado. La ley de Creta no aceptaba de buen grado que los miembros de la realeza arriesgaran su vida frente a los toros, como creo que ya he comentado antes. ¡Y ahora Lerna formaba parte de la familia del minos! Lo echaba de menos, aunque la verdad era que ya no veía el sentido de continuar bailando en la arena. Había alcanzado la conexión con la mismísima Diosa Madre, un instante trascendental que resultaría imposible superar.
Su nueva condición como parte de la Casa del Hacha… Ese sí resultaba un reto arduo de asimilar. Era cierto que la mayoría en el palacio la trataban con decoro, incluso con admiración. Se había ganado su favor delante del toro, antes incluso de convertirse en la esposa de nadie. Aun así, Lerna seguía sintiéndose pequeña en aquel lugar tan suntuoso, tan grandioso, tan…
Enloquecedor. De pronto se detuvo y miró a su alrededor. «Ya he pasado antes por este pasillo», pensó al observar unas columnas. Estaba tan alterada que se había lanzado a caminar sin atender hacia dónde se dirigía. Y ya llevaba largo rato deambulando sin rumbo fijo.
Maldijo su mala fortuna. Se había perdido. ¡Tendría que haber hecho caso del consejo de Iria! Todavía no conocía bien aquella encrucijada de galerías y salas que formaban la Casa del Hacha. Los corredores, pórticos y pozos lunares se sucedían de manera tan caótica que era muy sencillo confundir el norte con el sur, la derecha con la izquierda. Solo sabía que estaba en el nivel del patio, pero ¿dónde se encontraba este?
Siguió dando tumbos en busca de una salida, de un recodo conocido, con la esperanza de cruzarse con algún sirviente que pudiera guiarla. Al cabo de un rato, ya con los nervios erizándole el vello, una figura surgió de una especie de escalera diminuta escondida en un rincón. Reconoció al asistente personal del príncipe Trióme. «¿Cuál era su nombre? Ah, sí, Glauco», pensó. Aliviada, lo llamó. El joven volvió el rostro con evidente sobresalto.
—Perdón, no era mi intención asustarte —le dijo Lerna.
El muchacho cerró la puerta que daba a la escalerilla, oscura e insondable. Luego mudó su expresión alterada y la convirtió en pura amabilidad.
—No te preocupes, señora. ¿Qué haces por esta zona? El ala noreste solo es utilizada por los artesanos.
—Así que aquí es donde me encuentro —rio, apurada—. Me avergüenza decir que estoy completamente perdida. Ya temía quedarme atrapada entre estas paredes para siempre.
—No hay necesidad de avergonzarse. Este lugar a veces desorienta incluso a los que crecimos aquí. Te acompañaré hasta donde desees.
Glauco avanzó decidido, sin vacilar en sus pasos ni en la dirección, así que Lerna lo siguió. Era un hombre joven, no mucho mayor que ella misma, aunque su rostro parecía casi el de un niño. Ese aire infantil lo dotaba de un atractivo especial que, por lo que había escuchado aquí y allá, volvía locas a las mujeres de la ciudad. Pero también le habían llegado rumores de que Glauco prefería la compañía de los hombres, en especial del príncipe Trióme. Delgnat y su corte de loros se burlaban muchas veces de aquello, por odioso que le resultara.
El amor entre dos varones no era algo desconocido en Creta, viejo amigo. Surgía a menudo entre el profesor y el aprendiz, entre quienes se forjaba una relación afectiva y respetuosa donde el adulto debía atender la educación y protección de su joven amante e introducirlo en la sociedad adulta. No había nada infame en ello, salvo lo que los corazones malintencionados como los de Delgnat deseaban ver. Lerna pensó que ese, quizá, fuera el motivo por el que Trióme nunca mostraba cariño hacia Glauco en público. Y por ello la muchacha sentía cierta simpatía por el asistente.
—Dime, señora, ¿estás a gusto en Cnosos? —preguntó él, para combatir el incómodo silencio.
—Sí, claro —respondió Lerna, tratando de esconder las sensaciones vividas momentos antes en el megarón—. Todo es hermoso y plácido en este lugar, aunque también abrumador.
—Entiendo lo que dices. Llevo toda la vida aquí y aún me asombra su grandeza. No hay otra ciudad igual en el mundo.
—No he visto más ciudades, salvo Tirinto —sonrió ella—. Y es cierto que ni se le acerca en grandeza, así que tomaré por cierto lo que me dices.
—Pronto conocerás más urbes, cuando debas acompañar a tu esposo en algún viaje oficial. No necesitarás fiarte de mí, lo comprobarás con tus propios ojos. Nada es comparable a Creta ni a los cretenses.
Lerna inclinó la cabeza a un lado y arrugó la frente. Le pareció detectar cierto tono de desprecio hacia todo aquel que no fuera de la isla. No le gustó, porque lo consideraba hipócrita viniendo de alguien que sufría inmerecidamente los prejuicios de otros.
—Lo siento, señora, no pretendía ofenderte. —Él pareció detectar su incomodidad—. Supongo que hay excepciones agradables entre los pueblos menos civilizados. Veo en ti la prestancia de un cretense y un carácter lo bastante fuerte para medrar en la Casa del Hacha.
La esposa de Starn no supo muy bien cómo tomarse esas palabras. ¿Eran un halago o un nuevo insulto?
Poco después alcanzaron la Gran Escalera, que los condujo hasta el patio central de la ciudad. Lerna inspiró una bocanada de aire, satisfecha de estar de nuevo bajo el cielo abierto, en un lugar reconocible. Tras aquella pequeña aventura estaba segura de que jamás lograría acostumbrarse a la inmensidad de Cnosos.
—No te entretendré más de tus tareas, Glauco —le dijo entonces, con un cortés saludo con la cabeza—. Desde aquí creo que puedo seguir sola hasta mis aposentos. Gracias por tu auxilio. De no ser por ti, todavía seguiría deambulando por ahí dentro, al igual que ese monstruo del que hablan los cuentos.
—Ha sido un placer. —Hizo una reverencia y se dio la vuelta, pero pareció pensarlo mejor y volvió a mirarla—. ¿Podría pedirte un favor, dama Lerna?
—Por supuesto, te lo debo.
—Desearía que no comentarais que nos hemos encontrado hoy.
La muchacha titubeó durante un instante ante la extraña petición.
—¿Por qué? —respondió, desconcertada.
—A estas alturas, mi señora, sin duda sabes que la corte es un nido de cuchicheos y comentarios burlones. Nuestro encuentro, dos jóvenes apareciendo juntos de lugares poco transitados, podría malinterpretarse y ser objeto de rumores insidiosos.
Lerna asintió con la cabeza. Por un momento había creído ver algún tipo de interés ilegítimo en las intenciones de Glauco. Pero sus razones eran más que sensatas. Si Delgnat o alguna de sus ovejas se enteraba de algo así, bien podría utilizarlo para humillarla. Seguro que ni siquiera los rumores sobre los gustos carnales del asistente lograrían frenar su mala lengua.
—Hagámoslo de ese modo, y así nadie sabrá tampoco de mi torpeza para orientarme —contestó con una sonrisa—. Sera nuestro pequeño secreto.
El sol de mediodía caía a plomo cuando Lerna vio desaparecer a Glauco por otra de esas puertas que llevaban al interior de aquel vasto palacio, tan intrincado como su nueva vida.