Lerna
Capítulo 15
Radac levantó las piernas y las apoyó en la gran mesa que presidía el salón recién conquistado. Era el momento de disfrutar de los premios del saqueo que él mismo había ideado, como no dejaba de proclamar. Su satisfacción y la de los suyos era absoluta: los saefes, hijos del dios Serpiente, volverían con los morrales repletos de riquezas, cantando y alabando la estrategia de su jefe. A la plata, las sedas o el grano se unirían los esclavos que se llevarían consigo, que ahora se hallaban reunidos en el edificio principal de la aldea.
Pero antes los catarían. Sus hombres habían estado ocupados buscando trofeos, pero, una vez las bolsas llenas, los ojos empezaron a mirar con apetencia el único fruto que quedaba por degustar: las mujeres. El caudillo Radac había reído al ver cómo los suyos se amontonaban para ser los primeros en elegir a una hembra. Volaron los puños, por supuesto, mientras ellas contemplaban las peleas atemorizadas, tratando de proteger a sus hijos. ¡Ah, cómo temblaban!
Así es como siempre han sido los saqueos. No importa de dónde vengan los hombres: si su afán es la rapiña, actúan con crueldad, despreciando la debilidad de las víctimas. Y en los saefes esta ansia era tan natural como el respirar. Se decía que todos sus niños nacían con el deseo de ser conquistadores, de viajar, de tal modo que aprendían a caminar mucho antes de lo que era común en otras razas. Era un pueblo antiguo, muy antiguo. Tribus en constante movimiento, siempre en busca de nuevas tierras. Llevaban siglos expandiéndose, tantos que ya nadie recordaba el hogar primigenio del que partieron sus antepasados. Del norte y del este, decían los más viejos, pero ni siquiera ellos sabían exactamente de dónde. Incluso sus creencias se habían alterado tras mezclarse con otras poblaciones. Pues, aunque los hijos de la Serpiente eran fieros luchadores, no siempre se dejaban llevar por el pillaje y la batalla. A veces llegaban a las nuevas regiones y las hacían suyas mediante la intimidación, sin necesidad de desenvainar una espada. Se asentaban en esas zonas y vivían en paz durante unas temporadas. Pero, tarde o temprano, el hambre de más volvía a presentarse y se ponían de nuevo en movimiento.
De entre todos los que pugnaron por las mujeres, su hijo Ogur fue el vencedor de la contienda. No esperó ni un suspiro. Tomó a una chica muy joven a la que apenas le habían crecido los pechos. Ella lloró; se resistió. Otra de las prisioneras, tal vez su madre, trató de arrebatársela al captor, pero este le dio un puñetazo en el rostro que la desplomó en el suelo.
Allí mismo, frente a todos sus compañeros, rasgó la túnica de la muchacha y, subiéndose la suya, empezó a violarla. Los gritos agónicos de la joven se mezclaron con las risotadas de los saefes que animaban a Ogur. Radac también reía, aunque con más calma. Él no debía preocuparse por elegir sus premios, pues ya se había reservado los más jugosos, entre ellos la mujer de más alta categoría.
Y ella lo sabía. Lo contemplaba sin apartar la mirada, lejos de derrumbarse al miedo como otras. Se mostraba valiente, había que reconocerlo. Pero las agallas desaparecerían en cuanto él se introdujera en su interior. Estaba convencido, así había ocurrido muchas otras veces.
Radac levantó la jarra y se la llevó a los labios, pero apenas quedaba cerveza que paladear.
—¡Que alguien llene mi vaso! —exigió.
Una de las mujeres, a la que habían obligado a servirlos, llenó un pichel de un barril cercano y se dispuso a volcar su contenido en el recipiente del jefe. Pero este la detuvo con un gesto de la mano.
—No, tú no, zorra. Quiero que me sirva ella.
Señaló a la esposa del caudillo oestrimnio. Esta ni se inmutó. Avanzó con paso calmado, dejando a sus hijos a cargo de otra, y se situó frente a Radac. Tomó el pichel y lo elevó sobre el vaso. Entonces, en el último instante, movió el brazo y dejó que el caldo dorado se derramara en el suelo.
—Igreia, la primera del clan Cilen, no sirve a nadie más que a su marido y a su pueblo.
La respuesta que recibió fue una bofetada. El jefe de los saefes se levantó del asiento y la aferró de las muñecas.
—Ya lo creo que vas a servirme. ¡A mí y a mi verga!
La agarró por detrás, cruzando los brazos sobre su espalda, y la arrojó contra la mesa sin soltarla. Pero, si esperaba que aquella dama se revolviera como una campesina, del modo que a él tanto le gustaba, se llevó una gran decepción. Igreia se mantuvo serena, firme, dueña de sus emociones.
—Te aconsejo que me mates después de esto —escuchó que decía—. Mátame, y también a mi marido, si eres capaz de hacerlo. Porque si alguno de los dos queda con vida no pararemos hasta cobrar venganza.
Radac sintió crecer la rabia. Sí, le daría lo que demandaba. Primero la violaría de la manera más brutal que pudiera: la rasgaría por dentro. Y luego la dejaría morir en el suelo, desangrada, para que su marido la encontrara fría e inerte. Y que viniera a buscarlo después. Lo estaría esperando.
La puerta de la sala se abrió con un fuerte estrépito, y uno de los guardias apostados en el exterior entró en la estancia con expresión entre confusa y risueña.
—¡Radac, se te reclama! —exclamó.
El caudillo arrugó una mueca contrariada. No le gustaba que lo interrumpieran, pero la risa contenida del centinela lo llenó de desconcierto. ¿A qué se debía tanta chanza? Aquellos hombres habían aceptado la tarea de vigilar el poblado con mal humor, pues significaba que serían los últimos en probar a las mujeres. ¿Y ahora aparecía allí, medio carcajeándose y demandando su atención?
—Más te vale que merezca la pena, Iferdan, o cuando vuelvan los oestrimnios encontrarán tu cabeza junto a la de estas rameras.
La despreocupación del guardia se desvaneció ante tal amenaza. Tragó saliva antes de volver a hablar:
—Jefe, ha llegado un grupo de extraños a las puertas del poblado. Vienen armados y exigen batalla.
El silencio se adueñó del lugar. Incluso Ogur detuvo su salvaje embestida, dejando a la mujer tirada en el suelo.
—¿Te burlas de mí?
—En absoluto, señor —insistió Iferdan, levantando las manos—. De todos modos, y aunque no entiendo de dónde han salido, ni siquiera deberías preocuparte. Apenas se trata de una docena de hombres.
—¿Doce guerreros? —Radac boqueó como un pez—. ¿Son oestrimnios?
—Lo dudo. Jamás había visto a gente tan extraña. Y sin duda están dementes si se atreven a desafiarnos siendo tan pocos. Por eso me reía, jefe.
El caudillo soltó a la esposa de Teath, quien se irguió sin perder la compostura.
—Luego continuaré donde lo he dejado —le dijo y, tras coger espada y escudo, hizo una seña a sus hombres—. ¡Vamos a ver qué quieren esos locos!
Radac y sus cien guerreros salieron al frescor de la noche, que en poco tiempo se convertiría en día. El amanecer ya empezaba a asomar por encima de las colinas que guardaban el valle. Las copas de las arboledas pronto captarían la luz y estallarían en su verde habitual.
La escena con la que se encontró el caudillo, desde luego, le hizo comprender el gesto de mofa con el que Iferdan había ido a buscarlo. No era para menos: ante sus asombrados ojos, doce hombres pertrechados con escudos redondos y lanzas. Allí estaban, plantados, sin moverse, formando en tres filas de cuatro sujetos cada una. Desde luego no eran oestrimnios, quedaba claro al ver sus pieles morenas y las largas melenas recogidas en mechones, aceitadas.
Los saefes, tras mirarse entre sí, estallaron en una sonora carcajada. Cuando al fin Radac recuperó el aliento, hizo la pregunta:
—Por el Padre Serpiente, ¿quiénes sois vosotros?
Uno de los desconocidos avanzó un paso y se quitó el casco de bronce. El caudillo vio una expresión decidida dibujada por unos rasgos finos.
—Yo soy Partolón, rey de los partolonianos, hermano de juramento del clan de Cilen.
Apenas si lo entendió, pues su dominio del idioma de los oestrimnios era defectuoso.
—¿Partolón? ¿Qué nombre es ese? —se mofó Ogur.
El líder de los forasteros apuntó con su lanza al hijo del jefe tribal…
—Por burlarte de quien ha sido tocado por la Diosa, te prometo que caerás sin remedio ni perdón posible.
La cara de Ogur se volvió roja, y no dudó en desenvainar la espada. Su padre lo contuvo con una sola mirada.
—¿Amenazas a mi hijo? ¿Tan estúpido eres?
—Os amenazo a todos. Marchaos ahora mismo, dejad cuantas riquezas habéis tomado, y os dejaré vivir.
—¿Tú y cuántos más?
Partolón sonrió. Pero había malicia en su gesto.
—¡Yo, y mi ejército!
Y levantó la lanza de nuevo, pero esta vez señalaba al cielo, que ya clareaba. Entonces, desde no se supo dónde, se elevaron unos gritos. No, no solo unos pocos… ¡Eran muchos! Resonaban en el valle, provenientes de decenas, de cientos de gargantas. Surgían de todos los rincones que uno pudiera imaginarse.
El efecto fue fulminante. Radac y los suyos escudriñaron a su alrededor, desconcertados, con el miedo en el cuerpo. Pero por mucho que otearon no vieron a nadie. Y aun así los ecos se acrecentaban, se acercaban cada vez más. Una riada de enemigos invisibles se abatía sobre ellos.
Cayó la primera flecha. Certera, se hincó en el pecho de uno de los saefes. Radac, con un grito, exigió a sus hombres que se defendieran. Pero la confianza había hecho que no trajeran consigo los escudos. La lluvia de proyectiles acabó con varios guerreros antes de que el caudillo advirtiera que en realidad la andanada no había sido muy numerosa.
Pero cuando comenzó a comprender la estratagema fue demasiado tarde. Partolón y los suyos se lanzaron hacia delante, una pequeña daga tratando de herir a una gran masa. Sin embargo, no estaban solos. Por varios puntos del poblado, desde el norte, el este y el sur, surgieron pequeños grupos armados. Saltaron desde los árboles, espada y lanza en mano, golpeando, atropellando a los sorprendidos saefes con el sol a su espalda. La partida de Radac se encontró con que el mismo mundo se volvía contra ellos: la luz de la mañana los cegó mientras contemplaban al arrojado enemigo, y fueron incapaces de reaccionar. El valle se llenó de los aullidos de unos y los lamentos agónicos de otros.
Cuando Radac recuperó la visión, sus ojos le mostraron el peor de los espectáculos imaginables: uno de los guerreros enemigos, que se parecía mucho a Partolón, atravesaba a su hijo Ogur con una lanza. Contempló la escena, inmóvil, mientras muchos de sus hombres huían ante semejante aluvión de muerte encarnada.
Y tan rápido como ocurrió, así terminó. De repente, Radac se encontró solo, rodeado de cadáveres. La ira lo inundó. Alzó la espada y corrió hacia Partolón, totalmente fuera de sí, poseído por la locura. Pero la fuerza de Radac se encontró con la agilidad y el brazo diestro de un hombre capaz de bailar a su alrededor. Tenía los pies ligeros, y sus brazos golpeaban con una fuerza y precisión irresistibles. El jefe tribal se había probado docenas de veces en batalla, pero jamás había visto a nadie luchar de ese modo. Era viento y a la vez trueno; dominaba su cuerpo de un modo que no parecía humano. Hubo un rápido centelleo, bronce contra bronce, y uno de los filos probó la carne. El líder de los hombres serpiente lanzó un chillido cuando la mano se le desprendió de su lugar natural, todavía empuñando la espada, y luego se miró el muñón que vertía sangre como si se tratara de una fuente.
Cuando cayó al suelo, sintió por primera vez la punzada de la vulnerabilidad. Tan poderoso como siempre se había creído, y ahora de pronto estaba a punto de recibir la muerte de manos de un desconocido. Lo miró a los ojos, tratando de apelar a los últimos restos de valor que le quedaban.
—No, salvaje. No seré yo quien te otorgue un final.
Alguien se acercó. Una figura que momentos antes había estado a punto de gozar. Igreia todavía tenía la cara marcada por los golpes. Partolón le tendió la espada, y la mujer la tomó asintiendo con la cabeza.
—Te puse sobre aviso. Te dije que me mataras —le dijo—. Gracias por no hacerme caso.
Levantó la espada y descargó el primero de los golpes que lo decapitarían.