Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 87 de 98

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Lerna

Capítulo 24

 

«Han dispuesto vigías a lo largo de la ruta que lleva al norte», pensó Starn, cuando vio aparecer a los fomorianos. Estaba claro que, tras lo ocurrido con la comitiva diplomática de Partolón, esperaban represalias. La estrategia dejaba bien claro que no estaban ante bárbaros sin raciocinio, como su hermano y el resto se empeñaban en creer. De hecho, el aspecto que habían asumido, terrorífico, era otra estratagema. Y muy efectiva.

Ya no cabía la posibilidad de evitar el enfrentamiento. Starn había albergado la esperanza de propiciar un encuentro entre el rey y sus iguales, Lot y Ciogull. Tal vez, creía, si lograba que ambas partes conversaran las cosas pudieran arreglarse. Una ilusión muy tenue, en realidad, pues la muerte de Rudraige impedía cualquier acuerdo. Ahora quedaba claro que únicamente quedaba el camino de las armas, aquel que no permitía vencedores, solo vencidos.

Starn casi no podía creer que aquella gente fuera la misma con la que había convivido semanas atrás. ¿Cuáles eran los disfraces, los que vio entonces o esos atavíos horribles con los que les presentaban batalla? Ambos, por supuesto. Sabía mejor que nadie que hasta del hombre más amable puede brotar la crueldad cuando se ve desesperado por defender a los suyos, por ofrecerles venganza. Él mismo lo había experimentado cuando falleció Lerna.

Una vez superado el miedo gracias a la arenga de Partolón, las tropas actuaron con diligencia. El rey mandó formar cuatro frentes, uno de ellos a su cargo y los otros al de Acasbel, Afestes y el propio Starn. Los fomorianos los atosigaban por vanguardia y retaguardia, y además dos nuevas hordas llegaban por los flancos. Por la izquierda surgían del mismo lago, como una plaga de langostas. Unos ochocientos habría, como poco.

—¡Hija de Cnosos! —exclamó el monarca, y azotó a su montura para lanzarse a la batalla.

Todos lo imitaron. Los infantes que marchaban a pie formaron una barrera para contener a quienes venían del lago y del otro lado mientras la caballería se encargaba del resto. Starn y los suyos se abalanzaron sobre quienes los atosigaban por la parte posterior. Las lanzas que hendían desde la altura ventajosa que proporcionaban los corceles, junto con las embestidas de estos, causaron estragos entre los fomorianos.

Rodeado ya de enemigos, el hermano del rey advirtió horrorizado que entre ellos también había mujeres. Guerreras valientes que se atrevían tanto o más que cualquier hombre, que no retrocedían ni cuando tenían el bronce rival a un palmo de sus rostros. Resultó ser otra táctica muy efectiva, pues los partolonianos dudaron a la hora de enfrentarse a las muchachas. El mismo Starn mostró reparos a la hora de descargar su lanza. A pesar de lo que le había dicho Lot, temía que cualquiera de ellas pudiera ser Tara. Así que, en la medida en que se lo permitían aquellas formidables contendientes, se limitaba a desarmarlas y dejarlas inconscientes.

El combate siguió hasta sumirse en esa confusión tan habitual que siempre, sin excepción, acaba por adueñarse del campo de batalla. Llegó el momento en que unos y otros estaban tan apelotonados que los partolonianos fueron ya incapaces de cargar. Starn vio cómo un grupo de muchachas derribaban del caballo a uno de sus hombres y lo acuchillaban en el suelo. Ni siquiera pudo llegar a su lado para ayudarlo.

Trató de hacerse espacio en torno a él, de reagrupar al grupo. Con la lanza marcó un perímetro a su alrededor, sin permitir que ningún enemigo lo traspasara. Pero ningún compañero llegó hasta él y, en algún momento, un hacha quebró el fuste del arma. Llanura se encabritó, y casi lo arrojó al suelo. El animal, surcado de heridas, resistía con la lealtad del más fiel de los amigos. Starn se dijo que también le debía el mismo trato, así que, advirtiendo que ya los caballos servían de poco, descabalgó.

—Vete, compañero —le dijo—. Regresa a la pradera, lejos de esta barbarie, y vive.

Le palmeó los cuartos traseros y la bestia relinchó. Con la cabeza acarició el costado a su jinete, y luego emprendió un poderoso trote. Se abrió paso sin piedad, aplastando a cuantos se encontraba, hasta que fue solo un borrón en la distancia.

Una garrocha le rozó el cuello, sacándolo de su estupor. Starn se echó a un lado, al tiempo que desenvainaba la espada y luego, balanceándola, desvió el arma enemiga antes de que se clavara en su pecho. Recuperada la iniciativa, encaró al guerrero fomoriano que trataba de matarlo. Mi padre descargó la espada en un mandoble que se hubiera hundido en la cabeza del joven contrincante —no debía contar ni con quince primaveras—, si este no hubiera ladeado la cintura. Aun así, la hoja de bronce siguió su trayectoria y le cortó la oreja, hiriendo de paso el hombro. El muchacho olvidó entonces el peligro, roto por el dolor, y cayó al suelo aullando como una bestia. Con gran pesar de su corazón, Starn ahogó su sufrimiento dándole muerte.

Tuvo un momentáneo respiro entonces, breves suspiros en realidad, pero que le permitieron escudriñar la confusión reinante. Las armas danzaban aquí y allá; unos gritos buscaban una pizca de coraje y otros prometían muerte, y luego estaban aquellos que la anunciaban con dolor y miedo. Los últimos se le antojaron los peores, tan dolorosos, injustos y crueles que tentado estuvo de dejar caer el arma y salir de allí corriendo, como lo había hecho Llanura. No podía saberse quién tenía ventaja, si los partolonianos o los fomorianos, pues reinaba el caos.

Hasta que reparó en ella. La reina Lot. Estaba allí también, comandando a las bravas mujeres. Era su capitana y la mejor de todas ellas, una furia desatada a la que nadie podía enfrentarse y salir con vida. Llevaba el rostro cubierto de tintura blanca y fango oscuro. Parecía una diosa, la diosa de la muerte. Cuando reparó en Starn, olvidó cualquier otro rival y se dirigió hacia él con la furia tiznando su rostro.

—¡Traidor! —le gritó, haciéndose oír por encima del fragor de la batalla, señalándolo con la lanza—. ¡Confié en ti y nos traicionaste!

—¡Intenté evitarlo! ¡Juro que no he dejado de buscar una solución a esto!

—¡No con suficiente ahínco!

Ahí murieron las palabras. Entre aullidos, Lot se precipitó al combate. Starn se asombró de la audacia y la poderosa arrogancia de la reina. No porque fuera una mujer, sino porque la había conocido contenida y amable. Sin embargo, incluso entonces, en el poblado fomoriano, había visto en su interior un fuego agazapado, unos rescoldos esperando ser avivados. Ahora esas brasas se habían convertido en un incendio terrible: su lanza relucía cada vez que danzaba entre sus manos; las piernas, tan resistentes como la del varón más entrenado, se movían en zancadas tan poderosas que parecía que nada en el mundo podría detenerla; la larga trenza en la que se había recogido el cabello se balanceaba, como los flecos de una bandera.

El grito de carga fue aterrador. Plena de ímpetu, alanceó a Starn, buscando su pecho. El partoloniano apenas pudo deslizar el cuerpo a un lado para evitar el golpe, pero Lot balanceó el fuste hacia atrás y hacia abajo, logrando rozarle de soslayo el muslo, con la punta. Le rasgó la túnica y le arañó la piel. Su furia era incontenible. Contrastaba con el desconcierto de él, incapaz de ver un enemigo en la reina fomoriana. Su voluntad estaba quebrada por la culpa. ¡No deseaba combatir con ella, y mucho menos dañarla! Así que se mantuvo a la defensiva, un embate tras otro, esquivando, deteniendo golpes, retrocediendo.

Nadie los molestó, en eso fue afortunado. Lot lo había elegido como rival y ninguna de sus guerreras osó interponerse en el combate. En cuanto a los partolonianos…, había enemigos de sobra para cada uno de ellos.

Starn poseía la habilidad para hacer que aquel enfrentamiento se prolongara y resultara imprevisible, pero no el ánimo. La reina se arrojó sobre él de nuevo, con la hoja de la lanza hacia abajo, de tal modo que salvó la línea de defensa horizontal que el hombre había formado sujetando su fiaste con ambas manos. Las varas quedaron entrelazadas. Starn, que había esperado un impacto frontal, no pudo evitar que Lot le arrancara el arma de las manos al estirar la suya hacia atrás. La mujer le dio un puntapié en el estómago, y cayó de espaldas.

Lo siguiente fue el talón contra las costillas, inmovilizándolo y señalándolo con la lanza. Había perdido, y ahora estaba en manos de su enemiga.

—Se acabó, hijo de Sear.

—Terminadlo, pues, mi señora. Pues tenéis razón, he fallado a todo el mundo: a mis padres y a mi esposa no los pude salvar; a mis dos hermanos fui incapaz de mantenerlos unidos; a la reina Delgnat jamás la valoré como merecía; a Bacor y a mi querida Aidne tendré que abandonarlos, y más he contrariado a mi pueblo, por no hallar el modo de evitar el destino al que están abocados. Terminadlo, sí, y permitidme regresar con mi Lerna.

Lot echó atrás el brazo armado. Iba a descargarlo. Hacerlo habría cambiado esta historia en modos que no logro imaginar. Sin embargo, la reina de los fomorianos no estaba vacía de emociones. Dudó antes de descargar el golpe. Quiero creer que se sintió compadecida por el dolor de aquel hombre que asumía su derrota con estoicismo. O tal vez creía que todavía no había llegado su hora y que ella no debía ser quien decidiera en contra.

Bajó la lanza hasta rendirla. Y apenas lo hizo, su cuerpo se convulsionó violentamente, al mismo tiempo que los ojos se le abrían hasta el infinito. El vientre le estalló con violencia, dando paso a una punta de bronce manchada de sangre.

—¡No! —gritó Starn, horrorizado por la imagen—. ¡No!

Sin embargo, estaba hecho. La recia y aun así bella figura de Lot se desplomó, y él se apresuró a recogerla entre sus brazos. Solo entonces pudo ver el artífice de la desgracia.

—Afestes…, ¿qué has hecho? —gimió, llorando.

—Iba… Iba a matarte.

Pero Starn ni siquiera le respondió. Acunaba a Lot mientras trataba, en vano, de contener la hemorragia por la que se le escapaba la vida. De pronto se encontró con los dedos de ella acariciándole el rostro. Contempló en la brava mujer una sonrisa y una paz como jamás vio antes.

—No derrames… No derrames lágrimas por mí, hijo de Sear —gimió, con sus últimas fuerzas—. Pues yo me voy… Mi alma parte con alegría y sin rencores para regresar al mundo en otra forma. Pero tú… —tosió sangre— tú te quedas con el corazón lleno de pena. Si el espíritu de la isla en verdad te eligió, me temo que el propósito por el que lo hizo… solo llegará mediante el sufrimiento. ¡Adiós!

Mientras la batalla se recrudecía, Starn sencillamente lo olvidó todo. Se dobló sobre aquella mujer excepcional y ahogó en su cadáver un terrible grito.

Así se fue Lot, reina de los fomorianos. Valiente y orgullosa hasta el último suspiro. Algunos deformarán el pasado y dirán de ella que fue un monstruo, una diosa terrible y sedienta de sangre. Jamás lo creas.