Lerna
Capítulo 23
¿Cómo había ocurrido aquello? ¿De qué modo Egos había sido capaz de escapar de su confinamiento?
Nosotros ya lo sabemos, ¿verdad, mi buen amigo? Pero las preguntas se amontonaban en la mente de Bacor. Y, aun así, en el instante en que el anciano profeta se desplomó, su única preocupación fue atenderlo. Recogió el cuerpo desgastado y posó la cabeza en su regazo. Sin embargo, en aquel pedazo de carne vencida no existía ya vida. Apenado, trató de bajar los párpados del fallecido, pero estos volvieron a abrirse en una burla eterna, como si quisieran que la mirada hacia el abismo con la que había muerto permaneciera para siempre.
El caos se adueñó del patio. Lamentos, gritos aterrorizados, sentencias anónimas que proclamaban la desgracia, una especie de eco del visionario. Los Doce Sabios trataron de poner orden, de contener los funestos temores que empezaban a extenderse. Después de todo, no habían errado en su propio vaticinio: la gente reaccionaría de la peor de las maneras si las demencias de Egos llegaban a sus oídos. Todas las precauciones tomadas por el grupo de eruditos estaban justificadas.
¿Por qué entonces Bacor se sentía más culpable que nunca?
El minos, al fin, salió de su propia estupefacción. Dio un paso adelante y se encaró a los ancianos instruidos, exigiendo respuestas.
—¿Qué significa esto? —Los ojos se le fueron casi al instante hacia su consejero de mayor confianza.
—Solo el agónico lamento de un hombre que perdió la razón hace mucho tiempo —se apresuró a responder Altémenes, el primero de los sabios—. Nada de lo que ha dicho debería preocuparnos.
—Ese anciano… me resulta familiar —tartamudeó Sear.
—¿No lo reconoces, esposo mío? —intervino Ariaghne, haciendo uso de su potestad como reina para discutir con la misma autoridad que su consorte —. Ha cambiado mucho, pero sigue siendo él: Egos, el maestro.
La mirada del minos se abrió de puro asombro.
—¡Egos «el Desaparecido»! —exclamó—. Se desvaneció cuando yo era un muchacho, hará al menos cuarenta veranos. Nunca supimos de su suerte, así que creímos que la Diosa lo había reclamado para sí.
—Así fue, de algún modo —habló Bacor, mientras cubría el cadáver con su propia toga—. La Gran Madre tenía reservado para él un papel que solo esta noche ha terminado de cumplir.
¿Por qué había dicho eso? Se lo reprochó al instante. Él nunca creyó que Egos estuviera tocado por los dioses, de ahí que aceptara su encierro. Los remordimientos que durante tantos años lo azotaron eran propios de quien se siente traidor a un amigo. ¿O tal vez se estaba engañando? ¿Y si, inconscientemente, una minúscula parte de su alma siempre hubiera tomado por ciertas las profecías de su antiguo maestro?
—No hay ningún plan divino establecido en la demencia de un anciano — le reprochó Altémenes; luego se dirigió al rey—. Gran minos de Cnosos, es cierto que algunos de nosotros no estamos libres de culpa. Cuando la brillante mente de Egos se desvaneció en profundos desvaríos, optamos por una solución dolorosa pero obligada. Lo escondimos, lo mantuvimos a buen recaudo para que no inquietara la calma de la ciudad.
—Locura, qué horrible plaga. Tan extraña para nosotros… —asintió Sear, como aceptando las premisas del primero de los sabios. Se volvió hacia el gentío que, nervioso, esperaba palabras de consuelo. El minos las otorgó con tono poderoso, pues ya se había impuesto a toda confusión—: ¡Pueblo de Cnosos! ¡Escuchadme ahora a mí! Yo, vuestro rey, mensajero de la Gran Diosa y Posidón el Cornudo, os conmino a que no dejéis que los desvaríos de un enfermo rompan la alegría de esta noche. Es, sin duda, una jugada de los malos espíritus para alterarnos, pero no encontrarán en nosotros más que convicción y respeto por la única y gran verdad: que la Madre de la Tierra nos protege de todo mal.
Los asistentes cabecearon, la mayoría de ellos convencidos por su rey. ¿Acaso él les había fallado en alguna ocasión? Pero a Bacor aquellas palabras le supieron amargas; no le apaciguaban el corazón.
No era el único.
—¿Y así termina todo? —estalló una voz.
«No, por favor. Dioses, detened esto», rogó el sabio.
Partolón dio varios pasos al frente, dejando a Delgnat al lado de Topa, el criado. De nuevo el príncipe heredero se enfrentaba al rey. La frase retumbó en la cabeza de Bacor: «El hijo se volverá contra el padre».
—Mucho he oído hablar de Egos, a quien en otros tiempos se le tenía por el más sabio entre los sabios —exclamó el hijo mayor de Sear—. Y ahora, como sus palabras nos molestan, ¿lo llamamos loco? Quizá sería más sensato estudiar su profecía, en aras de evitar males mayores.
—No es el momento de discusiones, Partolón —trató de atajar el minos, con el gesto huraño.
—¡Para ti nunca lo es! —replicó su hijo, airado—. No haces más que huir de las cuestiones importantes, en la creencia de que un poder superior nos seguirá escudando. ¡Pero hasta las divinidades se cansan de hacerlo todo por nosotros!
Sear frunció el ceño más si cabe. Largos mechones le caían por la frente, desde la diadema, en bucles que casi alcanzaban su mirada, ahora tan cercana a la ira. La reina hizo ademán de apaciguarlo, pero él rehuyó el gesto y dirigió un dedo acusador hacia Partolón. Bacor tragó saliva.
—Bordeas la blasfemia.
—¡Por lo visto es el único modo de atraer tu atención! Demuestras una ceguera mayor de lo que creía. —Levantó el puño apretado, mostrándoselo a Sear—. ¡Y por si fuera poco te haces el sordo! No escuchas, te niegas a aceptar lo que otros te decimos por el bien del pueblo. Nos rechazas, a mí, tu hijo, y también a ese viejo profeta que no ha hecho sino refrendar mis certezas. ¿Cuántas pruebas más necesitas de que al otro lado del mar el mundo se prepara para nuestra perdición?
—¿Pruebas? ¿De qué pruebas me hablas? —rugió el minos, con la voz cargada de irritación—. ¿De los disparates de un demente? ¿Del constante descontento de un niño ingrato que se cree poseedor de toda razón? Insuficiente, lo quieras o no. Mi labor como señor de este pueblo es procurar una vida en paz, sin desgracias ni dolor. Si todavía no lo entiendes…, tal vez es que no estás preparado para sucederme. Quizá nunca lo estés.
El silencio fue tan intenso que resultó doloroso. El rostro de cada uno de los presentes se vistió de lamento. Las sacerdotisas miraban hacia otro lado. Los Doce Sabios callaban, seguramente avergonzados de ser responsables de todo aquello. Bacor, desde luego, así se sentía. La bella Ariaghne, dividida entre esposo e hijo, contenía la respiración. Starn seguía abrazando a Lerna, pero sus facciones se mostraban llenas de lamento. Y Trióme…, ¿dónde se hallaba? Allí, retrasado de la contienda, observaba con aire impasible, como si aquello no le afectara mucho.
Maldita animosidad entre hermanos.
¡Ah, cuán testarudo es el orgullo desmedido! Pues el príncipe mayor, que no era dado a torcer el brazo, todavía tenía cosas que decir:
—¿Es una amenaza, padre? ¿Crees que me importa el trono?
Y entonces, Partolón, hijo del minos, príncipe heredero de Labyrinthos…, escupió al suelo. Luego giró sobre sus talones y se retiró. Aferró a Delgnat por el brazo y tiró de ella, al tiempo que ordenaba al criado que se llevara consigo a los tres niños. Rudraige parecía abatido, pero fue el llanto del menudo Slanga el que rompió la noche, rasgando la horrible escena del hijo rechazando a su padre.
Bacor contempló el rictus en la faz de Sear. Podría haber sido de rabia justificada, sin embargo, solo vio dolor. Un intenso y lacerante dolor.