Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 12 de 98

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Lerna

Capítulo 9

 

Las estrellas perlaban la oscuridad de la noche formando una red de puntos de luz. ¿Podía existir mejor techo para una celebración?

Starn caminaba entre el gentío que se había reunido en el patio central del palacio. Un pensamiento ocupaba su mente, solo uno. Y ninguno de los conciudadanos que lo paraban para ofrecerle un saludo ni las muchas jovencitas que le tendían una flor para que se fijara en ellas lograron distraerlo. Algo más poderoso lo espoleaba, y no tenía deseo alguno de contenerlo.

El corazón le dio un vuelco cuando, al fin, la encontró. Se había engalanado el cabello con una corona de flores. Jazmines y lirios la señalaban como la gran triunfadora de los juegos. El público la había elegido para que fuera su favorita, honor que atesoraría durante el resto de sus días. Sentada en el suelo, con las piernas entrelazadas, recibía una tras otra las interminables felicitaciones. Le dio la sensación de que una aureola la envolvía, convirtiéndola en un faro en mitad de la bruma; por el contrario, el resto de gente resultaba difusa, rostros desenfocados, eclipsados por la radiante presencia de la muchacha. ¿Qué era aquel influjo? ¿Por qué desde que la vio por primera vez le resultaba imposible apartarla de su cabeza? Sí, para nosotros, que lo contemplamos desde la distancia de las eras, resulta obvio. Pero no para él. Todavía debía hacerse a la idea.

Le intrigaba su pose reservada. Atendía con evidente frialdad a quienes se acercaban con la intención de alabar su exitosa faena en la plaza. Comprendió que tantos cumplidos la estaban agobiando. Así pues, se detuvo. ¿Cómo se aproximaría? ¿De qué modo podría entablar conversación sin que ella lo tuviera por otro que venía a recitarle lisonjas vacías? Parecía melancólica. No eran cumplidos lo que necesitaba.

Era música.

 

Lerna ofrecía sonrisas a cuantos se le acercaban. Docenas de personas elogiaron aquella noche su valor, la belleza y la pasión que su danza frente al toro les había transmitido. Debería estar feliz, satisfecha, pletórica.

Debería.

En realidad, cada alabanza le sabía a ceniza. Las cosas no se habían desarrollado tal y como esperaba. Su plan, del que tan orgullosa estuvo durante días, se desvaneció como el hielo al llegar la primavera. No fue capaz de llevarlo a cabo. Cuando sus pies tocaron la arena de nuevo, tras el salto final, todo había cambiado tanto que la idea de dejarse atrapar por el toro ni siquiera existía ya en su mente.

El salto. El salto. Un momento trascendental, inesperadamente trascendental, se había adueñado de su alma. La intensidad, la apasionada punzada de miedo, el fuego en el vientre cuando se elevó sobre la bestia… Al erguirse sobre el lomo del toro le había embargado una mezcla de sobrecogimiento y paz, un equilibrio perfecto que incluso ahora que ya había pasado le resultaba sobrenatural. O quizá más natural que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes.

Pero nada de aquello podía compararse con la voz. Y la música. Un canto precioso, sutil; también rabioso y animoso. Un susurro más bien, tal vez el roce del aire colándose en sus oídos durante el salto. Sin embargo, escuchó la melodía, y las palabras que la acompañaban. «Yo te sujeto, hija mía». No, no había lugar para la duda. La Gran Diosa había saltado con ella aquel día.

Después de aquello, el mismo mundo se le antojaba de repente anodino, vulgar. ¿Cómo podía algo emocionarla cuando, por un momento, había sido una con la Gran Madre? Jamás antes le había ocurrido algo similar. El placer del baile nunca fue tan poderoso, nunca le resultó tan intenso. La fuerza de sus emociones era tal que al rememorarlo temblaba… y sufría. Porque había quedado atrás. La existencia se agolpaba sobre sus hombros, más pesada a cada latido que se alejaba del éxtasis del ejercicio, más mundana. Estaba convencida de que nada le dejaría de nuevo un poso de sabor. Pues, ¿podía existir algo que se asemejara en grandeza a estar en comunión con una divinidad?

Lerna se vaticinó a sí misma una vida desgraciada donde los días pasarían como arena entre los dedos, sin dejar huella. Y, aun así, no se quedó quieta frente a Kiroi. No se entregó a sus cuernos letales. ¿Por qué? Como un misterio, le resultaba indescifrable, y esa incomprensión ahora la asfixiaba, la destrozaba por dentro. ¿Qué estaba esperando? ¿Qué más quedaba por descubrir en la vida?

No pudo soportarlo. Se levantó, dejando sin habla a quienes la alababan, y salió corriendo con lágrimas en los ojos. La desesperación era tal que chocó con un grupo de cretenses. Uno de ellos, preocupado, trató de sujetarla y transmitirle calma, pero la joven se soltó y siguió adelante sin atender ni al aspecto de sus rostros. Cada paso que daba era tan caótico como los pensamientos que bullían en el interior de su cabeza. Ignoraba hacia dónde la encaminaban, hasta que, de pronto, se encontró en un pasillo, el corredor al norte del patio.

Allí pareció recuperar un poco el control, así que se detuvo. Las antorchas iluminaban un gran fresco, colorido de rojo y dorado sobre todo, que ilustraba con esmero una procesión. Hombres y mujeres bailando, algunos arrastrando esplendorosos toros, al son de los músicos.

Recordó la melodía que había escuchado durante su danza con Kiroi. Seguía presente en su cabeza, de donde sabía que jamás se borraría. Sería para siempre un placer y un dolor… Sería para siempre el recordatorio de lo que vivió y jamás volvería a vivir… Jamás volvería a…

Un escalofrío le recorrió la espalda. La música…

No estaba recordándola.

Estaba escuchándola.

Se volvió. Su mirada recayó sobre un hombre joven que, de pie, la contemplaba con atención. Portaba consigo una hermosa lira, colgada al hombro por la parte de delante, de cuyas cuerdas hacía surgir una armonía. La misma, exactamente la misma, que había acompañado su baile ritual. ¡Por la Madre y el Dios Cornudo! ¿Cómo podía ser? ¿Cómo conocía aquel hombre la tonada susurrada por la Diosa? Nadie la había tocado antes, estaba segura de ello, aunque no sabía tampoco el motivo.

¿De qué modo se puede describir la belleza inmaterial? Pues es sencillo hablar de los rasgos de un individuo o de un paisaje, pero no existen palabras para lo que no tiene forma. La música que Starn tocaba en ese instante, esa que ahora mismo surge de mi lira, era un sonido único, nuevo y ancestral al mismo tiempo. Otros le darán nombre, tal y como veo en el futuro: el Oran Mor, el Gran Canto; la melodía que resuena desde el principio de los tiempos y se extiende hacia el mañana, susurrada por la mismísima realidad. Antaño cualquiera podía escucharla, pero ahora solo unos pocos tienen ese privilegio. El resto ha perdido esa conexión con el mundo, a pesar de que es una música de acordes sencillos, tan elementales y hermosos como el arrullo del mar o el viento de verano, como el susurro de la madre a su hijo. Quizás eso era lo que tanto conmocionaba a Lerna: la humildad, la naturalidad. Se adentraba en su interior, devolviéndole lo que creyó perdido: la maravillosa capacidad de sentir.

La figura del hombre quedó enmarcada por la luz de las teas contra las paredes decoradas. Le dio la impresión de que todas las criaturas hechas de tinte sobre la pared danzaban a su alrededor. Él, por su parte, vestía con elegancia, y una clámide dejaba ver un pecho marcado y reluciente por aceite perfumado. Los brazos, torneados a la perfección, lucían varios brazaletes de plata.

Aturdida y al mismo tiempo fascinada, Lerna se dejó llevar por la música. Sin siquiera advertirlo, fue acercándose al joven. La parte de su mente consciente del mundo le gritó la identidad del músico, aunque le pareció irrelevante en ese instante. Se había establecido entre ambos un inesperado vínculo que poco tenía que ver con los nombres o los títulos.

Más tarde, al recordarlo, Lerna no sabría decir cuánto duró aquel momento. Ni poco ni mucho, aunque, cuando él al fin dejó de tocar, el vacío volvió a invadirla. Al menos hasta que le habló.

—Tengo esta armonía en mi corazón desde que te he visto bailar en la arena —le dijo, con voz tímida—. Pero no he podido sacarla hasta ahora, hasta tenerte frente a mí. Tú me has inspirado.

Escuchó sus palabras y las entendió. Pero eran como un murmullo, ya que su atención estaba puesta por encima de todo en su hermoso rostro. No podía dejar de contemplarlo, tampoco quería dejar de hacerlo. De algún modo advirtió que él se sentía feliz. Intuyó un espíritu sensible, una ternura que jamás había vislumbrado en nadie más. Se emocionó, pero, en lugar de lágrimas, fue otra cosa lo que surgió en su rostro, un gesto que casi había olvidado.

Sonrió. Le sonrió. Y él le correspondió del mismo modo, con una risa vergonzosa que le resultó tan brillante como el agua iluminada por la luna. De pronto Lerna ya no se sentía sola y desamparada, no ahora que sabía que en el mundo existía él. Que ambos habían coincidido en el tiempo y el espacio.

Se dio cuenta de que el músico llevaba consigo un cuenco. Lo llenó con el contenido de un frasco, bebió, y luego se lo tendió a ella. La bailarina se apresuró a recogerlo, y los dedos de ambos se rozaron sin que ninguno quisiera impedirlo. Él sonrió de nuevo, y Lerna creyó que la luz se colaba en su alma, más hambrienta de alegría de lo que nunca hubiera imaginado. La joven se llevó el recipiente a los labios, justo en el mismo punto en el que él había posado los suyos. Se explayó en la fragancia del mirto y el lirio que aderezaban el agua. Una corriente fresca descendió por su garganta, revitalizándola. Luego, tal y como marcaba la costumbre, dejó caer el vaso, que se rompió en tres pedazos. Tres: cielo, agua y tierra. Un buen augurio.

Su vida iniciaba un nuevo camino allí, bajo las paredes de Cnosos y la bendición de la Diosa.

Un sendero que transitaría junto a Starn, príncipe de Labyrinthos.