Lerna
Capítulo 15
La cinta dorada que el amanecer extendía por el horizonte cedía veloz ante el rey de los astros. Starn, recostado sobre la borda del Hijo de Minos, contemplaba el suave oleaje, que acunaba el navío del mismo modo que lo haría una madre amorosa. Sabía muy bien que aquel manto azul podía entrar en cólera, pero los días se presentaban plácidos gracias a la ofrenda realizada a Posidón. Así lo habían asegurado las sacerdotisas antes de partir de Cnosos.
En cualquier caso, contaban con la seguridad de un transporte sólido, adecuado a la fama de quienes eran considerados los señores del mar. Todo su esplendor se lo debían al comercio, a los viajes sin tregua para abastecerse y exportar sus propios productos: conseguían estaño en las costas occidentales del gran continente, y vendían cerámica, lingotes de cobre o herramientas de bronce en las ciudades de Oriente. No existía puerto, desde Thápsos a Ugarit, que no conociera la excelencia de los cretenses.
Por eso, el arte de su pueblo para la construcción de bajeles no tenía parangón y era envidiado incluso por los egipcios. La falta de buena madera con la que armar navíos robustos, capaces de resistir el oleaje, los obligó a conformarse con recorrer el plácido Nilo sobre barcazas de juncos unidos con cáñamo. Pero Creta no tenía límite alguno.
El impulso del Hijo de Minos provenía de los cuarenta y ocho remeros que, abnegados, se esforzaban contra las corrientes. Mucho mejor que depender de que los vientos hincharan una vela, sin duda. Aunque allí estaba, plegada en el palo central, por si las condiciones eran buenas para utilizarla. A cambio, el viaje se hacía más incómodo por el cabeceo del barco impulsado por los canaletes. Pero los cretenses eran hombres de mar, los vaivenes les suponían la misma molestia que a un norteño los brincos de esas extrañas bestias que llamaban «caballos». El timonel, en la popa, manejaba la caña para dirigir el rumbo del navío. Mientras el resto de marineros realizaba sus tareas, los insignes pasajeros pronto preferirían resguardarse del sol a la sombra de la carpa bajo el mástil, en sus cómodos asientos. El casco estaba decorado en los flancos con las habituales palomas, símbolo de las labores diplomáticas. A proa, una cabeza de toro dorada embestía el aire y las olas al compás del esfuerzo de los remeros.
Se dirigían a la colonia de Akrotiri, en el archipiélago al norte de Creta. Era habitual que la familia real honrara a las ciudades hijas de Cnosos con la visita de alguno de sus miembros para que estas entendieran que no habían sido relegadas por su madre. Y en esta ocasión tendrían a dos príncipes entre sus invitados.
—Estoy seguro de que ahora mismo preferirías estar en otro lugar, con otra persona —dijo Afestes a Starn.
Le sonrió. El escolta, fornido y dueño orgulloso de una trenza que le llegaba hasta la cintura, tenía la habilidad de sacarle una risa siempre que lo necesitaba. En realidad, era mucho más que el jefe de su guardia personal. Se conocían desde niños, pues era hijo de Climostes, uno de los asistentes del minos. Fue el propio Starn quien lo eligió para su servicio cuando regresó de Tebas, pues entre ambos existía una sólida amistad.
—No negaré esa parte, desde luego. Pero ni a Lerna ni a mí nos vendrá mal separarnos durante unos días. Temo que se hastíe de tanto tenerla junto a mí —bromeó el joven príncipe.
—¡Oh, te aseguro que una mujer nunca se cansa de recibir atenciones! — proclamó el otro, carcajeándose.
De pronto, uno de los marineros lanzó un alarido. Starn dirigió la mirada hacia donde aquel señalaba, un punto hacia el este. En un primer vistazo no advirtió nada entre los ligeros vaivenes del mar, pero no tardó mucho en reparar en una mota oscura que contrastaba con el azul de las aguas y del cielo despejado.
Rápidamente, se reunió con Partolón y el capitán del navío en el camarote que este tenía en la parte posterior. Era un hombre de brazos fuertes y pecho esculpido por sus días de remero, que se movía con el habilidoso ritmo de quienes pasan más tiempo entre las olas que en tierra firme. Atendía al nombre de Babal, aunque muchos lo llamaban Albo, pues tenía el cabello tan rubio como la plata, algo para nada común entre los cretenses. Se decía que en su juventud había tenido que soportar mofas por ello, pero logró tornar lo extraño en exótico y convertirlo en una ventaja. Desde que se hicieran a la mar, unas horas antes, no había dejado de alardear de cuánto admiraban su rareza las mujeres.
—Creo que puede tratarse de un mercante en apuros, pues no parece avanzar más que llevado por las corrientes, señor —comentó.
—No lo dejaremos a su suerte en ese caso —atajó Partolón.
El capitán dio las órdenes oportunas al timonel y el transporte diplomático, convertido ahora en una suerte de partida de rescate, viró hacia su nuevo destino. Conforme se acercaban, Starn se fijó en la embarcación a la que pretendían auxiliar. Albo tenía razón: era un navío comercial. La forma redonda y robusta así lo proclamaba. Tenía un solo mástil, y la vela rectangular aparecía plegada. Los remos estaban quietos.
Los cretenses se aproximaron poco a poco, mientras el capitán daba voces a los posibles tripulantes del mercante. Nadie respondió.
—¿Qué desgracia puede haberlos asolado? —preguntó Partolón—. ¿Es que no hay vida a bordo?
Y entonces, abarloado ya el navío diplomático, llegó lo inesperado. Silbaron los garfios de abordaje, que se engancharon inclementes para unir el destino de ambas embarcaciones. Cuando vio a los piratas saltando hacia él, Starn sintió un intenso pavor, una especie de puño que le estrangulaba la garganta, el corazón y las tripas. Espadas. Aquellos hombres portaban hojas auténticas y no las esgrimían para ningún ritual. Matar. Ese era su objetivo.
—¡Detrás de mí, hermano! —gritó Partolón, como si él pudiera defenderlo solo con sus puños.
Los miembros de la escolta formaron una barrera para proteger a los dos príncipes. Acasbel e Ith, los más fieles del príncipe heredero, daban las órdenes. El primero era hermoso y carismático; el segundo, intimidante. Pero a Starn no le pasó inadvertido el temblor con que sujetaban unas lanzas que jamás habían utilizado en un combate real.
Por desgracia, no estaban ante bestias descerebradas. Un grito de guerra antecedió a los aproximadamente veinte individuos que se abalanzaron sobre los treinta centinelas. Los cretenses, sumidos en el miedo, reaccionaron con torpeza. Tres cayeron durante la acometida inicial, y quizá fuera el aliento de una cercana muerte lo que hizo que el resto se revolviera y decidiera mostrar mayor resistencia.
Ahora bien, los asaltantes tenían de su lado la habilidad y la experiencia. Desbordaron a los guardias hasta encontrar un hueco por el que colarse y uno de ellos quedó pronto frente a los hijos del rey. Starn fue incapaz de reaccionar. De pronto, le parecía que su carne se había convertido en piedra, que el mundo pesaba tanto que le ataba los músculos. El rostro del pirata, cruzado por una ira irracional que desfiguraba sus expresiones, era lo único que existía.
La hoja de bronce cayó sin piedad. En el último instante, el afán de supervivencia lo hizo reaccionar. Era ágil y rápido, lo bastante para inclinarse hacia atrás al mismo tiempo que ladeaba la cintura. Aun así, el gesto llegó demasiado tarde como para esquivar por completo la espada. El filo lo alcanzó, pero algo lo protegió. Algo dio la vida por él.
Su lira.
Astillas, cuerda y plata saltaron al mismo tiempo que Starn caía sobre sus espaldas. El pirata, que no había esperado aquello, dudó durante un suspiro. Y ese fue todo el tiempo que necesitó Partolón para situarse entre su hermano y el agresor. Un brillo en la mano. Un puñal en ascenso, hambriento, que se hincó en la carne desprotegida del andrajoso hombre. Toda la rabia dibujada en la faz del asaltante se tornó primero en sorpresa y luego en horror, al comprender que le llegaba la muerte. Era terrible. Terrible. Tanta violencia, tanta cólera… Insoportable.
Starn cayó de rodillas, abrumado por la situación. El resto de la batalla transcurrió como un sueño, una pesadilla más bien: lanzas que picaban, espadas que atacaban y defendían, hombres que caían y aullidos de dolor mezclados con el ímpetu desatado. Y, entre tanta barbarie, un personaje se alzó por encima de cualquier otro. Fue Partolón quien cambió las tornas del combate. Él, quien, entre consignas a la supervivencia, con el recuerdo de la Diosa en sus labios, consiguió lo impensable: que un grupo de guardias que nunca había entablado batalla se impusiera a bandidos diestros en el arte de matar. Empañada la vista por las lágrimas, Starn vio cómo su hermano balanceaba una lanza recuperada de uno de los abatidos. Alcanzó a un enemigo y lo atravesó, inspirado por alguna fuerza divina, o eso al menos le pareció. La punta de bronce rasgaba el aire y la carne rival, sin piedad. Y tal era su arrojo que, al fin, los piratas comprendieron que no se enfrentaban a un isleño miedoso, sino a un señor de la guerra que acababa de despertar.
Huyeron.
Le sobrevino una arcada terrible que no pudo contener. Starn vomitó entre cruentos temblores, dejando escapar la bilis sobre el reguero de sangre de los muchos cadáveres tendidos en la cubierta. ¡Debes entenderlo! ¿De qué otro modo iba a reaccionar quien está acostumbrado a una vida segura, quien ha crecido entre la placidez y la paz más absoluta?
Se palpó el dolorido hombro y fue entonces cuando sus dedos se encontraron con lo que quedaba de la lira. Apenas pedazos colgando y esparcidos por el suelo. La visión del cadáver de su amado instrumento, que tantas satisfacciones le había dado, le provocó una honda tristeza. Recogió los restos con amoroso cuidado, como si de un hijo al que enterrar se tratara.
El escenario, una vez logró armarse de valor para alzar la mirada, resultaba desolador. Quizás hubieran conseguido la victoria, pero la supervivencia no iba a ser para todos. Ocho piratas yacían muertos entre los charcos oscuros. Terrible destino compartido con quince de los guardias y otros cinco marineros cretenses. Al menos Afestes estaba de una pieza, aunque temblaba igual que el resto.
Partolón lo tomó del brazo y lo obligó a levantarse.
—Arriba. Que nadie diga que los hijos de Sear, el minos, se acobardan — le conminó.
—De ti no cantarán cobardía alguna, hermano. De mí, en cambio…
—No seas tan duro contigo mismo. Todavía eres joven. Nunca antes te habías enfrentado a la muerte.
«¿Acaso tú sí?», se preguntó Starn. «¿Cuándo?».
—¿De dónde has sacado el puñal? —quiso saber, extrañado de que su hermano llevara armas.
—Pretendía ser un regalo para el gobernador de Akrotiri, aunque ahora que ha probado la sangre tendré que buscar otro.
—¿Qué locura es esta? —se lamentó Albo—. Hace décadas que no se ven piratas por estas aguas.
Partolón caminó hasta el cadáver de uno de ellos. Le dio la vuelta, estudió su rostro, los cabellos y las vestimentas. Era el que se había lanzado sobre Starn. Lo reconoció por la horrible cicatriz en la mejilla.
—Estas facciones bastas, las barbas y esas melenas desarregladas… Aqueos, no me cabe duda —aseguró al fin.
Starn se llevó las manos a la cara, incrédulo ante lo que estaba pasando. Partolón trató de animarlo palmeándole la espalda. Pero lo que dijo a continuación no ayudaría a calmar el horror que inundaba al más joven de los príncipes.
—Ya ves, hermano. El mundo se está volviendo cada día más peligroso. —Sus ojos estaban cargados de decisión—. Va siendo hora de que los cretenses hagamos algo al respecto.