Lerna
Capítulo 23
El océano palpitaba. Era un corazón que mecía los barcos entre latidos de una fuerza que solo el buen clima contenía. Un arrebato de cólera, y aquella parsimonia se convertiría en furia desatada.
Sin embargo, era el viento, convertido en una canción en honor a los hijos de Partolón, el que los ayudaba a avanzar hacia el norte. Tras tanto tiempo con los pies sobre la tierra, los exiliados volvían a sentirse parte del mar. Recuperaron su esencia cretense, la de sus padres, abuelos y bisabuelos, la de unos antepasados que gobernaron las corrientes marinas para convertirse en los dueños absolutos de las olas.
Puntual con los amaneceres, el mirlo volvió a presentarse ante Bacor, que lo recibía con agrado. Pero esta vez la criatura también buscó a Starn, quien aceptó aquella nueva amistad con una sonrisa. Lejos de sentir celos, el sabio agradeció de corazón ver un poco de alegría en el rostro del joven. Creyó que aquella era otra de las señales que el pequeño pájaro le ofrecía.
Algo aguardaba a Starn. Algo maravilloso.
Seguían la costa de Oestrimnis, dejándola a la vista por si un cambio en los cielos les exigía detenerse. Aquellas regiones seguían estando habitadas por tribus de oestrimnios, aunque no tuvieran relación directa con el clan de Cilen. Se cruzaron con muchos pescadores que los saludaban con una mezcla de temor y admiración, pues nunca habían visto barcos como los suyos. Incluso hubo algunos caudillos que se acercaban lo bastante como para hacerse oír y preguntarles en tono desafiante por sus intenciones. El mismo Partolón los tranquilizaba, asegurándoles que no acudían para conquistarlos y los invitaba a subir a bordo para compartir con ellos el poco vino que les quedaba. Les hablaba de su amistad con el clan de Cilen, y estos asentían, pues la reputación de Teath estaba fuera de toda duda.
No pasaron muchos días antes de que la línea de tierra cambiara de dirección, hacia el este. El mar se movía plácido, y los vientos seguían siendo propicios, lo que permitió que los remeros se mantuvieran descansados. Aun así, Babal el Albo desconfiaba, y se lo hizo saber a Partolón.
—No creáis que será así durante todo el trayecto.
Pero al rey en el exilio no le apetecía preocuparse por predicciones funestas. Estaba contento. Creía que las penurias habían quedado atrás y mostraba un ánimo exuberante. Trataba en todo momento de animar al pasaje, tan voluntarioso que su alegría se contagió como una bendición. Incluso se lo podía ver colaborando en las tareas propias de la embarcación, como cualquier otro, algo extraño en otras etapas del viaje. En un par de ocasiones tomó los remos, sin importarle mojarse los pies con el agua de mar estancada ni el olor de la orina que los esforzados bogadores se veían obligados a descargar allí mismo. Nada parecía capaz de afearle la expresión.
Cuando no se hallaba ocupado, pasaba largos ratos en la parte delantera del barco, mirando siempre al frente, como si con su mera voluntad pudiera acortar las distancias.
—Tan lejos como hemos viajado, y que solo ahora me sienta de verdad más allá de cualquier límite —dijo en una ocasión.
A Bacor le sorprendió aquella reflexión tan profunda, pues Partolón siempre había sido un hombre poco dado a ellas. ¿Estaba empezando a cambiar algo en él o solo se trataba de un espejismo?
Ocho días después de torcer hacia levante, llegaron a un gran golfo, y la costa los obligó a virar en dirección norte. El viento se volvió ligeramente en contra, así que las velas dieron paso de nuevo al uso de los remos. Aquellos que los movían sudaron, entre gritos de ánimos y reniegos preñados del deseo de que la brisa volviera a soplar a su favor.
Por otra parte, los mapas del capitán resultaban de escasa utilidad a esas alturas. Era lógico: ningún cretense había llegado tan lejos jamás como para dejar constancia de ello. Al principio, se valieron de las indicaciones dadas por los oestrimnios, pero estas tampoco ya les valían de mucho. Habían alcanzado territorios que jamás soñaron.
—Al norte, tenemos que ir hacia el norte —insistía Partolón, que de pronto parecía frustrado.
—Una indicación muy vaga, mi señor —respondió Albo—. Necesitamos más información, o corremos el riesgo de acabar en cualquier parte menos donde pretendemos.
«Aunque, para el caso… Ni siquiera sabemos hacia dónde vamos», dijo en voz baja el capitán mientras se retiraba, creyendo que nadie lo había escuchado.