Lerna
Capítulo 27
Partolón tenía la sensación de que la pena lo partiría por la mitad. Se hallaba en el santuario del ala sudoeste del palacio, donde todo lo que alguna vez le pareció firme se le antojaba ahora tierra quemada tras un gran incendio. De haber sabido que aquel sería el devenir de los acontecimientos, habría hecho las cosas de otro modo.
Contemplaba a sus padres, inmóviles y serenos en los altares funerarios, tan inanimados, y se negaba a creerlo. «Tu culpa, es todo por tu culpa», le decía una voz en la cabeza. El remordimiento, sí, el remordimiento… Una bestia iracunda como pocas, que araña el vientre, se adentra entre músculo y sangre hasta rasgar el alma. Le invadían emociones enfrentadas: rabia ciega, hacia sí mismo especialmente, por no haber evitado la catástrofe; tristeza, ante una pérdida más sangrante de lo que jamás imaginó posible; y odio, odio hacia un mundo que lo había llevado hasta ese punto. A pesar de ello, Partolón se mantuvo estoico. No se esperaba de él otra cosa.
Pronto sería minos de Cnosos.
Era el segundo de los nueve días de luto dispuestos para los funerales de la realeza. Durante ese tiempo, los fallecidos quedaban expuestos en el santuario del palacio, desde el cual la Diosa los custodiaba a través de un hermoso friso; una representación de trazos simples y a la vez detallistas donde el artista había plasmado incluso el lazo sagrado en la espalda de la Gran Madre. Pero a Partolón la mirada de aquel enorme ojo frontal que mostraba la pintura le dolía, porque atravesaba su carne y dejaba expuesta su vergüenza, la culpa de todos los excesos.
El mayor dolor, sin embargo, era que su madre se hubiese visto salpicada por la desgracia. Ella, que siempre fue paciente, un bálsamo para las heridas, una presencia que lo apaciguaba cuando más lo necesitaba. No lo merecía. «¡Si me hubieran hecho caso!», pensó, convencido de que nada de aquello habría ocurrido. Seguirían siendo felices, una familia unida en nuevos objetivos, tan loables como la defensa de lo amado. Pero el tiempo había pasado. Ya nunca más se levantaría la risa en la Casa del Hacha, al menos hasta que no transcurrieran muchos años y murieran todos cuantos habían vivido semejante tragedia. Tendría que cargar con esa culpa el resto de sus días.
Las sacerdotisas se habían encargado de ungir los cadáveres con los mejores ungüentos y aceites, sin dejar de recitar las obligadas plegarias. Oraban para que los espíritus del minos de Cnosos y la señora de Labyrinthos encontraran el camino a la gloria de la Diosa, que los esperaba en las entrañas de la tierra. Sear fue vestido con una sencilla túnica blanca; la diadema real quedó sobre el corazón y, cuando descansara en la cripta, la máscara cornuda en honor a Posidón cubriría su rostro. Por su parte, Ariaghne reposaba con su labrys ceremonial, envuelta en un vestido de seda.
El desfile de cretenses era incesante. No, no hizo falta la participación de las plañideras. Bastó con los llantos que cada cretense vertía ante los fallecidos, con los lamentos susurrados y las ofrendas que serían enterradas con ambos. Muchos de ellos acudieron desde las aldeas cercanas, incluso de otras ciudades como Festos o Zakros. Pues los reyes habían sido amados. Justos y generosos, su recuerdo no se extinguiría. Quedarían en la memoria colectiva, al igual que sus antecesores.
Un consuelo demasiado escaso para un hijo herido.
Durante aquel tiempo, el gobierno de Cnosos recayó sobre los Doce Sabios, quienes lo ejercerían hasta que llegara el coronamiento del heredero, una vez enterrados los anteriores monarcas. El consejo regente solo se encargaría de administrar las tareas menores, así como la preparación de los ritos funerarios. Toda gran decisión de Estado sería pospuesta, entre ellas el ajusticiamiento del asesino, un tema que a Partolón le preocupaba más de lo que podía expresar.
Fueron los eruditos, por tanto, quienes recibieron a las muchas personalidades. Acudieron los gobernadores de Malia o Festo, entre otras ciudades cretenses. También los más altos responsables de las colonias o las naciones aliadas: Akrotiri, Ugarit, Egipto… Nadie faltó, todos enviaron fastuosas delegaciones cargadas de ofrendas dignas de la memoria de los reyes que marchaban.
Así pues, el palacio se llenó de extranjeros pintorescos, lo que enervó a Partolón. Se contuvo, por supuesto, pues no era momento de demostrar enojo o siquiera descontento. Tuvo que asistir impertérrito a aquella repentina explosión de vida que paradójicamente nacía de la muerte.
Tiempo habría para los cambios cuando tomara la diadema real.
La noche antes del enterramiento, tal como marcaba la tradición, los hijos del rey y la reina velaron en solitario a los cuerpos. No hubo palabras, los tres príncipes habían perdido el ánimo. Trióme tenía los ojos enrojecidos de tanto llanto, pero sin duda era Starn quien peor llevaba la congoja. Partolón podía entender muy bien que así fuera. Él mismo recordaría a sus padres vivos, en plenitud, pues cuando llegó a la escena del crimen los cuerpos ya habían sido retirados. Pero para su hermano la imagen de los cadáveres envueltos en sangre sería una pesadilla que se repetiría cada vez que cerrara los ojos. Se le veía macilento y de no ser por la solícita perseverancia de Lerna habría enfermado, pues ni siquiera pensaba en alimentarse. Pero ella no estaba allí en esos momentos, la ley lo impedía. Así que fue Partolón quien estuvo a su lado, consolándolo mientras realizaban las oraciones a la Diosa.
La cadencia del rezo fue tornándose monótona, poco a poco, hasta el punto de que la mente del príncipe heredero empezó a vagar a la deriva. Veía todavía los féretros y a sus dos hermanos; oía las voces de ambos, pero el mundo alrededor suyo se había vuelto difuso. Una parte de él seguía recitando; la otra, en cambio, se abría a otra escena, a otra sensación.
Un clamor le llenó los oídos. Reconoció el batir del mar contra unos acantilados, altos, grises. El agua brillaba como si estuviera aceitada y con cada carga las olas estallaban en multitud de estrellas. El sol atravesaba cada gota, creando haces de luz que iluminaban una tierra desconocida. Una próspera joya. Prados de verde hierba, bosques de húmeda frondosidad; colinas suaves, riachuelos cantarines; viento gentil, lluvia vivificadora, frutos jugosos en las ramas de los árboles…
Una tierra esmeralda.
Parpadeó, y la imagen se desvaneció. Trató de retenerla en la memoria, pero le resultó imposible. Los detalles se le escaparon, aunque conservó en el corazón la seguridad de que había visto algo bello. Se dijo que tal vez aquel fuera el lugar donde ahora moraban sus padres.
Pensar en ello lo animó.
Los tres hermanos permanecieron junto a los reyes hasta que llegaron las primeras luces. Entonces, solo entonces, Partolón se situó entre los dos altares. Entrelazó sus manos con las de los ausentes en espíritu y dictó la despedida.
—Adiós, padre. Adiós, madre. Ojalá las cosas hubieran sido de otro modo. Ojalá.