Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 56 de 98

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Lerna

Capítulo 19

 

El sol hacía rato que se había escondido cuando comenzó la asamblea. En su lugar, solapado con la noche, un cierto malestar se afianzaba con cada palabra que pronunciaba Partolón.

La preocupación de Bacor no se había desvanecido junto con la luz, más bien se afianzaba conforme crecía la negrura del firmamento. Estaba convencido de que convocar el concilio con tanta antelación había sido un gran error, pues permitió que los rumores se extendieran, que la gente acudiera cargada de teorías y temores. Las discusiones habían saltado de boca en boca durante toda la jornada, removiendo los espíritus. Acostumbrados ya al calmado transcurrir de los días, sentían de nuevo y de repente la incómoda vuelta de la incertidumbre.

El anciano examinó los rostros con atención. No estaba muy seguro de que la idea de volver a la mar fuera del agrado de la mayoría. Tal vez la disposición sería bien acogida por Delgnat, quien se había mostrado en todo momento asqueada de la cercanía de los lugareños de Cilen. Echaba en falta más que nadie los lujos de Cnosos y, desde luego vivir en una carpa, vistiendo apenas dos mudas, no le parecía digno de una reina.

Para el resto, en cambio, dejar de moverse había supuesto un gran alivio. Algunos guardaban todavía la esperanza de que aquel fuera su nuevo hogar, a pesar de que Partolón se había negado a cambiar el asentamiento temporal por una morada más estable. Tenía sentido, era lo razonable. La amistad con los oestrimnios no había dejado de fortalecerse tras el suceso con los saefes, lo que garantizaba protección frente a cualquier problema futuro. La región, fértil, jamás les negaría grano para comer, piedra para construir o estaño y cobre para forjar herramientas.

La verdad era que nadie recordaba ya la Tierra Durmiente, salvo Partolón, Starn y el mismo Bacor. Sin embargo, este se sentía partido en dos, pues conservaba el deseo de marchar en busca de ese hogar susurrado, pero a la vez pensaba que en Oestrimnis todavía quedaba mucho de lo que disfrutar. Había descubierto muchas cosas buenas allí. El mundo se le había revelado como jamás antes a través de la más simple de las bellezas: los colores de la primavera, con esas colinas cubiertas del glauco y el púrpura de las flores, cuando la vida estallaba con la claridad del primer amanecer de la creación. Fue consciente, plenamente, de los ciclos de renacimientos de la naturaleza, en los que tomaba parte el hombre sin darse cuenta. Su visión empezó a abrirse, a captar, todavía de manera fugaz, el orden y concierto de la existencia. Había aprendido más en aquella tierra que durante toda su vida en Creta.

Cuando Partolón habló una vez más de la Tierra Durmiente, cuando dijo que había vuelto a soñar con esa maravillosa isla de valles regados por la abundancia, su proclama llegó con desgana a los oídos de sus hombres y mujeres.

—Nuestro verdadero hogar sigue reclamándonos —aseguró a la multitud reunida en la playa—. Su fuerza atraviesa las distancias, tan escasas ya que la voz resuena vigorosa en mi alma. ¡Somos los hijos de Plata, merecemos una tierra propia! Me he cansado de malvivir en una tienda. Hora es de que demos el siguiente paso en nuestro viaje. El último.

Alguien se adelantó entre el gentío. Alguien que osó tomar la palabra sin esperar el permiso de Partolón. Al advertir de quién se trataba, a Bacor le recorrió un escalofrío, porque intuyó lo que iba a pasar.

—Los oestrimnios se brindaron a construirnos cabañas como las suyas, pero tú te negaste —dijo Ith, serio como nunca se le había visto antes.

—Porque os habríais acomodado. ¡Y este no es nuestro lugar! Es el país de otros, no estamos ligados a él. No es suyo el susurro que escucho en mi cabeza.

Bacor habría podido decir a Partolón que aquello no era cierto, que Oestrimnis estaba dispuesta a acogerlos. Pero la imagen y el canto del mirlo acudieron a su mente. También él ansiaba llegar a la Tierra Durmiente y despertarla.

—¡Ah, sí, esa famosa isla esmeralda de la que no paras de hablar! ¿Hace cuánto que la buscamos, sin éxito? Tal vez es que no existe. Tal vez… — dudó Ith, pues lo que estaba a punto de decir debía resultarle tan doloroso como lo fue luego para el resto—. Tal vez te la has inventado para tenernos anclados a tus caprichos.

—¡Cómo osas hablar así a tu rey!

—¿Es que acaso alguien te ha nombrado como tal? Ni siquiera tienes un reino sobre el que gobernar.

Años después, al relatar aquella historia, el sabio recordaría el rostro cruzado por la rabia de Partolón, al que poco le faltó para saltar al cuello de Ith. Quiso la Diosa que, antes de hacerlo, volviera los ojos hacia el consejero, quien le imploró con la mirada: «Calma».

—Sí, es cierto —reconoció, mordiéndose la lengua—. No soy rey más que de palabra. Y tal vez no haya sitio para otro minos allí donde quiero llegar. Pero os he traído hasta aquí. A pesar de los peligros, que han sido muchos, la gran mayoría seguís vivos.

Sin embargo, Ith no estaba dispuesto a claudicar. Sus razones eran tan poderosas como las de Partolón.

—A duras penas algunos. Sabes cuánto ha perjudicado este viaje a mi hijo. Las largas travesías sobre el barco lo debilitaron de tal modo que mi esposa y yo llegamos a temer lo peor. ¿Acaso no has visto cómo ha cambiado? Antes era robusto, igual que su padre, ahora apenas es piel sobre hueso. Y cuando empieza a recuperarse al fin me pides que lo exponga de nuevo.

Partolón, sin embargo, no se mostró conmovido.

—Te lo imploro, mi señor —rogó Ith, con voz lastimera—. Quedémonos en estas tierras. En nombre de nuestra amistad.

Por su postura forzada, medio inclinada, el guerrero parecía a punto de arrodillarse, de hundir el rostro entre los pies de su amigo. Pero muchos lo miraban, así que la vergüenza lo mantuvo atado.

—Repito, una vez más, que debemos marchar —insistió el rey, impasible —. Y te pido por favor que no trates de aprovecharte del aprecio que te tengo, pues quien lidera a un pueblo debe estar por encima de sus sentimientos personales.

Ith dejó escapar un gemido, seguido de un suspiro. Volvió a levantar la mirada, que se le había endurecido de nuevo.

—Me pides, pues, que elija entre dos deberes: el de súbdito y el de padre. Juramento o sangre. —Movió la cabeza, apesadumbrado—. La elección me destroza, pero está clara.

Tras esto, el escolta se volvió y abandonó el círculo formado en torno a Partolón. Con grandes zancadas, se perdió más allá de los asistentes, junto con su esposa y su hijo, desentendiéndose de la asamblea. Estallaron los murmullos. Las voces se elevaron en forma de jadeos disonantes, solapándose entre sí hasta convertirse en un parloteo atropellado. Aquellos que habían navegado en el barco de Ith fueron los que más agredidos se sintieron, y no tardaron en seguir su ejemplo.

Y de este modo la discordia se impuso entre los hijos de Partolón por primera vez.