Los grandes libros misteriosos
Los grandes alquimistas de finales del siglo XIX
Quedan los verdaderos alquimistas, aquellos que han o habrían realizado la Gran Obra. Son excepción en nuestra época, así como en el siglo XVIII, como en el XVI. El Arte Superior no se entregaría más que en muy raras ocasiones y a muy raros buscadores. La Tradición nos lo enseña, y hay que creer en su modestia.
Los grandes alquimistas de finales del siglo XIX
¿A quién podemos entonces considerar como candidato serio al titulo de alquimista desde hace un centenar de años? Entre aquellos que ofrecen un mínimo de credibilidad, citemos quizá, con las reservas del caso, a Théodore Tiffereau, que desde 1860 a 1890 aproximadamente, publicó varias obras de calidad sobre el tema. Por una vez no nos enfrentamos con un literato, sino con un practicante en química, que por lo demás presentó seis Memorias a la Academia de Ciencias. Leeremos aún con provecho su obra, El Oro y la
transmutación de los metales[1], donde cuenta cómo, después de un largo estudio de las minas de México y de numerosas experiencias, llegó a obtener trazas de oro en diversos compuestos argentíferos.
Albert Poisson (1868-1893), estudiante de Medicina, publicó poco después unos textos que permiten pensar que había logrado quizás un éxito capital en las investigaciones alquímicas. Pero la muerte —era tuberculoso— que se lo llevó a los veinticinco años no le dejó el tiempo necesario para explotarlo.
Después de la desaparición de Poisson, Jollivet-Castelot [2] se puso al frente del movimiento alquímico reorganizando la Sociedad Alquímica de Francia y creando la revista L’Hyperchimie. De una cultura extraordinaria, es posible, con todo, que hubiera desempeñado sobre todo el papel de un iniciador, de un fiel consejero. Todos los ocultistas de los años 1900-1910 se valían de su sabiduría y su amistad.
Más próximo a nosotros, en el siglo XX, podríamos también citar los trabajos del alquimista japonés Nagaoka, el cual sometía el mercurio a fuertes descargas eléctricas. O los de aquel que hizo correr mucha tinta, pero que se reveló finalmente como un simple timador, el polaco Zbaniez Dunikowski. Éste logró, en 1930, que le confiaran capitales para organizar «transmutaciones» en el propio Colegio de Francia. El único resultado fue que antes de huir y desaparecer para siempre, hubo que condenarlo a dos años