Lerna
Capítulo 22
Partolón anunció que partirían en dos jornadas. Todo parecía a favor: las mareas de verano eran apropiadas para navegar, y los barcos hacía tiempo que habían sido reparados. Las bodegas estaban llenas gracias a los oestrimnios, que les habían entregado todo tipo de suministros con los que afrontar aquel último tramo del viaje. La carne salada, la fruta seca, el queso y la comida para los animales fue repartida entre los navíos. Los hombres de Cilen habían sido muy generosos, pues les ofrecieron casi la mitad de su rebaño: terneros jóvenes sobre todo, que ocupaban menos espacio en las embarcaciones y que crecerían fuertes en la nueva tierra. Herramientas, armas, ropa… No les faltaría nada durante los primeros días en su nuevo hogar.
En la playa, la mañana de la partida, los oestrimnios se reunieron junto a los barcos. Nadie faltó aquel día de despedidas, pues entre unos y otros se habían forjado amistades e incluso algún que otro amorío. Pocos se mostraron tan apenados como el caudillo Teath.
—No he sido un buen anfitrión, si estáis tan dispuestos a iros —se lamentó.
Pero Partolón, que como todos los suyos había aprendido a admirar a aquel hombre llano, le aseguró que no tenía queja alguna.
—Tu honor ha quedado engrandecido por el trato que nos has dado, hermano. En las crónicas que narremos en la Tierra Durmiente, la hospitalidad de los oestrimnios tendrá un lugar preferente, pues nos acogisteis cuando más lo necesitábamos.
Puedo sentir el calor del abrazo que compartieron a continuación. A través de las memorias de mi pueblo he conocido a todo tipo de individuos, pero no temo decir que ninguno tan sincero en la amistad como Teath. El rey en el exilio, a su vez, no desmereció tal aprecio y ofreció un regalo digno de veras. Había ordenado a varios sirvientes que recogieran de entre la flota los escasos objetos de valor que les quedaban. Haciendo de nuevo oídos sordos a su esposa, logró reunir un tesoro compuesto por aros, cuencos, jarras y hasta el peine más apreciado por Delgnat. En total, más de cuarenta piezas de oro macizo, que en adelante sería llamado «el tesoro de Partolón».
Ante semejante obsequio, Teath, incapaz de hablar debido a la emoción, se arrodilló ante Partolón… y lloró.
El caudillo de Cilen pronunció la invocación de despedida a los hijos de Partolón, a quienes desde entonces considerarían como parte de su pueblo, a pesar de ser de origen tan distante.
—Que vuestra travesía sea afortunada, hermanos —proclamó en nombre de los suyos—. Y que cada uno de los que pongáis un pie en la nueva tierra sea agraciado con salud y bienestar. Levantad casas firmes, criad ganado sano y parid hijos fuertes. Y, cuando os sentéis a contar historias al lado del fuego, recordad esos días en los que morasteis entre nosotros.
Su voz siguió enumerando las virtudes que para ellos había supuesto conocer a los exiliados. Bacor asistió a la ceremonia con asombro. No importaba si alguna vez había sido condescendiente con aquel pueblo, a quienes veía como gente inculta. Desde el primer momento sintió un profundo cariño por ellos, aunque fuera del mismo modo que lo tendría un maestro ante un pobre granjero sin formación: desde la superioridad. ¡Qué ciego había estado, ahora lo entendía! Los oestrimnios siempre fueron mucho más que simples bárbaros. Sus leyes, su forma de vida, las emociones que bullían en ellos… Eran sinceras, nacidas de costumbres antiguas y naturales, sin espacio para el artificio, la mezquindad o la mentira. Su cultura se basaba en la responsabilidad hacia la comunidad y se veía fortalecida por el amor a la dignidad y el honor bien entendido.
Había aprendido tanto de ellos… Un cambio se produjo en su interior en algún momento, sin siquiera advertirlo, nacido de la influencia de aquellos norteños idealistas y valerosos. Sí, Bacor advirtió que su postura sobre la vida ya no era la misma. Se había convertido en alguien nuevo; no un oestrimnio, desde luego, pero tampoco era ya un cretense. Las ciudades, los palacios y las intrigas de Cnosos le parecían ahora lejanas e insustanciales… En su día había tenido a los suyos por civilizados y, sin embargo, ahora comprendía la realidad: ellos eran los auténticos salvajes, acomodados en la opulencia, convirtiéndose a través de las eras en individuos frívolos con más apego a las riquezas que a lo que de verdad importaba: la tierra y el prójimo.
Aquellas enseñanzas se las llevaría consigo a su nuevo hogar.
Pero antes de zarpar tenía que decir adiós a alguien muy querido. El pequeño Brath, al igual que su padre, apenas podía contener el llanto. Se había encariñado del sabio tanto como este de él, y sobre ambos se cernía la misma pena. Era un buen muchacho, valiente, inteligente y voluntarioso. Al mirarlo entonces a los ojos, un ligero vahído le trajo una visión. Advirtió en el muchacho un futuro lleno de esplendor: realizaría grandes cosas, o las harían sus hijos o nietos, siguiendo el legado del hombre sabio y honorable en que se convertiría. El canto del mirlo, que revoloteaba alrededor de Bacor, recitó un nombre que solo él escuchó.
Breogán.
—No deseo que te marches, mi señor —confesó el niño, como si el consejero no lo imaginara ya.
—Hay cosas que no pueden dejar de hacerse. Y, aunque sea al final de nuestros días juntos, no me llames «señor». Soy Bacor, tu amigo.
El pequeño se sorbió la nariz a la vez que sonreía, conmovido. De pronto, abrió mucho aquellos ojos claros que tenía y bañó al anciano con una mirada radiante.
—¡Llévame contigo! ¡El norte me llama, siempre ha sido así! ¡Deseo saber qué hay más allá de las olas! —empezó a decir, atropelladamente.
Durante un suspiro, Bacor fabuló con la idea de llevarse al niño consigo. ¿Lo aceptaría su padre? Pero comprendió que aquellos pensamientos eran una locura. El chiquillo pertenecía a las tierras oestrimnias y, si era cierto que los vientos norteños lo reclamaban, habría de iniciar ese viaje a su debido tiempo, cuando fuera un hombre y pudiera responsabilizarse de su propia suerte.
Se arrodilló frente a él, le tomó las manos mientras lo contemplaba con tanta benevolencia que el muchacho supo de inmediato que sus deseos no se verían complacidos.
—Mi buen Brath, has sido para mí mucho más que el cayado o el guía que precisaba. Ojalá tuviera potestad para aceptarte a mi lado, pero esta misma tierra que me enseñaste a amar me dice que tu tiempo aquí no ha acabado. Te esperan buenos años, serás un hombre insigne que llevará a su familia más alto que ningún otro de tus antepasados. Lo veo, lo saboreo, lo siento.
El niño, llorando una vez más, asintió y aceptó el discurso. Se echó en sus brazos.
—Gracias a ti, hijo, soy más de lo que era cuando llegué aquí —le dijo—. Tú, un niño, has enseñado a este viejo más que cualquier maestro que haya tenido jamás.
El consejero se puso en pie de nuevo. Tras darse la vuelta, se encaminó al Hijo de Minos, que esperaba para ser devuelto a la mar. Entonces volvió el rostro un momento para ofrecer una última sonrisa a su pequeño gran amigo.
—Cuando construyas tu torre, sube a ella y mira al norte. Te estaré saludando.