Lerna
Capítulo 9
Estaba de pie, en el centro del claro rodeado de robles, observando aquella enigmática construcción con las manos cruzadas en la espalda y la curiosidad de un niño en los ojos. La roca era mucho más de lo que aparentaba, Bacor lo intuyó desde el momento en que posó la mirada sobre ella. «Menhir», lo llamaban los lugareños, una piedra que sobrepasaba en estatura a cualquier hombre y que continuaba bajo el suelo herboso. Su piel grisácea, surcada de marcas y cubierta por manchas de musgo, ejercía una poderosa influencia en el anciano. ¿Qué secretos escondían esos signos con forma de ángulo y líneas serpenteantes? ¿A qué o quién representaba el monolito, y cuál había sido el motivo de su colocación?
—Es muy antiguo, mi señor Bacor —escuchó que le decían.
No necesitaba que su pequeño amigo le dijera aquello, pero agradeció sus buenas intenciones. Aunque solo contaba siete años, Brath resultaba una compañía agradable. Como ya he adelantado antes, formaba parte del pueblo de los oestrimnios, los habitantes de la región. Gracias a su compañía el sabio había aprendido a hablar su idioma al tiempo que descubría los rincones más interesantes de su tierra. Era un chiquillo despierto y con grandes y hermosos sueños. «Algún día levantaré una gran torre junto al mar, desde la que contemplar lo que hay más allá del horizonte», le había revelado hacía unos pocos días. Aquello, de algún modo, dio a Bacor la verdadera medida del corazón del muchacho.
—Los menhires nacieron en tiempos de nuestros antepasados —le contó —. Ya nadie los talla ni los planta.
Sí, es lo que parecían: un monumento al ayer, un pedazo de pasado cuya razón de ser se había perdido en el tiempo. Se explayó contemplando la piedra, haciendo volar la imaginación. Antiguos espíritus lo observaban desde el interior de la roca; dioses, reyes o héroes, de almas ahora pétreas y rostros manchados por el paso de las eras. Nombres perdidos estación tras estación.
Entonces vio que algo se posaba en lo más alto del menhir. Sonrió como si se reencontrara con un viejo amigo al advertir que se trataba del mirlo negro. No lo había vuelto a ver desde que fondearon los barcos, lo cual le hizo sentir durante un tiempo como si le faltara algo. Ahora estaba allí de nuevo, y al fin tenía algo que decirle.
De su pico ambarino surgió una melodía, una poesía sin palabras que tejía el aire con hebras de misterio y vida. Porque ¿acaso no es la existencia misma un secreto por descubrir? El canto portaba consigo el tributo a la Diosa Madre, aunque el rostro que intuía era distinto al representado en los frescos y las estatuas de Cnosos. «Ah, ¡si pudiera narrarlo con la intensidad con que lo percibí!», me contaría muchos años después, siendo yo un chiquillo como Brath. «Pero ni siquiera hoy, aprendidas las nuevas y a la vez antiguas artes, soy capaz de hacerlo. Mi don no es tan grande».
El mirlo sonó como el susurro de la brisa, aunque también con la fuerza del trueno. Le lastimó la carne etérea del alma y a través de aquel dolor pudo hacer suya la auténtica belleza, del mismo modo que el final da sentido al inicio. Entre los resquicios de la herida se coló la sonata, repetitiva cual arrullo de río; lo decía todo, y no decía nada. Dejó que la mente se le fuera. Colinas onduladas y llanuras verdes. Un cielo perlado, el brote surgiendo del fértil vientre de la tierra. Una voz amorosa cuchicheando versos que se ajustaban a los anhelos de su corazón…
Bacor, el perfecto sabio,
de Partolón eres el erudito;
serás el primer hombre, a tu llegada,
que la enseñanza ejercerás en la Durmiente Tierra.
Algo le zarandeó poco después, devolviéndole a la pesada realidad. Brath lo miraba con sus enormes ojos.
—Te has quedado traspuesto, mi señor —dijo.
Se hallaba todavía frente al obelisco, preguntándose en qué había estado pensando, pues no lo recordaba. Pasaría largo tiempo antes de que volviera a su memoria la canción del mirlo, y para entonces su profecía ya se habría cumplido.
—Estoy bien, amigo mío —le dijo. El niño agradecía que le hablara como a un adulto—. ¿Qué estaba haciendo? Ah, sí, el menhir…
Volvió a mirar la roca. Debió ser una ardua tarea erigir el pilar para unos hombres que, por aquel entonces, no conocían siquiera el uso del bronce y cuya ciencia era rudimentaria como la del más bárbaro de los bárbaros. Los oestrimnios todavía recordaban cómo se construían, pues, aunque ya no se practicaba, sí se transmitía la tradición de boca a oreja, de padres a hijos. Brath se lo explicó: los antiguos realizaban un hoyo en el suelo y arrastraban hasta él los menhires sobre troncos, tirando de cuerdas; la piedra quedaba trabada al agujero por su extremo inferior, y luego rellenaban los huecos para mantener la columna levantada hacia el cielo. Casi podía verlos, esforzados en la realización de aquella labor.
No había contemplado más que maravillas desde que los Hijos de Partolón atracaron en el Extremo Occidente. ¡Qué tierra más extraña! ¡Qué distinta a todo cuanto conocían! Los lugareños la llamaban Oestrimnis, que significaba «región escarpada»; y era un nombre acertado, pues allí se sucedían valles, colinas, barrancos, bosques y costas serenas algunas, acantiladas otras. Un rincón hermoso en este mundo.
Desde que pusieron el pie en la región, Bacor se dedicó a explorarla con la ayuda del chiquillo. A veces los acompañaba Starn, y también Rudraige y el menudo Laiglin, que habían trabado amistad con Brath y su hermano menor Eremon. Pero la mayoría de las ocasiones simplemente dejaba que los pies siguieran los de su pequeño amigo. Él le descubrió el monolito y otros monumentos que parecían igual de antiguos. A poco más de cien pasos al norte del menhir había una sorprendente construcción: una gran losa de piedra que reposaba sobre varias verticales, cubierta a los lados por el terreno. La maleza crecía en arbustos y zarcillos, adornando tan singular creación con una especie de capa.
—Son sepulcros donde nuestros antepasados enterraban a los más ilustres guerreros, junto con su ajuar funerario —le explicó el niño.
Cada una de aquellas obras transmitía a Bacor un profundo respeto, una cercanía que no sabía muy bien a qué achacar. Algo se adentraba en su interior, abriendo puertas y sensaciones que nunca creyó poseer. Percibía, o creía hacerlo, insignes presencias en tan vetustos bosques. Susurros entre los pinos, voces de otras épocas tratando de revelarle historias que ya nadie contaba pero que de algún modo advertía suyas. Como si ya hubiera paseado por allí antes.
Los parajes que visitaba relucían de verde y gris. Las rocas, bien fueran naturales o levantadas por hombres ya extintos, aparecían grabadas con runas enigmáticas que dejaban entrever sabiduría y, tal vez, poder. Los nativos rendían culto a varios dioses, entre ellos una Madre Tierra que le recordaba a la honrada Gran Madre de Creta, así como a un dios llamado Edovio. De este decían que calentaba las aguas termales que salpicaban la región y que portaba una corona astada como la de los ciervos que sus ancestros habían representado en las piedras. Aquello llamó poderosamente la atención de Bacor: una diosa mujer y otro cornudo, como Posidón, en un lugar tan distante a Labyrinthos… ¿Podía achacarse a una mera coincidencia? Su intuición le gritaba la respuesta, alta y clara. Sin embargo, los sabios no hablan sin pruebas de la verdad.
Allí el aire rezumaba una intensa fragancia que llenaba los pulmones de vida en cada bocanada. La hierba era húmeda, no seca como los matorrales de Creta. Las lechuzas cantaban bajo el inmutable dosel de nubes. Llovía mucho y hacía frío; sí, incluso en verano las noches eran frescas. Pero los exiliados habían adquirido ropas de abrigo de los oestrimnios y, por extraño que sonara, ninguno de los llegados de Cnosos se quejaba del clima. Todos estaban contentos.
Todos salvo uno.