Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 19 de 98

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Lerna

Capítulo 16

 

 

Los siervos reales sostuvieron frente a los príncipes sendas jofainas de agua perfumada para que se asearan los sucios rostros. Starn, todavía consternado, empezó a lavarse y dejó luego que una solícita Lerna lo secara con un paño de lino.

La muchacha había hecho suya la congoja de él. De tan compungida se le empañaban los ojos al pensar en lo que había pasado su esposo. La muerte lo había rozado. ¡La muerte, ni más ni menos! Y del modo más violento e impensable. Si lo hubiera perdido… No, no podía ni imaginarlo.

Partolón, a diferencia de su hermano pequeño, sí era dueño de sus actos. Apartó la vasija que le tendían de un manotazo, con la expresión crispada por el enojo. El recipiente fue a parar al suelo con un gran estruendo.

—¿Es que lo ocurrido no te resulta lo bastante alarmante para que lo primero en que pienses es en nuestra higiene, padre? —rugió.

Sear arrugó el entrecejo.

En el poco tiempo que Lerna llevaba en la corte había descubierto lo complicadas que resultaban las relaciones entre los miembros de la familia real. Partolón y Trióme, tan semejantes en orgullo por mucho que se negaran a admitirlo, eran dos volcanes siempre al borde de la erupción. Cuando estallaban, solía ser para enfrentar sus fuegos en una malsana competencia por situarse el uno por encima del otro. ¡Ah, cuánto se alegraba de que su amor hubiese caído del lado de Starn! Él poseía calma y un punto de inocencia que esperaba no se hubiera arruinado tras el horrible ataque pirata.

Sear se mostraba más equilibrado. De todos modos, que fuera bueno con sus hijos y cariñoso con los nietos no le restaba un ápice de severidad cuando se trataba de abordar las obligaciones que comportaba su título. Mientras vestía la túnica de rey no quedaba mucho hueco para el padre.

—Para iniciar un debate se precisa aplomo, Partolón. Ya deberías haberlo aprendido. La alternativa es el caos, algo que no pienso permitir.

La ciudad se había sumido en el desconcierto y la preocupación tras el regreso precipitado de los dos príncipes. Los rumores se extendían por todo Cnosos.

—¡Calma, dices! —Levantó los brazos—. ¡Dos de tus hijos han sido atacados! ¡Apenas hemos escapado de la muerte!

—Seguro que no fue para tanto, hermano —intervino Trióme, que bebía vino de una copa mientras se recostaba despreocupado en uno de los bancos de piedra, cerca de Bacor—. Cuatro piratas desesperados no pueden haber puesto en apuros al gran Partolón de Labyrinthos.

—¡Oh, cállate de una vez! —Lo fulminó con la mirada, señalándolo con el dedo—. ¡Habló quien no hace más que inventar falsas cacerías para esconder sus escarceos de cama con los sirvientes!

Trióme saltó como si una abeja le hubiera aguijoneado el trasero. Pero fue la reina quien, una vez más, atajó el inadecuado desvío que estaba tomando la conversación:

—¡Basta ya de comportaros como niños!

A pesar de las circunstancias, Lerna no pudo evitar una sonrisa torcida. La belleza de Ariaghne se encendía cuando se enfadaba, convirtiéndola en una especie de tormenta helada tan hermosa como terrible. Al principio la intimidaba. ¡Era tan fuerte, arrojada y preciosa! Se sentía insignificante a su lado, ella, que todavía era una muchacha, sin nobleza de sangre en su interior, tan poco agraciada en comparación, por mucho que Starn jurara una y otra vez que jamás había conocido a una mujer tan bella. Sabía, además, que su esposo tenía un lugar especial reservado en el corazón para su madre, y tenía miedo de no estar a la altura de semejante adoración.

Sin embargo, todos sus temores se disiparon conforme fue conociendo a la señora de Labyrinthos. Ella la recibió enseguida como parte de la familia, la abrazó sin reserva alguna y le abrió las puertas de su cariño.

—Tienes un alma gentil, dulce y a la vez firme —le dijo, al poco de que Starn la presentara como su prometida—. Eres bella por fuera y por dentro. Me siento afortunada de que Starn haya encontrado a una criatura tan especial como tú. Así que, a partir de hoy, también serás mi hija.

Lerna sintió una profunda emoción y lloró en sus brazos; se forjó entre ambas un lazo que nada sería capaz de desanudar. Si antes la admiraba como reina, ahora lo hacía como madre.

—No podemos dejar esta afrenta impune —insistió Partolón, volviendo al presente de la historia.

—¿Y a quién pretendes culpar? Tal vez fueran aqueos, pero no podemos responsabilizar a todo un pueblo por las acciones de unos pocos —le replicó el minos.

—Además, ¿qué íbamos a hacer? —preguntó Trióme—. No tenemos un ejército, y nuestra flota de guerra quedó desmantelada por completo décadas atrás, cuando acabamos con las antiguas oleadas de bandidos del mar.

—Eso es algo que puede solucionarse.

—¿Qué estás proponiendo exactamente, hermano? —dijo Starn, que al fin se animó a tomar parte en la discusión.

—Lo que sin duda imaginas. Todos los que estamos en esta sala conocemos muy bien cómo es el mundo ahí fuera, lejos de nuestras fronteras. Aunque insistamos en escudarnos en la diplomacia para poder mantener nuestra tediosa tranquilidad, nos hallamos rodeados de pueblos cada vez más belicosos. ¿De verdad sois tan ingenuos para pensar que nadie se fijará en nuestra riqueza? Sean los aqueos del norte, los hicsos de Oriente o cualquier otro, ocurrirá. ¡Y para entonces las palabras dejarán de servir! ¡Tenemos que forjar una fuerza militar que proteja nuestra ciudad y nos permita vengar cualquier ultraje!

—Hijo mío, recapacita —comentó Ariaghne, tratando de dulcificar la voz para apelar al corazón de Partolón—. Hablas de cosas que no conoces, porque jamás las has vivido.

—¿Debemos, pues, dejar que el tiempo pase, y esperar que la Diosa nos proteja eternamente? No, madre. Las divinidades también se cansan, sobre todo cuando los suyos se pierden en la complacencia.

El minos movió la cabeza, frustrado por el comportamiento de su hijo.

—Ay, muchacho empecinado, que ya ni siquiera atiendes a la sensatez de la dadora de tus días —dijo con tono de reproche—. ¡Qué sabrás tú de la guerra! ¿Quieres que te hable de ella? Lo haré, sí…

La voz del primero de Cnosos se extendió por toda la cámara, rellenando cada hueco existente. Lerna sintió cómo su poder la atravesaba hasta tomar forma en la morada del alma. Sear tenía el don de la palabra, la capacidad de conmover a quienes lo atendían…, salvo a Partolón.

—Hace cientos de años, los cretenses conocimos el conflicto y empuñamos las armas. ¿Creías que los cuentos que Bacor te narraba de niño eran invenciones para llevarte al sueño? ¡Fueron reales! Minos, el rey que instauró nuestra dinastía, hijo de la Diosa, fue a la guerra. Alzó un ejército como jamás se ha vuelto a ver en el mundo y durante muchos veranos e inviernos luchó para limpiar las aguas de piratas. Y, sin embargo, todo aquello solo fueron escarceos.

Lerna casi pudo ver las flotas de barcos de guerra persiguiendo a los navíos de velas negras, tal y como yo los tengo en mi memoria. Presenció en su mente los abordajes, las matanzas, los filos abriendo gargantas y la sangre saltando al unísono con los lamentos agónicos. Tembló.

—Guerra, dices, hijo, tú que solo has conocido la paz… —continuó Sear —. Minos fue contra Atenas para vengar el asesinato injusto de su hijo en los juegos. Miles de hombres se enfrentaron en esos años; los campos quedaron sembrados de cadáveres, las llanuras, abonadas con la carne de hombres insustituibles. ¡Seres que no volverían a existir! Todos ellos con sus vidas, todos ellos valiosos, con dones que aportar al mundo. Allí, superviviente o parte de ese estiércol desperdiciado, habrías comprendido la verdad que subyace tras la contienda, tal y como lo hizo Minos: en la guerra solo vence la muerte. Que nunca tengas que aprender esa lección por ti mismo.

Cuando calló, un silencio estremecedor aleteó en el aire. Lerna se sentía igual de vacía cada vez que Starn hacía enmudecer la lira.

—Hablas como si lo hubieras vivido, pero no es así —se atrevió a decir Partolón, tras un instante—. Solo son historias adornadas.

—Soy Sear, hijo de Sru, hijo de Easru, hijo de Brament, hijo de Atecteo, hijo de Catreo, hijo de Minos, engendrado este por el divino Posidón y parido por la Gran Diosa. La herencia inmortal me ha legado los recuerdos de los que murieron antes que yo, que recaerán en ti cuando me sucedas, si lo mereces. Ese día lo entenderás todo, pero hasta entonces esta discusión hace rato que ha perdido cualquier sentido —dijo de pronto Sear, hastiado—. No romperé la forma de gobernar que me legaron mis antecesores, que tanta prosperidad nos ha aportado, por un desgraciado y aislado acontecimiento. ¡Y no se hablará más del asunto mientras no haya motivos poderosos para ello!

—Cometes una grave imprudencia, padre. ¡Ojalá Cnosos no tenga que recordarte como el rey que ignoró lo evidente y condenó a su pueblo! Ojalá.

—¿Cómo te atreves a hablarme así?

Pero Partolón ya se había dado la vuelta. Ignorando las exigencias del minos, abandonó las dependencias del trono sin volver la vista atrás.

 

La noticia del ataque contra los dos príncipes se propagó veloz, tal y como era de esperar. Ahora bien, gracias a los consejos de Bacor, lograron controlar el cariz que tomaban los rumores. Su plan era sencillo: en lugar de tratar de esconder lo ocurrido, se alentó la narración del episodio, poniendo especial énfasis en que se trataba de un acto puntual de bandidaje. Además, se utilizó el suceso para ensalzar el coraje de los hijos del minos y fortalecer la idea de que la Gran Diosa los protegía.

Así pues, unos pocos días después todos hablaban de la prodigiosa defensa de Partolón y Starn, ya fuera en la Casa del Hacha o en las aldeas de los alrededores. Los hermanos eran audaces, decían, y habían sido imbuidos por la gracia de la divinidad. «Nuestra amada madre vela por ambos», aseguraban algunos. «Nada malo puede acontecerles, pues pura es su sangre», opinaban otros. Comentarios animados también por las sacerdotisas, que aseguraban que la familia real había sido tocada por una grandeza superior.

Gracias a aquellas alabanzas, Partolón vio calmado su enojo. Starn, sin embargo, se sentía incómodo ante lo que consideraba una mascarada deshonrosa. Lerna lo sabía apagado, confuso y perdido en un revoltijo de emociones encontradas. Sufría, podía advertirlo tan claramente como si el dolor naciera de sí misma.

—No hice nada para que se me tilde de héroe —insistía, una y otra vez—. Me quedé allí, parado, asustado como un niño pequeño. Tanta violencia pudo conmigo. Fui un cobarde. Si escapé de la muerte solo fue por la fortuna de portar mi añorada lira y por el valor de mi hermano.

—Mi amor, te tienes en muy baja estima —le replicó ella mientras lo abrazaba para consolar su padecimiento—. Tener miedo no te convierte en peor hombre.

—¡Partolón no lo tuvo! Tendrías que haberlo visto. Parecía uno de esos guerreros de la antigüedad capaces de grandes hazañas. A pesar del salvajismo del combate, daba gozo verlo por encima de los enemigos.

—Prefiero tus cualidades, esposo: una mente sensata, un corazón humilde y unas manos hábiles en la música y el amor. Los hombres débiles son los que, en cambio, se decantan por el rencor y el falso orgullo. Aquellos que solo piensan en destacar.

«Como Partolón», quería añadir, pues era lo que pensaba.

Sin embargo, no lo hizo. La confianza entre la pareja era absoluta. Se amaban sin reservas ni secretos. Lerna suspiraba por él de un modo que no podía expresar más que con besos, caricias y miradas. ¿Acaso no fue la Diosa quien los unió, pues fue el regalo por la danza ante el toro que bailó en su honor? Al menos así lo creía. Pero, a pesar de ello, la muchacha entendía que algunas cosas debían callarse. Sabía cuánto quería Starn a su hermano, así que no se atrevió a nombrarlo, ni a relatarle las impresiones que le transmitía con sus actos: que, conscientemente o no, el heredero buscaba aprovecharse de Starn.

—Eso estaría muy bien en un mundo sin mácula, mi amor —respondió él —. Pero empiezo a pensar que Partolón tiene razón: los pueblos más allá de nuestras tierras miran con avidez nuestra prosperidad y se sienten tentados.

—¿Y la solución es volvernos salvajes y violentos como ellos?

—No, pero sí estar preparados.

Lerna notó un escalofrío.

La paz de Cnosos estaba a punto de llegar a su fin.