Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 64 de 98

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Lerna

Libro III - El despertar de Lerna

Libro III

 

EL DESPERTAR DE LERNA

«¡Márchate, oh, niño humano!

A las aguas y lo silvestre con un hada, de la mano, pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender».

William Butler Yeats, The Stolen Child

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Ya ha durado bastante esta pausa, ¿no crees? Deja solo que tome mi lira de nuevo, pues nada es igual sin ella. Y que venga nuestro común amigo. Ah, aquí está, pequeño mirlo de canto dulce, portador de mi memoria. ¡Susúrrame al oído los hechos del ayer una vez más! Pon las palabras en mis labios y dejemos que las cuerdas borden la música que dará forma a los lugares que ya no existen.

El relato… El relato encara su final, mi buen amigo. Pero no temas, porque ya lo hemos hablado: nada termina realmente. La vida, la misma existencia, es un círculo. Y el conocimiento se perpetúa gracias a los hombres que seguimos narrando el pasado, como yo, como otros que sin duda vendrán con el tiempo.

Volvamos, regresemos atrás, a esos días que ya te resultarán casi tan familiares como a mí.

 

Starn, de cuya carne estaba destinado a surgir quien esto te cuenta, caminaba descalzo por los campos de su nuevo hogar. Lo hacía así porque prefería sentir la tierra viva contra la planta de los pies, sin importarle que se le ensuciaran de barro. ¿Acaso un hombre acariciaría a su amada con las manos envueltas? Para él, aquel suelo que pisaba era la carne de Lerna. De algún modo percibía que un corazón latía bajo la hierba y la roca. Mujer vestida con ropajes distintos a los habituales, pero mujer al fin y al cabo. Su esposa.

No había vuelto a verla desde aquel día en el barco, pero la intuía cercana. A su alrededor, en todo momento: cuando levantaba la vista cada mañana para ver qué le ofrecería el cielo; cuando paseaba entre las praderas y bebía del rocío sobre las hojas; cuando la noche caía y el ulular de las aves nocturnas despertaba. Estaba allí y le hablaba de mil y una formas, aunque él no terminara de entender lo que pretendía decirle.

Se sentía feliz vagando sin rumbo ni propósito. Le bastaba con llevar consigo su más preciada posesión, la humilde lira, y tañer sus cuerdas en busca de las armonías apropiadas para la belleza de aquel mundo por descubrir. Se había liberado de cualquier carga, de tener un objetivo que alcanzar, y simplemente se contentaba con dar un paso y luego otro. ¡Pues ya había llegado a su meta! O al menos eso creía. Todavía no era consciente de que en la vida solo existen paradas para descansar.

Para Starn el tiempo se medía ahora por el gemido del viento sobre las colinas de la nueva y bella tierra; por el suave arrullo de los ríos; por el roce de la lluvia, casi siempre delicado, aunque a veces se volvía iracundo como si pretendiera arrancarle la piel, y por las notas de su instrumento. Se alejaba de cuantos conocía y, en medio de aquellos parajes que despertaban, lanzaba un grito. No de rabia u odio, más bien se trataba de un desahogo, de volcar la extraña pasión que yacía en su interior y lo desbordaba. Siempre había un nombre en aquel estallido impetuoso. Y siempre era el mismo.

Lerna.

 

Como si deseara ser cortés con sus hijos recién llegados, la isla les ofreció un primer invierno suave, gracias al cual los partolonianos pudieron establecerse sin mayores padecimientos. Se habían desplazado tierra adentro, hacia el norte, dejando atrás el estuario donde desembarcaron, hasta hallar un lugar propicio: una llanura herbosa, rodeada de arboledas repletas de robles y tejos, junto a un riachuelo. Aquellas aguas, frescas y surcadas por grandes truchas, danzaban entre la densa fronda de árboles hasta llegar al lago que gobernaba el valle. Montañas de aspecto imponente flanqueaban el maravilloso emplazamiento, guardianas en la distancia.

Al pie de uno de los montes, junto a una cascada, decidieron construir su ciudad. La alegría era tan grande que se trabajó mucho y bien. En aquellos primeros tiempos no hubo distinción entre el mismísimo Partolón y el más humilde de sus siervos. Las hachas danzaron con avidez sobre los troncos de los árboles, los picos sobre la roca. Lerna les entregó madera y piedra para sus moradas, y de este modo levantaron nuevos espacios donde antes no los había. La isla les hacía sitio, una madre amorosa que acomoda el nido a sus polluelos recién nacidos.

Bajo la pasión inigualable de su exultante rey, la diligencia y sentido común de Starn y los consejos de los sabios, surgió una aldea. Y esta vez sí, fue Partolón quien la nombró: Hija de Cnosos.

Y allí mismo se proclamó rey de Lerna.

Starn alcanzó el linde del bosque y lo traspasó. Dejó que lo abrazara el manto protector de los robles, vestidos de musgo y helecho. El aire olía a húmedo, pero no a podrido. La luz se filtraba entre las hojas, formando haces que más parecían dedos volátiles surgidos de otro mundo. Las tonalidades de verde esmeralda reverberaban a su alrededor, al compás del fresco eco de sus composiciones. Parecía como si ambos, música y color, tuvieran un acuerdo tácito para alimentarse mutuamente.

Aquellas arboledas eran distintas. El entorno se le introducía dentro, buscaba su alma. Esa sensación… permanece incluso hoy en día, ¿verdad? Los escuchas sin ser consciente de ello. Susurros de oradores invisibles que nos acercan certezas de una profunda trascendencia: que la muerte es el camino a una nueva vida —la muerte de los cretenses, la vida de los partolonianos—; que el pasado es presente aquí, que lo antiguo sigue vivo… De una forma básica, grosera y casi inadvertida, Starn sentía que la realidad que había conocido antes de su llegada a la isla estaba sesgada por percepciones limitadas a lo físico, y solo ahora empezaba a advertir que había algo más. El sobrecogimiento era tal que el vello se le encrespaba constantemente. Era hermoso, como todo lo que ofrecía Lerna, y por ello merecía ese nombre.

Mientras seguía avanzando hacia el destino que tenía en mente, el joven príncipe pensó en lo que la isla les había proporcionado. Protegidos por un refugio estable, la vida de Partolón y los suyos progresó en poco tiempo. Disfrutaban de una caza abundante, ya que habitaban los bosques muchos animales, entre ellos grandes jabalíes y orgullosos ciervos rojos. También, por supuesto, sembraron campos, y tal era la fertilidad de aquella tierra, a pesar de que jamás había sido cultivada, que obtuvieron generosos frutos durante la primera primavera: forraje para las bestias que los exiliados habían traído con ellos y cebada con la que elaborar cerveza.

Los partolonianos se aferraron a la felicidad con pasión. Cada uno de ellos se dedicó a lo que su corazón le demandaba. Starn, como ya te he contado, se convirtió en paseante y músico, el embrión de aquellos a los que un día se les llamaría bardos. Babal el Albo había pasado de ser capitán a mercader, junto con Biobal. Brea, el hijo de Senboth, destacó como constructor por encima de cualquier otro, pues él fue quien primero levantó una casa. Malalech siguió siendo médico, pero también descubrió una nueva pasión: la elaboración de cerveza. Tal y como Partolón les había prometido, Totach, Cuil, Dorcha, Dam, Athecbel, Iomus y Tarba se hicieron cargo del ganado traído desde el país de los oestrimnios.

¿Y Bacor? El anciano consejero sorprendió a todos. Al poco de asentarse en la isla, anunció que dejaba Hija de Cnosos para trasladarse al bosque cercano, alegando que deseaba conocer mejor las tripas de la nueva tierra, volcarse por completo en la búsqueda de conocimiento. Aun así, no siempre estaba solo. Starn acudía a menudo a la pequeña casa que le había ayudado a levantar en medio de la arboleda. Y, reconocido como el más sabio de los venidos de Creta, los padres llevaban a sus hijos para que los educara. Él les transmitía útiles cuestiones acerca de los animales, las plantas, el cielo y los ciclos de las estaciones; lecciones legadas de Cnosos, pero también muchas que estaba descubriendo en el nuevo hogar. De este modo, Bacor se convirtió en el primer maestro de Lerna.

Starn llegó al fin al lago, enorme y de aguas claras. Los árboles se agolpaban hasta la orilla del estanque e introducían sus raíces incluso en el agua, como si de serpientes sedientas se tratara. La quietud reinaba en aquel lugar, que invitaba a tenderse sobre la hierba fresca para contemplar el cielo, a remojar los pies, a disfrutar del canto de los pájaros. Su anciano amigo le había dado nombre: lago del Aprendizaje. Cuando le preguntó el motivo de tal elección, le aseguró que desde que se instalara allí no había hecho más que aprender nuevas cosas.

En la orilla de la calmada laguna se hallaba el hogar de Bacor. Una cabaña circular, hecha de mimbre y bálago, con el tejo de ramas entrelazadas y tierra apelmazada. No era muy grande, apenas siete pasos bastaban para cruzarla, pues el sabio prefería la comodidad a la ostentosidad. La habían construido sobre unos pilares que la elevaban un poco sobre el suelo herboso, para así evitar que la humedad se introdujera en el interior.

El anciano se hallaba en el exterior, junto a uno de los robles. Contemplaba las ramas del árbol con aire meditativo mientras el mirlo revoloteaba alrededor.

—¿Ahora cavilas el modo de subir a lo alto de las copas, mi buen Bacor? —bromeó Starn, arrancando un suave tañido a las cuerdas de la lira.

El sabio reparó entonces en su presencia y lo saludó con una sonrisa. El mirlo hizo lo propio con una serie de trinos, justo antes de posarse en la mano que le tendió el joven.

—Tal vez lo haga, pero no era eso lo que tenía en mente. Fíjate…

Starn contempló el punto que el antiguo consejero señalaba: unos arbustos con forma redondeada que colgaban de las ramas del árbol. Lo extraño era que no parecían parte del guardián de piel cuarteada.

—¿Qué estoy mirando exactamente?

—Algo fascinante, aunque pueda parecer simple y anodino: dos plantas distintas que conviven. La más pequeña, a la que de momento he llamado «mordedora», aprieta con fuerza a su anfitrión. Presumo que se alimenta de ella, pero no parece dañarla. Una fabulosa simbiosis que demuestra que la unión otorga poder.

Cuando hablaba de las criaturas que crecían o caminaban por Lerna, a Bacor se le iluminaban los ojos. Todo le fascinaba, desde el vuelo de un águila a los relámpagos durante una tormenta. Elementos tan comunes en esta isla como en la que habían abandonado y que, sin embargo, tenían un halo de novedad y le inspiraban atrevidas ideas, planteamientos extraños y teorías reveladoras. Esa era la diferencia con el príncipe: para este las explicaciones no tenían importancia. Sin embargo, el anciano no cejaba en su búsqueda, en tratar de entender hasta la más insignificante de las facetas de la existencia. Donde Starn veía la isla con el corazón, Bacor lo hacía con la cabeza.

—Suena apasionante, pero imagino que no me has llamado para mostrarme esto.

—No, esto no. —Volvió el rostro de nuevo hacia él, aunque ya no vio alegría, sino un cierto tinte de preocupación y el regreso de la ancianidad—. Se trata de otra cosa. Acompáñame.

Volvieron a adentrarse en el bosque, aunque no por donde había llegado el joven, sino hacia el norte. Bacor, ataviado con una amplia túnica blanca, no abrió la boca durante todo el trayecto, y Starn no le demandó ninguna explicación. Confiaba en él como si de un padre se tratara y comprendía que lo que fuera que quisiera enseñarle no podía ser explicado antes de tiempo.

Llegaron a un claro parcialmente cubierto por unas cuantas ramas desvergonzadas de los robles cercanos, y Starn pudo ver así lo que, dedujo, preocupaba a su amigo: siete rocas, del tamaño de carneros gordos. No le habrían llamado la atención de no ser por su cuidada disposición. Formaban un círculo delimitado a la perfección. No hacía falta ser un sabio para entenderlo.

Alguien las había colocado de ese modo.

Starn se acercó hasta las piedras y las examinó. De piel gris ceniza, aunque manchadas de blanco y abrazadas en su base por madreselvas, no le parecieron muy especiales. Hasta que advirtió varios símbolos grabados. Asemejaban caras talladas, pero no lograba entender a qué hacían referencia.

—Lo descubrí hace unos días, durante un paseo. Sabes lo que significa, ¿verdad?

—Insinúas que no estamos solos en Lerna…

—Esta es una prueba irrefutable, hijo.

—Podría ser obra de algún antiguo pueblo ya desaparecido.

Bacor negó con la cabeza.

—El lugar parece que no ha sido hollado desde hace mucho tiempo, cierto, pero esos grabados no acusan el desgaste de la intemperie —razonó el anciano—. Estoy convencido de que los constructores de esto, o sus hijos, no andan muy lejos.

Starn se frotó el mentón mientras trataba de encontrar un fallo en los argumentos del sabio. Tarea destinada al fracaso, como bien sabía. Si Bacor le mostraba aquello, si le ofrecía una teoría, era porque él mismo ya había descartado cualquier alternativa.

—¿Qué sugieres?

—El conocimiento es la clave para la anticipación. Deberías plantear la cuestión a Partolón y pedirle que destine hombres a la exploración de Lerna. Y, si tú estás al mando de dicha misión, mucho mejor. Necesitáis estar preparados por si se diera el peor de los casos.

Cruzó la mirada con el consejero a la vez que arrugaba el entrecejo. «Necesitáis estar preparados», había dicho. Era como si de algún modo Bacor se estuviera excluyendo voluntariamente de la comunidad de los partolonianos. No le gustó, pero si algo lo confundió sobremanera fue advertir que lo comprendía.

Aunque Starn todavía vivía en Hija de Cnosos, cada vez se sentía más extraño entre los suyos.