Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 66 de 98

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Lerna

Capítulo 3

 

 

De este modo, Starn recogió para sí la tarea de explorar Lerna. Y la tomó con ánimo, tratando de olvidar el desprecio mostrado hacia Bacor y sus consejos. Eligió como compañeros a algunos miembros de su antigua escolta: Megor, Tuscas y, por supuesto, Afestes. Confiaba en ellos. Mas había asuntos que considerar al respecto: los tres habían formado sus propias casas nobles, con familias a las que atender y responsabilidades que Starn quería respetar.

—No os ordeno que vengáis conmigo —les dijo—. El tiempo de obedecer sin más ha pasado. Os habéis ganado la posibilidad de elegir vuestro propio camino, aunque este se aleje de mí.

—Eres idiota si piensas que me perderé esta aventura —respondió Afestes.

—También yo iré a donde quiera que vayas —aseguró del mismo modo Megor—. Me vendrá bien alejarme de vez en cuando de Geila. Esa mujer es insaciable. Parece que solo piensa en traer niños al mundo. Apenas ha parido al primero y ya está hablando del siguiente.

—Y por supuesto que me tendréis que soportar a mí —dijo Tuscas—. Ni me imagino los Mos en que os meteríais si fuerais solos.

Esa bravuconería escondía algo que sobrepasaba la lealtad. Era amistad, otra de las caras del sentimiento más poderoso que atesoramos, el amor. Una emoción, por cierto, que valoramos siempre por debajo de lo que merece. Ah, sí, ya lo creo. Amar a una esposa, a un hijo… Eso es sencillo, porque se supone que es lo que corresponde, porque viene reforzado por la pasión carnal o la sangre compartida. Pero ¿y los vínculos hacia aquellos a los que nada nos ata? ¿Qué hace que se conecten de por vida almas sin relación alguna?

Regresemos con Starn. Respondió con un abrazo a sus compañeros. Podían alardear cuanto quisieran, pero todos ellos habrían preferido quedarse con sus esposas e hijos, lo sabía. Él, en cambio, no contaba con nadie que le calentara el hogar.

Pero tenía a Lerna. Y ya era hora de descubrirla.

Starn decidió ser cauto en su primera expedición y no alejarse mucho de Hija de Cnosos. A primera hora de la mañana salieron del poblado, hacia el este. La oscuridad apenas empezaba a desvanecerse, y lo hacía despacio, por esa niebla característica que se extendía cada día poco antes del amanecer. El cielo, sin embargo, estaba claro.

El viaje, según explicó a sus compañeros, no se prolongaría más de dos jornadas, incluyendo la vuelta. Su intención era recorrer una cordillera que había avistado semanas antes, durante una partida de caza. Montañas que alcanzaron con el sol ya en el cielo, todavía bajo. Los cerros, de pendientes suaves, corrían de poniente a levante como si de una columna vertebral se tratara.

Como siempre hacía, Starn dejó que los maravillosos paisajes de Lerna le llenaran la vista y el corazón, inspirándole nueva música. Fue una gran experiencia que sus amigos tomaron con chanzas y despreocupación. ¿Quién no agradece dejar los problemas atrás durante un tiempo, olvidar deberes y exigencias?

Mediada la mañana alcanzaron otro lago. ¡Esta es una tierra de estanques, lagunas y marismas! Y en aquel tiempo había algunas que hoy ya no existen, del mismo modo que muchas de las que vemos estaban por nacer en esos días. ¡El mundo cambia, los árboles caen y vuelven a crecer, los hombres llegan y se van!

Tras un descanso, Starn y los suyos bordearon la plácida superficie por su orilla norte y siguieron la falda más septentrional de la cordillera. El valle quedó a su zurda, hasta que otro brazo montañoso los obligó a seguir avanzando con montes a un lado y a otro. Siguiendo ese cauce, viraron al sur, y luego de nuevo al este, entre paredes verdes y marrones.

A media tarde llegaron a una cañada a los pies de uno de los cerros, donde un arroyuelo caía desde una pequeña cascada. Lo que vieron los dejó boquiabiertos: una manada de bestias cuadrúpedas pastaban en el lugar, entre los arbustos que crecían sobre la hierba. Reconocieron aquellos animales solo gracias a su estancia en Argar y en la tierra de los oestrimnios, pues en Creta no existían. Eran caballos. De menor estatura que los de Cilen, pero de cuerpos robustos y bien formados. Las tonalidades de su pelaje variaban entre castaño, blanco, negro, alazán… Un delicioso prado multicolor de vida autóctona. Starn pensó que, después de todo, Bacor tenía razón. Lerna albergaba en su seno a otros habitantes.

Al verlos comprendió que la fortuna los sonreía. Un plan nació en su mente al instante.

—¡Deberíamos tomarlos! —dijo a sus compañeros.

Tuscas fue el primero en replicar.

—¿Para qué queremos esas criaturas? Nuestros bueyes sirven igual de bien para arar la tierra.

—Tenéis que pensar en grande —insistió Starn—. Los oestrimnios utilizaban estos animales como tiro para sus carros, sí, pero también para viajar sentados en su lomo. Nuestra tarea de exploración sería mucho más sencilla. Abarcaríamos más distancia en menos tiempo.

Como tantas otras veces, fue Afestes el primero en apoyar la idea del príncipe partoloniano.

—¡Pues vayamos a por ellas! —dijo, animoso—. ¿Acaso será la tarea más extraña que hemos emprendido?

Pero Megor levantó las manos para detenerlo cuando ya se disponía a dejar el refugio desde el que observaban.

—¡Tú no tienes mano con los animales! No harías más que espantarlos. Dejadme a mí. Si puedo dominar a un terco buey a mi antojo, estos… caballos… no serán muy complicados.

El grandullón se encaminó hacia donde los equinos pastaban tranquilamente. Avanzaba despacio, tratando de mostrarse lo menos amenazante posible. Los caballos levantaron la cabeza y tensaron los cuerpos al advertir a un intruso de dos patas.

De pronto, cuando Megor estaba a punto de alcanzar a un ejemplar de un oscuro brillante como la noche sin estrellas, la manada entera se puso a rebufar, a agitarse. El explorador, sospechando lo que iba a ocurrir, dio un par de zancadas para llegar hasta el caballo.

Pero este ya se había movido, así que el fornido partoloniano se fue de cabeza contra la hierba. Afestes, Tuscas y Starn se carcajearon desde su posición, con risas tan estruendosas que sacaron de quicio a Megor. Se levantó, y trató de nuevo de tomar al animal que lo había burlado, aunque este era más ágil y listo de lo que podía parecer y volvió a esquivarlo. Sin embargo, ninguno de los cuadrúpedos se alejaba demasiado. Parecía como si estuvieran jugueteando.

Después de unos cuantos intentos, Megor se rindió.

—¡Estúpidas bestias! —se quejó, mientras trataba de quitarse de encima el barro y la hierba.

No fue el único en fracasar. Afestes y Tuscas también lo hicieron. Ninguno de los dos logró acercarse lo suficiente como para tomar a un caballo por la crin. Lo probaron todo: cambiaron de animal, buscando a los más menudos o los más viejos, con la esperanza de que alguno de ellos fuera más confiado; les ofrecieron comida, se acercaron agachados, arrastrándose incluso… Y nada sirvió.

Entonces llegó el momento de que Starn lo intentara. Había estado observando a sus amigos, comprobando lo infructuoso de sus estrategias, así que se olvidó de jugadas extrañas y simplemente se fue acercando. Decidió ir a por el mismo ejemplar que Megor. Un paso. Luego otro. Lo acompañaba el revoloteo del mirlo, siempre a su lado en los momentos significativos. El equino lo observaba, así que le ofreció lo mismo: una mirada intensa. Un cruce en el que, para su sorpresa, encontró una voluntad. El pájaro se posó en su hombro y trinó una vez más su gran canto al oído. Starn sintió que algo emergía: un eco arrastrándose desde las profundidades de su ser, hasta alcanzar la conciencia. Desprendió la lira de su hombro y tocó…

Lerna nos acerca,

a través de los campos verdes,

a través de las eras.

Ven, Llanura,

juega y trota a mi lado;

corre conmigo ahora.

El animal relinchó al son de la música y las palabras del joven. Pero no se apartó. Más aún, rindió la orgullosa cabeza cuando Starn extendió el brazo para tocarlo. La conexión se estableció, surgió la confianza. La criatura frotó su hocico contra el pecho del joven mientras este le acariciaba el rostro.

—Llanura, ese es tu nombre —le dijo, emocionado—. Y es el apropiado, porque contigo recorreré los páramos de esta amada tierra.

Le pareció que conocía al caballo de toda la vida. O tal vez era su alma, indisoluble de la isla esmeralda, que contenía una pizca de la esencia de la amorosa Lerna.

Y a partir del instante en que Llanura permitió que Starn lo cabalgara, el resto de la manada se tornó dócil. Afestes, Megor y Tuscas eligieron montura, y los equinos que quedaron sin jinete, una treintena, siguieron a su líder.

Cuando el grupo regresó a Hija de Cnosos, los partolonianos salieron de sus casas para contemplar fascinados la asombrosa escena. La riada de caballos llegó hasta la mismísima puerta de Partolón, donde Starn presentó el fabuloso botín.

—Lerna nos entrega un nuevo regalo, hermano.