Lerna
Capítulo 17
Bacor abandonó el poblado a toda prisa, llevándose consigo la mirada de cuantos se amontonaban en los alrededores del palacio del rey a la espera de las decisiones que allí se tomaran. Muchos lo interpelaron, pero el anciano estaba tan afectado que rechazó dar cualquier explicación. Su actitud dejó murmullos poco halagüeños a su espalda.
Pero ninguno de ellos le pesó tanto como los amargos reproches e insultos que Partolón le había dedicado. Su corazón, seguro que podréis imaginarlo, lloraba como jamás antes. El desprecio de aquel hombre al que había visto pasar de niño a rey se situó entre las peores heridas sufridas en su vida, al mismo nivel que la muerte de Sear y Ariaghne o la pérdida de la joven Lerna. No dejaba de ser cierto que Partolón lo había rechazado hacía ya años, pero lo ocurrido aquella mañana era completamente distinto: el rey lo había sentenciado para siempre. Un trago ya de por sí amargo que esta vez iba acompañado de algo más visceral. Odio. Odio profundo. Odio convencido, incurable, imposible de calmar. Durante el resto de sus días, Bacor recordaría la mirada impresa en los ojos del monarca; la mirada de un hombre que se considera traicionado por alguien a quien, a pesar de todo, todavía amaba; la mirada que no tiene ya remedio, que es absoluta y concluyente.
La mirada que pone fin a la amistad.
En fin… El sabio regresó a su cabaña con semejante peso sobre sus espaldas y el corazón. La niebla, persistente ya en esos primeros días de otoño, casi se había desvanecido por completo. Unos graznidos le hicieron levantar la vista hacia el cielo. Una bandada de cuervos. Una bandada, como un jirón de humo negro, se movía hacia Hija de Cnosos. Cuervos, señores de la incertidumbre, anunciadores de la confusión, del caos y de un mañana infausto.
El bosque ocultó casi por completo el cielo y le entregó un momentáneo respiro. La paz, sin embargo, fue breve. Los pensamientos pronto volvieron a teñirse de pesimismo. Entre los últimos estertores de bruma, los árboles le semejaron robustas lanzas, soldados dispuestos para la guerra.
La guerra… Sabía que se avecinaba, y guerra siempre significa muerte. La visión se lo había susurrado, y Partolón se lo confirmó con sus viciadas ínfulas de monarca. Lo veía tan claro… Cerró los ojos para escapar de la bestia que lo acosaba, pero resultaba imposible; allí estaba, rondando por su cabeza. El verdadero enemigo de esta historia: el orgullo. «¡Malditos seamos!», se dijo. Malditos los hombres, por buscar imponerse en lugar de adaptarse.
Estaba seguro de que, con el descubrimiento de los fomorianos, la infausta trama que Egos había predicho allá en Cnosos había vuelto a ponerse en marcha. Durante los últimos diez años, en los que su pueblo se dedicó sencillamente a crecer en paz, llegó a creer que habían logrado sortear su destino. Ya no lo creía, claro, lo cual era otra fuente de sufrimiento, pues de nuevo tenían mucho que perder; más que nunca, en realidad. Aquella isla era lo que estaba en juego, aunque no como una propiedad. Cada rincón recorrido y disfrutado se le antojaba ahora más su hogar que allí donde nació. Las montañas eran tanto las costillas de la isla como las suyas propias. Las praderas, su piel, y los bosques, el vello que el viento fresco le erizaba. Sin embargo, ahora sabía que no era solo su tierra. Otros estaban conectados a ella del mismo modo. Lo cual, por cierto, le parecía maravilloso: Lerna era una madre que enlazaba edades y gentes, reuniéndolos en su regazo para amamantarlos como a hijos. Una misma familia.
Por desgracia, él mejor que nadie sabía que las familias no siempre estaban bien avenidas.
Siguió caminando, dejando que aquellos pensamientos funestos danzaran macabros en su cabeza, como los cuervos que había visto antes. Llegó poco después al lago del Aprendizaje, con el firme propósito de dejarse caer en su cabaña y sufrir el amargo veneno del fracaso. «Necio» había llamado a Partolón, pero ahora creía que el verdadero ignorante era él mismo, por creer que podría convencerlo. Y por ceder a la furia, al enfrentamiento. Él, que tanto creía en defender sus convicciones mediante la argumentación, también se había dejado llevar por el ego. Y ya se sabe que cuando dos insensatos se enfrentan solo la insensatez sale victoriosa.
Cuando ya subía por la empinada pasarela que daba al interior de la choza, un sollozo le devolvió al mundo real. Era un llanto de tono sentido, que creyó reconocer, y así lo confirmó cuando traspasó la puerta exterior. La menuda figura que se agazapaba en el suelo, rodeándose ella misma, levantó el rostro, sorprendida por la llegada del sabio. Los ojos de Aidne, grandes, preciosos y ahora iluminados por las lágrimas, tardaron un poco en reconocer a Bacor debido a la luz que se colaba desde el exterior y ensombrecía su rostro.
—Mi niña, mi buena niña, ¿qué te ocurre?
La pequeña se abalanzó sobre él en busca de un abrazo que, por supuesto, encontró. Allí se refugió durante un largo rato, pues Bacor le permitió desahogarse sin interrogarla. ¿De dónde había salido? Era tan distinta a Partolón y a Delgnat que le costaba verla como la hija de ambos. Ni siquiera tenía similitudes con el resto de sus hermanos. No existía en ella maldad alguna, ni el menor ápice de soberbia o cualquier otro mal hábito.
En realidad, conocía la respuesta perfectamente. Desde que la sostuviera por primera vez supo que en ella había renacido la maravillosa esencia de Ariaghne, la señora de Labyrinthos. Todo aquel que había conocido a la malograda reina de Cnosos coincidía en este punto. Resultaba lógico, por tanto, que de entre todos los niños a los que Bacor había educado ella fuera su preferida. Sentimiento que era mutuo y que supuso un fastidio para Partolón conforme este se distanciaba del anciano. Tras lo que acababa de ocurrir, el sabio tenía claro que el rey prohibiría a su hija que volviera a acudir al lago, lo que significaba que el resto de padres harían lo mismo. Sus días como maestro estaban llegando a su fin.
Pero todavía no.
—Bacor, tengo miedo… —sollozó la princesa.
Al apartarla un poco para mirarla a los ojos, reparó en que ella tenía las manos manchadas de sangre. Aterrorizado, la examinó en busca de la herida. Hasta que reparó en el reguerillo carmesí que descendía por las piernas de la chiquilla, bajo la túnica.
Aidne, según las leyes de su pueblo, acababa de convertirse en mujer.
Bacor tomó un trapo limpio y, tras humedecerlo, le limpió la sangre de las manos con delicadeza. Luego se lo entregó a la princesa y la animó a que hiciera lo mismo con la entrepierna.
—¿Qué voy a hacer, abuelo? Ahora tendré que casarme con Rudraige.
Lo llamaba así, a veces, y el sabio se enternecía. Por eso le dolía tanto decepcionarla, como estaba a punto de hacerlo entonces. Es tremendamente doloroso no poder dar a un ser querido la solución que desea, la que necesita.
—En un mundo más justo serías libre para elegir, mi pequeña —le dijo, acariciándole los cabellos—. Pero en este…, me temo que en este hay cosas que son inevitables. Créeme, nadie más que yo desearía que no fuera así.
Era el pesimismo quien hablaba a través de su boca.
—Pero yo quiero a Starn —gimió, acariciando el broche que le había regalado, su posesión más preciada.
Conocía el amor que la princesa dispensaba a su tío, por supuesto y, a pesar de su juventud, creía que era tan sincero y verdadero como podía serlo en alguien que apenas había experimentado la vida. Tal vez, con el tiempo, se desvanecería, pero estaba convencido de que en ese instante no era simplemente un capricho fantasioso. Aunque sí una quimera, teniendo en cuenta que el corazón de Starn seguía latiendo por la misma mujer de siempre.
Y, sin embargo, tal vez…
El anciano le hizo una seña para que esperara. Luego se levantó y buscó entre los frascos que había acumulado en una estantería hecha con la madera desprendida de los robles y las encinas. Pues toda aquella casa la había levantado con la carne que los árboles mudaban de manera natural. Nunca tuvo corazón para mutilarlos.
Con el paso de los años, y aunque carecía de los conocimientos médicos de Malalech, había estudiado las propiedades de muchas de las hierbas de Lerna. Sin embargo, en esta ocasión tomó el tallo de una planta que nunca antes de su llegada se había visto en la isla: bolsa de pastor. La trajeron consigo desde Creta, aunque las semillas que plantaron florecieron como si aquella tierra fuera la suya. Preparó una infusión con las hierbas y luego se la dio a beber a Aidne.
—Tómate esto, hija mía. Reducirá mucho el sangrado. Mientras tanto, cubre tus zonas bajas con paños para esconder la sangre y cambialos a menudo. No hables de esto con nadie, ni siquiera con tu madre.
—¿Por qué? —dijo, mientras soplaba el caldo para que se enfriara.
Le acarició el cabello y le dio un beso en la cabecita.
—Quizá, por una vez, podamos vencer a lo inevitable.