Lerna

Javier Pellicer · Capítulo 27 de 98

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Lerna

Capítulo 24

 

Starn tenía la impresión de que el mundo a su alrededor se desmoronaba pedazo a pedazo. ¿Por qué ahora? ¡Iba a ser padre! La felicidad debería llenar su vida sin dejar hueco alguno para el miedo.

Mientras bajaba por la Gran Escalera, no podía dejar de pensar que solo una intervención suya evitaría que ese hijo que se acercaba naciera en el seno de una familia rota. Tenía muy claro lo que debía hacer: apaciguar los ánimos. Era el único capaz de conseguirlo, el único que contaba con el aprecio de ambas partes.

Sin embargo, todavía meditaba sobre qué podía decir o hacer para lograrlo. Detuvo un momento sus pasos y se recostó sobre uno de los pilares de la columnata, la que enmarcaba el descenso en torno al pozo de luz central. ¿Qué palabras utilizaría? ¿Cómo sofocar los egos inflamados de un padre y un hermano que se parecían más de lo que ambos estaban dispuestos a reconocer? Orgullosos, engreídos incluso, incapaces de reconocer un error.

Algo surgiría de sus labios. Rogaría si hacía falta. No le importaba. Solo deseaba apagar las llamas y que todo volviera a ser como antes.

Era una madrugada abierta a la luna y las estrellas, pero sabía que aquellos a los que buscaba no estarían durmiendo, no tras lo ocurrido. Los peldaños lo llevaron hasta el nivel del suelo. Cruzó el peristilo que daba a un corredor, donde un vestíbulo antecedía al salón de las Dobles Hachas, el despacho personal y aposento del minos. Los tres portones gemelos que daban entrada eran el reflejo de otra portalada idéntica en el propileo posterior, por el que se colaba la luz del exterior. Allí, alejado de los protocolos diplomáticos, el rey reflexionaba y se entregaba al descanso diario con la reina. Una estancia hermosa, embellecida por frescos cargados de color y cenefas a media altura y en lo alto de las paredes. Pero, por encima de todo, destacaban los escudos pinzados que colgaban en el muro principal, sobre el trono, representando el emblema del rey.

Sear se hallaba sentado en el sitial de madera. De no ser por la tenue luz de la luna que se colaba entre los ventanales sobre los portones, la oscuridad habría sido absoluta. Los braseros a ambos lados del trono no ardían, lo cual era extraño. El minos había descuidado dar la orden de prenderlos. Se le veía ausente, meditabundo, perdido en hondas cavilaciones en torno a las nuevas preocupaciones surgidas. Menguado, una sombra del rey fuerte al que Starn admiraba. ¿Dónde estaba aquel hombre capaz de lidiar con docenas de asuntos de Estado cada día y, aun así, recibirlo con una sonrisa o un abrazo? Los problemas que se le amontonaban lo habían superado.

—Padre, soy yo.

Sear alzó el rostro. Sus ojos parecieron volver a la vida, aunque mantuvieron el brillo de la tristeza.

—Hijo…

Starn se acercó hasta el sitial. Él mismo, como si fuera uno de los sirvientes, hizo arder los braseros con yesca y pedernal. Cabeceó satisfecho cuando las llamas iluminaron al rey, apartando de él la mortaja pálida y otorgándole un agradable color.

—Sé por qué has venido —dijo Sear.

—Supongo que era previsible.

—Y desearía complacerte, más que ninguna otra cosa. Pero temo que no podré hacerlo.

El príncipe menor se arrodilló ante aquel hombre al que tanto amaba.

—Padre, siento que todo está del revés. —Se llevó la mano al pecho—. Sufro lo indecible al ver cómo mi hermano y tú os empeñáis en enfrentaros. ¡Recapacitad! Volvamos a los días en que el amor desbordaba nuestra familia.

—No es mi culpa cuanto está ocurriendo.

Sear empezaba a levantar sus defensas, aquellas que el orgullo impelía. Pero Starn no estaba dispuesto a permitírselo. Si quería llegar a él, debía evitar que el rey tomara el control del hombre.

—¡Escúchame! Te ruego que por un instante dejes de ser el minos y actúes como padre. Todos conocemos el carácter de Partolón. ¿De quién crees que lo heredó? No excusaré su tono desabrido, pues le pierden las formas. Ahora bien, no puedes negar que sus intenciones son bondadosas. Se preocupa por el reino mucho más que cualquier otro.

—¿Qué es lo que me estás pidiendo, hijo?

—Que os sentéis a hablar. Pero con la mente abierta y vuestros corazones cerrados al orgullo. Atiéndele, no vetes sus ideas, pues podrían sorprenderte para bien.

—Desea la guerra…

—No, padre. Todo lo contrario. Que su tono arrogante no te confunda. Partolón solo quiere mantener la paz. Pero ve la violencia que impera en el mundo, y tiene miedo de que llegue a nuestra isla. Por eso trata de estar preparado.

Sear quedó en silencio durante unos instantes. ¡Cuán difícil es reconocer un error para quienes acostumbran a tener razón! Es lo que ocurre cuando los hombres son imbuidos con el velo del poder, cuando se les alaba como si fueran dioses: acaban creyéndoselo.

—Está bien, Starn. Lo haré por ti.

El joven sonrió y, llevado por un impulso, abrazó a su padre, agradeciéndole que entrara en razón. Era un comienzo, uno esperanzador. Pero quedaba la tarea más complicada de todas. Pues, si arduo era vencer la resistencia de un rey altivo, no lo sería menos convencer a un heredero engreído.

 

Apenas cruzó de vuelta los portones del salón de las Dobles Hachas, se encontró con la luminosa presencia de su madre. Ariaghne confirmó con sus ojos húmedos que había estado escuchando la conversación. Su primer gesto fue acariciar el rostro de Starn con dedos tiernos y una sonrisa amorosa en los labios.

—Ninguna mujer podría estar más orgullosa de su hijo como lo estoy yo ahora.

—Solo hago lo que creo conveniente para que la paz vuelva a esta familia, madre.

Ella le dio uno de esos besos tenues en los labios que tanto cariño le transmitían. Por algún motivo, a Starn lo emocionó más de lo habitual. Un estremecimiento le revolvió todo el cuerpo.

—Quiero a Partolón, pero ojalá tú hubieras sido el primero —le susurró; y él se emocionó al saberse, una vez más, el predilecto de su madre—. Termina lo que te has propuesto, cariño mío. Si alguien puede conseguirlo, eres tú. Y no olvides nunca cuánto te amo.

Starn se despidió de la reina con un beso en la frente.

 

Una sensación incómoda lo acompañaba mientras se perdía de nuevo entre los corredores. Fue al encarar el ascenso hacia el segundo nivel cuando le pareció que un velo oscurecía la luz de los hachones. Se asomó a la lucerna y miró hacia el piso superior, donde se hallaban las alcobas de la familia real. Alguien bajaba las escaleras, alguien que se detuvo cuando reparó en la presencia de Starn. Pareció dudar durante un instante, pero tardó muy poco en volver a moverse.

El príncipe arrugó la nariz, pero continuó subiendo peldaño tras peldaño. Llegó el inevitable momento en que ambos se cruzaron. En cualquier otra situación, el hijo del rey ni siquiera se hubiese molestado en buscar con los ojos el rostro del sirviente, pero la extraña actitud de aquel individuo le llamaba la atención. Sus ropajes no se diferenciaban en nada de los de cualquier criado, una simple túnica blanca. Era un hombre de mediana edad, el cabello ondulado le caía hasta el nacimiento del cuello. No reconoció sus facciones. Tampoco es que resultara algo insólito, pues los trabajadores del palacio se contaban por cientos. No, no fue su aspecto, cretense de los pies a la cabeza, lo que le causó estupor, sino que le sostuviera la mirada. Y que en ella hubiera temor. El miedo del culpable.

Un impulso. La intuición. Extendió el brazo en el instante justo en que el otro lo dejaba atrás y lo aferró del hombro, dispuesto a interrogarlo. Sin embargo, lo que recibió fue un inesperado empujón. Starn se tambaleó hacia atrás hasta caer al suelo. Sorprendido, no logró levantarse antes de que el desconocido se lanzara a una frenética carrera escaleras abajo.

Tendría que haber lanzado un grito de aviso, pero la mayoría de los habitantes del palacio dormían. Para cuando reaccionaran, ese maldito espía —qué otra cosa podía ser— se habría perdido entre los corredores y escalinatas secundarias del edificio. Así que se levantó y comenzó a perseguirlo. Era rápido, aunque las largas y poderosas zancadas del príncipe pronto recortaron la distancia entre ambos. A pesar de ello, el hombre logró mantener su ventaja el tiempo suficiente para llegar al primer nivel y dirigirse hacia la sección de los talleres, al noreste del complejo.

Ahí terminó su huida. Acorralado, en un pasillo sin salida, se entretuvo abriendo una puerta. No estaba cerrada, pero era tan pesada que lo frenó lo suficiente como para que Starn lo alcanzara. Logró aferrarlo por la túnica, con medio cuerpo fuera.

—¿Quién eres? —le exigió—. ¿Por qué huyes?

Por supuesto, no obtuvo respuestas. El cautivo se limitaba a forcejear para intentar liberarse. Y, al hacerlo, los pliegues de la túnica dejaron a la vista algo que portaba en su cinto. Una daga.

El hijo del rey parpadeó, confuso. Bastó para que su prisionero reaccionara: adelantó la cabeza y le propinó un fiero mordisco. Starn lanzó un alarido de dolor e, inconscientemente, soltó a su presa. Para cuando levantó el rostro de nuevo, ya había desaparecido.

Había estado equivocado todo el tiempo. No se trataba de un espía.

Era un asesino.