Lerna
Capítulo 2
Partolón estaba de pie en la puerta que daba acceso a su hogar, el más grande e imponente de todos los edificios del poblado. Se trataba de un palacio minúsculo en comparación con el más modesto de Creta; aun así, era la única construcción de tres plantas, lo que daba buena cuenta de su importancia. Las habitaciones del servicio se hallaban en el piso inferior, mientras que en el intermedio Partolón había ordenado la instalación de la sala del trono, donde además se realizaban las asambleas. La parte superior alojaba las estancias de la familia real.
Sin embargo, mantenía el estilo clásico: la fachada, coronada por el símbolo cornudo de Posidón, seguía en un pórtico con imponentes columnas; los pasillos y escaleras convertían las plantas del edificio en un pequeño caos de rincones; el juego de luces de las claraboyas; las pinturas murales que representaban diversos momentos festivos; el patio interior, poco espacioso al lado del de la Casa del Hacha…
Aunque solo Starn y él mismo lo intuían, aquel era otro de los motivos por los que Bacor había abandonado Hija de Cnosos. Desde el mismo momento en que Partolón le puso ese nombre torció el gesto. Y más lo agrió conforme el poblado crecía y adquiría el aspecto del antiguo hogar.
—Es como ignorar todo por cuanto hemos pasado para llegar aquí —le había dicho en la única ocasión en que confesó su desagrado—. Ya no somos los mismos, la experiencia debería habernos cambiado. Precisamos tener una perspectiva diferente. Esta tierra nueva, asombrosa, exige que nos adaptemos a ella, no que la adaptemos a nosotros.
—¿Tan malo es que rindamos recuerdo a nuestros orígenes? —respondió el rey.
—No, desde luego. Lo que me preocupa es que eso nos lleve a cometer los mismos errores.
Nunca más volvió a hablar del tema, aunque aquel reproche se convirtió en una astillita que le fastidiaba de vez en cuando. Sobre todo, porque sabía que también Starn compartía el punto de vista de Bacor, aunque no lo dijera en voz alta. Ambos creían que debían crear una comunidad nueva, libre de las ataduras de un pasado repleto de amarguras. ¡Pero él era el rey de Lerna, como antes tendría que haberlo sido de Cnosos! No renunciaría a su cultura solo porque un viejo empezara a desvariar.
Al fin y al cabo, ciertos aspectos diferían por obligación con el país que habían dejado atrás. El palacio de Partolón no podía albergar a toda la comunidad, como antaño se hiciera en Cnosos. Una edificación tan enorme y compleja como la Casa del Hacha no surgía en unas pocas semanas, se necesitaban años y años de ampliaciones. Y mientras tanto el resto de partolonianos necesitaba un techo bajo el que guarecerse.
Así que aquella urbe creció distinta. Desde la villa del rey nacía una calle principal hacia el norte. Era la única que estaba empedrada, y moría en una plaza junto a la puerta de la muralla, sin duda la más llamativa de las novedades. Los cretenses nunca habían construido muros en su patria natal, pero estaban en tierra desconocida. Por muy bella que fuera Lerna, ya habían visto su cara más salvaje durante algunas cacerías: osos, ciervos muy territoriales y lobos que podían sentirse tentados por el ganado. También les llamó la atención una especie de perro de orejas puntiagudas y pelaje rojizo. El lienzo de piedra los mantendría alejados al tiempo que daba lustre a la aldea.
La calle formaba una columna vertebral en torno a la cual se levantaron las viviendas de adobe, con techumbres planas y aterrazadas. La mayoría tenían una sola planta, salvo la de las personalidades más insignes. En estas, el piso inferior generalmente era utilizado como granero o taller, aunque la mayoría de suministros que el poblado almacenaba para el invierno se guardaba en las despensas comunitarias de la zona norte, a salvo en las grandes pithoi.
El rey contemplaba la actividad de su gente con satisfacción magnánima. Junto al río, calmadas las aguas tras descender de la cascada, las mujeres se afanaban en las tareas de limpiar y destripar los peces que sus maridos habían pescado por la mañana. Era parte de los preparativos para el gran banquete del solsticio de invierno. Partolón había ordenado sacrificar al mejor de sus toros, el primer vástago nacido de la semilla de uno de los tres sementales herederos de la estirpe del minotauro. Se lo ofrecería a la Gran Diosa. Porque Ella estaba allí, los había acompañado desde Creta y se había instalado con ellos en la isla. O al menos eso decían los tres sabios, Fios, Tath y Fochmarc. Tal vez era lo único en lo que todavía estaban de acuerdo con Bacor, quien, sin embargo, no veía con buenos ojos que se la reverenciara con las mismas celebraciones de antaño.
—¿Y de qué otro modo habríamos de hacerlo, si no? —se quejó el rey ante la crítica del que fuera consejero de su padre.
El distanciamiento entre ambos era insalvable, pero en aquellos días el esplendor y la alegría enmascaraban cualquier conato de tristeza. La comida abundaba, los niños crecían sanos y las mujeres empezaban a alegrar a la comunidad con nuevos retoños. Delgnat fue la primera que anunció que estaba encinta, lo que ilusionó a su esposo. Sería su primer hijo nacido en la isla, así que no tenía ninguna duda de que la criatura estaría bendecida.
Sí, habían olvidado las angustias de su largo viaje. A cambio tuvieron que dejar de lado los refinamientos de Cnosos. Aún apreciaban los lujos, solo que estos se amoldaron a lo que las circunstancias permitían. Se habían convertido en amantes del trabajo duro y, aunque se engalanaban con torques y brazales de bronce al modo oestrimnio, dejaron de vestir con ropajes de seda. Solo la reina, todavía, en su afán por distinguirse de las otras mujeres. El resto utilizaba ahora túnicas de estopa y lino basto, más apropiadas para el ambiente húmedo de la isla. No se confeccionaron apenas sandalias descubiertas, sino calzado que cubría por entero los pies para salvaguardarse del fango. La piel, antaño morena gracias a los soleados días de su patria de origen, se les había tornado pálida, acorde con el habitual cielo gris. Y los cuerpos esbeltos se robustecieron. De la exquisita sociedad en la que vivieron antaño poco podían aprovechar en aquel medio todavía precario.
Al levantar la vista de nuevo, Partolón reparó en Starn, que se acercaba con decisión hacia él. Lo había visto marcharse temprano, apenas empezó a salir el sol, hacia los bosques. Desarmado, estaba claro que pretendía visitar a Bacor. Partolón frunció el cejo al pensar en la influencia que el viejo todavía tenía sobre él.
—¡Buen día, hermano menor! —sonrió el rey.
—Bueno es.
—¿Vienes de parlotear con ese anciano solitario?
Starn dibujó una mueca de fastidio.
—Sí. Pero te agradecería que dejaras de mofarte de él. Antaño fue como un padre para ti.
El rey no hizo mucho caso de la recriminación. Al fin y al cabo, no había sido él quien se había desentendido del consejero. Bacor ya no era el mismo hombre, dejó de serlo cuando pisó Lerna. En opinión de Partolón, una mezcla de locura y despreocupación se habían apoderado de él, y con ellas había dado la espalda a los suyos para irse a hablar con los pájaros y los árboles. Justo cuando más necesitaban de su guía. Jamás lo reconocería, pero se sentía dolido por lo que consideraba una deslealtad, y por mucho que su hermano siguiera encariñado con el viejo no pensaba cambiar de opinión al respecto.
—Sí, sí… —cabeceó para acallar las críticas de Starn.
—Bacor ha descubierto algo.
«Seguro que ha averiguado el motivo por el que las hojas son verdes o el cielo azul», pensó, pero no dijo nada para no molestar a su hermano.
—¿De qué se trata?
—Convoca una reunión del consejo, pues más oídos deben enterarse de esta historia.
En la sala del trono se reunieron, además de Partolón y Starn, los miembros de la asamblea. Eran los más apreciados por el jefe de la aldea, aquellos con quienes discutía las grandes decisiones: Acasbel, Senboth el Viejo y los tres sabios, Tath, Fochmarc y Fios, actuales consejeros del señor de Hija de Cnosos. Por su parte, el príncipe contaba con el apoyo de Afestes.
Las mujeres trajeron la cerveza de Malalech para que los hombres empaparan las lenguas durante la discusión. Starn, como convocante del concilio, fue el primero en hablar.
—Bacor, «el que conoce el roble», ha realizado un inquietante descubrimiento: no estamos solos en la isla.
Las caras de los presentes mudaron hacia el asombro, la sorpresa y, claramente, la incredulidad.
—¿De qué estás hablando? —quiso saber el rey.
—Encontró una formación de rocas, sin ninguna duda artificial.
—¿Unas cuantas piedras y ya se cree ese advenedizo que estamos en peligro? —rezongó Fios, con la voz cargada de resquemor.
Los tres sabios estaban tan dolidos con Bacor como Partolón. Él, que por experiencia debería haberlos representado, decidió marcharse a vivir al bosque. A partir de entonces no escondieron su resentimiento hacia quien creían que había rechazado las antiguas leyes de Creta. Algo que no parecían muy dispuestos a perdonarlo.
—Yo mismo las he visto —confirmó Starn, molesto—. Aunque al principio dudé, comprendí que Bacor tiene razón. Son monumentos levantados hace poco, no importa su función. Sus constructores, o quienes los sucedieron, podrían estar todavía en Lerna.
—O haber desaparecido hace mucho. ¿Cómo, si no, explicamos que tras un año jamás nos hayamos topado con ellos? —argumentó Tath.
—Apenas hemos abandonado esta zona —replicó el príncipe—. La construcción de Hija de Cnosos nos ha tenido ocupados desde entonces.
Partolón decidió intervenir antes de que la reunión se convirtiera en una discusión entre su hermano y los tres sabios.
—Bien, quedan claras las posturas. Mi pregunta ahora es qué recomendáis cada uno. Starn…
—Pienso que sería buena idea organizar varias partidas de exploración y enviarlas en todas direcciones. Aunque las teorías de Bacor fueran erróneas, es necesario averiguar cuanto podamos de nuestro nuevo hogar. ¿Qué pueblo no conoce su país? Quién sabe, además, qué maravillas podremos encontrar.
—Sabios consejeros…
Fochmarc tomó la palabra, no sin antes torcer los labios en un gesto serio.
—Creemos que todo esto solo es una más de las extravagancias de Bacor, que empieza a caer en la senilidad. No vemos la utilidad de enviar hombres a tareas tan prosaicas cuando hay todavía tanto que hacer en Hija de Cnosos.
Partolón asintió. Opinaba igual que los tres sabios y les habría dado la razón de inmediato. Pero no quería despreciar con tanta severidad las buenas intenciones de Starn. Así que decidió un curso de acción digno de la magnanimidad de un rey.
—Fios, Tath y Fochmarc están en lo cierto. No podemos prescindir de tantas manos como precisaría la tarea que recomiendas, hermano. Pronto llegará un nuevo invierno y debemos estar preparados. Aun así, entiendo que tu inquietud es certera. Por ello aceptaré que formes un grupo pequeño entre quienes te siguen y realices las expediciones que desees.
El jefe de la aldea se sintió satisfecho de sí mismo. Su disposición le pareció inteligente, dejaría satisfechas a ambas partes. Estaba convencido de que su padre habría estado orgulloso de él.
—Sabia y digna decisión —atajaron los tres sabios.
—Se hará como tú ordenes, señor —respondió Starn, no del todo contento, pero aceptando lo que le ofrecía.