Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 93 de 98

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Lerna

Capítulo 30

 

Muchas vidas parece que han pasado desde aquel día, viejo amigo. Todos se fueron, nadie quedó a mi lado. Ni siquiera los fomorianos. Los he buscado una y mil veces, aun a riesgo de que la monstruosidad cometida por mi abuelo Partolón provocara en ellos el ansia de matarme. Pero nunca los encontré. Es como si se hubieran desvanecido, aunque imagino que los supervivientes de la gran batalla de Mag Ithe andarán ocultos, temerosos de ser vistos de nuevo.

Así que solo me he quedado. Bueno, no del todo, ¿verdad? Sigues a mi lado, el único que no me ha abandonado. Aunque no es que luzcas muy bien, si me permites decirlo. Deberías rasurar esa barba tan larga y fea.

Vamos, solo es una broma. No te ofendas. Alegra el gesto, deja de parecer un anciano achacoso con los ojos velados por la demencia. Y deja de hablar con el reflejo que el agua de la charca te devuelve. Tu propia imagen. Así de loco estás, te pasas los días parloteando contigo mismo. ¿Cómo? ¿Qué dicen tus labios agrietados? ¿Que me muera ya? ¿Que soy un terco cabezota que roba a los gusanos su banquete? Pero si muero yo… Si muero yo, también lo harás tú.

¿Qué estás harto de escuchar la misma historia una y otra vez? ¡No te burles de mí, bufón que me robas el rostro, el tiempo y la locura! ¡Soy un rey! Tuan, señor de Lerna… Merezco respeto. ¡Sí, un rey, como lo oyes! De la sangre del minos de Cnosos. Si las cosas hubieran sido de otro modo, me seguirían y alabarían tantos súbditos como puede alimentar esta isla… Pero… supongo que tienes razón al cabo… Mírame ahora… ¿De qué soy rey? Del aire y el vacío, de los ríos sin peces, de una tierra donde ningún hijo nace. Rey de la nada, ese soy yo.

¿Qué hago aquí, perdiéndome a mí mismo? Solo me quedan los recuerdos, y la mayoría ni siquiera son míos, sino de quienes me precedieron, hombres y mujeres a los que jamás conocí. Sin embargo, me susurran sus historias al oído, llevan haciéndolo largas décadas. Algunas veces esa memoria ancestral es el espolón al que me agarro para evitar que la locura absoluta me engulla, cual mar furibundo. Otras, la mayoría en realidad, reafirman mi soledad hasta el punto de arrancarme el llanto. Es entonces cuando surge la pregunta, la única que importa. La que resume todo mi dolor.

«Muerte, ¿por qué me has abandonado?».

¡Maldita seas! ¡No haces más que confundirme! Quieres mi perdición. Mereces que te maltrate yo a ti. Pero cuando mi manotazo de niño enojado rompe la quietud de la charca, cuando el agua se revuelve y te pierdo de vista, un pavor profundo me sobreviene. Me inclino sobre la superficie, tan desesperado que ni reparo en el crujido de mis huesos. Las privaciones me han convertido en un anquilosado junco, de cabellos largos y desmadejados. Mi barba, que pende de mi cara como el muérdago lo hace de los grandes robles centenarios, acaricia la piel acuosa del manantial.

¡No te vayas, amigo mío! ¡Disculpa mi arrebato y vuelve a mí!

La poza recupera la quietud y tu rostro, idéntico al mío, regresa para consolarme. Gracias, y perdóname. No volverá a pasar. Entiende mi pesar. Eres lo único que me queda, el único con quien puedo hablar. Al principio conversaba con mi sombra, como si fuera Bacor y no se hubiera ido. Pero ella no podía ofrecerme un rostro, unos ojos a los que mirar. Y tampoco era muy habladora que digamos.

Fue duro, no te engañaré. Cuando aquel al que llamé abuelo murió, empecé a sentir miedo de todo, aunque nada en esta tierra mostrara intención de dañarme. Sin embargo, me asustaba ante el aleteo de los pájaros o al pisar una rama seca. ¡Hasta el ligero vaivén producido en los matorrales por un conejo era motivo para que saltara!

Lo peor fueron los lobos. Acuérdate de cómo aullaban por las noches, impidiéndome dormir. Los imaginaba enormes, de pelaje gris, con largas lenguas y ojos amarillentos, mandíbulas babeantes ávidas de hincar mi carne, aunque esta empezara a perder la ternura de la juventud.

El temor se tornó tan insoportable que ya no pude controlarlo. Hui del bosque, donde creía percibir ojos vigilantes detrás de cada tronco, y corrí incansable. Había enloquecido de tal modo que lo abandoné todo, salvo mi fiel lira, aunque mis uñas son ya tan largas que apenas me atrevo a tocarla, no sea caso que corte las cuerdas por accidente. Vagué sin sentido hasta que al fin opté por refugiarme en las montañas, en cuevas profundas donde esas imaginarias y horribles bestias no pudieran encontrarme. Podría decirse que me convertí en una de ellas, pues viví tan salvaje como los animales. Aprendí a correr sigiloso, a ser invisible como un gato montés, a oler las presas de las que me alimentaba y saltar sobre ellas con las garras por delante. Ladraba, gruñía y mordía con unos dientes que se acostumbraron a despedazar la carne cruda…

¿Qué haré ahora, mi buen Tuan? No lo sé. Entiendo que deseas que termine la historia al fin. Necesitas dormir. Y olvidar. También yo. Estoy tan cansado… Pero temo que eso no sea jamás posible, que esta condena resulte eterna.

La angustia se apodera de mí una vez más. Grito, clamo al cielo de Lerna, ahora gris, pero mi voz se desvanece en una inmensidad silenciosa. Es la misma respuesta que obtendría en el interior de una tumba, pero ese es un regalo que me evade.

Solo el viento se atreve a contestarme. Me envalentona los cabellos ralos, enredando los mechones con los de mi barba. Es una brisa fuerte llegada del sur, que se cuela entre los harapos que forman mi vestimenta. ¿Por qué seguía llevándolos? La piel se me había endurecido contra las inclemencias, luego de tantos años a la intemperie. Y desde luego no había nadie ante quien ocultar mi desnudez. ¿Entonces? Quizá fuera un último rescoldo de pudor, o más bien la necesidad de mantener al menos una de las costumbres de los hombres. La última barrera antes de convertirme en un animal.

Soy un rey. Soy un rey. Lo repito una y otra vez. Me yergo sobre mi sitial, esta colina cerca de la costa, desde donde la vista domina tanto el interior salvaje de mi despiadado país como la frontera infranqueable que supone el mar.

El mar. El mismo con el que soñaba Lerna.

Y de pronto lo veo. Lo inesperado. Llegando desde más allá de la novena ola. ¡Una flota de barcos! ¡Fíjate! ¿Los ves? ¡Llegan los nuevos hijos de la isla! Había perdido la esperanza después de tanto tiempo… Míralos, son como Partolón y los suyos. ¡Debo acudir a darles la bienvenida!

Salto y corro como si fuera una cabra. Me deslizo por los senderos que la lluvia ha marcado, y lo hago con la alegría de un muchacho. Una loma detrás de otra, ya estoy junto a los acantilados. Fíjate, no son pocos bajeles. Cuento unos treinta y cuatro navíos, robustos y de hermosas velas. Han fondeado cerca de la arena, y diversas barcazas se aproximan ya a la playa para explorarla.

De pronto me detengo. Un nuevo ramalazo de sentido común me previene, me dice que sea cuidadoso. Así que me escondo entre las rocas y vigilo a los recién llegados. Visten ropas coloridas, mucho más que cualquier pueblo que pueda recordar en la memoria de los partolonianos. Sus vestimentas y joyas hacen referencia a multitud de animales, algunos de los cuales me son desconocidos, como una especie de felino enorme con la piel tiznada de rayas. ¡Y lucen grandes tatuajes!

Son guerreros, resulta obvio. Me basta con contemplar los arcos, las espadas, los andares orgullosos y prestos a la acción. ¿Y a quién sirven? La respuesta llega en forma de alabanza. La realizan los desconocidos en cuanto uno de ellos, más prominente que el resto, pisa la tierra de Lerna. Se arrodillan a sus pies y empiezan a llamarlo por un nombre. Se me queda grabado en la cabeza.

Nemed, hijo de Agnoman.

Por la Gran Madre que el latido de mi corazón se detiene al reparar en su caudillo. ¡Veo a Partolón en él! No, no es su apariencia física lo que acrecienta mi impresión. Es más bien el aura que emana, preñada de un orgullo tan malsano como el de mi abuelo.

Bacor tenía razón, lo entiendo al fin: todo vuelve a repetirse. La existencia no es sino una cadena de ciclos. Un nuevo Partolón, y con él otra vez desgracias y catástrofes. Pues, si comparte su carácter y destino…, ¡vendrán con ansias guerreras! Manchados de desfachatez, querrán apropiarse de Lerna como si de un premio se tratara.

Y cuando me encuentren, ¿qué verán? ¿A un hombre solitario o a un engendro salvaje como los fomorianos se lo parecieron a mi abuelo?

No, amigo mío, no podemos presentarnos ante los nemedianos. Ellos llegan con grandes fastos, cargados de riqueza y belleza, y nosotros solo somos unos viejos decrépitos con el aspecto de un arbusto seco y arrugado. Parecemos cuervos muertos de hambre. Mira tus dedos, mira los míos… Han crecido hasta convertirse en garras curvadas, largas y amarillentas.

¡Oh, odioso destino! Tanto tiempo esperando nueva compañía y ahora debo rehuirla… Me alejo, qué otro remedio me queda. Vuelvo a la espesura, entre lágrimas, penando por mi existencia miserable. ¿Dónde queda ya el brillante destino que me auguraron tiempo atrás? Todo es desdicha y pesar. Todo cae, se desvanece, aquí en el mundo.

Y ya nunca regresa.

 

Los días se han sucedido, uno tras otro. Días en los que solo acierto a caminar, a vagar más bien, sin un destino. Y, aun así, mis pasos me han llevado aquí, precisamente aquí. La Colina de los Reyes, un lugar nuevo para mí. Un paraje que solo guardaba en la memoria heredada. Supongo que esta es la que me ha guiado entre las oleadas de dolor y locura.

El promontorio me provoca tal sensación de paz… ¡Oh, alguien ha regresado! Es el pequeño mirlo, que, gracioso, revolotea a mi alrededor. Y trae algo consigo. La gran música. ¡Ah, tantos años después la vuelvo a oír! Su tonada, en boca del hermoso pajarillo, se me antoja dulce y reparadora. Me invita a acostarme en el centro mismo del altozano, al igual que lo hiciera mi padre antes que yo.

Y, como él, duermo. Y sueño. La existencia de repente se torna neblinosa. Los árboles y las rocas parecen borrosos, pero a la vez relucen con un ligero fulgor que es de todos los colores y a la vez de ninguno.

Al levantar la mirada, hay una figura junto a mí. La reconozco, pues la he visto en mis visiones, y aun así me estremezco como si contemplara por primera vez su belleza. La dama viste un largo atuendo de gasa esmeralda, que deja traslucir en su caída un cuerpo perfecto; la larga cabellera le llega más allá de los hombros, y es rojiza, ardiente; la piel, blanca como el marfil, brilla con el fulgor de una estrella. Sé muy bien quién es.

Tara.

¿Cómo no voy a caer de rodillas en presencia de una de mis madres? Me lanzo a sus pies y los unjo con besos y lágrimas. «Levanta, Tuan, hijo de Starn, de Lerna y de Aidne», me dice ella. «Mi hijo». Al escuchar su voz comprendo de dónde viene toda hermosa música que existe en el mundo. Me yergo tal y como me ha pedido, pero a pesar de que soy mucho más alto me siento empequeñecido. «Di mi nombre», me pide, y entre risas lo grito: «¡Tara! ¡Tara, espíritu divino de la Tierra Durmiente! ¡Tara, el amor de Starn! ¡Tara, mi amada madre!». Ella sonríe, y todo el valle se llena de luz y magnificencia.

«Sí, yo soy Tara, la Tierra Durmiente; pero también Lerna, la Gran Madre; seré Ogigia, la isla Antigua; Hibernia me llamarán los romanos, la Tierra del Hielo; también Inis Ealga, la isla Noble o Crioh na Fuinedah, la isla Remota; Ierne, Eire e Irlanda; tendré tantos nombres como pueblos habiten en mí. Pero tú, que tanto me has amado, serás siempre mi hijo. Y formarás parte de mí por siempre. Tu destino está unido al mío».

¿Qué es esto? Siento el latido de un poderoso corazón. Una nueva vida, otra vez digna. Levanto la cabeza y miro alrededor. La noche cubre la colina, sus estrellas refulgen como si acabaran de nacer en ese preciso instante. El aroma de la hierba húmeda también se me antoja refrescante. Huele a vida.

Algo ha ocurrido. Algo maravilloso. La pena de tantos años de soledad y derrota de pronto se ha quedado en el pasado. Es como si despertara de una larga pesadilla, y al hacerlo dejara atrás la desolación del mismo modo que una serpiente muda su piel. Solo que yo resurjo en otra forma. Una nueva y gloriosa identidad.

Ya no soy un hombre. Me levanto esplendoroso sobre cuatro recias patas. He vuelto a nacer como un hermoso y joven cuerpo, consciente de mí mismo a pesar de ello. Durante largo rato admiro lo ocurrido, pruebo esta novedosa identidad. Pisoteo la hierba, balanceo los grandes cuernos —de sesenta puntas cada uno— y respiro a través de unas fosas nasales por las que se cuela el aroma de un mundo resplandeciente.

He renacido. Mi madre, Lerna, ha vuelto a parirme. Esta vez he anidado en una placenta hecha de roca, agua y hierba. La Colina de los Reyes ha sido el vientre, yo el niño que inicia un nuevo ciclo. Y lo hago anunciándome con un barrunto enérgico que llega hasta el último rincón de la isla. Aquí estoy, de nuevo un rey. El rey de los ciervos.

Yo soy Cernunnos.