Lerna
Capítulo 11
A la mañana siguiente, Starn se levantó antes que el amanecer. Para entonces, ella se había marchado. Aun así, no lo lamentó, pues le había dejado el mejor de los regalos: una ilusión y un ánimo que no había conocido más que con Lerna. ¡Qué afortunado, volver a sentir lo mismo! Idéntica pureza, la misma pasión. Más intenso incluso, como si no solo hubiera recibido el cariño de una mujer, sino de todo un mundo.
Regresó al poblado fomoriano caminando casi en sueños, llevado por una mano que lo guiaba y protegía. Se movió entre los árboles y los vapores del pantano, entre los arroyos que iban a parar al lago cercano. El rocío cubría las hojas y las flores, una tela de escarcha que brillaba imitando al firmamento. Alcanzó el límite del asentamiento, donde el silencio pesaba sobre los lugareños. Hasta las bestias domésticas dormían, así que nadie advirtió su retorno. Hubiera podido escapar, volver a Hija de Cnosos, pero cada paso lo llevó hasta la cabaña donde se hallaban retenidos sus compañeros. Pasó entre los guardias, que también estaban traspuestos. Entró, se acostó cerca de Afestes, y cerró los ojos. Una sonrisa se le marcó en el rostro antes de sumirse en el descanso.
Una sonrisa por Tara.
No volvió a verla. Los días pasaron sin que ella se presentara, y Starn se sumió en una melancolía que, sin embargo, no era hiriente. En aquella velada juntos había recogido tanto de la muchacha que no quedaba vacío en su interior que pudiera angustiarlo. Tara había curado su dolor emocional.
Cuatro noches más tarde, algo sucedió en el poblado. Durante los paseos, Starn y los suyos apreciaron un gran ajetreo entre los fomorianos: hombres, mujeres e incluso niños iban y venían de aquí para allá, atareados, acarreando víveres y otros enseres.
Al quinto día, cuando el atardecer languidecía, los prisioneros fueron escoltados hasta el centro del poblado. Todos los fomorianos se habían reunido allí, y en procesión partieron, incluso los cautivos. Abrían la comitiva la reina Lot y Ciogull, que ahora él sabía que eran madre e hijo; pero, por más que oteó, Starn no advirtió la presencia de Tara. «¿Dónde estás, mi vida?», se preguntó, sin esperar respuesta alguna.
—¿A dónde nos llevan? —quiso saber Afestes.
—¿Es que no te lo imaginas? —intervino Megor—. Van a ajusticiarnos, al fin.
—No digas estupideces —le recriminó Starn—. Si quisieran vernos muertos hace tiempo que lo habrían hecho.
No hablaron más. Se dejaron llevar por un camino que serpenteaba bordeando la colina, primero, y luego el bosque. Alcanzaron una cañada, y después un manantial de agua clara. Se abrió un claro, con otro de esos círculos de piedras tan característico de aquella cultura. Cubiertas con el mismo liquen por el tiempo, al abrazo de la tierra de Lerna.
—Tal vez esperaban el momento propicio para sacrificarnos —dijo de repente Tuscas.
Starn no lo creía, por supuesto. Había llegado a conocer los modos de esa gente, su manera de ver la vida, y en ningún momento reparó en que tuvieran costumbres que los inclinaran a ofrecer a seres humanos para reclamar dones para su pueblo. Por su parte, sus compañeros no habían conectado del mismo modo con los fomorianos y por ello nunca dejaron de desconfiar. Pero ¿y si tenían razón? ¿Y si él se había dejado llevar por el sentimiento hacia Tara?
Cuando la luna apareció sobre el cerro, Lot encendió la leña amontonada en el centro del círculo que conformaban las construcciones. Hogueras, como en la Vigilia cretense. Una vez más, costumbres similares en sociedades distintas. Bacor le había hablado de ello en una ocasión, no hacía mucho. El anciano creía que los hombres, no importaba dónde hubiesen nacido, tenían una naturaleza común. Los dioses podrían tener nombres distintos, y sus hábitos diferenciarse en muchos puntos, pero al final siempre rendían pleitesía a los grandes poderes que daban forma a su día a día: el agua que riega las cosechas, la tierra que da frutos, los cielos que ofrecen un lugar al que mirar… y el fuego, purificador, dador de luz.
Todos se situaron alrededor de las llamas, incluidos los prisioneros, a los que se les indicó que debían sentarse junto a Ciogull y Lot. Starn esperaba que dijeran algo, pero no lo hicieron al principio. Se limitaron a servir multitud de viandas: cordero, con rábanos y cebollas, asado en las mismas hogueras, que también ofrecieron a los cautivos. Y entonces sí, cuando terminaron, hubo palabras.
Lot fue quien habló, mientras Ciogull se mantenía en silencio, con un gesto crispado en los labios y la rabia contenida en los ojos.
—Vuestro tiempo aquí ha acabado —dijo la mujer; el dorado de las llamas la iluminaba, escondiendo la palidez de su piel—. Es hora de que volváis con los vuestros.
Los compañeros de Starn se miraron entre ellos, incrédulos. No dominaban la lengua fomoriana como su líder, pero tras tantos días en aquel poblado habían aprendido lo suficiente para intuir el significado de la afirmación de Lot.
—¿Nos dejáis partir, sin más? —quiso saber Starn.
—No por mi gusto… —intervino Ciogull, quien claramente no estaba de acuerdo con la decisión de su madre.
La poderosa mirada de ella lo llamó al silencio.
—Mi hijo teme que, ahora que conocéis dónde nos hallamos, regreséis con los vuestros y nos sometáis. Pero yo tengo esperanza de que las cosas no transcurran de ese modo. Os hemos dejado ver cómo vivimos. Os hemos mostrado que no somos peligrosos, salvo cuando se nos amenaza. Solo pedimos que nos dejéis en paz. La isla es lo bastante grande para nuestros dos pueblos.
—Una alianza entre los partolonianos y los fomorianos resultaría ventajosa para ambos —dijo Starn, deseoso de que algo así sucediera, pues si no podía regresar a aquel poblado tampoco volvería a ver a Tara—. Podría hablar con mi hermano, convencerlo de que…
—¡No! —exclamó Ciogull—. ¿Acaso debemos decirlo mediante las armas? ¿Es el único lenguaje que entendéis? ¡No queremos vuestra amistad! Nada podéis darnos que deseemos. Mi señora ha sido clara: olvidad que existimos, y nosotros haremos lo mismo. La mitad sur de la isla es vuestra. Pero, si traspasáis la tumba sagrada, entonces conoceréis nuestra fiereza.
La tumba sagrada… Tara le había hablado de ella: la construcción en la colina, allí donde había sentido aquella fuerza extraordinaria y hallado el broche de Aidne.
Starn asintió con la cabeza.
—Si ese es vuestro deseo, aquí y ahora prometo que cumpliré con él — dijo, con voz apenada, al entender que estaba renunciando a volver a ver a Tara—. Y trataré de que los míos hagan lo mismo.
—Así debe ser, hijo de Sear —comentó Lot, de pronto con voz dulce, consoladora—. Creedme, es lo mejor. Ya hemos pasado por esto antes. Hace años, en los tiempos de mis abuelos, vivíamos más al sur. Hasta que unos hombres del oeste desembarcaron en esta tierra. Al principio se mostraron amables, querían comerciar y entablar amistad. Los correspondimos, y fuimos hospitalarios. Entonces repararon en nuestro oro. —Señaló su collar—. La ambición se apoderó de ellos, pero nada de lo que nos ofrecían se acercaba en valor a lo que para nosotros no tiene precio: los símbolos sagrados de nuestro amor por la tierra.
»Así que quisieron tomarlos por la fuerza. La lucha fue horrible. Tuvimos que ser muy crueles para ganar la guerra. Al fin logramos expulsarlos, aunque no sin que nos arrebataran algunas de nuestras maravillosas prendas. Hastiados de tanta muerte, decidimos trasladarnos a estas regiones del norte ante el temor que otros volvieran a encontrarnos. ¿Comprendéis ahora por qué no deseamos vuestra amistad? No sabemos si algún día se convertirá en odio, y no estamos dispuestos a pasar por algo así de nuevo.
Starn asintió. Claro que lo comprendía. Y lo aceptaba. Aquel relato, además, sirvió para desvelar la verdad acerca de esos demonios que habían mencionado los «últimos hombres», años atrás. Y por qué tenían uno de esos collares tan parecidos al de Lot. Sí, así es, mi buen compañero: las historias que narramos, en muchas ocasiones, están adulteradas; es posible que incluso esta que te cuento contenga, sin pretenderlo, deslices. Es inevitable, pues las ensuciamos con nuestro punto de vista, con prejuicios que enmascaran la realidad. Los hombres de la gran isla Alba que lucharon con los fomorianos tuvieron que justificar sus malas acciones, y para ello los convirtieron en monstruos cuando regresaron a su hogar. Y, a sí mismos, en héroes. La mentira, que es de movimiento veloz, se extendió a lomos de los barcos y los labios de los comerciantes que llegaron a la región de Armórica. Así nacieron los terribles Fomoré.
—Nuestros pueblos son demasiado diferentes, no funcionaría —concluyó Lot—. Al menos, por ahora.
Ella tenía razón, por supuesto. ¿Aceptaría Partolón un pacto de igualdad con individuos a los que, en su visión limitada, tendría por poco más que salvajes? No. De manera consciente o inconsciente, entrarían en conflicto. Siempre ocurría lo mismo: la civilización más avanzada consumía a la otra. Lot lo sabía, también Ciogull, aunque su temperamento sin duda lo hubiera llevado a decisiones más drásticas.
Era la elección correcta.
A la mañana siguiente, se dispusieron a abandonar la aldea. La reina Lot tuvo el gesto de acercarse a despedirlos.
—He venido a daros un último adiós —dijo, aunque sus ojos solo miraban a Starn—. Y a ofreceros disculpas por arrebataros vuestra libertad durante tanto tiempo.
—No hay necesidad de pedir perdón, mi señora —respondió, con sinceridad—. No nos maltratasteis, y además hemos aprendido muchas cosas nuevas.
Lot sonrió, y llevó su mano hasta la cara de Starn. Le acarició el mentón.
—En un mundo más justo, podríamos haber sido amigos, hijo de Sear.
—Quizás aún podamos llevarlo a cabo.
—Quizá… —asintió—. Portad con vosotros mi bendición, si de algo sirve.
—Reconfortará mi corazón. Y, sin embargo, deseo pediros un último gesto… —Starn dudó, pero necesitaba trasladarle aquello que le quemaba el corazón—. Una de las doncellas que nos atendió…, también desearía despedirme de ella. Su nombre es Tara.
La expresión de Lot cambió por completo. La reina de los fomorianos mudó la dulzura por el asombro más absoluto, y luego por una ira contenida que asustó a Starn.
—¿He dicho algo que os haya ofendido? —se apresuró a disculparse.
—Según nuestras leyes, sí. Ninguno de nosotros pronuncia ese nombre, salvo en nuestra festividad más sagrada. Y por ello es imposible que un fomoriano se haga llamar así.
—¿Por qué?
—Es el nombre con el que conocemos a esta isla…, y al espíritu que le da vida.
Ahora fue Starn quien no supo qué decir, cómo reaccionar.
—No… no lo entiendo. Fue ella quien me lo dijo… Hablamos, reímos y yacimos juntos…
—¿Aseguras, pese a que es una blasfemia para nosotros, que el espíritu de la isla se hizo carne para ti y se entregó a tus brazos?
—Es lo que todo mi ser me grita —respondió él, con mirada convencida.
Esperó que Lot estallara en una furia incontenible, pero ella lo escrutó hasta alcanzar su alma y debió ver que decía la verdad, aunque dicha verdad fuera incomprensible.
—Eres sin duda una criatura especial, Starn, hijo de Sear —concluyó—. ¡El tiempo desvelará los entresijos de este misterio! Adiós.
La reina se dio la vuelta y regresó al centro del poblado, dejando al hombre completamente confundido.
Varios fomorianos armados los acompañaron hasta los límites del poblado. Les devolvieron sus enseres, incluso las armas. Starn suspiró al tomar de nuevo entre sus manos la lira de Lerna, como si se reencontrara con un antiguo amigo, y también al recuperar el broche que había encontrado en aquella tumba antigua.
Nadie más acudió a despedirlos. Ni siquiera la muchacha de cabellos de fuego que se había adueñado del corazón de Starn. Tampoco Tara. Y, sin embargo, él sentía que estaba a su lado.