Lerna
Capítulo 20
Habían pasado diez días desde que concretaran el acuerdo con Humay cuando treinta y dos hombres salieron de la Casa del Hacha, a primera hora de la mañana. Viajaban en carros tirados por bueyes, con Partolón y Starn a la cabeza, seguidos de sus más leales: Acasbel e Ith, Norbh, Soreas, Bir, Cersai, Hermalion, Senboth, Tulmauen, Megor y Muinecan, entre otros. La guardia personal estaba formada por una veintena que seguía al heredero, y otros diez al servicio del hermano menor.
Una partida extraña para una tarea igualmente insólita. Llamarlos centinelas era a todas luces una exageración, o lo habría sido antes del ataque en el mar. Hasta ese momento habían ejercido como asistentes personales y acompañantes de gala en las reuniones diplomáticas, pero aquella experiencia no los había dejado indiferentes. Cuando los príncipes les contaron sus planes, ninguno dudó, ninguno retrocedió.
Ahora, al fin, iban a convertirse en verdaderos guerreros.
La estrategia había sido urdida: anunciaron una batida ficticia que excusaría a los dos príncipes hasta la próxima luna plena. Algo nada extraño, pues los cretenses gustaban de los placeres de una buena cacería. Sus esposas estaban acostumbradas a que se ausentaran durante días, y por lo tanto nadie sospecharía de sus verdaderas intenciones. Salvo Lerna, por supuesto. Starn escondió a su hermano que había roto la palabra dada. No se sintió culpable por ello. Ya le había guardado el secreto a su esposa demasiado tiempo, así que ahora le tocaba a Partolón pasar por lo mismo.
A partir de aquel momento, Humay tomó el mando de la situación. A Starn le había parecido que era un hombre reservado, de pocas palabras, hasta que comprendió que no todo era tan sencillo. Cierto que las proclamas del nubio no podían considerarse discursos, eran escuetas, pero también resultaron ser precisas y contundentes. En definitiva, era un individuo acostumbrado a ordenar y ser obedecido.
Se apostaron en un valle de la región de Montes Blancos, dos días al oeste de Cnosos. Aquella zona era mucho más agreste que las tierras donde vivían Starn y los suyos, por lo que ni siquiera los pastores la visitaban. Por eso la habían elegido.
—No son estos lugares para ir de paseo —rezongó Senboth, al que apodaban «el Viejo» debido a los retazos blancos que manchaban su melena desde la adolescencia.
—¿Acaso te asustan los espíritus de las montañas? —se burló Acasbel, tan alto y hermoso como quisquilloso.
—Por estas tierras caminaron los gigantes de la antigüedad —replicó—. Permíteme que muestre un prudente respeto.
—Llámalo como quieras, pero avisa cuando vayas a mearte de miedo para que me aparte —respondió, Ith, el primero entre los amigos de Partolón—. No quisiera que tu orín me salpicara.
Hubo carcajadas, y quien más alto rio fue el propio Senboth. Aquellos hombres se conocían bien; eran compañeros y los unía la lealtad al heredero. Ni mil chanzas hubieran podido romper lo que compartían.
Las montañas y colinas mostraban una faz blanquecina, como si al moverse hacia poniente fueran perdiendo color, dando nombre al paraje. Riscos escarpados, riachuelos serpenteantes, promontorios dentados… Por lo complicado del terreno, los asentamientos cretenses se limitaban a unas pocas aldeas, la mayoría en proceso de abandono. Solo la ciudad de Cidonia, en la costa noroeste, se mantenía viva.
El pequeño campamento se levantó junto a un río, en mitad de una arboleda de cipreses donde se abría un claro. Era un bosque muy cerrado, por el que costaba moverse. Los troncos eran gruesos, la corteza vieja, su piel oscura. Transmi tía una sensación inquietante que intranquilizó a los hombres, salvo al nubio.
Cuando Humay advirtió las grandes y lujosas tiendas que los cretenses levantaban, ladeó la cabeza en un ademán disconforme.
Pero no dijo nada, todavía. Esperó a que todas las carpas estuvieran levantadas, y entonces las recorrió una por una, cortando las sogas y rajando las telas.
—¿A qué viene todo esto? —quiso saber Partolón, claramente contrariado.
—No hemos viajado un trecho tan largo para rodearnos de comodidades similares a las que tenéis en vuestros palacios —respondió el medjai, sin alterarse lo más mínimo—. Me habéis contratado para que os entrene y haga de vosotros grandes guerreros. Y el éxito de esta empresa depende de que os endurezcáis. Estáis demasiado acostumbrados a los lujos, pero un soldado se forja en la inclemencia, al igual que una espada.
—¿Pretendes que durmamos a la intemperie? —gruñó Einatos, al servicio de Starn.
—Vivís en una tierra cálida, no enfermaréis por pasar unos días al aire libre —concluyó Humay.
Hubo expresiones irritadas, pero Partolón las atajó con firmeza. Starn se sorprendió un poco de que su hermano dejara que otro individuo lo rectificara y mandara sobre él.
Lo primero que hizo el gigante de piel oscura fue ordenar a los hombres que formaran una línea, ataviados con el armamento que, en secreto, el príncipe heredero había encargado para ellos bajo las instrucciones del nubio: espadas de bronce, lanzas largas y escudos con discos de cuero, todo ello fabricado por los artesanos de Malia, que debieron de mostrarse extrañados ante la petición de semejante cantidad de armas al mismo tiempo. Los escoltas de los príncipes trataban de mantenerse firmes, pero estaban tan poco habituados a llevar encima toda aquella parafernalia que temblaban por el esfuerzo. Al mismo Starn le molestaba el peso de la hoja que pendía del tahalí.
—Podría enseñaros cómo luchamos los medjai o los egipcios —empezó diciendo Humay—, pero no serviría de nada. Sois enclenques en comparación, así que vuestra forma de combatir tendrá que ser distinta.
Acasbel, Soreas y algunos más se quejaron por aquel comentario ofensivo, hasta que Partolón los mandó callar de nuevo.
—Vosotros tenéis otras virtudes. Sois rápidos, y vuestra talla menuda os convierte en un objetivo más difícil de acertar. La movilidad será, pues, la mejor táctica de que dispondréis.
Y así dieron inicio las prácticas. El nubio los adiestró en el uso de las espadas, probando siempre su agilidad, pues los cretenses ya eran diestros con las jabalinas y el arco, que utilizaban asiduamente para cazar. Tampoco se les daba mal hacerse valer con una lanza, aunque les costaba complementarla con el escudo, por lo que el hombre impuso como norma que cada hombre llevara equipada su panoplia constantemente, a fin de acostumbrarse a ella. Se dieron situaciones cómicas, pues los hombres no podían abandonar sus armas ni siquiera para hacer sus necesidades. El propio Partolón pudo comprobar lo complicado que resultaba orinar sin poder utilizar las manos.
Hubo otras consecuencias más molestas. Fueron muchas las horas practicando con la espada. El claro se inundó de la armonía dictada por el incesante restallar de las hojas de bronce. Tanto fue así que las manos se les llenaron de ampollas. Aquella misma noche, tras finalizar la primera jornada de prácticas, casi nadie era capaz siquiera de sujetar su arma, tal era el dolor. Les costaba incluso mantener en alto la escudilla de estofado que habían preparado.
—Sangrar y sufrir es el único modo de que la piel endurezca. Pronto se os convertirá en cuero curtido.
—O se nos caerán los dedos uno tras otro —susurró Afestes al oído de Starn, esbozando una sonrisa entre los gestos de dolor.
Comieron y bebieron con avidez aquella primera noche, sin apenas hablar al principio. Estaban hambrientos, exhaustos y con los huesos molidos por la dureza de los ejercicios propuestos por Humay.
Una vez llenos los estómagos, se mostraron ansiosos por marchar a descansar. Pero ninguno quería ser el primero en levantarse, no fuera caso que sus compañeros lo tomaran por débil. Y el que menos, Partolón. Así que los aprendices de soldado se quedaron frente a la gran fogata, en círculo, bebiendo y combatiendo el cansancio por puro orgullo.
—Joven príncipe, ¿por qué no tocas algo? —le pidió Humay a Starn, al reparar en su lira—. De donde yo vengo la música es una poderosa inspiración para los guerreros.
—Lo haré, si así lo deseas —aceptó él.
Sus dedos tañeron las cuerdas, levantando sobre el campamento una hermosa melodía. Era dulce, tenue; a Partolón le supo a mujer, el canto de un hombre enamorado. Tuvo que reconocer una vez más el arte de su hermano, pues su música lograba evocar sus sentimientos. El heredero se sintió incluso emocionado, aun cuando la pasión por Delgnat hacía bastante que se había enfriado.
Cuando terminó, nadie dijo nada durante unos instantes. Ith fue quien tuvo el atrevimiento de romper el silencio con una chanza:
—¡Ah, pequeño Starn! Te tiene bien agarrado esa esposa tuya…
El aludido arrugó el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, solo llevas unas horas sin verla y ya la añoras, ¿me equivoco? Es al menos lo que sugiere tu canción.
—No negaré cuánto amo a Lerna. ¿Es que acaso tú no echas de menos a Ianthe?
—Sí, claro. ¡A ella y a un montón más de mujeres! —rio.
Todos los presentes, salvo el propio Starn y Humay, aunque este sonrió divertido, se unieron a la carcajada del mejor amigo de Partolón. El príncipe menor se mostró fastidiado por el hecho de que se mofaran de la relación con su esposa. «¡Bendita ingenuidad!», pensó el heredero del minos.
—Dejad de incordiarlo —trató de defenderlo—. Pronto será padre, y ya sabéis lo estúpido que se vuelve un hombre ante algo así.
—¡Bien por ti, muchacho! —lo felicitó Megor, y le palmeó la espalda con tanta fuerza que casi escupió el trago de vino que acababa de sorber.
—Y tú, hermano, no te enojes con Ith. Solo te toma el pelo —aseguró Partolón—. Todos entendemos que el matrimonio es nuevo para ti. Vives en esos primeros momentos repletos de belleza. —Entonces señaló el fuego, que danzaba alegremente, dorando los rostros de los presentes y dejando escapar volutas de humo a la inmensidad de la noche—. El amor es como esa fogata: ahora arde con fuerza, pero cuando las ramas y los leños se consuman solo quedarán rescoldos que, con suerte, servirán para calentarte un poco. Así son las cosas.
—Quizá lo sean para vosotros, por dejar morir ese fuego —respondió Starn, rebosante de convicción—. Pero yo repondré la leña de mi hoguera antes de que se acabe. Mi esposa y yo jamás pasaremos frío, os lo aseguro.
A la mañana siguiente, Humay los despertó antes incluso de que amaneciera. Hubo quejas y reniegos. Entonces fue cuando se acordaron del vino de más consumido la noche anterior, y se arrepintieron de no haber obedecido las recomendaciones de sus cuerpos cansados. Pero el medjai no les permitió remolonear: a todo aquel que trató de quedarse entre las mantas lo incentivó volcando sobre su cabeza el agua helada de un cántaro. ¡Cómo saltaron quienes lo probaron!
Así continuaron, una jornada tras otra, descansando solo lo necesario para no desfallecer. En cuanto hicieron suyos los movimientos y las explicaciones del nubio, empezaron a progresar con rapidez, pues eran diestros para las actividades físicas. Su coordinación, beneficiada por los años como pugilistas o danzarines del toro, los ayudó mucho. Sin embargo, la mayor preocupación de Humay iba más allá de las artes guerreras, tal y como comentó a Partolón y Starn durante una pausa:
—Nada de esto servirá si no aprenden a ser disciplinados en la batalla — dijo.
—Son hombres leales, acatarán cualquier consigna que salga de mis labios —los defendió el heredero.
—Hay una diferencia muy grande entre obedecer y saber cumplir las órdenes.
El hijo del minos pensó mucho en ello los días venideros, hasta comprender que el nubio tenía razón, y así se lo dijo a su hermano menor. Ninguno de ellos tenía mentalidad militar. No estaban acostumbrados a la guerra, a las tácticas propias de aquel arte. Ambos estuvieron de acuerdo en que, si iban a ejercer como generales de aquel minúsculo ejército, necesitaban esforzarse más que nadie.
Así, en los escasos momentos de descanso que Humay les permitía, los dos príncipes pidieron al medjai que los instruyera en las tácticas de combate. Formaciones, estilos de mando, estrategias, movimientos inesperados… Hablaron mucho, se empaparon de los años de experiencia de su maestro en el ejército egipcio. Después de tres semanas, Partolón llegó a apreciar la calma dialéctica del nubio. No, no era el bruto que creyó al verlo por primera vez.
La luna nueva se alzó en el cielo, marcando el final de la excursión. Iniciarían el regreso a la mañana siguiente, y lo harían con enseñanzas nuevas en su haber. Todavía no podían llamarse guerreros, pero los cimientos habían sido colocados.
—Sois inteligentes y decididos —dijo Humay a los dos hermanos—. Si necesitáis ayuda, os la tenderé, aun cuando expire nuestro acuerdo. Pero ahora debéis ser vosotros quienes sigáis instruyendo a estos hombres. Tenéis que tender una férrea conexión con ellos. No basta con que luchen con una lealtad impuesta por obligación u orgullo, es necesario que quieran hacerlo por voluntad propia.
Los miró a los ojos con una mirada certera, cargada de intención.
—Tienen que llegar a desear morir a vuestro lado.