Los grandes libros misteriosos
Unos personajes en busca de autor
Sabemos que este librero, apasionado por las ciencias tradicionales, daba
recepciones en su casa[14]. La prueba de sus relaciones con Fulcanelli no resulta difícil de establecer. El misterio de las catedrales lo cita en varias ocasiones: «El erudito Pierre Dujols», «el sabio Pierre Dujols», etc. Canseliet, que debía formar parte del pequeño grupo, cita también al librero en términos elogiosos. Champagne, el dibujante, tenía relaciones indiscutibles con Dujols, con el que estaba incluso íntimamente ligado. Así pues, si bien no hemos penetrado el misterio Fulcanelli, pensamos haber logrado, relacionando simplemente hechos inconexos que todo el mundo puede comprobar, dar una cronología pasable de su vida y situarla en unos ambientes concretos.
Unos personajes en busca de autor
¿Podemos ir más lejos aún, es decir, atribuir esta vez un verdadero nombre patronímico al personaje de Fulcanelli? Muchos lo han intentado, sin gran provecho. Si descartamos la idea de una obra escrita por varias personas, lo cual está en contradicción si no con la relativa unidad de estilo, sí al menos con la unidad de inspiración, el campo de investigaciones es bastante reducido.
Se ha avanzado el nombre de J.-H Rosny hijo (1856-1940) como el del personaje que se ocultó bajo el seudónimo de Fulcanelli. Nosotros no creemos demasiado en ello. Es cierto que dicho escritor es autor de una brillante novela fantástica, Xipéhuz (1887), y ofreció un curioso Ensayo sobre la discontinuidad y heterogeneidad de los fenómenos (1919). Pero el resto de su obra parece muy alejado de las preocupaciones alquímicas, y no se acercó nunca, que nosotros sepamos, a una fábrica de gas.
Se ha querido también identificar a Canseliet con Fulcanelli. Ahí, los puntos de convergencia son inquietantes, ya que encontramos los dos marcos de vida idénticos: la fábrica de gas y el círculo Dujols. Y aún más, podemos revelar que los manuscritos originales de ambas obras de Fulcanelli, tal como fueron remitidos al editor Schemit, eran totalmente de la escritura de Canseliet. El contrato de edición fue por otra parte extendido a nombre de Eugène Canseliet, que, aún hoy, es el poseedor legal de los derechos sobre ambas obras.
¿Y por qué no nos quedamos entonces con Canseliet como uno de los autores (o el único autor) de El misterio de las catedrales? Por tres razones. En primer lugar, las referencias cronológicas son discordantes, pues Canseliet era mucho más joven que su maestro. Luego, el discípulo de veintitrés años de edad en 1922, no tenía, en nuestra opinión, todavía la cultura hermética y artística necesaria para escribir semejante obra. Por último, hemos procedido a un sondeo en los textos de Fulcanelli y de Canseliet, comparándolos, para ver si surgen similitudes de estilo. Parece indudable que algunos pasajes proceden de la mano de Canseliet. Hemos observado, por ejemplo, una cierta frecuencia de las palabras empleadas: el empleo común de tiempos gramaticales raros (imperfectos de subjuntivo, condicional pasado) y de signos de puntuación particulares (especialmente el guión para abrir los incisos). Pero otros pasajes no ofrecen las mismas características. Llegamos, pues, a la conclusión de que Canseliet no hizo más que manipular un texto primitivo. Con gusto nos lo confirmó él mismo en el curso de una conversación.
«Sí, yo he trabajado a partir de un borrador al que he dado forma. Sin embargo, algunos pasajes enteros del original han permanecido intactos. Luego, mis dos manuscritos, tanto el de El misterio de las catedrales como el de Las moradas filosofales, han sido finalmente revisados por el propio Fulcanelli, que, por otra parte, ha efectuado pocas modificaciones.»
A la luz de estas explicaciones, si bien creemos en la intervención de Canseliet en las dos obras, rechazamos la tesis de la identificación total de Canseliet con Fulcanelli. ¿Habría sido, pues, Pierre Dujols el alquimista misterioso? No ha faltado quien lo sostuviera. La curiosidad del librero por las ciencias ocultas, sus propias publicaciones esotéricas con el seudónimo de Magophon, hacen de él un candidato de elección. Canseliet lo conoció y habla de él en varias de sus obras. Escribe, por ejemplo, que «Magophon es el seudónimo parlante, que oculta apenas a Pierre Dujols, el librero erudito que
muchos creen que fue Fulcanelli»[15]. Pero si Dujols se ocultaba ya bajo el nombre de Magophon, ¿por qué habría adoptado un segundo seudónimo? Y lo mismo que con Rosny hijo, no parece tener relación alguna con una fábrica de gas.
Interrogado recientemente acerca de la personalidad real de Fulcanelli, Jacques Bergier enunció delante de nosotros una nueva hipótesis según la cual el autor de El misterio de las catedrales no sería otro que Schwaller de Lubicz, un curioso egiptólogo internacional que dividió su vida entre París, Saint-Moritz, Palma de Mallorca y, evidentemente, Egipto. Jacques Bergier se basa en el hecho indiscutible de que Schwaller de Lubicz es el único, aparte de Fulcanelli, en haber descrito los monumentos, no como simples producciones arquitectónicas sino como resúmenes de la filosofía antigua.
Esto es lo que demostró, por ejemplo, con el templo de Luxor[16]. La identificación de los dos nos parece, sin embargo, inadmisible, en primer lugar y fundamentalmente por razones cronológicas. Las publicaciones de Schwaller de Lubicz son muy posteriores. Sin duda leyó a Fulcanelli, pero de ahí a confundir a ambos hombres, hay un paso que nosotros no franquearemos. Además, la cultura del adepto (sus referencias librescas que nosotros hemos anotado cuidadosamente dan fe de ello) eran esencialmente latina y francesa, en tanto que el bagaje intelectual de Schwaller de Lubicz fue ciertamente, si no más profundo, sí al menos más variado, más cosmopolita.
Queda la tesis clásica: Fulcanelli habría sido Julien Champagne, el dibujante de El misterio de las catedrales y Las moradas filosofales, que conoció precisamente a Schwaller de Lubicz y murió en la miseria en 1932. Es preciso decir que se trata de la solución más probable. A falta de poseer un texto escrito por Champagne, no hemos podido proceder, como en el caso de Canseliet, a la larga pero fructífera comparación del vocabulario, de los tiempos gramaticales y de los signos de puntuación empleados. A veces se objeta en contra de esta hipótesis que el dibujante carecía de la cultura científica necesaria para escribir la obra de Fulcanelli. Este argumento nos parece insuficiente. La cronología se ajustaría. Champagne pudo ser introducido en la fábrica de gas por Canseliet. Frecuentó íntimamente a Dujols. El misterio de las catedrales termina con un escudo y un gallardete. Éste dice: Uver Campagna. ¿Habrá que entender: Obra de Champagne? El escudo ostenta un hipocampo, que puede en rigor indicar la firma cabalística (hippos significa caballo, yegua o cábala) de un cierto campus, es decir, campo o campiña. ¿Esos gráficos firman los dibujos solamente, o la obra entera? Nadie, salvo Canseliet, podría decirlo hoy.
Canseliet niega que Champagne fuera Fulcanelli. Sus negativas no nos han convencido por completo. Pero tal vez quiere decir que Fulcanelli no es nadie, ni siquiera Champagne: una simple entidad, un ser extraño, un «autor irreal» nacido de la composición de varios elementos. En este caso, creemos que Champagne fue probablemente uno de esos elementos. Únicamente él, en todas las hipótesis estudiadas, conocía perfectamente las catedrales, y tenía la cultura artística necesaria para escribir las obras en cuestión.