Lerna
Capítulo 13
Apenas un par de días después, hasta el último habitante de Hija de Cnosos conocía la aventura de Starn y sus compañeros. El hermano del rey hubiese deseado mantenerlo en secreto hasta el regreso de Partolón, pero tendría que haber imaginado que nada de lo que sabía Megor podía quedar oculto durante demasiado tiempo. Bastaba una cerveza para que este empezara a soltar la lengua.
El descubrimiento de otro pueblo en Lerna supuso una gran impresión para los partolonianos y fue carne de rumores durante largo tiempo. Starn, a cargo de Hija de Cnosos en ausencia de su hermano, insistía en que no había nada que temer. Pero sus compañeros de partida no tenían una visión tan optimista. Así que tuvo que ordenarles que dejaran de alimentar el miedo de la gente.
—Nada ganamos con las especulaciones que brotan de boca en boca.
—Tienen derecho de saber la verdad —insistió Megor, que se sentía señalado.
—Starn tiene razón —admitió Afestes—. Ni siquiera sabemos cuál es la verdad. Solo que nos dejaron marchar cuando podrían habernos matado.
—Así es. Odio prohibiros que habléis, pero es sensato que mantengamos los labios sellados al respecto hasta que Partolón vuelva y se convoque la asamblea. Es allí donde debemos exponer lo que pensamos.
Sin embargo, ni siquiera el propio Starn podía abstraerse por completo de la preocupación general. No dudaba de la palabra de Lot, pero se sentía intranquilo, como si una sombra se cerniera sobre la idílica existencia de los partolonianos. Tenía en la memoria, todavía, la horrible visión compartida con Bacor. Algo se avecinaba, aunque no proviniera de los fomorianos.
Precisamente, lo primero que había hecho tras su regreso fue hablar con Bacor. De los fomorianos, en primer lugar, pero sobre todo de aquel sueño. No les resultó fácil, a pesar de la confianza absoluta que tenían el uno en el otro. Lo que ambos habían experimentado fue terrible y les afectaba el ánimo pensar en ello. Pues había algo que no les pasaba desapercibido.
—Me recuerda a la profecía de Egos… —dijo Starn, susurrando apenas el nombre del malogrado sabio, como si el simple hecho de decirlo portara consigo las desgracias que aquel auguró.
—No, no te lo recuerda. Es lo mismo —afirmó Bacor, con el gesto más ceñudo que el príncipe le había visto en mucho tiempo—. A estas alturas creo que ambos tenemos claro que somos parte de un gran acto. Ha sido así desde que ese hombre, mi maestro en otro tiempo, empezó a dictar tan infausto destino.
—Nada parece detener ese futuro. Hemos seguido todas las señales y consignas: abandonamos Cnosos y renunciamos a la guerra a la que Partolón tenía derecho por el trono; vagamos durante muchas y largas semanas en busca de un nuevo hogar, y atendimos a la presencia que nos llamaba desde esta isla. ¿Qué más debemos hacer?
—Quizá no es lo que debemos hacer, sino algo que hemos hecho y todavía no hemos expiado.
Ahora fue Starn quien frunció el ceño. Jamás había escuchado en Bacor un reproche al pasado.
—¿De qué estás hablando?
—Ojalá lo supiera con certeza. Solo son sospechas vagas que en absoluto surgen de la razón, así que prefiero guardarlas para mí. Sin embargo, hubo algo más, ¿verdad? —preguntó, bañándolo con la mirada de quien sabe leer en el corazón de un amigo.
—Nada escapa a tu sabiduría —rio Starn.
—Di mejor aprecio y experiencia. Sé cuándo callas algo.
—Vi a Lerna, Bacor —le desveló, y al hacerlo se le escapó un escalofrío de emoción—. Pero esta vez no era una aparición. Era de carne y hueso, aunque tenía otro nombre: Tara.
Le relató lo ocurrido: que ella le había enseñado el lenguaje de los fomorianos, las revelaciones que le contó, que hicieron el amor y la sensación de que aquella muchacha era la encarnación de su esposa muerta. Y algo más, como había insinuado Lot.
—¿No te dijo Lerna, cuando se presentó ante ti durante el viaje, que la habías arraigado a estas tierras? Esto lo confirmaría. Lo antiguo se abre a lo nuevo; lo inmortal, a lo finito —razonó el sabio—. No creo que sea coincidencia que estos acontecimientos tan importantes lleguen justo cuando nos hemos encontrado con los fomorianos.
—Los cadáveres durante la visión… eran hombres de Fomoré. ¿Piensas que tiene relación?
—Todo está conectado, hijo mío. El pasado construye el futuro del mismo modo que lo que ocurre en Cnosos tiene efectos en Lerna. ¿Acaso las decisiones que allí tomamos no nos trajeron aquí? Ahora lo veo con la claridad que antaño me faltaba: importa poco que las distancias las dicte el tiempo o el espacio; en ambos casos, son irrelevantes.
Starn se revolvió incómodo en el tocón sobre el que se había sentado. Su viejo amigo sonaba más críptico que nunca.
—Tengo que pensar sobre esto —le dijo al fin—. Siento que, para bien o para mal, nos acercamos a un momento crítico.
«Al final», se dijo Starn. No lo expresó en voz alta, pero tuvo la impresión de que Bacor pensaba exactamente lo mismo.
Hubo más asuntos que lo distrajeron. Asuntos más mundanos que ya os he avanzado antes, pero que igualmente resultaban imperiosos.
Starn se había convertido en un hombre atento a los detalles. Se lo debía a su tarea como explorador, que le exigía aguzar los sentidos y estar atento a todo. Ya era en él normal advertir y tomar nota de hasta la más insignificante de las menudencias, como los ropajes que llevaban los partolonianos con los que se cruzaba o la actitud sibilina de sus sobrinas cuando tramaban alguna travesura.
Era de esperar, por tanto, que descubriera el secreto más oscuro de Hija de Cnosos. Fue la quinta noche tras la partida de Partolón. Había salido de su casa, en el centro del poblado, al comprender que aquella noche el sueño no le llegaría con facilidad. Paseaba abrazando el silencio, dejando que la helada oscuridad le erizara la piel. Era algo que siempre le había gustado, un hábito que databa de los días en Creta. Sin embargo, allí en Lerna el frío era mucho más intenso y por ello más eficaz a la hora de aclarar las confusiones de la mente.
Los pensamientos lo llevaron hasta el palacio de Partolón. Como tantas otras veces buscaba el río, donde tenía pensado remojar los pies y, tal vez, darse un baño rápido. Pero, de repente, advirtió un tenue fulgor en el patio de la villa del rey; las llamas de un candil cuyo combate contra la negrura de la noche quedaba fuera de lugar. La luz le mostró, aún en la distancia, una figura de sobras conocida: Topa, el sirviente personal de la familia real.
¿Por qué Starn se escondió tras un fresno? No había nada de extraño en que un criado se moviera por el palacio en el que vivía y servía a su señor. Se le ocurrían multitud de tareas que podían haberle asignado, incluso en plena noche. Y, sin embargo, la escena lo alarmó.
¿Intuyes el motivo? En efecto: la memoria, el recuerdo. Durante un instante volvió a su cabeza otro supuesto siervo con el que se había cruzado en plena noche. Años atrás. En el hogar que abandonó. Tuvo la misma impresión que aquella vez que se topó con el que resultaría ser el asesino de sus padres. Es el instinto quien nos dice que algo no marcha como debería, y que a menudo queda socavado por la razón, para nuestra desgracia; una sensación primaria, surgida de los albores del ser humano; un legado de cuando solíamos ser las presas, y no los cazadores.
Su temor aumentó cuando se dio, cuenta de que la silueta se movía con ademanes más sigilosos y apresurados de lo habitual. Resultaba dolorosamente obvio que buscaba pasar inadvertido, a pesar del candil. Así que decidió poner en juego las dotes como montaraz que había adquirido con los años: pies ligeros y de pisada mullida; bocanadas calmadas, expiraciones silenciosas… Sus pasos sigilosos, al amparo de las sombras, le permitieron seguirlo sin que Topa sospechara nada. Era sencillo esconderse en los pasillos y escaleras del palacio, generoso en recovecos de todo tipo.
El criado subió las escaleras principales y no se detuvo hasta alcanzar la última planta. Los aposentos privados de la familia real. Una angustiosa sospecha empezó a tomar forma en el pecho de Starn, y de inmediato rogó a la Diosa Madre estar equivocado.
Topa detuvo su caminata, al fin, frente a la puerta más grande de cuantas habitaciones había en el piso. El hermano del rey se pegó contra la pared, al final del pasillo, oculto en la oscuridad. Deseó que nadie más que él escuchara los desbocados latidos de su corazón. El temor se convirtió en certeza cuando la hoja de madera se abrió y la figura de la bella Delgnat se recortó a su espalda.
Cualquier duda quedó desvanecida cuando la reina de Hija de Cnosos se abalanzó sobre el sirviente para besarlo, con esa lujuria con la que a él mismo lo había tentado en más de una ocasión. Topa correspondió con el mismo ímpetu y, sin esperar a entrar en la habitación, le desgarró la túnica de seda casi transparente. La levantó, y ella le rodeó la cintura con las piernas. El primer gemido de Delgnat, apenas contenido, hizo que Starn apartara la vista. Suficiente para no volver a pegar ojo ni aquella ni las noches siguientes. Así que se deslizó hacia las escaleras con la idea de que el desmoronar de su mundo había comenzado.