Lerna
Capítulo 11
Se aproximó a él, la silueta recortada por el crepúsculo. Los cabellos le caían sueltos por la espalda. Starn la contemplaba desde el lecho, embelesado, incapaz de fijar sus ojos en un lugar concreto de aquella exquisita desnudez. Lerna era consciente del efecto que causaba en su amor y, traviesa, jugueteó con las manos, siguiendo los curvos contornos de sus caderas.
Incapaz de resistirse por más tiempo, el príncipe la atrajo hacia sí. Primero la abrazó, pues deseaba a toda costa sentir el tacto de la piel contra la piel. La recorrió sin dejar de envolverla, a lo que ella respondió besándolo en el hombro. Temblaron. Durante aquellos instantes iniciales, todo cuanto pudo hacer Starn fue estrecharla con fuerza mientras se frotaba contra ella. Tenía miedo. ¡Sentía un pavor salvaje a que el viento pudiera arrebatársela! Jamás. Jamás había padecido y a la vez disfrutado de nada semejante.
El príncipe, apaciguado el temor inicial, logró apartarse un poco. Se inclinó hacia atrás para verla mejor. Hubiera deseado decir muchas cosas, pero estaba convencido de que ninguna palabra que surgiera de su boca podría dar verdadera forma al sentimiento que lo desbordaba. ¡Ah, el verdadero amor, cuando es joven y fogoso!
Así pues, se entregó a los actos. Apretó los labios contra los de ella sin dejar de recorrer sus piernas. Los besos sabían a miel, y su piel tenía el tacto de una suave brisa marina. La joven, estremecida y desatada en sus gemidos, se apretó más y más contra él. Imposible de domeñar las emociones. Rozaba él un dolor dulce, el de la ansiedad de vaciarse por completo en ella, el de no saber si estaría a la altura, si el amor entregado sería tan poderoso como el amor recibido.
Si era digno de ser su esposo.
La dulce luz de la lámpara de aceite solo conseguía formar un halo en torno al lecho de los recién desposados. No importaba. Bastaba para que Starn contemplara a Lerna, que dormía con la placidez de una niña.
Todavía le costaba aceptar que ahora era su mujer, y él, su marido. Puedes imaginar que, en otras circunstancias, dicha unión habría sido complicada, pues la bailarina no tenía sangre real en sus venas. Entonces, como ocurre ahora y ocurrirá mañana, los hombres se empeñaban en poner por delante consideraciones tan absurdas y azarosas como el lugar de nacimiento o la condición social del individuo. ¡Qué distinto sería todo sin tantas trabas estúpidas! Qué distinto, si nos dejáramos llevar por el amor y nada más.
En cualquier caso, el destino había conspirado agradablemente en favor de aquella pareja de amantes. Starn no disponía de hermanas con las que desposarse para mantener la pureza del linaje y, aunque así hubiera sido, tenía por delante a Partolón y Trióme como herederos al trono, y Lerna, aunque de familia humilde, se había ganado un puesto entre los más respetados de Cnosos después de sus proezas en los juegos del toro. Cuando le trasladó a su padre el deseo de tomarla como esposa, el minos no puso objeción alguna.
Y allí estaba, a su lado. Habían yacido por primera vez juntos esa misma noche, ultimada la celebración de los esponsales. Una hermosa ceremonia, mucho más sencilla que el fausto evento que su padre organizó para Partolón y Delgnat. Aun así, toda la ciudad había estallado en una gran fiesta, a la que incluso fueron convocados los doce sabios, habitualmente repartidos entre las grandes ciudades de la isla salvo durante las grandes ocasiones. Acudieron los habitantes de las aldeas cercanas, sin importar que su linaje fuera más o menos insigne, pues ante la Diosa todos eran iguales. Y, si la Gran Madre pensaba así, ¿de qué otro modo habrían de comportarse los reyes? Se celebró un banquete repleto de bandejas de comida, y no faltó el vino ni el hidromiel. Una hueste de músicos interpretó las tonadas más tradicionales, acompañados de cantores que, a coro, solazaron el ánimo de los presentes. Y, al compás de las flautas dobles y las cítaras, los dos amantes bailaron. Sí, no era la música que los había unido; esa solo podía surgir de los dedos de Starn, y era suya, de los dos, reservada para la intimidad. Pero aun así lo celebraron con alegría y despreocupación, rendidos a una felicidad imprevista pero bien recibida. El festín se prolongó como una ilusión hasta que la noche, y la pasión, reclamó a los jóvenes esposos.
Starn se levantó con cuidado para no despertar a Lerna. Acarició con cariño el anillo que vestía su dedo anular. Había sido un regalo personal de ella. El grabado sobre el jaspe mostraba una escena tallada con una delicada maestría: una bailarina erguida sobre el toro; sobre ambas figuras, la mirada aprobadora de la Diosa. «Para que nunca olvides el día que nos conocimos», le había dicho al entregárselo. Como si pudiera desaparecer semejante momento de la memoria, el más importante de su vida. Pero, aun así, maravillado por el amor de tal obsequio, se deshizo del sello que, como príncipe, había portado, y adoptó aquel nuevo emblema para sí.
De buena gana se habría recostado junto a ella de nuevo, pero el sueño se empeñaba en no aparecer. Todavía se sentía excitado, todavía demasiado desbordado por las emociones. Así que pensó que le iría bien dar un paseo en la calma nocturna. Tomó la lira, dejó los aposentos y recorrió el pasillo hasta alcanzar la gran escalera. Descendió los cinco pisos que se levantaban sobre el patio central, donde se dejó acunar por un ligero viento que le refrescó la piel. Allí no había nadie, como era de esperar, pero todavía quedaban los restos de los festejos: braseros humeantes; ampollas, frascos y cuencos esparcidos por el suelo; manchas de vino en el enlosado… A primera hora, antes incluso de que levantara el sol, los limpiadores lo dejarían todo impoluto.
De pronto, le pareció advertir el movimiento de una sombra recortada contra las blancas fachadas, justo enfrente de sí. Fuera quien fuera, vestía una toga oscura, en contra de los habituales colores claros preferidos por los cretenses. La figura marchaba hacia el ala noreste, pero debió reparar en Starn, porque se detuvo durante un instante. Y tras un momento de incertidumbre, se dirigió hacia él.
El príncipe dudó. Espoleado por un súbito temor, se le ocurrió presuponer algún tipo de peligro. Tensó los músculos, apretó los puños. Era un buen púgil, quizá no tan diestro como su hermano, pero lo bastante para defenderse si llegaba el caso.
Su miedo se difuminó en cuanto el desconocido se acercó lo suficiente para dejar de serlo. Reconoció las canas, el renqueante caminar, las arrugas en el rostro.
—Eres el último hombre que esperaba encontrarme, Bacor —le dijo al consejero, cuando este llegó a su altura—. Desde niño has insistido en que la noche existe para el descanso.
—Cuando llegues a mi edad descubrirás que bastan unas pocas horas de sueño. Aunque quizás ya hayas empezado a advertirlo. ¿No deberías estar con tu hermosa esposa? —le sonrió el erudito con aquella expresión ácida tan característica en él.
—No tardaré mucho en volver a su regazo. Pero precisaba aclararme un poco. Ha sido un día… abrumador.
—También la noche, imagino —le guiñó el ojo.
—Tus dotes de observación siguen siendo agudas.
—Fui joven en otro tiempo. Y mi senilidad todavía no me ha arrebatado el recuerdo de la primera pasión.
Starn rio. A Bacor le encantaba hacer bromas con su edad, aunque estaba lejos de ser un anciano senil y caduco. Mantenía una salud envidiable, como todo cretense que no hubiera alcanzado al menos las sesenta añadas. Y desde luego su cabeza funcionaba a la perfección, incluso con una claridad que ya la quisiera para sí el príncipe.
—Por un instante he creído que eras algún tipo de villano, amparándote en la oscuridad y la quietud para perpetrar alguna maldad —comentó jocoso el joven.
—Me temo que tendrás que conformarte con un viejo insomne que se dirigía a la biblioteca para aprovechar el tiempo leyendo. Sé que no es tan emocionante como tu primera impresión, pero esto es Cnosos. Si querías conspiraciones, tendrías que haberte quedado en Egipto.
Bacor tenía razón, por supuesto. ¿Intrigas palaciegas en una tierra donde no existía la carencia, donde hasta las familias más humildes podían disfrutar de un banquete cada noche? Absurdo. No estaban en Egipto, donde las diferencias entre las clases sociales provocaban descontentos, quejas y en ocasiones rebeliones.
—Lerna es una criatura maravillosa, muchacho —le dijo el consejero, y no era la primera vez—. Veo entre vosotros una conexión que va mucho más allá de la carne, algo que no había visto ni siquiera entre tus padres, que tanto se aman.
—¿Sabes? Yo siento lo mismo. Es como si al mirarla a los ojos las emociones de su corazón quedaran expuestas para mí. Pero lo más hermoso es que noto, sin asomo de dudas, que también mi alma se abre a ella. ¡Por la Diosa, no encuentro las palabras!
—Son innecesarias, solo disfruta de lo que compartís. No te entretendré más, príncipe. —El sabio posó las manos en los hombros de Starn—. Vuelve con tu mujer si ya has aclarado la mente. Agradecerá encontrarte a su lado cuando despierte. Quizás ello te reporte alguna satisfacción más.
Se dio la vuelta tras volver a sonreír. Cuando las sombras del pasillo casi lo habían envuelto, al joven le pareció que apretaba su caminar, como si tuviera prisa. Starn enarcó las cejas. Era la primera vez que veía al consejero apresurar su habitual paso tranquilo.
Cabeceó, apartando cualquier absurda sospecha. Se dio la vuelta, era hora de volver con su mujer, de seguir disfrutando de la dulzura y la pasión. Enfrascado en el ardor que le invadía de nuevo el corazón y la entrepierna inició el regreso a su alcoba.
Tan ensimismado estaba que no advirtió la figura que, entre las columnas, seguía el mismo camino que el sabio había tomado un instante antes.
Después de todo, sí había espacio en Cnosos para las conspiraciones.