Los grandes libros misteriosos
El misterio y la maldición
¿Qué había en los papiros de Alejandría y por qué fueron quemados? ¿Qué mano, desde hace siglos, se ensaña en incendiar los compendios de conocimientos? ¿Es siempre por casualidad? ¿O habremos de pensar si tal vez la maldición que parece pesar sobre las bibliotecas, sean egipcias, romanas, chinas, israelitas o masónicas, tiene unas causas reales, voluntarias?
Jacques Bergier sostiene la tesis de que existe «una santa Alianza contra
el saber[1]». Sin llegar hasta pretender, como él, la existencia de esos «hombres de negro» consagrados encarnizadamente desde hace siglos a una cierta censura, no podemos por menos que sorprendernos por la acumulación de desgracias tan extraordinarias sobre ciertos escritos. La hipótesis de la destrucción voluntaria encuentra sólidos argumentos. En rigor, podemos negar que se trate de una cosa sistemática, pero no cabe ignorar que es un azote al menos parcial. La Iglesia romana nunca ha ocultado haber prohibido y haber quemado libros. Concilios muy oficiales han condenado obras. Y se han publicado regularmente Index muy detallados de los libros a «prohibir»,
según el suave eufemismo utilizado entonces[2].
No es menos oficial y sabido que Napoleón odiaba a los intelectuales. Joseph de Maistre perseguía encarnizadamente ciertos libros. La historia rusa, sobre todo a fines del siglo XIX, menciona también de una manera muy oficial documentos, periódicos y diversos escritos a buscar y destruir. La Policía zarista, la famosa Ojrana pasó gran parte de su tiempo censurando y destruyendo ediciones de obras. El régimen hitleriano, asimismo, estableció la famosa «lista Otto» que contenía todas las obras a retirar de las librerías tanto nuevas como de lance. Lo que había salido de manos judías debía ser aniquilado, pero también algunas obras científicas, técnicas, hasta incluso
«excéntricas[3]» totalmente «arias» o supuestamente tales. Ningún dominio parece haber escapado a esta persecución, ya que numerosos libros que trataban del ocultismo y de la francmasonería fueron también condenados por el furor nazi.
En mayo de 1933, los nazis quemaron en Berlin libros el la Plaza de la Ópera.
¿Se dirá que las obras buscadas por la Policía de Napoleón, de Hitler o de Nicolás II eran perseguidas sólo por razones políticas? Entonces no cabe otra conclusión que todo era político a sus ojos. Y esta afirmación es evidente. En la medida en que las grandes ideologías totalitarias tienen todas el carácter de verdaderas religiones —definiendo no sólo órdenes políticos, sino estableciendo un orden a secas con un lugar preciso y asignado a cada cosa y a cada ser—, estaba inscrito en su destino querer fosilizar ciertos conocimientos y detener el pensamiento.
Considerándolo bien, éste es el destino de todas las tiranías. Todo régimen que implica una verdad, la del hombre ario, la del Estado, o la del Partido, es por esencia «bibliófobo»: odia los libros. Es por ellos por donde vienen siempre el cambio, la idea nueva, las tentaciones, la intoxicación, la revolución de los espíritus o de las cosas. Basta con recordar el papel del movimiento enciclopedista del siglo XVIII para convencerse de ello. Así, el libro es el vehículo del conocimiento, y el conocimiento es el enemigo de aquel que pide confianza u obediencia. Por lo tanto, el libro ha de ser destruido o, cuando menos, vigilado, enderezado, limitado, encuadrado...