Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 20 de 98

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Lerna

Capítulo 17

 

 

Los jadeos crecieron hasta acabar en un estallido de fuego y pasión. Los dos amantes cayeron el uno sobre el otro y, durante unos momentos, solo pudieron resollar en busca de aire. Luego, cuando los espasmos de placer cedieron un poco, se dedicaron a acariciarse.

Calma la expresión, viejo gruñón. Ya hemos hablado de esto antes, os aseguré que no eran prácticas extrañas, aunque solían llevarse con discreción para evitar en lo posible las habladurías. Sé que tienes reparos ante las relaciones amatorias entre dos varones, pero recuerda que no se pueden juzgar las sociedades añejas sin tener en cuenta el contexto de sus costumbres. ¿Qué hay de malo en que dos hombres se amen, si es con sinceridad? ¿Es que sus corazones no laten del mismo modo que los de cualquier otro? Porque te puedo asegurar que entre Trióme y Glauco había mucho más que simple atracción carnal. Se amaban de verdad.

Quizá demasiado.

El asistente sonrió al recibir los besos. Era el mejor bálsamo para el dolor que, inevitablemente, siempre acompañaba sus aventuras de cama. Dolor, sí, aunque ya no sufrimiento, no como aquella primera vez. Jamás olvidaría la noche en que Trióme lo inició en el arte del amor. Temblaba cual pajarillo temiendo el salto con el que aprendería a volar. La agonía se mezcló con un deleite que casi lo llevó al paroxismo. ¡Qué intenso aquel contraste! Pero el príncipe lo trató con cariño, haciendo que todo fuera sencillo una vez superado el miedo. Y así había seguido siendo desde entonces.

Por eso lo quería tanto.

Por eso haría lo que fuera por él.

—Lo necesitaba… —suspiró el hijo del minos—. Han sido días complicados. Te prepararé algo que te relaje.

Glauco, sin siquiera cubrir su desnudez, se levantó de la cama y fue hasta el baño de piedra al otro lado de la habitación. Dejó que el agua surgiera de la cañería y, mientras tanto, preparó el fuego de la caldera, situada justo debajo de la gran pila, la cual podía llenarse de leña a través de una portezuela de hierro. Era un sistema ingenioso gracias al cual la piedra caldeaba el agua mientras se llenaba el lavatorio.

—Deberíamos llamar a un sirviente para que preparara el baño —apuntó Trióme.

—Yo soy tu sirviente.

—Eres mucho más que eso, o deberías serlo. No soporto que te encargues de estas tareas tan vulgares.

—Nada es vulgar si su objetivo es hacerte feliz —respondió él.

El muchacho regresó a su lado y lo animó a levantarse. De la mano, lo llevó hasta el baño. Las sales aromáticas ya estaban sobre el agua, y conforme esta se calentaba desprendían una deliciosa fragancia a lirios y romero. Cuando la temperatura fue la adecuada, ambos entraron en el foso de piedra y lo bañó, apartando el sudor de su piel.

—Se suponía que las cosas no tenían que salir de este modo —dijo Trióme.

—No entiendo. El final ha sido el que deseabas. La relación entre tu hermano y tu padre se ha vuelto más cruda que nunca.

—¡Pero el precio casi excede lo permisible! El plan era asustar a Partolón. Y en lugar de ello casi muere, junto con Starn, que nada tiene que ver con esto.

—Es lo que pasa por contratar a esos aqueos miserables. No tienen palabra. Yo transmití tus órdenes a ese horrible capitán tal cual querías.

No le gustaba mentirle. Sin embargo, el príncipe tenía tal falta de malicia que se hubiese escandalizado al saber que Glauco había cambiado por su cuenta el mensaje a los piratas. Sí, así es, lo has comprendido: él era el misterioso encapuchado que se encontró con el capitán Idomeneo en el puerto; y también él quien dictó la sentencia de muerte de los príncipes, porque así debía ser en su opinión. Creía que Trióme nunca sería capaz de tomar según qué decisiones por sí mismo, de idear los planes que hicieran falta en cada momento. Por eso se había adjudicado la responsabilidad de guiarlo, aunque fuera mediante susurros, sutiles manipulaciones e incluso engaños. Era por su bien: Trióme gobernaría Cnosos y toda Creta. Haría cualquier sacrificio para que así fuera.

—¡No seas tan frívolo! —se quejó el hijo del minos, apartándose—. Casi provoco la muerte de mis hermanos.

—¿Me acusas de frialdad, después de todo lo que he arriesgado por ti? Me ofendes.

—Yo… Lo siento, Glauco. Creo que tal vez estemos yendo demasiado lejos.

El asistente salvó de nuevo la distancia que Trióme había puesto entre ambos. Le puso las manos en el pecho y lo obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Te rendirás ahora? ¿Es que no has oído sus insultos esta noche? ¡Es un arrogante con la cabeza hueca, y te ha menospreciado toda la vida! La Casa del Hacha no puede tener un rey así, tan arisco. Solo tú estás a la altura para ser el próximo minos. Y yo… yo quiero que tengas lo que mereces.

—Lo sé —dijo Trióme, pero las dudas seguían ahí, en su voz titubeante.

—Si tiras un poco más de la cuerda acabará rompiéndose a tu favor. No cejemos, cariño, y te prometo que tu padre pasará por encima de Partolón para nombrarte heredero.

El hijo del rey asintió, a regañadientes.

—¿Cuál será entonces nuestro siguiente paso?

Glauco no respondió de inmediato, pero sabía muy bien qué hacer a continuación.

—Hay secretos que desvelar.